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15 de septiembre
Una bifurcación en el camino
APENAS NOS DIRIGIMOS la palabra mientras conducía de vuelta hacia mi
casa. Yo no sabía qué decir y Lena parecía agradecida de que yo no dijera nada.
Me dejó conducir, lo cual era bueno porque necesitaba algo que me distrajera
hasta que se me tranquilizara el pulso. Nos pasamos mi calle, pero no me
importó, pues aún no estaba preparado para ir a casa. No sabía qué estaba
pasando con Lena, su casa, su tío, pero ella tenía que contármelo.
—Te has pasado la calle. —Era la primera cosa que había dicho desde que
nos habíamos ido de Ravenwood.
—Ya lo sé.
—Tú crees que mi tío está loco, como todo el mundo. Dilo de una vez. El
Viejo Ravenwood. —Su voz sonaba amarga—. Tengo que irme a casa.
No despegué los labios mientras girábamos en torno a General Green, un
parterre redondo de hierba descolorida que rodeaba la única cosa de Gatlin que
salía en las guías: el general, una estatua del general de la Guerra de Secesión
Jubal A. Early. El general seguía como si nada, como siempre había hecho, y me
sentó mal. Todo había cambiado; de hecho, nada dejaba de cambiar. Yo era
diferente y veía, sentía y hacía cosas que apenas una semana antes me habrían
parecido imposibles. Me parecía que el general debía ser distinto también.
Giré hacia abajo, hacia Dove Street y aparqué el coche al lado del bordillo,
justo bajo el cartel que decía: « Bienvenidos a Gatlin, el lugar con las mansiones
sureñas históricas más originales y el mejor pastel de crema del mundo» . No
veía nada claro lo del pastel, pero el resto era verdad.
—¿Qué estás haciendo?
Apagué el motor.
—Tenemos que hablar.
—Yo no me meto en coches con chicos. —Era una broma, cosa que percibí
en su voz. Estaba paralizada.
—Empieza a hablar.
—¿De qué?
—Estás de broma, ¿no? —Intentaba no gritar.
Se llevó la mano hacia el collar, torciendo la lengüeta de una lata de refresco.
—No sé qué quieres que te diga.
—Pues empieza por explicar lo que acaba de pasar.
Ella se quedó mirando por la ventana, hacia la oscuridad.
—Estaba enfadado. Algunas veces pierde los estribos.
—¿Perder los estribos? ¿Te refieres con eso a lanzar cosas de un lado para
otro de la habitación sin tocarlas y encender velas sin cerillas?
—Ethan, lo siento. —Su voz sonó serena.
Pero la mía, no. Cuanto más evitaba mis preguntas, más enfadado estaba.
—No quiero que lo sientas. Quiero que me cuentes qué está pasando.
—¿Con qué?
—Con tu tío y esa casa extraña que parece haber redecorado en dos días. Con
la comida que aparece y desaparece. Y con toda esa charla de límites y
protegerte. Escoge la que quieras.
Ella sacudió la cabeza.
—No puedo hablar de eso. Y, de todas formas, no lo entenderías.
—¿Y cómo lo sabes si no me das la oportunidad?
—Mi familia es diferente de las demás. Confía en mí, no podrás soportarlo.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Sé realista, Ethan. Tú dices que no eres como los demás, pero sí lo eres. Tú
quieres que yo sea diferente, pero sólo un poco, no diferente del todo.
—¿Sabes qué? Estás tan loca como tu tío.
—Te plantaste en mi casa sin que te invitara y ahora estás enfadado porque
no te ha gustado lo que has visto.
No contesté. No podía ver más allá de las ventanillas del coche y tampoco
podía pensar con claridad.
—Y estás enfadado porque tienes miedo. Todos lo tenéis. En lo más profundo
de vuestro ser, sois todos iguales. —La voz de Lena sonaba cansada, como si se
hubiera rendido.
—No. —La miré—. Eres tú la que tiene miedo.
Se echó a reír, con amargura.
—Ah, sí, claro. Las cosas de las que yo tengo miedo no te las puedes ni
imaginar.
—Tienes miedo de confiar en mí.
No dijo nada.
—Tienes miedo de conocer a alguien tanto como para darte cuenta de si falta
o no a clase.
Deslizó el dedo por el vaho de la ventana hasta formar una línea temblorosa,
como un zigzag.
—Tienes miedo de quedarte en un sitio y ver qué sucede.
El zigzag se convirtió en algo parecido al trazado de un relámpago.
—Tú no eres de aquí, vale, llevas razón. Y no sólo eres algo diferente.
Siguió mirando a la nada a través de la ventanilla, porque no se podía ver otra
cosa. Pero yo sí la veía a ella. Podía verlo todo.
—Tú eres increíble, absoluta, extremada, suma y totalmente diferente. —Le
rocé el brazo con la punta de los dedos e inmediatamente sentí el calor de la
electricidad—. Y y o lo sé, porque en lo más profundo de mí, creo que yo
también soy como tú. Así que cuéntamelo. Por favor. ¿Diferente en qué sentido?
—No quiero contarte nada.
Una lágrima se deslizó por su mejilla. La toqué, quemaba.
—¿Por qué no?
—Porque esta podría ser mi última oportunidad para ser una chica normal,
incluso aunque sea en Gatlin. Porque aquí eres mi único amigo. Porque si te lo
digo, no me creerás, o peor aún, sí que lo harás. —Abrió los ojos y los clavó en
los míos—. Sea como sea, jamás querrás volver a hablarme en tu vida.
Alguien dio un golpecito en la ventanilla y ambos dimos un respingo. A través
del vaho del cristal brilló el haz de luz de una linterna. Alargué la mano y la bajé,
jurando para mis adentros.
—Chicos, ¿os habéis perdido de camino a casa? —Era Fatty. Sonreía como si
se hubiera encontrado dos donuts a un lado de la carretera.
—No, señor. Justo íbamos de camino a casa.
—Este no es su coche, señor Wate.
—No, señor.
Dirigió el haz de luz hacia Lena y se detuvo allí durante un buen rato.
—Pues entonces en marcha y a casa. No hagas esperar a Amma.
—Sí, señor.
Giré la llave. Cuando miré por el retrovisor, pude ver a su novia, Amanda, en
el asiento delantero del coche de policía, riéndose entre dientes.
Cerré el coche de un portazo. Miré a Lena por la ventanilla del conductor.
—Te veo mañana.
—Vale.
Pero y o sabía que no nos veríamos mañana. Sabía que sería así si conducía
hasta el final de la calle. Era como un camino, justo como la bifurcación que
llevaba a Ravenwood o a Gatlin. Tenías que escoger uno u otro. Si no se detenía,
el coche fúnebre tomaría la otra dirección hacia la bifurcación, dejándome atrás.
Igual que la primera mañana que la vi.
Si ella no me escogía a mí.
No puedes tomar dos caminos a la vez. Una vez que coges uno, ya no puedes
volver atrás. Sentí que el motor aceleraba para ponerse en marcha, pero seguí
caminando hacia la puerta de mi casa. El coche se marchó.
Y ella no me escogió a mí.
Estaba tumbado en la cama, mirando hacia la ventana. La luz de la luna se
derramaba dentro, lo cual era un fastidio porque no me dejaba dormir, cuando lo
único que quería es que ese día se terminara de una vez.
Ethan. Su voz sonaba tan baja que apenas pude oírla.
Miré hacia la ventana. Estaba cerrada, me había asegurado de ello.
Ethan, ven.
Cerré los ojos. El cerrojo de la ventana traqueteó.
Déjame entrar.
Los postigos de madera se abrieron de golpe. Habría supuesto que era el
viento, pero ni siquiera soplaba una ligera brisa. Salté de la cama y miré hacia
fuera.
Lena estaba de pie en el césped que había delante de mi casa en pijama. Los
vecinos iban a estar de fiesta y a Amma le iba a dar un ataque al corazón.
—Baja o subo yo.
Primero un ataque al corazón y luego una apoplejía.
Nos sentamos en el primer escalón. Me había puesto los vaqueros porque no
dormía con pijama y si Amma hubiera salido y me hubiera encontrado con una
chica en calzoncillos, habría amanecido enterrado en el césped de la parte de
atrás.
Lena se acomodó en el escalón y alzó la mirada hacia la pintura blanca que
se desprendía del porche.
—Estuve a punto de dar la vuelta cuando llegué al final de tu calle, pero me
dio demasiado miedo hacerlo. —A la luz de la luna, su pijama parecía de color
verde y púrpura, una especie de túnica china—. Y cuando llegué a casa, me
daba demasiado miedo no hacerlo. —Se estaba quitando el pintauñas de los dedos
de los pies, desnudos, y me di cuenta de que esta vez sí que iba a contarme algo
—. Realmente no sé cómo empezar. Nunca he contado nada de esto antes, así
que no sé qué pasará.
Me revolví el pelo despeinado con una mano.
—Me puedes contar lo que sea. Yo y a sé lo que es tener una familia de locos.
—Tú crees que sabes el significado de la palabra « loco» y no tienes ni idea.
Inhaló una gran bocanada de aire. Fuera lo que fuera a decir, le estaba
costando mucho. Parecía estar debatiéndose para encontrar las palabras
adecuadas.
—La gente de mi familia, y yo, tenemos poderes. Hacemos cosas que la
gente normal no puede hacer. Hemos nacido así y no lo podemos evitar. Somos lo
que somos.
Me llevó unos segundos comprender lo que estaba diciendo o, al menos, de lo
que creía que me estaba hablando.
