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11 de septiembre
Colisión
CUANDO LLEGUÉ AL COCHE, estaba empapado. La tormenta había ido en
aumento a lo largo de toda la semana. Había alerta por mal tiempo en todas las
emisoras de radio que pude captar, lo cual no era mucho si tenemos en cuenta
que el Cacharro sólo cogía tres. Las nubes se habían vuelto completamente
negras y, como estábamos en temporada de huracanes, no era algo para tomarse
a la ligera, pero no me importó. Necesitaba aclararme y pensar qué estaba
ocurriendo, aunque ni por asomo sabía cómo.
Tuve que dar las luces hasta para salir del aparcamiento. No se veía a mucho
más de un metro delante del coche. No era un día para conducir, los rayos
atravesaban el cielo oscuro que se extendía ante mí. Conté, como Amma me
había enseñado hacía años —uno, dos y tres— y el trueno estalló, lo que
significaba que la tormenta no andaba a más, según los cálculos de Amma, de
unos cuatro o cinco kilómetros.
Me detuve ante el semáforo que había en el Jackson, uno de los tres existentes
en todo el pueblo. No se me ocurría qué hacer. La lluvia golpeaba ruidosamente
el coche. La radio permanecía estática, pero escuché algo. Subí el volumen y la
canción fluy ó por aquellos altavoces de mierda.
Dieciséis lunas.
La canción que había desaparecido de mi lista de reproducción. Ese tema que
nadie parecía oír y que Lena Duchannes había estado tocando con la viola. La
canción que me estaba volviendo loco.
El semáforo cambió a verde y el Cacharro arrancó tambaleándose por el
camino. Estaba en marcha y no tenía ni la menor idea de adónde iba.
Los relámpagos continuaron atravesando el cielo. Conté: uno, dos. La
tormenta se estaba acercando. Puse en marcha los limpiaparabrisas, pero no
servían de nada. Apenas podía ver más allá de la mitad de la manzana. Un ray o
centelleó de nuevo. Conté: uno. El trueno retumbó sobre el techo del Cacharro y
la lluvia se volvió horizontal. Las gotas golpeteaban sobre el parabrisas con tanta
fuerza que parecía que se iba a romper en cualquier momento, lo cual,
considerando el estado en el que estaba el coche, no habría sido raro.
Yo no perseguía a la tormenta, era ella la que me perseguía a mí y al final
me había alcanzado. Apenas podía mantener las ruedas sobre la calzada y el
Cacharro comenzó a patinar de forma errática de un lado a otro entre las dos
calles que daban a la Route 9.
No veía nada. Pisé a fondo el freno, dando vueltas en la oscuridad. Las luces
fluctuaron apenas durante un segundo y un par de grandes ojos verdes me
devolvieron la mirada desde la mitad de la calzada. A primera vista me pareció
que era un ciervo, pero me había equivocado.
¡Había alguien en la carretera!
Sujeté el volante con ambas manos, con la mayor fuerza posible, y mi
cuerpo se estampó contra el lateral del coche.
Ella tenía la mano extendida. Cerré los ojos esperando el impacto, pero este
no tuvo lugar.
El Cacharro se detuvo con una sacudida, a no más de un metro. Las luces
formaron un pálido círculo de luz en la lluvia, reflejándose en unos de esos
baratos chubasqueros de plástico que se pueden comprar a tres dólares en la
tienda. Era una chica. Lentamente, se apartó la capucha del rostro, dejando que
la lluvia le cayera sobre la cara. Ojos verdes, pelo negro.
Lena Duchannes.
No podía respirar. Sabía que ella tenía los ojos verdes, porque los había visto
antes, pero esta noche tenían un aspecto diferente, distintos a otros ojos
cualquiera que yo hubiera visto antes. Eran muy grandes y de un verde
antinatural, un verde eléctrico, como los relámpagos de la tormenta. Allí de pie
bajo la tempestad, ni siquiera parecía humana.
Salí a trompicones del coche hacia la lluvia, dejando el motor en marcha y la
puerta abierta. Ninguno de los dos dijo ni una palabra, y nos quedamos de pie en
mitad de la Route 9 debajo de esa clase de diluvio que sólo se veía cuando hay un
huracán o una borrasca del noreste. La adrenalina me corría por las venas y
tenía los músculos en tensión, como si mi cuerpo aún esperara el golpe.
El pelo de Lena chorreaba agua y revoloteaba bajo el soplo del viento. Di un
paso hacia ella y su cabello me azotó. Olía a limones y a tomillo mojados. De
repente, el sueño regresó, como si fuera una ola que pasara sobre mi cabeza. Esa
vez, cuando ella me cogió la mano, había visto su rostro por única vez.
Ojos verdes y pelo negro. Lo recordaba. Era ella, y ahora la tenía de pie
justo delante de mí.
Tenía que asegurarme, así que la cogí de la muñeca y allí estaban aquellos
diminutos arañazos en forma de media luna, justo donde mis dedos se habían
aferrado a su muñeca durante el sueño. Cuando la toqué, una descarga eléctrica
me recorrió el cuerpo. Cayó un ray o sobre un árbol situado a poco más de tres
metros de donde estábamos, partiendo el tronco limpiamente por la mitad.
Comenzó a arder.
—¿Estás loco? ¿Tan mal conductor eres? —Se apartó de mí, con los ojos
verdes centelleantes… ¿de ira? De lo que fuera.
—Eres tú.
—¿Qué era lo que pretendías? ¿Matarme?
—Eres real. —Sentía las palabras extrañas en la lengua, como si la tuviera
llena de algodón.
—Pues casi soy un cadáver, por tu culpa.
—No estoy loco. Creí que me estaba volviendo loco, pero no. Eres tú. Estabas
justo ahí, delante de mí.
—No por mucho tiempo. —Me dio la espalda y comenzó a andar por la
calzada. Esta no era la manera en que había pensado que nos encontráramos.
Corrí hasta caminar a su lado.
—Has sido tú la que ha aparecido de la nada y se ha colocado en mitad de la
calle.
Hizo un gesto de despedida con el brazo como si lo que estuviera rechazando
fuera algo más que esa idea. En ese momento distinguí el largo coche negro en
las sombras. El coche fúnebre, con la capota alzada.
—¿Ah, sí? Estaba buscando a alguien que me ayudara, pedazo de genio. El
coche de mi tío se ha parado. Sólo tenías que haber conducido por tu sitio en vez
de intentar atropellarme.
—Tú eres la chica que aparece en mis sueños. Y la canción. Esa extraña
canción que me encontré en el iPod.
Lena se giró y se puso frente a mí.
—¿Qué sueños? ¿Qué canción? ¿Estás borracho o me estás gastando alguna
clase de broma?
—Sé que eres tú. Tienes esas marcas en la muñeca.
Ella volvió la mano y se las miró, confusa.
—¿Estas? Tengo un perro. Pasa del tema.
Pero y o sabía que no estaba equivocado. Veía su rostro en mi sueño con toda
claridad. ¿Cómo era posible que ella no lo supiera?
Se puso de nuevo la capucha y comenzó el largo paseo hacia Ravenwood
bajo el diluvio. Me puse a su lado.
—Pues te doy un consejo. La próxima vez, no te bajes del coche en mitad de
la calzada durante una tormenta. Llama al 911.
Ella no dejó de andar.
—No iba a llamar a la policía. Se supone que no tengo que conducir. Sólo
puedo conducir si voy con alguien y, de todos modos, tengo roto el móvil. —
Desde luego, estaba claro que no era de aquí. La única manera de que la policía
te detuviera en este pueblo era si te pillaban conduciendo por el lado contrario de
la carretera.
La tormenta parecía arreciar. Tuve que gritar por encima del aullido de la
lluvia.
—Déjame que te lleve a casa. No deberías andar por aquí.
—No, gracias. Esperaré a que aparezca el siguiente chico que me quiera
atropellar.
—No va a aparecer ningún otro chico. Pasarán horas antes de que venga
nadie por aquí.
Ella reanudó la marcha.
—No me importa. Caminaré.
No podía dejarla vagabundeando por ahí bajo aquel diluvio. Mi madre me
había criado demasiado bien para eso.
—No puedo dejar que regreses a casa con este tiempo tan malo. —Y como si
quisiera darme la entradilla en una obra de teatro, el trueno estalló sobre nuestras
cabezas y su capucha voló de nuevo—. Conduciré como si fuera mi abuela. O
como si fuera la tuya.
—No dirías eso si conocieras a mi abuela. —El viento arreciaba y ella gritaba
también.
—Vamos.
—¿Qué?
—El coche. Métete dentro. Conmigo.