De magia.
¿Dónde estaba Amma cuando la necesitaba?
Me daba miedo preguntar, pero tenía que saber más.
—¿Y qué es, exactamente, lo que sois? —Aquello sonaba tan de locos que
casi no fui capaz de pronunciar las palabras.
—Caster —dijo ella en voz muy baja.
—¿Caster?
Ella asintió.
—¿Te refieres a Caster de los que formulan hechizos?
Afirmó de nuevo con la cabeza.
Me quedé mirándola fijamente. A lo mejor de verdad estaba loca.
—¿Te refieres a brujas y demás?
—Ethan, no seas ridículo.
Solté aire, momentáneamente aliviado. Estaba claro que era un idiota. ¿En
qué había estado pensando?
—En realidad no es más que una estúpida palabra. Es como cuando dices
« musculitos» o « cretino» . Sólo es un absurdo estereotipo más.
Se me encogió el estómago. Parte de mí quería subir las escaleras a todo
trapo, cerrar la puerta y esconderme en la cama. Pero otra parte de mí, la parte
más importante, quería quedarse. Porque… ¿no había una parte en mí que lo
había sabido desde el principio? Tal vez sabía lo que ella era, pero me había dado
cuenta de que había algo en ella distinto, algo mucho más importante que un
collar con un montón de chatarra colgada y aquellas viejas Converse. ¿Qué me
iba a esperar de alguien que podía provocar un aguacero, hablarme sin estar en
la habitación, controlar las nubes del cielo y abrir los postigos de mi ventana
desde el porche?
—¿Y no podríais buscaros un nombre mejor?
—No hay una sola palabra que describa a toda la gente de mi familia, ¿hay
alguna que describa a la tuya?
Quería romper la tensión, simular que todo era igual que con cualquier otra
chica y convencerme a mí mismo de que tampoco pasaba nada.
—Ah, claro. Lunáticos.
—Pues nosotros somos Caster. Esa es la definición más apropiada. Todos
tenemos poderes. Es una especie de don, igual que otras familias son guays, y
otras son ricas, guapas o deportistas.
Sabía cuál sería mi siguiente pregunta, pero no quería hacerla. Ya sabía que
podía romper una ventana sólo con pensarlo. No sabía si estaba preparado para
averiguar qué otras cosas podía destrozar.
De cualquier forma, estaba empezando a sentirme como si estuviéramos
hablando de cualquier otra familia sureña de locos, como las Hermanas. Los
Ravenwood llevaban aquí tanto tiempo como cualquier otra familia de Gatlin
¿Por qué iban a estar menos chiflados que los demás? O, al menos, eso era de lo
que quería convencerme a mí mismo.
Lena se tomó el silencio como una mala señal.
—Ya sabía que no tenía que haberte contado nada. Te dije que me dejaras en
paz. Ahora seguramente pensarás que soy un bicho raro.
—Creo que tienes talento.
—Pensaste que mi casa era extraña. Eso y a lo has admitido.
—Es que la redecorasteis demasiado.
Estaba intentando hacerme una composición de lugar y que ella no dejara de
sonreír. Sabía que debía de haberle costado mucho contarme la verdad y yo no la
iba a dejar tirada ahora. Me volví y señalé el estudio iluminado sobre los arbustos
de azalea, escondido detrás de unos gruesos postigos de madera.
—Mira, ¿ves esa ventana que hay allí? Es el estudio de mi padre. Trabaja
durante toda la noche y duerme durante el día. Desde que murió mi madre, no
ha salido de casa. Ni siquiera me ha enseñado lo que está escribiendo.
—Qué romántico —dijo ella con voz queda.
—No, es una locura. Pero nadie habla de ello, porque nadie tiene permiso
para hacerlo. Excepto Amma, que esconde hechizos mágicos en mi cuarto y me
grita cuando traigo joy as antiguas a esta casa.
Estaba casi seguro de que estaba sonriendo.
—A lo mejor eres un bicho raro.
—Yo lo soy y tú también. Tu casa hace que desaparezcan habitaciones y en
la mía desaparece la gente. Tu tío el recluso es un chiflado y mi padre el recluso
es un lunático, así que no veo en qué crees que somos diferentes tú y yo.
Lena sonrió, aliviada.
—Estoy intentando ver si hay alguna manera de tomarse eso como un
cumplido.
—Lo es. —La miré mientras sonreía bajo la luz de la luna, una sonrisa de
verdad. Había algo especial en su aspecto justo en ese momento que me hizo
imaginarme inclinándome hacia delante un poco más para besarla. Pero me
controlé y subí un escalón más arriba de donde ella estaba.
—¿Estás bien?
—Sí, claro, estoy bien, un poco cansado, quizás.
Pero no era así.
Nos quedamos hablando en las escaleras durante horas. Yo me tumbé en el
escalón de arriba, ella en el de abajo. Observamos el oscuro cielo nocturno,
luego el oscuro cielo del alba, hasta que comenzaron a cantar los pájaros.
Cuando el coche se marchó, el sol comenzaba a salir. Observé a Boo Radley
trotar lentamente detrás de él hacia casa. Al ritmo que iba, no llegaría antes del
crepúsculo. Algunas veces me preguntaba por qué se molestaba en ir detrás de
Lena.
Qué perro tan estúpido.
Puse la mano en el pomo de bronce de la puerta de casa, pero casi no me
sentí capaz de abrirlo. Todo estaba patas arriba y no había nada capaz de cambiar
eso. Mi mente estaba hecha un revoltijo, con cada cosa por un lado, como los
huevos de Amma en su enorme sartén, aunque esa era la forma en que me había
sentido por dentro desde hacía días.
T.I.M.O.R.A.T.O., así era como me habría llamado Amma. Ocho horizontal,
« otro nombre para cobarde» . Estaba asustado. Le había dicho a Lena que lo de
su familia no era para tanto, eso de que fueran… ¿qué? ¿Brujas? ¿Caster? Y no
de la clase convencional de los que me había hablado mi padre.
Sí, claro, tampoco era para tanto.
En qué grandísimo mentiroso me había convertido. Habría apostado que hasta
aquel perro estúpido se habría dado cuenta.
24 de septiembre
Las tres últimas filas
TODO EL MUNDO CONOCE la expresión « se me cay ó encima como un saco
de cemento» . Pues es verdad. Desde el momento en que cogió su coche y
apareció en las escaleras de mi casa con aquel pijama de color púrpura, así fue
como me sentí respecto a Lena.
Sabía que iba a ocurrir. Lo que no sabía era que me sentiría así.
Desde entonces había dos sitios en los que quería estar: o con Lena o solo, de
modo que pudiera apartar todo aquello de la cabeza. No tenía palabras para
definir la situación en la que nos encontrábamos. No era mi novia, ya que ni
siquiera estábamos saliendo. Hasta la pasada semana ni siquiera había querido
admitir que éramos amigos. No tenía ni idea de lo que sentía por mí y, desde
luego, no era cuestión de enviar a Savannah a que lo averiguara. No quería
arriesgar lo que teníamos, fuera lo que fuera. Entonces, ¿por qué pensaba en ella
a todas horas? ¿Por qué me sentía mucho más feliz en el momento en que la
veía? Tenía la sensación de que debía saber la respuesta, pero ¿cómo iba a estar
seguro? No lo sabía y no tenía manera de descubrirlo.
Los chicos no hablamos de estas cosas. Simplemente nos quedamos debajo
del cemento.
—¿Qué es lo que estás escribiendo?
Lena cerró el cuaderno de espiral que parecía llevar a todas partes consigo.
El equipo de baloncesto no tenía entrenamiento los miércoles, de modo que
estábamos sentados en el jardín de Greenbrier, que de alguna manera se había
convertido en un lugar especial para nosotros, cosa que jamás admitiría, ni
siquiera ante ella. Allí habíamos encontrado el guardapelo, y era un lugar donde
podíamos estar sin que todo el mundo nos mirara y susurrara. Se suponía que
estábamos estudiando, pero ella estaba escribiendo en su cuaderno y yo había
leído el mismo párrafo sobre la estructura interna del átomo, con esta, nueve
veces. Nuestros hombros se tocaban, pero mirábamos en direcciones diferentes,
y o estaba despatarrado en el suelo bajo el sol poniente y ella estaba sentada a la
sombra de un nogal cubierto de líquenes.
—No es nada especial. Sólo estoy escribiendo.
—Vale, no me lo cuentes. —Intenté que no se me notara el enfado.
—Es que… es algo estúpido.
—Dímelo de todas formas.
Se quedó callada durante un minuto, garabateando en la goma de su zapatilla
con su bolígrafo negro.
—Es sólo que algunas veces escribo poemas. Lo llevo haciendo desde que era
niña. Ya sé que es un poco raro.
—No creo que sea raro. Mi madre era escritora y mi padre también lo es. —
Sentí cómo sonreía, aunque no la estaba mirando—. Vale, es un mal ejemplo,
porque mi padre es un tío raro de verdad, pero no le puedes echar la culpa de eso
a la escritura.
Esperé a ver si me daba el cuaderno y me pedía que leyera algún poema,
pero no hubo tanta suerte.
—A lo mejor me dejas leer algo tuyo alguna vez.
—Lo dudo.
Escuché el sonido que hacía su cuaderno al abrirse de nuevo y el del
bolígrafo rasgando la página. Me quedé mirando el libro de química, repitiendo la
frase una y otra vez dentro de mi cabeza. Estábamos a solas. El sol se estaba
y endo y ella componía versos. Si había algún momento oportuno, era este.
—Y esto… ¿quieres, ya sabes, que salgamos y eso? —Intenté que mi voz
sonara despreocupada.
—¿Y no es lo que estamos haciendo?
Mordí el extremo de una vieja cuchara de plástico que había encontrado en
mi mochila, probablemente de algún trozo del pastel.
—Ya, sí. No. Quiero decir que, si quieres, no sé, podríamos ir a algún sitio.
—¿Ahora? —Le dio un mordisco a una barrita de cereales que tenía abierta y
movió las piernas hasta que estuvo a mi lado y me la ofreció. Yo sacudí la
cabeza.
—Ahora, no. El viernes o un día así. Podríamos ir a ver una película. —Metí
la cuchara en el libro de química y lo cerré.
—Qué guarrería. —Puso mala cara y volvió la página.
—¿Qué quieres decir?
Sentí cómo me ruborizaba.
Sólo estaba hablando de ir a ver una peli.
Qué idiota.
Señaló la cuchara sucia que había utilizado como marcador.
—Me refiero a eso.
Yo sonreí, aliviado.
—Ah, bueno. Es una mala costumbre que adquirí de mi madre.
—¿Tenía afición a la cubertería?
—No, a los libros. Leía al mismo tiempo por lo menos veinte, los tenía por
todas partes de la casa… en la mesa de la cocina, al lado de su cama, en el baño,
en el coche, en sus bolsos y una pequeña pila en el borde de cada silla. Y
además, usaba cualquier cosa que tuviera a mano como marcador: un calcetín
que y o hubiera perdido, un corazón de manzana, sus gafas de leer, otro libro o un
tenedor.
—¿Y también una vieja cuchara sucia?
—Exactamente.
—Apuesto a que Amma se volvería loca.
—Se le iba la olla. No, espera… se ponía… —Me rompí la cabeza—.
P.E.R.T.U.R.B.A.D.A.
—¿Diez vertical? —Se echó a reír.
—Probablemente.
—Esa era mi madre. —Sostuvo uno de los cacharritos que colgaban de la
larga cadena de plata que no parecía quitarse nunca. Era un diminuto pájaro de
oro—. Es un cuervo.
—¿Por Ravenwood?
—No. Los cuervos son los pájaros más poderosos del mundo de los
hechiceros. La leyenda dice que pueden acumular la energía en su interior y
liberarla de otras formas. Algunas veces se les temía debido a su poder. —La
observé mientras soltaba el animal y lo dejaba caer en su lugar entre un disco
con una extraña inscripción grabada en su interior y una cuenta negra de vidrio.
—Tienes un montón de amuletos.
Se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y bajó la mirada hacia su
collar.
—En realidad, no son amuletos, sino cosas que significan algo para mí. —
Alzó la lengüeta de una lata de refresco—. Esta es de la primera lata de naranja
que me bebí, sentada en el porche de nuestra casa en Savannah. Mi abuela me la
compró cuando regresé del colegio llorando porque nadie me había dejado nada
en mi caja de zapatos el día de San Valentín.
—Qué chulo.
—Si consideras que una tragedia es algo chulo…
—Me refiero a que la hayas conservado.
—Lo guardo todo.
—¿Y este? —Señalé la cuenta negra de cristal.
—Me la dio mi tía Twyla. Es de una roca especial que hay en una zona
remota de Barbados. Me dijo que me traería suerte.
—Es un collar muy guay. —Comprobé cuánto significaba para ella por el
cuidado que ponía cuando tocaba cada uno de los objetos.
—Ya sé que parece sólo un montón de cacharros, pero jamás he vivido
mucho tiempo en ningún sitio. Nunca he estado en la misma casa ni en la misma
habitación más que unos cuantos años y algunas veces tengo la sensación de que
estos pequeños recuerdos que llevo colgados en la cadena son todo lo que tengo.
Suspiré y agarré un manojo de hierba.
—Ya me gustaría haber vivido en alguno de esos sitios.
—Pero tú tienes aquí tus raíces. Tu mejor amigo lo es desde siempre, y tienes
una casa con una habitación que siempre ha sido la tuya. Seguramente, en una de
las jambas de la puerta tienes ray as que marcan lo que medías en cada
momento de tu vida.
En efecto, así era.
Lo tienes, ¿a que sí?
Le di un pequeño empujón con el hombro.
—Puedo medirte en la jamba de mi puerta cuando tú quieras. Así quedarás
inmortalizada para siempre en la propiedad de los Wate. —Ella sonrió hacia
donde estaba su cuaderno y me devolvió el empujón. Por el rabillo del ojo veía
cómo el sol de la tarde caía sobre un lado de su rostro, sobre la página del
cuaderno, el perfil ondulado de su melena negra y la punta de una Converse
negra.
Respecto a la peli, me va bien el viernes.
Y entonces deslizó la barrita de cereales por la mitad de su cuaderno y lo
cerró.
Las puntas de nuestras viejas zapatillas negras se tocaron.
Cuanto más pensaba en la noche del viernes, más nervioso me ponía. No era una
cita, al menos no oficialmente, estaba claro, pero eso era parte del problema,
porque y o quería que sí lo fuera. ¿Cómo te lo montas cuando te das cuenta de que
sientes algo por una chica que apenas admite que sois amigos? Una chica cuyo
tío te ha echado a patadas de su casa y que es cualquier cosa menos bienvenida
en la tuy a. Y, además, alguien a quien odia toda la gente que conoces. Una chica
que comparte tus sueños, pero, a lo mejor, no tus sentimientos.
Como no tenía ni idea, no hacía nada, pero eso no evitaba que pensara en
Lena y deseara conducir hasta su casa el jueves por la noche, si su casa no se
encontrara en las afueras del pueblo, y si yo tuviera mi propio coche, y si su tío
no fuera Macon Ravenwood. Todos esos condicionales eran los que impedían que
hiciera el ridículo.
Todos los días discurrían como si fueran un día cualquiera en la vida de
cualquier otra persona. Jamás en la vida me había pasado nada, y ahora me
pasaba todo a la vez, aunque por « todo» , en realidad, sólo me refería a Lena.
Las horas se me pasaban más lentas y más rápidas a la vez. Me sentía como si
hubiera absorbido todo el aire de un globo gigantesco y a la vez mi cerebro no
obtuviera el oxígeno suficiente. Las nubes se habían convertido en algo
interesante, la cafetería en algo menos desagradable, la música me sonaba
mejor, los mismos viejos chistes de siempre me hacían más gracia y el Jackson
había pasado de ser un montón de edificios industriales de color verde grisáceo a
convertirse en un mapa de momentos y lugares donde encontrarme con ella. A
veces me sorprendía a mí mismo sonriendo sin ningún motivo, con los
auriculares puestos y repasando nuestras conversaciones dentro de mi cabeza,
como si de algún modo las estuviera escuchando de nuevo. Ya había visto cosas
como esas antes.
Pero jamás me habían ocurrido a mí.
Llegó el viernes por la noche. Había estado de un humor estupendo todo el día, lo
cual quería decir que lo había hecho peor que nadie en clase y mejor que todos
los demás en el entrenamiento. Tenía que concentrar mis energías en alguna
parte. Incluso el entrenador se dio cuenta y habló conmigo cuando terminamos.
—Sigue así, Wate, y el año que viene habrás llamado la atención de algún
cazatalentos.
Link me llevó a Summerville después del entrenamiento. Los chicos estaban
planeando ir a ver una película también, lo cual debí haber tenido en cuenta, ya
que el Cineplex sólo tenía una pantalla.
Pero y a era demasiado tarde y a mí me daba bastante igual a estas alturas.
Cuando aparcamos el Cacharro, Lena estaba allí de pie en la oscuridad frente
a la fachada brillantemente iluminada del cine. Llevaba puesta una camiseta
púrpura bajo un vestido negro ceñido que te recordaba que era una chica de
verdad, y unas botas destrozadas también negras que conseguían que lo olvidaras.
Dentro del edificio, además de la multitud habitual de estudiantes de la
escuela universitaria de Summerville, estaba reunido el equipo de animadoras en
perfecta formación, pues habían quedado con los chicos del equipo en el
vestíbulo. El buen humor se me pasó volando.
—Hola.
—Llegas tarde. Ya he comprado las entradas. —Era imposible ver los ojos de
Lena en la oscuridad y la seguí adentro. Esto tenía pinta de convertirse en un gran
comienzo de noche.
—¡Wate! ¡Ven aquí! —La voz de Emory retumbó sobre los arcos, la gente y
la música de los ochenta que sonaba en el vestíbulo.
—Wate, ¿tienes una cita? —Ahora era Billy el que se metía conmigo. Earl no
dijo nada, pero sólo porque él apenas abría la boca.
Lena les ignoró. Se pasó la mano por el pelo, caminando delante de mí como
si no quisiera mirarme.
—Así es la vida —les repliqué por encima de la multitud. Seguramente oiría
hablar de esto el lunes. Me incliné y le dije a Lena—: Oye, siento todo esto.
Ella se giró para mirarme.
—Esto no va a funcionar si eres de la clase de personas que se saltan los
tráileres.
He tenido que esperarte.
Le sonreí.
—Tráileres, créditos y el chico de las palomitas yendo de un lado para otro.
Ella miró más allá de donde yo estaba, hacia el grupo de mis amigos, o al
menos la gente que desde siempre había considerado como tales.
Ignóralos.