Ella me miró y durante un segundo no estuve seguro de si iba a ceder.
—Será más seguro que ir caminando, sobre todo si eres tú quien va
conduciendo.
El Cacharro estaba empapado. A Link se le iba a ir la cabeza cuando lo viera.
La tormenta sonaba diferente cuando nos metimos en el automóvil, más alta y
más tranquila al mismo tiempo. Oía cómo la lluvia golpeaba el techo, pero el
sonido lo ahogaba el del latido de mi corazón y el castañeteo de mis dientes. Puse
el coche en marcha. Era consciente de la presencia de Lena a mi lado, sólo a
unos centímetros, en el asiento del copiloto. La miré a hurtadillas.
Aunque era un coñazo, era preciosa. Tenía unos ojos verdes enormes. No
podía hacerme una idea de por qué esta noche parecía tan distinta. Tenía las
pestañas más largas que había visto en mi vida y su pálida piel aún lo parecía
más en contraste con su cabello negro. En el pómulo, justo debajo de su ojo
izquierdo, distinguí una diminuta marca de nacimiento de color marrón claro en
forma de luna creciente. No se parecía a ninguna otra persona de Jackson, ni a
nadie que yo hubiera visto en toda mi vida.
Se quitó el chubasquero mojado sacándoselo por la cabeza. Debajo llevaba
una camiseta y unos vaqueros negros que se le habían quedado tan pegados que
parecía que se hubiera caído en una piscina. El chaquetón gris arrojó un chorro
de agua sobre el asiento de piel sintética.
—Me es… estás mirando.
Aparté la mirada hacia el parabrisas o a cualquier lado menos donde estaba
ella.
—Deberías quitarte eso, sólo vas a conseguir enfriarte.
La miré mientras luchaba con los delicados botones de plata del chaquetón,
incapaz de controlar el temblor de sus manos. Alargué la mano y ella se encogió,
como si hubiera intentado tocarla de nuevo.
—Pondré la calefacción.
Ella volvió a luchar con los botones.
—Gr… gracias.
Pude verle las manos, con más manchas de tinta que antes, pero ahora
emborronadas por el agua. Adiviné unos cuantos números. Quizás un uno o un
siete, un cinco y un dos. 152. ¿De qué iba eso?
Eché una ojeada al asiento posterior buscando la vieja manta del ejército que
Link solía tener allí. En vez de eso, había un raído saco de dormir, probablemente
desde la última vez que mi amigo se metió en problemas en su casa y tuvo que
dormir en el coche. Olía a humo de hoguera y a moho de sótano, pero se la
ofrecí.
—Mmm, esto está mejor. —Cerró los ojos.
Se relajó con el calor de la calefacción y yo también me sentí mejor
mientras la observaba. Le dejaron de castañetear los dientes, y después de eso,
avanzamos en silencio. Sólo se oía la tormenta y el sonido de las ruedas
arrojando agua en todas las direcciones al atravesar el lago en el que se había
convertido la carretera. Ella trazó unas líneas con el dedo en la ventana
empañada. Intenté mantener los ojos en la calzada mientras hacía todo lo posible
por recordar el resto del sueño, algún detalle, alguna cosa que pudiera probarle
que ella era eso, ella, lo que fuera, y que yo era yo.
Pero cuanto más lo intentaba, más parecía alejarse de mí, hacia la lluvia, la
carretera y las hectáreas de campos de tabaco que pasaban a nuestro lado,
plagados de anticuada maquinaria agrícola y viejos graneros destartalados.
Cuando llegamos a las afueras del pueblo, nos topamos con la desviación. Si
torcías a la izquierda, hacia mi casa, íbamos al río, con todas aquellas casas
restauradas de antes de la guerra, alineadas a orillas del Santee. También era la
manera de salir del pueblo. Cuando llegamos a la bifurcación, automáticamente
comencé a girar hacia la izquierda, por puro hábito. A la derecha sólo estaba la
plantación Ravenwood, y nadie iba allí nunca.
—No, espera. Gira hacia la derecha —me corrigió ella.
—Oh, claro. Perdona.
Me sentí fatal. Subimos la colina hacia la gran casa, la mansión Ravenwood.
Había estado tan concentrado en su papel en el sueño que se me había olvidado
quién era en realidad. La chica con la que llevaba soñando meses, la chica en la
que no podía dejar de pensar era la sobrina de Macon Ravenwood. Y yo la
llevaba hacia la Mansión Encantada, pues así era como la llamábamos.
Tal como yo la había llamado.
Ella bajó la mirada hacia sus manos. Yo no era el único que sabía que vivía
en la Mansión Encantada. Me pregunté qué sería lo que había oído en los pasillos,
si sabía lo que todo el mundo decía de ella. Y aquella mirada incómoda en su
rostro decía a las claras que sí. No sé por qué, pero no podía soportar verla así.
Intenté pensar en algo para romper el silencio.
—¿Por qué te has mudado para vivir aquí con tu tío? Por lo general, la gente
se las apaña para irse de Gatlin, casi nadie viene a vivir aquí.
Advertí el alivio en su voz.
—He vivido en un montón de sitios: Nueva Orleans, Savannah, los Cayos de
Florida y unos cuantos meses en Virginia. Incluso he llegado a vivir en las islas
Barbados durante un tiempo.
Me di cuenta de que no había respondido a la pregunta, pero no pude evitar
pensar que yo habría matado por vivir en algún lugar de esos, aunque fuera sólo
durante un verano.
—¿Dónde están tus padres?
—Han muerto.
Sentí un peso en el pecho.
—Lo siento.
—No pasa nada. Murieron cuando yo tenía dos años, y ni siquiera les
recuerdo. He vivido con un montón de parientes, sobre todo con mi abuela, pero
se ha ido de viaje durante unos cuantos meses. Por eso tengo que quedarme con
mi tío.
—Mi madre murió también, en un accidente de coche. —No tenía ni idea de
por qué lo había dicho, ya que me pasaba la mayor parte del tiempo intentando
no hablar del tema.
—Lo siento.
No le dije que todo iba bien. Tuve la intuición de que era la clase de chica que
sabía que eso no era así.
Paramos frente a una verja negra de hierro forjado maltratada por el tiempo.
Delante de mí se extendía, en la colina y apenas visible a través de una capa de
niebla, los restos destartalados de la casa más antigua e importante de Gatlin, la
mansión Ravenwood. Nunca había estado tan cerca como ahora. Apagué el
motor. La tormenta había amainado hasta convertirse en una especie de llovizna
suave pero constante.
—Mira, parece que se han ido los ray os.
—Estoy segura de que hay más en el lugar de donde venían estos.
—Quizá. Pero no esta noche.
Ella me miró, casi con curiosidad.
—No. Creo que se ha terminado por esta noche. —Sus ojos tenían un aspecto
distinto. Habían perdido el verde tan intenso, y también parecían algo más
pequeños, no pequeños en realidad, simplemente eran más normales.
Comencé a abrir mi puerta para acompañarla hasta la casa.
—No, no lo hagas. —Parecía avergonzada—. Mi tío es un poco tímido. —Lo
cual no dejaba de ser un eufemismo.
Tenía la puerta medio abierta y la suya estaba igual. Nos estábamos mojando
cada vez más, pero nos quedamos allí sentados sin decir nada. Sabía lo que quería
decir, y también que no podía hacerlo. Ignoraba por qué estaba allí sentado,
empapado, delante de la mansión Ravenwood. Nada tenía ningún sentido, pero
sólo sabía una cosa. Una vez que condujera de vuelta colina abajo y girara en
dirección a la Route 9, todo volvería a cambiar y a ser como antes. Todo volvería
a tener sentido. ¿O no?
Ella habló primero.
—Supongo que debo darte las gracias.
—¿Por no atropellarte?
Ella sonrió.
—Ah, sí, claro. Y por traerme.
Me quedé mirando cómo me sonreía, casi como si fuéramos amigos, lo cual
era imposible. Empecé a sentir una especie de claustrofobia, tenía que salir de
allí de alguna manera.
—No es nada. Quiero decir, es guay. No te preocupes. —Me puse la capucha
de la sudadera de baloncesto, del mismo modo que hacía Emory cuando había
cortado con alguna chica y ella intentaba hablar con él en el vestíbulo del
instituto.
Ella me miró, sacudiendo la cabeza, y me alargó el saco de dormir con cierta
rudeza. Ya no sonreía.
—Como quieras. Ya nos veremos por ahí. —Me dio la espalda, se deslizó por
la verja y corrió por el camino empinado y fangoso que iba hacia la casa. Yo
cerré de un portazo.