—¿Con o sin mantequilla? —Estaba enfadada. Yo había llegado tarde y ella
había tenido que enfrentarse sola al rechazo social del instituto Jackson. Ahora era
mi turno.
—Con mantequilla —le confesé, aun sabiendo que era la respuesta
equivocada. Lena puso mala cara—. Te cambio la mantequilla por una de sal
doble —le dije. Sus ojos se apartaron y después volvió a mirarme. Escuché las
carcajadas de Emily acercándose, aunque no me preocupó.
Con que digas una palabra nos vamos, Lena.
—Sin mantequilla, con sal, y una bolsa de bolitas de chocolate Milk Duds.
Verás cómo te gustan —dijo ella, relajando los hombros un poquito.
Ya me está gustando.
El equipo de animadoras y los chicos pasaron a nuestro lado. Emily evitó
mirarme intencionadamente, mientras que Savannah rodeó a Lena como si
estuviera infectada de alguna clase de virus que flotase en el aire a su alrededor.
Podía imaginarme lo que les dirían a sus madres cuando llegaran a casa.
La cogí de la mano. Una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo, pero esta
vez no fue la sacudida que sentí aquella noche bajo la lluvia. Era más parecido a
una confusión de los sentidos, como la que sientes cuando te golpea una ola en la
play a y cuando te arropas con una manta eléctrica en una noche lluviosa, todo a
la vez. Dejé que la sensación me inundara. Savannah lo notó, y le dio un codazo a
Emily.
No tienes por qué hacer esto.
Le apreté la mano.
¿Hacer qué?
—Eh, chavales, ¿habéis visto a los chicos? —Link me dio una palmadita en la
espalda. Llevaba un paquete de palomitas con mantequilla de un tamaño
monstruoso y un gigantesco granizado de color azul.
El Cineplex daba una peli de suspense y asesinatos, de las que le habrían gustado
a Amma, dada su afición a los misterios y a los cadáveres. Link había ido a
sentarse a las filas de delante con los chicos, explorando de camino los pasillos a
la búsqueda de universitarias, no porque no quisiera sentarse con Lena, sino
porque asumió que querríamos estar solos. Y, desde luego, queríamos, o, al
menos, y o.
—¿Dónde quieres sentarte? ¿Allí más cerca o en la mitad? —Quería que
fuera ella quien decidiera.
—Allí detrás. —La seguí por el pasillo hasta la última fila.
La principal razón por la cual los chicos de Gatlin querían ir al Cineplex era
para enrollarse con chicas, teniendo en cuenta que cualquier película que
pusieran ya estaba en DVD. Sin embargo, era la única razón por la que uno se
sentaba en las tres últimas filas. Estaba el Cineplex, el depósito del agua y, en el
verano, el lago. Aparte de estas, había muy pocas opciones más: los baños y los
sótanos. Yo sabía que no íbamos a enrollarnos ni nada parecido, pero, aunque así
hubiera sido, jamás la habría traído aquí para eso. Lena no era de la clase de
chicas a las que se llevan a las tres últimas filas del Cineplex. Era mucho más que
eso.
Aun así, había elegido ella, y y o sabía por qué lo había hecho. El sitio más
lejos de Emily Asher era la última fila.
Quizá debería haberla avisado. Antes incluso de que hubieran comenzado a
proyectar los créditos la gente y a iba al asunto. Ambos nos quedamos mirando
las palomitas, y a que no había ningún otro lugar seguro al que mirar.
¿Por qué no me has dicho nada?
No lo sé.
Mentiroso.
Me comportaré como un verdadero caballero. En serio.
Lo aparté y lo confiné al fondo de mi mente, y me puse a pensar en
cualquier cosa, el tiempo, el baloncesto, y metí la mano en el paquete de
palomitas. Lena hizo el mismo movimiento a la vez, nuestras manos se tocaron
durante un segundo y me subió por el brazo un escalofrío, una mezcla de frío y
calor. No había tantas jugadas en el cuaderno del equipo del Jackson: bloqueo
directo, doble poste alto, doblar al jugador. Esto iba a ser más complicado de lo
que había pensado.
La película era espantosa. A los diez minutos y a sabía cómo iba a terminar.
—Ha sido él —le susurré.
—¿Qué?
—El tipo ese es el asesino. No sé a quién ha matado, pero ha sido él. —Esa
era otra de las razones por las cuales Link no quería sentarse conmigo: siempre
sabía cómo iba a acabar desde el principio y no me lo podía callar. Esta era mi
versión de la afición a los crucigramas de Amma. También era la razón por la
que se me daban tan bien los videojuegos, los juegos de feria y jugar al ajedrez
con mi padre. Me imaginaba cómo iban a pasar las cosas ya desde el primer
movimiento.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
¿Y cómo terminará esto?
Sabía a lo que se estaba refiriendo, pero, por primera vez, no sabía la
respuesta.
Un final feliz, muy, muy feliz.
Mentiroso. Y ahora trae para acá los Milk Duds.
Metió la mano en el bolsillo de mi sudadera, buscándolos, pero se equivocó de
sitio y en su lugar encontró lo que menos esperaba. Allí estaba la bolsita, un bulto
duro que ambos sabíamos que era el guardapelo. Lena se sentó de un salto, lo
sacó y lo sujetó como si fuera una especie de ratón muerto.
—¿Por qué sigues llevando esto en el bolsillo?
—Shhh. —Estábamos molestando a la gente de alrededor, aunque desde
luego tenía su gracia teniendo en cuenta que no estaban viendo la película.
—No puedo dejarlo en casa. Amma cree que lo he enterrado.
—Quizá deberías haberlo hecho.
—Pero si da igual, ese chisme va a su bola. No funciona casi nunca. Tú
misma lo has comprobado.
—¿Queréis cerrar el pico? —La pareja que teníamos delante se detuvo un
momento para recuperar la respiración. Lena dio un respingo y dejó caer el
guardapelo. Los dos alargamos la mano para cogerlo y vi que el pañuelo se caía
como si fuera a cámara lenta. Apenas se podía distinguir el cuadrado blanco en
la oscuridad. La gran pantalla se retorció convirtiéndose en un chispazo de luz y
fue cuando empezamos a oler el humo…
Quemar una casa con las mujeres dentro.
No podía ser verdad… mamá, Evangeline… la mente de Genevieve se
aceleró. Quizás aún no era demasiado tarde. Comenzó a correr ignorando las
retorcidas ramas de los arbustos que parecían querer empujarla a que regresara y
las voces de Ethan e Ivy llamándola. Los arbustos se abrieron ante sí y distinguió a
dos federales frente a lo que quedaba de la casa que el abuelo de Genevieve
había construido. Los dos soldados estaban metiendo una bandeja llena de objetos
de plata en un petate del ejército. Genevieve cayó sobre ellos con un revuelo de
voluminosa tela negra que se movía a los impulsos de las ráfagas de aire que
expulsaba el fuego.
—¿Pero qué…?
—Cógela, Emmett —le gritó uno de los soldados adolescentes a otro.
Genevieve subía las escaleras de dos en dos, ahogándose en las vaharadas de
humo que vomitaba el agujero donde había estado antes la puerta. Estaba fuera de
sí. Mamá, Evangeline. Sentía los pulmones como en carne viva y luego se cayó.
¿Había sido por el fuego o iba a desmayarse? No, era otra cosa, una mano la
sujetaba de la muñeca, empujándola hacia el suelo.
—¿Adónde te crees que vas, niña?
—¡Suéltame! —gritó, con la voz ronca por el humo. La espalda golpeó los
escalones uno por uno mientras él la arrastraba, un borrón de color azul marino y
dorado. Luego fue su cabeza la que chocó contra las escaleras. Sintió calor, y
después algo húmedo se deslizó por el cuello de su vestido. El mareo y la
confusión se mezclaron con la pura desesperación.
Un disparo. El sonido fue tan fuerte que la hizo volver en sí, abriéndose camino
en la oscuridad. La mano que la sujetaba de la muñeca se relajó y ella intentó
enfocar la vista.
Siguieron dos disparos más.
«Señor, salva a mamá y a Evangeline». Pero al final había sido pedir
demasiado, o la petición equivocada. Porque cuando escuchó el sonido del tercer
cuerpo cayendo al suelo, sus ojos consiguieron recobrar la visión lo suficiente
para ver la chaqueta de lana gris de Ethan manchada de sangre debido a los
disparos de los mismos soldados con los cuales se había negado a seguir luchando.
Y el olor de la sangre se mezcló con el de la pólvora y el limonar en llamas.
Los créditos se deslizaban por la pantalla y las luces habían comenzado a
encenderse. Lena aún tenía los ojos cerrados y estaba echada hacia atrás en su
butaca. Tenía el pelo desordenado y los dos estábamos sin respiración.
—¿Lena? ¿Estás bien?
Abrió los ojos y subió el apoyabrazos que había entre los dos y, sin decir
palabra, apoy ó la cabeza en mi hombro. Temblaba tan descontroladamente que
apenas podía hablar.
Ya lo sé. Yo también estaba allí.
Todavía estábamos así cuando Link y los demás pasaron a nuestro lado. Link
me guiñó un ojo y alzó el puño a su paso para chocarlo con el mío como
hacíamos cuando anotaba una canasta en la cancha.
Pero él estaba equivocado y también todos los demás. Quizás habíamos
estado en la última fila, pero no nos habíamos enrollado. Todavía podía oler la
sangre y los disparos aún retumbaban en mis oídos.
Acabábamos de ver morir a un hombre.
Una bifurcación en el camino
APENAS NOS DIRIGIMOS la palabra mientras conducía de vuelta hacia mi
casa. Yo no sabía qué decir y Lena parecía agradecida de que yo no dijera nada.
Me dejó conducir, lo cual era bueno porque necesitaba algo que me distrajera
hasta que se me tranquilizara el pulso. Nos pasamos mi calle, pero no me
importó, pues aún no estaba preparado para ir a casa. No sabía qué estaba
pasando con Lena, su casa, su tío, pero ella tenía que contármelo.
—Te has pasado la calle. —Era la primera cosa que había dicho desde que
nos habíamos ido de Ravenwood.
—Ya lo sé.
—Tú crees que mi tío está loco, como todo el mundo. Dilo de una vez. El
Viejo Ravenwood. —Su voz sonaba amarga—. Tengo que irme a casa.
No despegué los labios mientras girábamos en torno a General Green, un
parterre redondo de hierba descolorida que rodeaba la única cosa de Gatlin que
salía en las guías: el general, una estatua del general de la Guerra de Secesión
Jubal A. Early. El general seguía como si nada, como siempre había hecho, y me
sentó mal. Todo había cambiado; de hecho, nada dejaba de cambiar. Yo era
diferente y veía, sentía y hacía cosas que apenas una semana antes me habrían
parecido imposibles. Me parecía que el general debía ser distinto también.
Giré hacia abajo, hacia Dove Street y aparqué el coche al lado del bordillo,
justo bajo el cartel que decía: « Bienvenidos a Gatlin, el lugar con las mansiones
sureñas históricas más originales y el mejor pastel de crema del mundo» . No
veía nada claro lo del pastel, pero el resto era verdad.
—¿Qué estás haciendo?
Apagué el motor.
—Tenemos que hablar.
—Yo no me meto en coches con chicos. —Era una broma, cosa que percibí
en su voz. Estaba paralizada.
—Empieza a hablar.
—¿De qué?
—Estás de broma, ¿no? —Intentaba no gritar.
Se llevó la mano hacia el collar, torciendo la lengüeta de una lata de refresco.
—No sé qué quieres que te diga.
—Pues empieza por explicar lo que acaba de pasar.
Ella se quedó mirando por la ventana, hacia la oscuridad.
—Estaba enfadado. Algunas veces pierde los estribos.
—¿Perder los estribos? ¿Te refieres con eso a lanzar cosas de un lado para
otro de la habitación sin tocarlas y encender velas sin cerillas?
—Ethan, lo siento. —Su voz sonó serena.
Pero la mía, no. Cuanto más evitaba mis preguntas, más enfadado estaba.
—No quiero que lo sientas. Quiero que me cuentes qué está pasando.
—¿Con qué?
—Con tu tío y esa casa extraña que parece haber redecorado en dos días. Con
la comida que aparece y desaparece. Y con toda esa charla de límites y
protegerte. Escoge la que quieras.
Ella sacudió la cabeza.
—No puedo hablar de eso. Y, de todas formas, no lo entenderías.
—¿Y cómo lo sabes si no me das la oportunidad?
—Mi familia es diferente de las demás. Confía en mí, no podrás soportarlo.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Sé realista, Ethan. Tú dices que no eres como los demás, pero sí lo eres. Tú
quieres que yo sea diferente, pero sólo un poco, no diferente del todo.
—¿Sabes qué? Estás tan loca como tu tío.
—Te plantaste en mi casa sin que te invitara y ahora estás enfadado porque
no te ha gustado lo que has visto.
No contesté. No podía ver más allá de las ventanillas del coche y tampoco
podía pensar con claridad.
—Y estás enfadado porque tienes miedo. Todos lo tenéis. En lo más profundo
de vuestro ser, sois todos iguales. —La voz de Lena sonaba cansada, como si se
hubiera rendido.
—No. —La miré—. Eres tú la que tiene miedo.
Se echó a reír, con amargura.
—Ah, sí, claro. Las cosas de las que yo tengo miedo no te las puedes ni
imaginar.
—Tienes miedo de confiar en mí.
No dijo nada.
—Tienes miedo de conocer a alguien tanto como para darte cuenta de si falta
o no a clase.
Deslizó el dedo por el vaho de la ventana hasta formar una línea temblorosa,
como un zigzag.
—Tienes miedo de quedarte en un sitio y ver qué sucede.
El zigzag se convirtió en algo parecido al trazado de un relámpago.
—Tú no eres de aquí, vale, llevas razón. Y no sólo eres algo diferente.
Siguió mirando a la nada a través de la ventanilla, porque no se podía ver otra
cosa. Pero yo sí la veía a ella. Podía verlo todo.
—Tú eres increíble, absoluta, extremada, suma y totalmente diferente. —Le
rocé el brazo con la punta de los dedos e inmediatamente sentí el calor de la
electricidad—. Y y o lo sé, porque en lo más profundo de mí, creo que yo
también soy como tú. Así que cuéntamelo. Por favor. ¿Diferente en qué sentido?
—No quiero contarte nada.
Una lágrima se deslizó por su mejilla. La toqué, quemaba.
—¿Por qué no?
—Porque esta podría ser mi última oportunidad para ser una chica normal,
incluso aunque sea en Gatlin. Porque aquí eres mi único amigo. Porque si te lo
digo, no me creerás, o peor aún, sí que lo harás. —Abrió los ojos y los clavó en
los míos—. Sea como sea, jamás querrás volver a hablarme en tu vida.
Alguien dio un golpecito en la ventanilla y ambos dimos un respingo. A través
del vaho del cristal brilló el haz de luz de una linterna. Alargué la mano y la bajé,
jurando para mis adentros.
—Chicos, ¿os habéis perdido de camino a casa? —Era Fatty. Sonreía como si
se hubiera encontrado dos donuts a un lado de la carretera.
—No, señor. Justo íbamos de camino a casa.
—Este no es su coche, señor Wate.
—No, señor.
Dirigió el haz de luz hacia Lena y se detuvo allí durante un buen rato.
—Pues entonces en marcha y a casa. No hagas esperar a Amma.
—Sí, señor.
Giré la llave. Cuando miré por el retrovisor, pude ver a su novia, Amanda, en
el asiento delantero del coche de policía, riéndose entre dientes.
Cerré el coche de un portazo. Miré a Lena por la ventanilla del conductor.
—Te veo mañana.
—Vale.
Pero y o sabía que no nos veríamos mañana. Sabía que sería así si conducía
hasta el final de la calle. Era como un camino, justo como la bifurcación que
llevaba a Ravenwood o a Gatlin. Tenías que escoger uno u otro. Si no se detenía,
el coche fúnebre tomaría la otra dirección hacia la bifurcación, dejándome atrás.
Igual que la primera mañana que la vi.
Si ella no me escogía a mí.
No puedes tomar dos caminos a la vez. Una vez que coges uno, ya no puedes
volver atrás. Sentí que el motor aceleraba para ponerse en marcha, pero seguí
caminando hacia la puerta de mi casa. El coche se marchó.
Y ella no me escogió a mí.
Estaba tumbado en la cama, mirando hacia la ventana. La luz de la luna se
derramaba dentro, lo cual era un fastidio porque no me dejaba dormir, cuando lo
único que quería es que ese día se terminara de una vez.
Ethan. Su voz sonaba tan baja que apenas pude oírla.
Miré hacia la ventana. Estaba cerrada, me había asegurado de ello.
Ethan, ven.
Cerré los ojos. El cerrojo de la ventana traqueteó.
Déjame entrar.
Los postigos de madera se abrieron de golpe. Habría supuesto que era el
viento, pero ni siquiera soplaba una ligera brisa. Salté de la cama y miré hacia
fuera.
Lena estaba de pie en el césped que había delante de mi casa en pijama. Los
vecinos iban a estar de fiesta y a Amma le iba a dar un ataque al corazón.
—Baja o subo yo.
Primero un ataque al corazón y luego una apoplejía.
Nos sentamos en el primer escalón. Me había puesto los vaqueros porque no
dormía con pijama y si Amma hubiera salido y me hubiera encontrado con una
chica en calzoncillos, habría amanecido enterrado en el césped de la parte de
atrás.
Lena se acomodó en el escalón y alzó la mirada hacia la pintura blanca que
se desprendía del porche.
—Estuve a punto de dar la vuelta cuando llegué al final de tu calle, pero me
dio demasiado miedo hacerlo. —A la luz de la luna, su pijama parecía de color
verde y púrpura, una especie de túnica china—. Y cuando llegué a casa, me
daba demasiado miedo no hacerlo. —Se estaba quitando el pintauñas de los dedos
de los pies, desnudos, y me di cuenta de que esta vez sí que iba a contarme algo
—. Realmente no sé cómo empezar. Nunca he contado nada de esto antes, así
que no sé qué pasará.
Me revolví el pelo despeinado con una mano.
—Me puedes contar lo que sea. Yo y a sé lo que es tener una familia de locos.
—Tú crees que sabes el significado de la palabra « loco» y no tienes ni idea.
Inhaló una gran bocanada de aire. Fuera lo que fuera a decir, le estaba
costando mucho. Parecía estar debatiéndose para encontrar las palabras
adecuadas.
—La gente de mi familia, y yo, tenemos poderes. Hacemos cosas que la
gente normal no puede hacer. Hemos nacido así y no lo podemos evitar. Somos lo
que somos.
Me llevó unos segundos comprender lo que estaba diciendo o, al menos, de lo
que creía que me estaba hablando.