El saco de dormir estaba en el asiento. Lo cogí para echarlo en el asiento
posterior. Todavía olía un poco a moho y humo, pero también otro poco a limón y
tomillo. Cerré los ojos. Cuando los abrí, ella ya estaba a medio camino de la
entrada.
Bajé la ventanilla.
—Tiene un ojo de cristal.
Lena se volvió y me miró.
—¿Qué?
—La señora English —grité mientras la lluvia se colaba en el coche—. Tienes
que sentarte al otro lado o te preguntará.
Ella sonrió y la lluvia se deslizó por su rostro.
—A lo mejor me gusta hablar.
Se volvió hacia Ravenwood y subió corriendo los escalones de la veranda.
Eché el coche marcha atrás y conduje de vuelta hacia la desviación para
girar en la dirección que lo hacía siempre y tomar la carretera de toda la vida.
Hasta ese mismo día. Vi algo que brillaba en un pliegue del asiento. Un botón de
plata.
Me lo guardé en el bolsillo, y me pregunté con qué soñaría esta noche.
12 de septiembre
Cristales rotos
NADA.
Había sido una noche larga, sin sueños, la primera en mucho tiempo. Cuando
me desperté, la ventana estaba cerrada, no había lodo en la cama, ni canciones
misteriosas en mi iPod. Lo comprobé dos veces. Incluso la ducha olía sólo a
jabón.
Me quedé en la cama, mirando hacia el techo azul, pensando en ojos verdes
y pelo negro, en la sobrina del Viejo Ravenwood, en Lena Duchannes, cuyo
apellido rimaba con lluvia.
¿Cómo podía cualquier chico apartarse de ella?
Cuando Link aparcó, le estaba esperando en el bordillo. Cuando me subí al
coche, mis zapatillas se hundieron en la alfombrilla mojada, lo que hacía que el
Cacharro oliera incluso peor de lo que era habitual. Linksacudió la cabeza.
—Lo siento, tío. Intentaré secarlo cuando terminemos las clases.
—Como quieras, pero hazme el favor de no descarrilar, o todo el mundo
empezará a hablar de ti en vez de la sobrina del Viejo Ravenwood.
Durante un segundo, consideré la idea de guardármelo para mí, pero
necesitaba contárselo a alguien.
—La he visto.
—¿A quién?
—A Lena Duchannes.
Se quedó en blanco.
—La sobrina del Viejo Ravenwood.
Cuando salimos del aparcamiento, ya le había contado a Link toda la historia.
Bueno, quizá no toda la historia. Incluso los mejores amigos tienen sus límites. No
puedo decir que él se lo creyera todo, pero bueno, ¿quién lo hubiera hecho? Si
hasta a mí me costaba creerme a mí mismo. Mientras caminábamos hacia
donde estaban los chicos, aunque no abundó mucho en los detalles, sí que tenía
clara una cosa. Había que hacer control de daños.
—En realidad, no ha pasado nada. La llevaste a su casa.
—¿Que no ocurrió nada? ¿Pero es que no me has escuchado? He estado
soñando con ella durante meses y ahora resulta que es…
Linkme cortó en seco.
—Pero no te has liado con ella ni nada. Tampoco has entrado en la Mansión
Encantada, ¿a que no? Y no le has visto, esto… a él. —Ni siquiera Link era capaz
de pronunciar su nombre. Una cosa era salir con una chica guapa, fuera quien
fuera, y otra muy distinta vérselas con el Viejo Ravenwood.
Sacudí la cabeza.
—No, pero…
—Lo sé, y a lo sé. Se te ha ido un poco la olla. Lo único que te digo es que te lo
guardes para ti, tío. Sólo di lo que sea estrictamente necesario. Además, nadie
tiene por qué enterarse. —Ya me imaginaba yo que esto iba a ser complicado.
Lo que no sabía era que iba a ser imposible.
Cuando abrí la puerta de la clase de inglés, todavía andaba dándole vueltas a todo
esto en mi cabeza, sobre ella y sobre lo que no había ocurrido, según Link. Lena
Duchannes.
Quizás era su manera de llevar aquel collar tan raro con todas esas
chucherías colgadas, o que cuando las tocaba parecía como si le importasen de
verdad o hubieran significado algo para ella en el pasado. Quizás eran esas viejas
zapatillas que llevaba tanto si se había puesto vaqueros o un vestido, como si
necesitara echar a correr de un momento a otro. Cuando la miraba, me sentía
más lejos de Gatlin de lo que había estado en toda mi vida. A lo mejor era eso.
Me detuve cuando empecé a pensar y entonces alguien tropezó conmigo.
Sólo que esta vez no era una apisonadora, sino algo más parecido a un tsunami.
Chocamos bien fuerte. En el momento en que nos tocamos, la luz del techo se
fundió y una lluvia de chispas cay ó sobre nuestras cabezas.
Yo me agaché, pero ella no.
—¿Estás intentando matarme por segunda vez en dos días, Ethan? —La clase
se quedó sumida en un silencio mortal.
—¿Qué…? —Apenas fui capaz de pronunciar palabra.
—Te he preguntado que si estás intentando matarme otra vez.
—No sabía que estabas ahí.
—Eso fue lo que dijiste anoche.
Anoche. Una palabra tan corta pero capaz de cambiar toda tu vida en el
Jackson. Aunque hubiera aún un montón de luces encendidas, parecía como si
tuviéramos un foco justo encima de nuestras cabezas, al menos por lo que se
refería a nuestro público. Sentí cómo me ruborizaba.
—Lo siento. Bueno… hola —mascullé entre dientes, quedando como un
idiota. Ella parecía divertida, pero siguió andando. Soltó su bolso en el mismo
pupitre donde se había sentado toda la semana, justo enfrente de la señora
English. En el Lado del Ojo Bueno.
Yo y a había aprendido la lección. No se le podía decir a Lena Duchannes
dónde podía sentarse o no. No importaba lo que pensaras de los Ravenwood,
había que concederle eso. Me deslicé en el asiento contiguo al suyo en plena
mitad de la Tierra de Nadie, como había estado haciendo durante toda la
semana. Sólo que esta vez ella sí me había hablado, lo cual hacía que todo fuera
algo distinto. No en un mal sentido, sino en uno que me daba pavor.
Comenzó a sonreír, pero se contuvo. Intenté pensar en algo interesante que
pudiera decir, o al menos que no fuera del todo estúpido. Pero antes de que se me
ocurriera alguna cosa, Emily se sentó a mi otro lado, flanqueada por Edén
Westerly y Charlotte Chase, como unas seis filas más cerca de lo habitual. Hoy
no iba a ayudarme el hecho de estar sentado en el Lado del Ojo Bueno. La
señora English alzó la mirada de su mesa, suspicaz.
—Eh, Ethan —dijo Edén, volviéndose hacia mí y sonriéndome como si yo le
estuviera siguiendo el juego de alguna manera—. ¿Qué tal te va?
No me sorprendía en absoluto que Edén secundara la iniciativa de Emily.
Edén sólo era otra de las muchas chicas bonitas que no lo eran tanto como
Savannah. Era lo que se dice exactamente una segundona, tanto en el grupo de
animadoras como en la vida. Ni era ni base ni saltadora, y algunas veces ni
siquiera llegaba a pisar la colchoneta. Sin embargo, Edén nunca se rendía en el
intento de hacer lo que fuera para saltar en esa colchoneta. Lo suy o era jugar a
ser diferente, salvo por el hecho de que no lo era en absoluto, supongo. Nadie lo
era en el Jackson.
—No queríamos que te sentaras aquí solo —comentó entre risitas Charlotte.
Si Edén era una segundona, Charlotte era de tercera, pues estaba un poco
regordeta, algo que ninguna animadora del Jackson que se respetara podía
permitirse. Nunca había terminado de perder las redondeces de la infancia, y a
pesar de que estaba perpetuamente a dieta, jamás había conseguido perder esos
últimos cinco kilos. No era culpa suya, puesto que no dejaba de intentarlo. Se
comía el pastel, pero se dejaba los bordes. Se comía el doble de bollos, pero la
mitad del relleno.
—¿Es que no había un libro más aburrido que este? —Emily no se dignó
mirar en mi dirección. Era una disputa territorial. Ella me habría tirado con gusto
a la basura, pero lo cierto es que no le apetecía ver cerca de mí a la sobrina del
Viejo Ravenwood—. Como si me apeteciera leer sobre una ciudad llena de gente
que están todos mal de la cabeza. Ya tenemos bastantes por aquí.