De magia.
¿Dónde estaba Amma cuando la necesitaba?
Me daba miedo preguntar, pero tenía que saber más.
—¿Y qué es, exactamente, lo que sois? —Aquello sonaba tan de locos que
casi no fui capaz de pronunciar las palabras.
—Caster —dijo ella en voz muy baja.
—¿Caster?
Ella asintió.
—¿Te refieres a Caster de los que formulan hechizos?
Afirmó de nuevo con la cabeza.
Me quedé mirándola fijamente. A lo mejor de verdad estaba loca.
—¿Te refieres a brujas y demás?
—Ethan, no seas ridículo.
Solté aire, momentáneamente aliviado. Estaba claro que era un idiota. ¿En
qué había estado pensando?
—En realidad no es más que una estúpida palabra. Es como cuando dices
« musculitos» o « cretino» . Sólo es un absurdo estereotipo más.
Se me encogió el estómago. Parte de mí quería subir las escaleras a todo
trapo, cerrar la puerta y esconderme en la cama. Pero otra parte de mí, la parte
más importante, quería quedarse. Porque… ¿no había una parte en mí que lo
había sabido desde el principio? Tal vez sabía lo que ella era, pero me había dado
cuenta de que había algo en ella distinto, algo mucho más importante que un
collar con un montón de chatarra colgada y aquellas viejas Converse. ¿Qué me
iba a esperar de alguien que podía provocar un aguacero, hablarme sin estar en
la habitación, controlar las nubes del cielo y abrir los postigos de mi ventana
desde el porche?
—¿Y no podríais buscaros un nombre mejor?
—No hay una sola palabra que describa a toda la gente de mi familia, ¿hay
alguna que describa a la tuya?
Quería romper la tensión, simular que todo era igual que con cualquier otra
chica y convencerme a mí mismo de que tampoco pasaba nada.
—Ah, claro. Lunáticos.
—Pues nosotros somos Caster. Esa es la definición más apropiada. Todos
tenemos poderes. Es una especie de don, igual que otras familias son guays, y
otras son ricas, guapas o deportistas.
Sabía cuál sería mi siguiente pregunta, pero no quería hacerla. Ya sabía que
podía romper una ventana sólo con pensarlo. No sabía si estaba preparado para
averiguar qué otras cosas podía destrozar.
De cualquier forma, estaba empezando a sentirme como si estuviéramos
hablando de cualquier otra familia sureña de locos, como las Hermanas. Los
Ravenwood llevaban aquí tanto tiempo como cualquier otra familia de Gatlin
¿Por qué iban a estar menos chiflados que los demás? O, al menos, eso era de lo
que quería convencerme a mí mismo.
Lena se tomó el silencio como una mala señal.
—Ya sabía que no tenía que haberte contado nada. Te dije que me dejaras en
paz. Ahora seguramente pensarás que soy un bicho raro.
—Creo que tienes talento.
—Pensaste que mi casa era extraña. Eso y a lo has admitido.
—Es que la redecorasteis demasiado.
Estaba intentando hacerme una composición de lugar y que ella no dejara de
sonreír. Sabía que debía de haberle costado mucho contarme la verdad y yo no la
iba a dejar tirada ahora. Me volví y señalé el estudio iluminado sobre los arbustos
de azalea, escondido detrás de unos gruesos postigos de madera.
—Mira, ¿ves esa ventana que hay allí? Es el estudio de mi padre. Trabaja
durante toda la noche y duerme durante el día. Desde que murió mi madre, no
ha salido de casa. Ni siquiera me ha enseñado lo que está escribiendo.
—Qué romántico —dijo ella con voz queda.
—No, es una locura. Pero nadie habla de ello, porque nadie tiene permiso
para hacerlo. Excepto Amma, que esconde hechizos mágicos en mi cuarto y me
grita cuando traigo joy as antiguas a esta casa.
Estaba casi seguro de que estaba sonriendo.
—A lo mejor eres un bicho raro.
—Yo lo soy y tú también. Tu casa hace que desaparezcan habitaciones y en
la mía desaparece la gente. Tu tío el recluso es un chiflado y mi padre el recluso
es un lunático, así que no veo en qué crees que somos diferentes tú y yo.
Lena sonrió, aliviada.
—Estoy intentando ver si hay alguna manera de tomarse eso como un
cumplido.
—Lo es. —La miré mientras sonreía bajo la luz de la luna, una sonrisa de
verdad. Había algo especial en su aspecto justo en ese momento que me hizo
imaginarme inclinándome hacia delante un poco más para besarla. Pero me
controlé y subí un escalón más arriba de donde ella estaba.
—¿Estás bien?
—Sí, claro, estoy bien, un poco cansado, quizás.
Pero no era así.
Nos quedamos hablando en las escaleras durante horas. Yo me tumbé en el
escalón de arriba, ella en el de abajo. Observamos el oscuro cielo nocturno,
luego el oscuro cielo del alba, hasta que comenzaron a cantar los pájaros.
Cuando el coche se marchó, el sol comenzaba a salir. Observé a Boo Radley
trotar lentamente detrás de él hacia casa. Al ritmo que iba, no llegaría antes del
crepúsculo. Algunas veces me preguntaba por qué se molestaba en ir detrás de
Lena.
Qué perro tan estúpido.
Puse la mano en el pomo de bronce de la puerta de casa, pero casi no me
sentí capaz de abrirlo. Todo estaba patas arriba y no había nada capaz de cambiar
eso. Mi mente estaba hecha un revoltijo, con cada cosa por un lado, como los
huevos de Amma en su enorme sartén, aunque esa era la forma en que me había
sentido por dentro desde hacía días.
T.I.M.O.R.A.T.O., así era como me habría llamado Amma. Ocho horizontal,
« otro nombre para cobarde» . Estaba asustado. Le había dicho a Lena que lo de
su familia no era para tanto, eso de que fueran… ¿qué? ¿Brujas? ¿Caster? Y no
de la clase convencional de los que me había hablado mi padre.
Sí, claro, tampoco era para tanto.
En qué grandísimo mentiroso me había convertido. Habría apostado que hasta
aquel perro estúpido se habría dado cuenta.
24 de septiembre
Las tres últimas filas
TODO EL MUNDO CONOCE la expresión « se me cay ó encima como un saco
de cemento» . Pues es verdad. Desde el momento en que cogió su coche y
apareció en las escaleras de mi casa con aquel pijama de color púrpura, así fue
como me sentí respecto a Lena.
Sabía que iba a ocurrir. Lo que no sabía era que me sentiría así.
Desde entonces había dos sitios en los que quería estar: o con Lena o solo, de
modo que pudiera apartar todo aquello de la cabeza. No tenía palabras para
definir la situación en la que nos encontrábamos. No era mi novia, ya que ni
siquiera estábamos saliendo. Hasta la pasada semana ni siquiera había querido
admitir que éramos amigos. No tenía ni idea de lo que sentía por mí y, desde
luego, no era cuestión de enviar a Savannah a que lo averiguara. No quería
arriesgar lo que teníamos, fuera lo que fuera. Entonces, ¿por qué pensaba en ella
a todas horas? ¿Por qué me sentía mucho más feliz en el momento en que la
veía? Tenía la sensación de que debía saber la respuesta, pero ¿cómo iba a estar
seguro? No lo sabía y no tenía manera de descubrirlo.
Los chicos no hablamos de estas cosas. Simplemente nos quedamos debajo
del cemento.
—¿Qué es lo que estás escribiendo?
Lena cerró el cuaderno de espiral que parecía llevar a todas partes consigo.
El equipo de baloncesto no tenía entrenamiento los miércoles, de modo que
estábamos sentados en el jardín de Greenbrier, que de alguna manera se había
convertido en un lugar especial para nosotros, cosa que jamás admitiría, ni
siquiera ante ella. Allí habíamos encontrado el guardapelo, y era un lugar donde
podíamos estar sin que todo el mundo nos mirara y susurrara. Se suponía que
estábamos estudiando, pero ella estaba escribiendo en su cuaderno y yo había
leído el mismo párrafo sobre la estructura interna del átomo, con esta, nueve
veces. Nuestros hombros se tocaban, pero mirábamos en direcciones diferentes,
y o estaba despatarrado en el suelo bajo el sol poniente y ella estaba sentada a la
sombra de un nogal cubierto de líquenes.
—No es nada especial. Sólo estoy escribiendo.
—Vale, no me lo cuentes. —Intenté que no se me notara el enfado.
—Es que… es algo estúpido.
—Dímelo de todas formas.
Se quedó callada durante un minuto, garabateando en la goma de su zapatilla
con su bolígrafo negro.
—Es sólo que algunas veces escribo poemas. Lo llevo haciendo desde que era
niña. Ya sé que es un poco raro.
—No creo que sea raro. Mi madre era escritora y mi padre también lo es. —
Sentí cómo sonreía, aunque no la estaba mirando—. Vale, es un mal ejemplo,
porque mi padre es un tío raro de verdad, pero no le puedes echar la culpa de eso
a la escritura.
Esperé a ver si me daba el cuaderno y me pedía que leyera algún poema,
pero no hubo tanta suerte.
—A lo mejor me dejas leer algo tuyo alguna vez.
—Lo dudo.
Escuché el sonido que hacía su cuaderno al abrirse de nuevo y el del
bolígrafo rasgando la página. Me quedé mirando el libro de química, repitiendo la
frase una y otra vez dentro de mi cabeza. Estábamos a solas. El sol se estaba
y endo y ella componía versos. Si había algún momento oportuno, era este.
—Y esto… ¿quieres, ya sabes, que salgamos y eso? —Intenté que mi voz
sonara despreocupada.
—¿Y no es lo que estamos haciendo?
Mordí el extremo de una vieja cuchara de plástico que había encontrado en
mi mochila, probablemente de algún trozo del pastel.
—Ya, sí. No. Quiero decir que, si quieres, no sé, podríamos ir a algún sitio.
—¿Ahora? —Le dio un mordisco a una barrita de cereales que tenía abierta y
movió las piernas hasta que estuvo a mi lado y me la ofreció. Yo sacudí la
cabeza.
—Ahora, no. El viernes o un día así. Podríamos ir a ver una película. —Metí
la cuchara en el libro de química y lo cerré.
—Qué guarrería. —Puso mala cara y volvió la página.
—¿Qué quieres decir?
Sentí cómo me ruborizaba.
Sólo estaba hablando de ir a ver una peli.
Qué idiota.
Señaló la cuchara sucia que había utilizado como marcador.
—Me refiero a eso.
Yo sonreí, aliviado.
—Ah, bueno. Es una mala costumbre que adquirí de mi madre.
—¿Tenía afición a la cubertería?
—No, a los libros. Leía al mismo tiempo por lo menos veinte, los tenía por
todas partes de la casa… en la mesa de la cocina, al lado de su cama, en el baño,
en el coche, en sus bolsos y una pequeña pila en el borde de cada silla. Y
además, usaba cualquier cosa que tuviera a mano como marcador: un calcetín
que y o hubiera perdido, un corazón de manzana, sus gafas de leer, otro libro o un
tenedor.
—¿Y también una vieja cuchara sucia?
—Exactamente.
—Apuesto a que Amma se volvería loca.
—Se le iba la olla. No, espera… se ponía… —Me rompí la cabeza—.
P.E.R.T.U.R.B.A.D.A.
—¿Diez vertical? —Se echó a reír.
—Probablemente.
—Esa era mi madre. —Sostuvo uno de los cacharritos que colgaban de la
larga cadena de plata que no parecía quitarse nunca. Era un diminuto pájaro de
oro—. Es un cuervo.
—¿Por Ravenwood?
—No. Los cuervos son los pájaros más poderosos del mundo de los
hechiceros. La leyenda dice que pueden acumular la energía en su interior y
liberarla de otras formas. Algunas veces se les temía debido a su poder. —La
observé mientras soltaba el animal y lo dejaba caer en su lugar entre un disco
con una extraña inscripción grabada en su interior y una cuenta negra de vidrio.
—Tienes un montón de amuletos.
Se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y bajó la mirada hacia su
collar.
—En realidad, no son amuletos, sino cosas que significan algo para mí. —
Alzó la lengüeta de una lata de refresco—. Esta es de la primera lata de naranja
que me bebí, sentada en el porche de nuestra casa en Savannah. Mi abuela me la
compró cuando regresé del colegio llorando porque nadie me había dejado nada
en mi caja de zapatos el día de San Valentín.
—Qué chulo.
—Si consideras que una tragedia es algo chulo…
—Me refiero a que la hayas conservado.
—Lo guardo todo.
—¿Y este? —Señalé la cuenta negra de cristal.
—Me la dio mi tía Twyla. Es de una roca especial que hay en una zona
remota de Barbados. Me dijo que me traería suerte.
—Es un collar muy guay. —Comprobé cuánto significaba para ella por el
cuidado que ponía cuando tocaba cada uno de los objetos.
—Ya sé que parece sólo un montón de cacharros, pero jamás he vivido
mucho tiempo en ningún sitio. Nunca he estado en la misma casa ni en la misma
habitación más que unos cuantos años y algunas veces tengo la sensación de que
estos pequeños recuerdos que llevo colgados en la cadena son todo lo que tengo.
Suspiré y agarré un manojo de hierba.
—Ya me gustaría haber vivido en alguno de esos sitios.
—Pero tú tienes aquí tus raíces. Tu mejor amigo lo es desde siempre, y tienes
una casa con una habitación que siempre ha sido la tuya. Seguramente, en una de
las jambas de la puerta tienes ray as que marcan lo que medías en cada
momento de tu vida.
En efecto, así era.
Lo tienes, ¿a que sí?
Le di un pequeño empujón con el hombro.
—Puedo medirte en la jamba de mi puerta cuando tú quieras. Así quedarás
inmortalizada para siempre en la propiedad de los Wate. —Ella sonrió hacia
donde estaba su cuaderno y me devolvió el empujón. Por el rabillo del ojo veía
cómo el sol de la tarde caía sobre un lado de su rostro, sobre la página del
cuaderno, el perfil ondulado de su melena negra y la punta de una Converse
negra.
Respecto a la peli, me va bien el viernes.
Y entonces deslizó la barrita de cereales por la mitad de su cuaderno y lo
cerró.
Las puntas de nuestras viejas zapatillas negras se tocaron.
Cuanto más pensaba en la noche del viernes, más nervioso me ponía. No era una
cita, al menos no oficialmente, estaba claro, pero eso era parte del problema,
porque y o quería que sí lo fuera. ¿Cómo te lo montas cuando te das cuenta de que
sientes algo por una chica que apenas admite que sois amigos? Una chica cuyo
tío te ha echado a patadas de su casa y que es cualquier cosa menos bienvenida
en la tuy a. Y, además, alguien a quien odia toda la gente que conoces. Una chica
que comparte tus sueños, pero, a lo mejor, no tus sentimientos.
Como no tenía ni idea, no hacía nada, pero eso no evitaba que pensara en
Lena y deseara conducir hasta su casa el jueves por la noche, si su casa no se
encontrara en las afueras del pueblo, y si yo tuviera mi propio coche, y si su tío
no fuera Macon Ravenwood. Todos esos condicionales eran los que impedían que
hiciera el ridículo.
Todos los días discurrían como si fueran un día cualquiera en la vida de
cualquier otra persona. Jamás en la vida me había pasado nada, y ahora me
pasaba todo a la vez, aunque por « todo» , en realidad, sólo me refería a Lena.
Las horas se me pasaban más lentas y más rápidas a la vez. Me sentía como si
hubiera absorbido todo el aire de un globo gigantesco y a la vez mi cerebro no
obtuviera el oxígeno suficiente. Las nubes se habían convertido en algo
interesante, la cafetería en algo menos desagradable, la música me sonaba
mejor, los mismos viejos chistes de siempre me hacían más gracia y el Jackson
había pasado de ser un montón de edificios industriales de color verde grisáceo a
convertirse en un mapa de momentos y lugares donde encontrarme con ella. A
veces me sorprendía a mí mismo sonriendo sin ningún motivo, con los
auriculares puestos y repasando nuestras conversaciones dentro de mi cabeza,
como si de algún modo las estuviera escuchando de nuevo. Ya había visto cosas
como esas antes.
Pero jamás me habían ocurrido a mí.
Llegó el viernes por la noche. Había estado de un humor estupendo todo el día, lo
cual quería decir que lo había hecho peor que nadie en clase y mejor que todos
los demás en el entrenamiento. Tenía que concentrar mis energías en alguna
parte. Incluso el entrenador se dio cuenta y habló conmigo cuando terminamos.
—Sigue así, Wate, y el año que viene habrás llamado la atención de algún
cazatalentos.
Link me llevó a Summerville después del entrenamiento. Los chicos estaban
planeando ir a ver una película también, lo cual debí haber tenido en cuenta, ya
que el Cineplex sólo tenía una pantalla.
Pero y a era demasiado tarde y a mí me daba bastante igual a estas alturas.
Cuando aparcamos el Cacharro, Lena estaba allí de pie en la oscuridad frente
a la fachada brillantemente iluminada del cine. Llevaba puesta una camiseta
púrpura bajo un vestido negro ceñido que te recordaba que era una chica de
verdad, y unas botas destrozadas también negras que conseguían que lo olvidaras.
Dentro del edificio, además de la multitud habitual de estudiantes de la
escuela universitaria de Summerville, estaba reunido el equipo de animadoras en
perfecta formación, pues habían quedado con los chicos del equipo en el
vestíbulo. El buen humor se me pasó volando.
—Hola.
—Llegas tarde. Ya he comprado las entradas. —Era imposible ver los ojos de
Lena en la oscuridad y la seguí adentro. Esto tenía pinta de convertirse en un gran
comienzo de noche.
—¡Wate! ¡Ven aquí! —La voz de Emory retumbó sobre los arcos, la gente y
la música de los ochenta que sonaba en el vestíbulo.
—Wate, ¿tienes una cita? —Ahora era Billy el que se metía conmigo. Earl no
dijo nada, pero sólo porque él apenas abría la boca.
Lena les ignoró. Se pasó la mano por el pelo, caminando delante de mí como
si no quisiera mirarme.
—Así es la vida —les repliqué por encima de la multitud. Seguramente oiría
hablar de esto el lunes. Me incliné y le dije a Lena—: Oye, siento todo esto.
Ella se giró para mirarme.
—Esto no va a funcionar si eres de la clase de personas que se saltan los
tráileres.
He tenido que esperarte.
Le sonreí.
—Tráileres, créditos y el chico de las palomitas yendo de un lado para otro.
Ella miró más allá de donde yo estaba, hacia el grupo de mis amigos, o al
menos la gente que desde siempre había considerado como tales.
Ignóralos.