Abby Porter, que generalmente se sentaba en el Lado del Ojo Bueno, se
sentó al otro lado de Lena y le dedicó una débil sonrisa. Lena se la devolvió y
parecía que iba a decirle algo amistoso cuando Emily le lanzó esa mirada que
dejaba bien claro que la afamada hospitalidad sureña no se aplicaba a ella. Y
desafiar a Emily Asher era un acto de suicidio social. Abby abrió su carpeta y
hundió la nariz en ella, evitando a Lena. Mensaje recibido.
Emily se volvió hacia Lena y le dedicó otra mirada que se las apañó para
recorrerla desde la punta del pelo sin reflejos al rostro sin maquillar, y de ahí a
las puntas de las uñas sin pintar. Edén y Charlotte se giraron en sus asientos para
ponerse frente a Emily como si Lena no existiera. La chica, desde su punto de
vista, era « frío, frío» y ahora, si hubiera sido un congelador, habría marcado
quince grados bajo cero.
Lena abrió su destrozado cuaderno de espiral y comenzó a escribir. Emily
sacó su móvil y se puso a mandar mensajes. Yo bajé la mirada a mi cuaderno y
deslicé un cómic de Estela Plateada entre las páginas, algo mucho más difícil de
hacer cuando se está en la fila central.
—Muy bien, señoras y señores, no están ustedes de suerte, ya que parece que
todas las demás luces continúan funcionando. Espero que todo el mundo leyera
anoche lo que tocaba. —La señora English garabateaba como una loca en la
pizarra—. Pero antes debatiremos durante unos minutos los conflictos sociales
dentro de un pueblo.
Alguien debería haberle dicho a la señora English que sin salir de la clase ya
teníamos un conflicto social más grande que dentro de un pueblo. Emily estaba
coordinando un ataque a gran escala.
—¿Quién sabe por qué Atticus desea defender a Tom Robinson frente a la
estrechez de miras y el racismo?
—Apuesto a que Lena Ravenwood lo sabe —comentó Edén, sonriendo
inocentemente a la señora English. Lena bajó la mirada a las líneas de su
cuaderno, pero no dijo nada.
—Cierra el pico —le susurré, aunque de modo más audible de lo que quería
—. Ya sabes que ese no es su nombre.
—Pues podría serlo si vive con ese bicho raro —replicó Charlotte.
—Ten cuidado con lo que dices, porque he oído que, bueno, que son pareja.
—Emily estaba sacando la artillería pesada.
—Ya basta. —Cuando la señora English paseó su ojo bueno sobre nosotros,
todos nos quedamos callados.
Lena se movió en el asiento y su silla chirrió con fuerza al deslizarse sobre el
suelo. Me incliné hacia delante en el mío intentando convertirme en una muralla
entre Lena y las subalternas de Emily como si con eso pudiera rechazar
físicamente sus comentarios.
No puedes.
¿Qué? Me erguí en el asiento, sorprendido. Miré a mi alrededor, pero nadie
me estaba hablando; de hecho, nadie estaba hablando. Miré a Lena, pero ella
estaba aún medio escondida dentro de su cuaderno. Qué bien. No tenía bastante
con soñar con chicas reales y escuchar canciones imaginarias. Ahora también
oía voces.
Todo el asunto de Lena estaba acabando conmigo. Supongo que me sentía de
algún modo responsable. Emily y todos los demás no la odiarían tanto si no fuera
por mí.
Sí que lo harían.
Ahí estaba de nuevo, una voz tan baja que apenas podía oírla. Era como si
saliera de la parte de atrás de mi cabeza.
Edén, Charlotte y Emily continuaron con su rollo y Lena no pestañeó
siquiera, como si pudiera bloquearlas mientras siguiera escribiendo en aquel
cuaderno suy o.
—Harper Lee parece decirnos que realmente no podemos conocer a los
demás hasta que no nos metemos en sus zapatos. ¿Qué pensáis de esto? ¿Alguien
quiere dar su opinión?
Harper Lee nunca vivió en Gatlin.
Miré a mi alrededor disimulando la risa. Emily me miró como si se me
hubiera ido la olla.
Lena levantó la mano.
—Creo que quiere decir que tienes que darle a la gente una oportunidad antes
de pasar directamente a odiarla. ¿No piensas lo mismo, Emily ? —La miró y le
sonrió.
—Tú, bicho raro —siseó Emily entre dientes.
No tienes ni idea.
Observé a Lena más de cerca. Había dejado de escribir en el cuaderno y
ahora se estaba escribiendo algo en la mano. No tenía que mirar lo que era para
saberlo. Otro número. 151. Me pregunté qué significaría eso y por qué no lo
anotaría en el cuaderno. Volví a sumergir la cabeza en Estela Plateada.
—Hablemos entonces de Boo Radley. ¿Qué os lleva a creer que les esté
dejando unos regalos a los chicos de los Finch?
—Es justo como el Viejo Ravenwood. Probablemente, está intentando atraer
a los chicos a su casa de modo que pueda asesinarlos —susurró Emily lo bastante
alto para que Lena pudiera escucharlo y no tanto como para que la oyera la
señora English—. Y así puede poner los cuerpos en su coche fúnebre y llevarlos
a mitad de ninguna parte y enterrarlos allí.
Cierra el pico.
Escuché la voz de nuevo en mi cabeza y algo más. Era el sonido de un
chirrido, muy tenue.
—Y tiene un nombre igual de raro que Boo Radley. ¿Qué significa eso?
—Tienes razón, lleva ese repulsivo nombre bíblico que nadie usa ya.
Me envaré. Sabía que estaban hablando del Viejo Ravenwood, pero también
de Lena.
—Emily, ¿por qué no lo dejas y a de una vez? —le repliqué.
Ella entrecerró los ojos.
—Es un bicho raro. Todos ellos lo son y todo el mundo lo sabe.
He dicho que cierres el pico.
El chirrido fue creciendo y comenzó a sonar como si algo se estuviera
resquebrajando. Miré a mi alrededor. ¿Qué era ese ruido? Lo más extraño era
que nadie más parecía estar oyéndolo… como la voz.
Lena estaba mirando justo hacia delante, pero tenía la mandíbula apretada y
parecía estar concentrada de modo poco natural en un punto justo en la parte
delantera de la clase, como si no pudiera ver ninguna otra cosa nada más que ese
punto. Sentí como si la estancia se estuviera estrechando, haciéndose más
pequeña.
Escuché cómo la silla de Lena se arrastraba por el suelo de nuevo. Se levantó
de su asiento y se dirigió hacia la estantería que había bajo la ventana, a un lado
de la clase. Simuló sacarle punta al lápiz, pero más bien era un intento de escapar
del jurado y del juicio inexorable del Jackson. El sacapuntas comenzó a dar
vueltas.
—Melquisedec, eso es.
Dejadlo.
Todavía podía oír el sonido del sacapuntas.
—Mi abuela dice que es un nombre maldito.
Dejadlo, dejadlo, dejadlo.
—Y le va, la verdad.
¡Ya está bien!
Ahora la voz era tan alta que me atravesó los oídos. El sacapuntas cesó
repentinamente. Los cristales comenzaron a volar, saltando en añicos, cuando la
ventana estalló sin motivo, la que estaba justo al lado de nuestra fila, en el mismo
lugar donde Lena afilaba su lápiz, pero también justo al lado de Charlotte, Eden,
Emily y yo. Ellas chillaron y saltaron de sus asientos. Entonces fue cuando me di
cuenta de a qué se debía el sonido. Había sido la presión, pues los cristales
mostraban finas grietas que se extendían como dedos, hasta que la ventana
reventó hacia dentro como si hubieran tirado de un hilo.
Estalló el caos, las chicas gritaban y todo el mundo en la clase saltaba de sus
asientos. Incluso yo di un salto.
—No os dejéis llevar por el pánico. ¿Estáis todos bien? —preguntó la señora
English, intentando recuperar el control.
Me volví hacia el sacapuntas. Quería asegurarme de que Lena estaba bien,
pero no era así. Estaba allí de pie, al lado de la ventana rota, rodeada de cristales,
asolada por el pánico. Su rostro se había vuelto más pálido de lo habitual y sus
ojos más grandes y más verdes, como la noche anterior bajo la lluvia, pero
ahora tenían un aspecto diferente, asustados, y y a no me pareció tan valiente.
Ella alzó las manos, en una tenía un corte y sangraba. Las gotas rojas se
aplastaban contra el suelo de linóleo.
Yo no quería…
¿Había hecho estallar el cristal ella, o al revés, había estallado y se había
cortado?
—Lena…
Salió disparada de la clase antes de que pudiera preguntarle si se encontraba
bien.