—¿Con o sin mantequilla? —Estaba enfadada. Yo había llegado tarde y ella
había tenido que enfrentarse sola al rechazo social del instituto Jackson. Ahora era
mi turno.
—Con mantequilla —le confesé, aun sabiendo que era la respuesta
equivocada. Lena puso mala cara—. Te cambio la mantequilla por una de sal
doble —le dije. Sus ojos se apartaron y después volvió a mirarme. Escuché las
carcajadas de Emily acercándose, aunque no me preocupó.
Con que digas una palabra nos vamos, Lena.
—Sin mantequilla, con sal, y una bolsa de bolitas de chocolate Milk Duds.
Verás cómo te gustan —dijo ella, relajando los hombros un poquito.
Ya me está gustando.
El equipo de animadoras y los chicos pasaron a nuestro lado. Emily evitó
mirarme intencionadamente, mientras que Savannah rodeó a Lena como si
estuviera infectada de alguna clase de virus que flotase en el aire a su alrededor.
Podía imaginarme lo que les dirían a sus madres cuando llegaran a casa.
La cogí de la mano. Una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo, pero esta
vez no fue la sacudida que sentí aquella noche bajo la lluvia. Era más parecido a
una confusión de los sentidos, como la que sientes cuando te golpea una ola en la
play a y cuando te arropas con una manta eléctrica en una noche lluviosa, todo a
la vez. Dejé que la sensación me inundara. Savannah lo notó, y le dio un codazo a
Emily.
No tienes por qué hacer esto.
Le apreté la mano.
¿Hacer qué?
—Eh, chavales, ¿habéis visto a los chicos? —Link me dio una palmadita en la
espalda. Llevaba un paquete de palomitas con mantequilla de un tamaño
monstruoso y un gigantesco granizado de color azul.
El Cineplex daba una peli de suspense y asesinatos, de las que le habrían gustado
a Amma, dada su afición a los misterios y a los cadáveres. Link había ido a
sentarse a las filas de delante con los chicos, explorando de camino los pasillos a
la búsqueda de universitarias, no porque no quisiera sentarse con Lena, sino
porque asumió que querríamos estar solos. Y, desde luego, queríamos, o, al
menos, y o.
—¿Dónde quieres sentarte? ¿Allí más cerca o en la mitad? —Quería que
fuera ella quien decidiera.
—Allí detrás. —La seguí por el pasillo hasta la última fila.
La principal razón por la cual los chicos de Gatlin querían ir al Cineplex era
para enrollarse con chicas, teniendo en cuenta que cualquier película que
pusieran ya estaba en DVD. Sin embargo, era la única razón por la que uno se
sentaba en las tres últimas filas. Estaba el Cineplex, el depósito del agua y, en el
verano, el lago. Aparte de estas, había muy pocas opciones más: los baños y los
sótanos. Yo sabía que no íbamos a enrollarnos ni nada parecido, pero, aunque así
hubiera sido, jamás la habría traído aquí para eso. Lena no era de la clase de
chicas a las que se llevan a las tres últimas filas del Cineplex. Era mucho más que
eso.
Aun así, había elegido ella, y y o sabía por qué lo había hecho. El sitio más
lejos de Emily Asher era la última fila.
Quizá debería haberla avisado. Antes incluso de que hubieran comenzado a
proyectar los créditos la gente y a iba al asunto. Ambos nos quedamos mirando
las palomitas, y a que no había ningún otro lugar seguro al que mirar.
¿Por qué no me has dicho nada?
No lo sé.
Mentiroso.
Me comportaré como un verdadero caballero. En serio.
Lo aparté y lo confiné al fondo de mi mente, y me puse a pensar en
cualquier cosa, el tiempo, el baloncesto, y metí la mano en el paquete de
palomitas. Lena hizo el mismo movimiento a la vez, nuestras manos se tocaron
durante un segundo y me subió por el brazo un escalofrío, una mezcla de frío y
calor. No había tantas jugadas en el cuaderno del equipo del Jackson: bloqueo
directo, doble poste alto, doblar al jugador. Esto iba a ser más complicado de lo
que había pensado.
La película era espantosa. A los diez minutos y a sabía cómo iba a terminar.
—Ha sido él —le susurré.
—¿Qué?
—El tipo ese es el asesino. No sé a quién ha matado, pero ha sido él. —Esa
era otra de las razones por las cuales Link no quería sentarse conmigo: siempre
sabía cómo iba a acabar desde el principio y no me lo podía callar. Esta era mi
versión de la afición a los crucigramas de Amma. También era la razón por la
que se me daban tan bien los videojuegos, los juegos de feria y jugar al ajedrez
con mi padre. Me imaginaba cómo iban a pasar las cosas ya desde el primer
movimiento.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
¿Y cómo terminará esto?
Sabía a lo que se estaba refiriendo, pero, por primera vez, no sabía la
respuesta.
Un final feliz, muy, muy feliz.
Mentiroso. Y ahora trae para acá los Milk Duds.
Metió la mano en el bolsillo de mi sudadera, buscándolos, pero se equivocó de
sitio y en su lugar encontró lo que menos esperaba. Allí estaba la bolsita, un bulto
duro que ambos sabíamos que era el guardapelo. Lena se sentó de un salto, lo
sacó y lo sujetó como si fuera una especie de ratón muerto.
—¿Por qué sigues llevando esto en el bolsillo?
—Shhh. —Estábamos molestando a la gente de alrededor, aunque desde
luego tenía su gracia teniendo en cuenta que no estaban viendo la película.
—No puedo dejarlo en casa. Amma cree que lo he enterrado.
—Quizá deberías haberlo hecho.
—Pero si da igual, ese chisme va a su bola. No funciona casi nunca. Tú
misma lo has comprobado.
—¿Queréis cerrar el pico? —La pareja que teníamos delante se detuvo un
momento para recuperar la respiración. Lena dio un respingo y dejó caer el
guardapelo. Los dos alargamos la mano para cogerlo y vi que el pañuelo se caía
como si fuera a cámara lenta. Apenas se podía distinguir el cuadrado blanco en
la oscuridad. La gran pantalla se retorció convirtiéndose en un chispazo de luz y
fue cuando empezamos a oler el humo…
Quemar una casa con las mujeres dentro.
No podía ser verdad… mamá, Evangeline… la mente de Genevieve se
aceleró. Quizás aún no era demasiado tarde. Comenzó a correr ignorando las
retorcidas ramas de los arbustos que parecían querer empujarla a que regresara y
las voces de Ethan e Ivy llamándola. Los arbustos se abrieron ante sí y distinguió a
dos federales frente a lo que quedaba de la casa que el abuelo de Genevieve
había construido. Los dos soldados estaban metiendo una bandeja llena de objetos
de plata en un petate del ejército. Genevieve cayó sobre ellos con un revuelo de
voluminosa tela negra que se movía a los impulsos de las ráfagas de aire que
expulsaba el fuego.
—¿Pero qué…?
—Cógela, Emmett —le gritó uno de los soldados adolescentes a otro.
Genevieve subía las escaleras de dos en dos, ahogándose en las vaharadas de
humo que vomitaba el agujero donde había estado antes la puerta. Estaba fuera de
sí. Mamá, Evangeline. Sentía los pulmones como en carne viva y luego se cayó.
¿Había sido por el fuego o iba a desmayarse? No, era otra cosa, una mano la
sujetaba de la muñeca, empujándola hacia el suelo.
—¿Adónde te crees que vas, niña?
—¡Suéltame! —gritó, con la voz ronca por el humo. La espalda golpeó los
escalones uno por uno mientras él la arrastraba, un borrón de color azul marino y
dorado. Luego fue su cabeza la que chocó contra las escaleras. Sintió calor, y
después algo húmedo se deslizó por el cuello de su vestido. El mareo y la
confusión se mezclaron con la pura desesperación.
Un disparo. El sonido fue tan fuerte que la hizo volver en sí, abriéndose camino
en la oscuridad. La mano que la sujetaba de la muñeca se relajó y ella intentó
enfocar la vista.
Siguieron dos disparos más.
«Señor, salva a mamá y a Evangeline». Pero al final había sido pedir
demasiado, o la petición equivocada. Porque cuando escuchó el sonido del tercer
cuerpo cayendo al suelo, sus ojos consiguieron recobrar la visión lo suficiente
para ver la chaqueta de lana gris de Ethan manchada de sangre debido a los
disparos de los mismos soldados con los cuales se había negado a seguir luchando.
Y el olor de la sangre se mezcló con el de la pólvora y el limonar en llamas.
Los créditos se deslizaban por la pantalla y las luces habían comenzado a
encenderse. Lena aún tenía los ojos cerrados y estaba echada hacia atrás en su
butaca. Tenía el pelo desordenado y los dos estábamos sin respiración.
—¿Lena? ¿Estás bien?
Abrió los ojos y subió el apoyabrazos que había entre los dos y, sin decir
palabra, apoy ó la cabeza en mi hombro. Temblaba tan descontroladamente que
apenas podía hablar.
Ya lo sé. Yo también estaba allí.
Todavía estábamos así cuando Link y los demás pasaron a nuestro lado. Link
me guiñó un ojo y alzó el puño a su paso para chocarlo con el mío como
hacíamos cuando anotaba una canasta en la cancha.
Pero él estaba equivocado y también todos los demás. Quizás habíamos
estado en la última fila, pero no nos habíamos enrollado. Todavía podía oler la
sangre y los disparos aún retumbaban en mis oídos.
Acabábamos de ver morir a un hombre.
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