—¿Habéis visto eso? ¡Ha roto la ventana! ¡La ha roto con algo cuando iba
hacia allí!
—La ha roto de un puñetazo, ¡lo he visto con mis propios ojos!
—Y entonces, ¿cómo es que no va chorreando sangre?
—¿Quién eres tú, alguien del CSI? Ha intentado matarnos.
—Voy a llamar a mi padre. ¡Está loca, igual que su tío!
Sonaban como una manada de gatos callejeros, gritándose los unos a los
otros. La señora English intentó restablecer el orden, pero eso era pedir lo
imposible.
—Que todo el mundo se calme, no hay motivo para el pánico. A veces
ocurren accidentes. Seguramente tiene fácil explicación, la ventana es vieja y el
viento sopla fuerte.
Pero nadie estaba dispuesto a creerse nada que tuviera que ver con una
ventana vieja y el viento, preferían la versión de la sobrina de un anciano y una
tormenta de rayos. La tormenta de ojos verdes que había caído sobre la ciudad,
el huracán Lena.
Una cosa sí que era segura. El tiempo había cambiado, vale. Gatlin jamás
había sufrido una tormenta como esta.
Y probablemente ella ni siquiera sabía que estaba lloviendo.
Colisión
CUANDO LLEGUÉ AL COCHE, estaba empapado. La tormenta había ido en
aumento a lo largo de toda la semana. Había alerta por mal tiempo en todas las
emisoras de radio que pude captar, lo cual no era mucho si tenemos en cuenta
que el Cacharro sólo cogía tres. Las nubes se habían vuelto completamente
negras y, como estábamos en temporada de huracanes, no era algo para tomarse
a la ligera, pero no me importó. Necesitaba aclararme y pensar qué estaba
ocurriendo, aunque ni por asomo sabía cómo.
Tuve que dar las luces hasta para salir del aparcamiento. No se veía a mucho
más de un metro delante del coche. No era un día para conducir, los rayos
atravesaban el cielo oscuro que se extendía ante mí. Conté, como Amma me
había enseñado hacía años —uno, dos y tres— y el trueno estalló, lo que
significaba que la tormenta no andaba a más, según los cálculos de Amma, de
unos cuatro o cinco kilómetros.
Me detuve ante el semáforo que había en el Jackson, uno de los tres existentes
en todo el pueblo. No se me ocurría qué hacer. La lluvia golpeaba ruidosamente
el coche. La radio permanecía estática, pero escuché algo. Subí el volumen y la
canción fluy ó por aquellos altavoces de mierda.
Dieciséis lunas.
La canción que había desaparecido de mi lista de reproducción. Ese tema que
nadie parecía oír y que Lena Duchannes había estado tocando con la viola. La
canción que me estaba volviendo loco.
El semáforo cambió a verde y el Cacharro arrancó tambaleándose por el
camino. Estaba en marcha y no tenía ni la menor idea de adónde iba.
Los relámpagos continuaron atravesando el cielo. Conté: uno, dos. La
tormenta se estaba acercando. Puse en marcha los limpiaparabrisas, pero no
servían de nada. Apenas podía ver más allá de la mitad de la manzana. Un ray o
centelleó de nuevo. Conté: uno. El trueno retumbó sobre el techo del Cacharro y
la lluvia se volvió horizontal. Las gotas golpeteaban sobre el parabrisas con tanta
fuerza que parecía que se iba a romper en cualquier momento, lo cual,
considerando el estado en el que estaba el coche, no habría sido raro.
Yo no perseguía a la tormenta, era ella la que me perseguía a mí y al final
me había alcanzado. Apenas podía mantener las ruedas sobre la calzada y el
Cacharro comenzó a patinar de forma errática de un lado a otro entre las dos
calles que daban a la Route 9.
No veía nada. Pisé a fondo el freno, dando vueltas en la oscuridad. Las luces
fluctuaron apenas durante un segundo y un par de grandes ojos verdes me
devolvieron la mirada desde la mitad de la calzada. A primera vista me pareció
que era un ciervo, pero me había equivocado.
¡Había alguien en la carretera!
Sujeté el volante con ambas manos, con la mayor fuerza posible, y mi
cuerpo se estampó contra el lateral del coche.
Ella tenía la mano extendida. Cerré los ojos esperando el impacto, pero este
no tuvo lugar.
El Cacharro se detuvo con una sacudida, a no más de un metro. Las luces
formaron un pálido círculo de luz en la lluvia, reflejándose en unos de esos
baratos chubasqueros de plástico que se pueden comprar a tres dólares en la
tienda. Era una chica. Lentamente, se apartó la capucha del rostro, dejando que
la lluvia le cayera sobre la cara. Ojos verdes, pelo negro.
Lena Duchannes.
No podía respirar. Sabía que ella tenía los ojos verdes, porque los había visto
antes, pero esta noche tenían un aspecto diferente, distintos a otros ojos
cualquiera que yo hubiera visto antes. Eran muy grandes y de un verde
antinatural, un verde eléctrico, como los relámpagos de la tormenta. Allí de pie
bajo la tempestad, ni siquiera parecía humana.
Salí a trompicones del coche hacia la lluvia, dejando el motor en marcha y la
puerta abierta. Ninguno de los dos dijo ni una palabra, y nos quedamos de pie en
mitad de la Route 9 debajo de esa clase de diluvio que sólo se veía cuando hay un
huracán o una borrasca del noreste. La adrenalina me corría por las venas y
tenía los músculos en tensión, como si mi cuerpo aún esperara el golpe.
El pelo de Lena chorreaba agua y revoloteaba bajo el soplo del viento. Di un
paso hacia ella y su cabello me azotó. Olía a limones y a tomillo mojados. De
repente, el sueño regresó, como si fuera una ola que pasara sobre mi cabeza. Esa
vez, cuando ella me cogió la mano, había visto su rostro por única vez.
Ojos verdes y pelo negro. Lo recordaba. Era ella, y ahora la tenía de pie
justo delante de mí.
Tenía que asegurarme, así que la cogí de la muñeca y allí estaban aquellos
diminutos arañazos en forma de media luna, justo donde mis dedos se habían
aferrado a su muñeca durante el sueño. Cuando la toqué, una descarga eléctrica
me recorrió el cuerpo. Cayó un ray o sobre un árbol situado a poco más de tres
metros de donde estábamos, partiendo el tronco limpiamente por la mitad.
Comenzó a arder.
—¿Estás loco? ¿Tan mal conductor eres? —Se apartó de mí, con los ojos
verdes centelleantes… ¿de ira? De lo que fuera.
—Eres tú.
—¿Qué era lo que pretendías? ¿Matarme?
—Eres real. —Sentía las palabras extrañas en la lengua, como si la tuviera
llena de algodón.
—Pues casi soy un cadáver, por tu culpa.
—No estoy loco. Creí que me estaba volviendo loco, pero no. Eres tú. Estabas
justo ahí, delante de mí.
—No por mucho tiempo. —Me dio la espalda y comenzó a andar por la
calzada. Esta no era la manera en que había pensado que nos encontráramos.
Corrí hasta caminar a su lado.
—Has sido tú la que ha aparecido de la nada y se ha colocado en mitad de la
calle.
Hizo un gesto de despedida con el brazo como si lo que estuviera rechazando
fuera algo más que esa idea. En ese momento distinguí el largo coche negro en
las sombras. El coche fúnebre, con la capota alzada.
—¿Ah, sí? Estaba buscando a alguien que me ayudara, pedazo de genio. El
coche de mi tío se ha parado. Sólo tenías que haber conducido por tu sitio en vez
de intentar atropellarme.
—Tú eres la chica que aparece en mis sueños. Y la canción. Esa extraña
canción que me encontré en el iPod.
Lena se giró y se puso frente a mí.
—¿Qué sueños? ¿Qué canción? ¿Estás borracho o me estás gastando alguna
clase de broma?
—Sé que eres tú. Tienes esas marcas en la muñeca.
Ella volvió la mano y se las miró, confusa.
—¿Estas? Tengo un perro. Pasa del tema.
Pero y o sabía que no estaba equivocado. Veía su rostro en mi sueño con toda
claridad. ¿Cómo era posible que ella no lo supiera?
Se puso de nuevo la capucha y comenzó el largo paseo hacia Ravenwood
bajo el diluvio. Me puse a su lado.
—Pues te doy un consejo. La próxima vez, no te bajes del coche en mitad de
la calzada durante una tormenta. Llama al 911.
Ella no dejó de andar.
—No iba a llamar a la policía. Se supone que no tengo que conducir. Sólo
puedo conducir si voy con alguien y, de todos modos, tengo roto el móvil. —
Desde luego, estaba claro que no era de aquí. La única manera de que la policía
te detuviera en este pueblo era si te pillaban conduciendo por el lado contrario de
la carretera.
La tormenta parecía arreciar. Tuve que gritar por encima del aullido de la
lluvia.
—Déjame que te lleve a casa. No deberías andar por aquí.
—No, gracias. Esperaré a que aparezca el siguiente chico que me quiera
atropellar.
—No va a aparecer ningún otro chico. Pasarán horas antes de que venga
nadie por aquí.
Ella reanudó la marcha.
—No me importa. Caminaré.
No podía dejarla vagabundeando por ahí bajo aquel diluvio. Mi madre me
había criado demasiado bien para eso.
—No puedo dejar que regreses a casa con este tiempo tan malo. —Y como si
quisiera darme la entradilla en una obra de teatro, el trueno estalló sobre nuestras
cabezas y su capucha voló de nuevo—. Conduciré como si fuera mi abuela. O
como si fuera la tuya.
—No dirías eso si conocieras a mi abuela. —El viento arreciaba y ella gritaba
también.
—Vamos.
—¿Qué?
—El coche. Métete dentro. Conmigo.
Ella me miró y durante un segundo no estuve seguro de si iba a ceder.
—Será más seguro que ir caminando, sobre todo si eres tú quien va
conduciendo.
El Cacharro estaba empapado. A Link se le iba a ir la cabeza cuando lo viera.
La tormenta sonaba diferente cuando nos metimos en el automóvil, más alta y
más tranquila al mismo tiempo. Oía cómo la lluvia golpeaba el techo, pero el
sonido lo ahogaba el del latido de mi corazón y el castañeteo de mis dientes. Puse
el coche en marcha. Era consciente de la presencia de Lena a mi lado, sólo a
unos centímetros, en el asiento del copiloto. La miré a hurtadillas.
Aunque era un coñazo, era preciosa. Tenía unos ojos verdes enormes. No
podía hacerme una idea de por qué esta noche parecía tan distinta. Tenía las
pestañas más largas que había visto en mi vida y su pálida piel aún lo parecía
más en contraste con su cabello negro. En el pómulo, justo debajo de su ojo
izquierdo, distinguí una diminuta marca de nacimiento de color marrón claro en
forma de luna creciente. No se parecía a ninguna otra persona de Jackson, ni a
nadie que yo hubiera visto en toda mi vida.
Se quitó el chubasquero mojado sacándoselo por la cabeza. Debajo llevaba
una camiseta y unos vaqueros negros que se le habían quedado tan pegados que
parecía que se hubiera caído en una piscina. El chaquetón gris arrojó un chorro
de agua sobre el asiento de piel sintética.
—Me es… estás mirando.
Aparté la mirada hacia el parabrisas o a cualquier lado menos donde estaba
ella.
—Deberías quitarte eso, sólo vas a conseguir enfriarte.
La miré mientras luchaba con los delicados botones de plata del chaquetón,
incapaz de controlar el temblor de sus manos. Alargué la mano y ella se encogió,
como si hubiera intentado tocarla de nuevo.
—Pondré la calefacción.
Ella volvió a luchar con los botones.
—Gr… gracias.
Pude verle las manos, con más manchas de tinta que antes, pero ahora
emborronadas por el agua. Adiviné unos cuantos números. Quizás un uno o un
siete, un cinco y un dos. 152. ¿De qué iba eso?
Eché una ojeada al asiento posterior buscando la vieja manta del ejército que
Link solía tener allí. En vez de eso, había un raído saco de dormir, probablemente
desde la última vez que mi amigo se metió en problemas en su casa y tuvo que
dormir en el coche. Olía a humo de hoguera y a moho de sótano, pero se la
ofrecí.
—Mmm, esto está mejor. —Cerró los ojos.
Se relajó con el calor de la calefacción y yo también me sentí mejor
mientras la observaba. Le dejaron de castañetear los dientes, y después de eso,
avanzamos en silencio. Sólo se oía la tormenta y el sonido de las ruedas
arrojando agua en todas las direcciones al atravesar el lago en el que se había
convertido la carretera. Ella trazó unas líneas con el dedo en la ventana
empañada. Intenté mantener los ojos en la calzada mientras hacía todo lo posible
por recordar el resto del sueño, algún detalle, alguna cosa que pudiera probarle
que ella era eso, ella, lo que fuera, y que yo era yo.
Pero cuanto más lo intentaba, más parecía alejarse de mí, hacia la lluvia, la
carretera y las hectáreas de campos de tabaco que pasaban a nuestro lado,
plagados de anticuada maquinaria agrícola y viejos graneros destartalados.
Cuando llegamos a las afueras del pueblo, nos topamos con la desviación. Si
torcías a la izquierda, hacia mi casa, íbamos al río, con todas aquellas casas
restauradas de antes de la guerra, alineadas a orillas del Santee. También era la
manera de salir del pueblo. Cuando llegamos a la bifurcación, automáticamente
comencé a girar hacia la izquierda, por puro hábito. A la derecha sólo estaba la
plantación Ravenwood, y nadie iba allí nunca.
—No, espera. Gira hacia la derecha —me corrigió ella.
—Oh, claro. Perdona.
Me sentí fatal. Subimos la colina hacia la gran casa, la mansión Ravenwood.
Había estado tan concentrado en su papel en el sueño que se me había olvidado
quién era en realidad. La chica con la que llevaba soñando meses, la chica en la
que no podía dejar de pensar era la sobrina de Macon Ravenwood. Y yo la
llevaba hacia la Mansión Encantada, pues así era como la llamábamos.
Tal como yo la había llamado.
Ella bajó la mirada hacia sus manos. Yo no era el único que sabía que vivía
en la Mansión Encantada. Me pregunté qué sería lo que había oído en los pasillos,
si sabía lo que todo el mundo decía de ella. Y aquella mirada incómoda en su
rostro decía a las claras que sí. No sé por qué, pero no podía soportar verla así.
Intenté pensar en algo para romper el silencio.
—¿Por qué te has mudado para vivir aquí con tu tío? Por lo general, la gente
se las apaña para irse de Gatlin, casi nadie viene a vivir aquí.
Advertí el alivio en su voz.
—He vivido en un montón de sitios: Nueva Orleans, Savannah, los Cayos de
Florida y unos cuantos meses en Virginia. Incluso he llegado a vivir en las islas
Barbados durante un tiempo.
Me di cuenta de que no había respondido a la pregunta, pero no pude evitar
pensar que yo habría matado por vivir en algún lugar de esos, aunque fuera sólo
durante un verano.
—¿Dónde están tus padres?
—Han muerto.
Sentí un peso en el pecho.
—Lo siento.
—No pasa nada. Murieron cuando yo tenía dos años, y ni siquiera les
recuerdo. He vivido con un montón de parientes, sobre todo con mi abuela, pero
se ha ido de viaje durante unos cuantos meses. Por eso tengo que quedarme con
mi tío.
—Mi madre murió también, en un accidente de coche. —No tenía ni idea de
por qué lo había dicho, ya que me pasaba la mayor parte del tiempo intentando
no hablar del tema.
—Lo siento.
No le dije que todo iba bien. Tuve la intuición de que era la clase de chica que
sabía que eso no era así.
Paramos frente a una verja negra de hierro forjado maltratada por el tiempo.
Delante de mí se extendía, en la colina y apenas visible a través de una capa de
niebla, los restos destartalados de la casa más antigua e importante de Gatlin, la
mansión Ravenwood. Nunca había estado tan cerca como ahora. Apagué el
motor. La tormenta había amainado hasta convertirse en una especie de llovizna
suave pero constante.
—Mira, parece que se han ido los ray os.
—Estoy segura de que hay más en el lugar de donde venían estos.
—Quizá. Pero no esta noche.
Ella me miró, casi con curiosidad.
—No. Creo que se ha terminado por esta noche. —Sus ojos tenían un aspecto
distinto. Habían perdido el verde tan intenso, y también parecían algo más
pequeños, no pequeños en realidad, simplemente eran más normales.
Comencé a abrir mi puerta para acompañarla hasta la casa.
—No, no lo hagas. —Parecía avergonzada—. Mi tío es un poco tímido. —Lo
cual no dejaba de ser un eufemismo.
Tenía la puerta medio abierta y la suya estaba igual. Nos estábamos mojando
cada vez más, pero nos quedamos allí sentados sin decir nada. Sabía lo que quería
decir, y también que no podía hacerlo. Ignoraba por qué estaba allí sentado,
empapado, delante de la mansión Ravenwood. Nada tenía ningún sentido, pero
sólo sabía una cosa. Una vez que condujera de vuelta colina abajo y girara en
dirección a la Route 9, todo volvería a cambiar y a ser como antes. Todo volvería
a tener sentido. ¿O no?
Ella habló primero.
—Supongo que debo darte las gracias.
—¿Por no atropellarte?
Ella sonrió.
—Ah, sí, claro. Y por traerme.
Me quedé mirando cómo me sonreía, casi como si fuéramos amigos, lo cual
era imposible. Empecé a sentir una especie de claustrofobia, tenía que salir de
allí de alguna manera.
—No es nada. Quiero decir, es guay. No te preocupes. —Me puse la capucha
de la sudadera de baloncesto, del mismo modo que hacía Emory cuando había
cortado con alguna chica y ella intentaba hablar con él en el vestíbulo del
instituto.
Ella me miró, sacudiendo la cabeza, y me alargó el saco de dormir con cierta
rudeza. Ya no sonreía.
—Como quieras. Ya nos veremos por ahí. —Me dio la espalda, se deslizó por
la verja y corrió por el camino empinado y fangoso que iba hacia la casa. Yo
cerré de un portazo.
El saco de dormir estaba en el asiento. Lo cogí para echarlo en el asiento
posterior. Todavía olía un poco a moho y humo, pero también otro poco a limón y
tomillo. Cerré los ojos. Cuando los abrí, ella ya estaba a medio camino de la
entrada.
Bajé la ventanilla.
—Tiene un ojo de cristal.
Lena se volvió y me miró.
—¿Qué?
—La señora English —grité mientras la lluvia se colaba en el coche—. Tienes
que sentarte al otro lado o te preguntará.
Ella sonrió y la lluvia se deslizó por su rostro.
—A lo mejor me gusta hablar.
Se volvió hacia Ravenwood y subió corriendo los escalones de la veranda.
Eché el coche marcha atrás y conduje de vuelta hacia la desviación para
girar en la dirección que lo hacía siempre y tomar la carretera de toda la vida.
Hasta ese mismo día. Vi algo que brillaba en un pliegue del asiento. Un botón de
plata.
Me lo guardé en el bolsillo, y me pregunté con qué soñaría esta noche.
12 de septiembre
Cristales rotos
NADA.
Había sido una noche larga, sin sueños, la primera en mucho tiempo. Cuando
me desperté, la ventana estaba cerrada, no había lodo en la cama, ni canciones
misteriosas en mi iPod. Lo comprobé dos veces. Incluso la ducha olía sólo a
jabón.
Me quedé en la cama, mirando hacia el techo azul, pensando en ojos verdes
y pelo negro, en la sobrina del Viejo Ravenwood, en Lena Duchannes, cuyo
apellido rimaba con lluvia.
¿Cómo podía cualquier chico apartarse de ella?
Cuando Link aparcó, le estaba esperando en el bordillo. Cuando me subí al
coche, mis zapatillas se hundieron en la alfombrilla mojada, lo que hacía que el
Cacharro oliera incluso peor de lo que era habitual. Linksacudió la cabeza.
—Lo siento, tío. Intentaré secarlo cuando terminemos las clases.
—Como quieras, pero hazme el favor de no descarrilar, o todo el mundo
empezará a hablar de ti en vez de la sobrina del Viejo Ravenwood.
Durante un segundo, consideré la idea de guardármelo para mí, pero
necesitaba contárselo a alguien.
—La he visto.
—¿A quién?
—A Lena Duchannes.
Se quedó en blanco.
—La sobrina del Viejo Ravenwood.
Cuando salimos del aparcamiento, ya le había contado a Link toda la historia.
Bueno, quizá no toda la historia. Incluso los mejores amigos tienen sus límites. No
puedo decir que él se lo creyera todo, pero bueno, ¿quién lo hubiera hecho? Si
hasta a mí me costaba creerme a mí mismo. Mientras caminábamos hacia
donde estaban los chicos, aunque no abundó mucho en los detalles, sí que tenía
clara una cosa. Había que hacer control de daños.
—En realidad, no ha pasado nada. La llevaste a su casa.
—¿Que no ocurrió nada? ¿Pero es que no me has escuchado? He estado
soñando con ella durante meses y ahora resulta que es…
Linkme cortó en seco.
—Pero no te has liado con ella ni nada. Tampoco has entrado en la Mansión
Encantada, ¿a que no? Y no le has visto, esto… a él. —Ni siquiera Link era capaz
de pronunciar su nombre. Una cosa era salir con una chica guapa, fuera quien
fuera, y otra muy distinta vérselas con el Viejo Ravenwood.
Sacudí la cabeza.
—No, pero…
—Lo sé, y a lo sé. Se te ha ido un poco la olla. Lo único que te digo es que te lo
guardes para ti, tío. Sólo di lo que sea estrictamente necesario. Además, nadie
tiene por qué enterarse. —Ya me imaginaba yo que esto iba a ser complicado.
Lo que no sabía era que iba a ser imposible.
Cuando abrí la puerta de la clase de inglés, todavía andaba dándole vueltas a todo
esto en mi cabeza, sobre ella y sobre lo que no había ocurrido, según Link. Lena
Duchannes.
Quizás era su manera de llevar aquel collar tan raro con todas esas
chucherías colgadas, o que cuando las tocaba parecía como si le importasen de
verdad o hubieran significado algo para ella en el pasado. Quizás eran esas viejas
zapatillas que llevaba tanto si se había puesto vaqueros o un vestido, como si
necesitara echar a correr de un momento a otro. Cuando la miraba, me sentía
más lejos de Gatlin de lo que había estado en toda mi vida. A lo mejor era eso.
Me detuve cuando empecé a pensar y entonces alguien tropezó conmigo.
Sólo que esta vez no era una apisonadora, sino algo más parecido a un tsunami.
Chocamos bien fuerte. En el momento en que nos tocamos, la luz del techo se
fundió y una lluvia de chispas cay ó sobre nuestras cabezas.
Yo me agaché, pero ella no.
—¿Estás intentando matarme por segunda vez en dos días, Ethan? —La clase
se quedó sumida en un silencio mortal.
—¿Qué…? —Apenas fui capaz de pronunciar palabra.
—Te he preguntado que si estás intentando matarme otra vez.
—No sabía que estabas ahí.
—Eso fue lo que dijiste anoche.
Anoche. Una palabra tan corta pero capaz de cambiar toda tu vida en el
Jackson. Aunque hubiera aún un montón de luces encendidas, parecía como si
tuviéramos un foco justo encima de nuestras cabezas, al menos por lo que se
refería a nuestro público. Sentí cómo me ruborizaba.
—Lo siento. Bueno… hola —mascullé entre dientes, quedando como un
idiota. Ella parecía divertida, pero siguió andando. Soltó su bolso en el mismo
pupitre donde se había sentado toda la semana, justo enfrente de la señora
English. En el Lado del Ojo Bueno.
Yo y a había aprendido la lección. No se le podía decir a Lena Duchannes
dónde podía sentarse o no. No importaba lo que pensaras de los Ravenwood,
había que concederle eso. Me deslicé en el asiento contiguo al suyo en plena
mitad de la Tierra de Nadie, como había estado haciendo durante toda la
semana. Sólo que esta vez ella sí me había hablado, lo cual hacía que todo fuera
algo distinto. No en un mal sentido, sino en uno que me daba pavor.
Comenzó a sonreír, pero se contuvo. Intenté pensar en algo interesante que
pudiera decir, o al menos que no fuera del todo estúpido. Pero antes de que se me
ocurriera alguna cosa, Emily se sentó a mi otro lado, flanqueada por Edén
Westerly y Charlotte Chase, como unas seis filas más cerca de lo habitual. Hoy
no iba a ayudarme el hecho de estar sentado en el Lado del Ojo Bueno. La
señora English alzó la mirada de su mesa, suspicaz.
—Eh, Ethan —dijo Edén, volviéndose hacia mí y sonriéndome como si yo le
estuviera siguiendo el juego de alguna manera—. ¿Qué tal te va?
No me sorprendía en absoluto que Edén secundara la iniciativa de Emily.
Edén sólo era otra de las muchas chicas bonitas que no lo eran tanto como
Savannah. Era lo que se dice exactamente una segundona, tanto en el grupo de
animadoras como en la vida. Ni era ni base ni saltadora, y algunas veces ni
siquiera llegaba a pisar la colchoneta. Sin embargo, Edén nunca se rendía en el
intento de hacer lo que fuera para saltar en esa colchoneta. Lo suy o era jugar a
ser diferente, salvo por el hecho de que no lo era en absoluto, supongo. Nadie lo
era en el Jackson.
—No queríamos que te sentaras aquí solo —comentó entre risitas Charlotte.
Si Edén era una segundona, Charlotte era de tercera, pues estaba un poco
regordeta, algo que ninguna animadora del Jackson que se respetara podía
permitirse. Nunca había terminado de perder las redondeces de la infancia, y a
pesar de que estaba perpetuamente a dieta, jamás había conseguido perder esos
últimos cinco kilos. No era culpa suya, puesto que no dejaba de intentarlo. Se
comía el pastel, pero se dejaba los bordes. Se comía el doble de bollos, pero la
mitad del relleno.
—¿Es que no había un libro más aburrido que este? —Emily no se dignó
mirar en mi dirección. Era una disputa territorial. Ella me habría tirado con gusto
a la basura, pero lo cierto es que no le apetecía ver cerca de mí a la sobrina del
Viejo Ravenwood—. Como si me apeteciera leer sobre una ciudad llena de gente
que están todos mal de la cabeza. Ya tenemos bastantes por aquí.
Abby Porter, que generalmente se sentaba en el Lado del Ojo Bueno, se
sentó al otro lado de Lena y le dedicó una débil sonrisa. Lena se la devolvió y
parecía que iba a decirle algo amistoso cuando Emily le lanzó esa mirada que
dejaba bien claro que la afamada hospitalidad sureña no se aplicaba a ella. Y
desafiar a Emily Asher era un acto de suicidio social. Abby abrió su carpeta y
hundió la nariz en ella, evitando a Lena. Mensaje recibido.
Emily se volvió hacia Lena y le dedicó otra mirada que se las apañó para
recorrerla desde la punta del pelo sin reflejos al rostro sin maquillar, y de ahí a
las puntas de las uñas sin pintar. Edén y Charlotte se giraron en sus asientos para
ponerse frente a Emily como si Lena no existiera. La chica, desde su punto de
vista, era « frío, frío» y ahora, si hubiera sido un congelador, habría marcado
quince grados bajo cero.
Lena abrió su destrozado cuaderno de espiral y comenzó a escribir. Emily
sacó su móvil y se puso a mandar mensajes. Yo bajé la mirada a mi cuaderno y
deslicé un cómic de Estela Plateada entre las páginas, algo mucho más difícil de
hacer cuando se está en la fila central.
—Muy bien, señoras y señores, no están ustedes de suerte, ya que parece que
todas las demás luces continúan funcionando. Espero que todo el mundo leyera
anoche lo que tocaba. —La señora English garabateaba como una loca en la
pizarra—. Pero antes debatiremos durante unos minutos los conflictos sociales
dentro de un pueblo.
Alguien debería haberle dicho a la señora English que sin salir de la clase ya
teníamos un conflicto social más grande que dentro de un pueblo. Emily estaba
coordinando un ataque a gran escala.
—¿Quién sabe por qué Atticus desea defender a Tom Robinson frente a la
estrechez de miras y el racismo?
—Apuesto a que Lena Ravenwood lo sabe —comentó Edén, sonriendo
inocentemente a la señora English. Lena bajó la mirada a las líneas de su
cuaderno, pero no dijo nada.
—Cierra el pico —le susurré, aunque de modo más audible de lo que quería
—. Ya sabes que ese no es su nombre.
—Pues podría serlo si vive con ese bicho raro —replicó Charlotte.
—Ten cuidado con lo que dices, porque he oído que, bueno, que son pareja.
—Emily estaba sacando la artillería pesada.
—Ya basta. —Cuando la señora English paseó su ojo bueno sobre nosotros,
todos nos quedamos callados.
Lena se movió en el asiento y su silla chirrió con fuerza al deslizarse sobre el
suelo. Me incliné hacia delante en el mío intentando convertirme en una muralla
entre Lena y las subalternas de Emily como si con eso pudiera rechazar
físicamente sus comentarios.
No puedes.
¿Qué? Me erguí en el asiento, sorprendido. Miré a mi alrededor, pero nadie
me estaba hablando; de hecho, nadie estaba hablando. Miré a Lena, pero ella
estaba aún medio escondida dentro de su cuaderno. Qué bien. No tenía bastante
con soñar con chicas reales y escuchar canciones imaginarias. Ahora también
oía voces.
Todo el asunto de Lena estaba acabando conmigo. Supongo que me sentía de
algún modo responsable. Emily y todos los demás no la odiarían tanto si no fuera
por mí.
Sí que lo harían.
Ahí estaba de nuevo, una voz tan baja que apenas podía oírla. Era como si
saliera de la parte de atrás de mi cabeza.
Edén, Charlotte y Emily continuaron con su rollo y Lena no pestañeó
siquiera, como si pudiera bloquearlas mientras siguiera escribiendo en aquel
cuaderno suy o.
—Harper Lee parece decirnos que realmente no podemos conocer a los
demás hasta que no nos metemos en sus zapatos. ¿Qué pensáis de esto? ¿Alguien
quiere dar su opinión?
Harper Lee nunca vivió en Gatlin.
Miré a mi alrededor disimulando la risa. Emily me miró como si se me
hubiera ido la olla.
Lena levantó la mano.
—Creo que quiere decir que tienes que darle a la gente una oportunidad antes
de pasar directamente a odiarla. ¿No piensas lo mismo, Emily ? —La miró y le
sonrió.
—Tú, bicho raro —siseó Emily entre dientes.
No tienes ni idea.
Observé a Lena más de cerca. Había dejado de escribir en el cuaderno y
ahora se estaba escribiendo algo en la mano. No tenía que mirar lo que era para
saberlo. Otro número. 151. Me pregunté qué significaría eso y por qué no lo
anotaría en el cuaderno. Volví a sumergir la cabeza en Estela Plateada.
—Hablemos entonces de Boo Radley. ¿Qué os lleva a creer que les esté
dejando unos regalos a los chicos de los Finch?
—Es justo como el Viejo Ravenwood. Probablemente, está intentando atraer
a los chicos a su casa de modo que pueda asesinarlos —susurró Emily lo bastante
alto para que Lena pudiera escucharlo y no tanto como para que la oyera la
señora English—. Y así puede poner los cuerpos en su coche fúnebre y llevarlos
a mitad de ninguna parte y enterrarlos allí.
Cierra el pico.
Escuché la voz de nuevo en mi cabeza y algo más. Era el sonido de un
chirrido, muy tenue.
—Y tiene un nombre igual de raro que Boo Radley. ¿Qué significa eso?
—Tienes razón, lleva ese repulsivo nombre bíblico que nadie usa ya.
Me envaré. Sabía que estaban hablando del Viejo Ravenwood, pero también
de Lena.
—Emily, ¿por qué no lo dejas y a de una vez? —le repliqué.
Ella entrecerró los ojos.
—Es un bicho raro. Todos ellos lo son y todo el mundo lo sabe.
He dicho que cierres el pico.
El chirrido fue creciendo y comenzó a sonar como si algo se estuviera
resquebrajando. Miré a mi alrededor. ¿Qué era ese ruido? Lo más extraño era
que nadie más parecía estar oyéndolo… como la voz.
Lena estaba mirando justo hacia delante, pero tenía la mandíbula apretada y
parecía estar concentrada de modo poco natural en un punto justo en la parte
delantera de la clase, como si no pudiera ver ninguna otra cosa nada más que ese
punto. Sentí como si la estancia se estuviera estrechando, haciéndose más
pequeña.
Escuché cómo la silla de Lena se arrastraba por el suelo de nuevo. Se levantó
de su asiento y se dirigió hacia la estantería que había bajo la ventana, a un lado
de la clase. Simuló sacarle punta al lápiz, pero más bien era un intento de escapar
del jurado y del juicio inexorable del Jackson. El sacapuntas comenzó a dar
vueltas.
—Melquisedec, eso es.
Dejadlo.
Todavía podía oír el sonido del sacapuntas.
—Mi abuela dice que es un nombre maldito.
Dejadlo, dejadlo, dejadlo.
—Y le va, la verdad.
¡Ya está bien!
Ahora la voz era tan alta que me atravesó los oídos. El sacapuntas cesó
repentinamente. Los cristales comenzaron a volar, saltando en añicos, cuando la
ventana estalló sin motivo, la que estaba justo al lado de nuestra fila, en el mismo
lugar donde Lena afilaba su lápiz, pero también justo al lado de Charlotte, Eden,
Emily y yo. Ellas chillaron y saltaron de sus asientos. Entonces fue cuando me di
cuenta de a qué se debía el sonido. Había sido la presión, pues los cristales
mostraban finas grietas que se extendían como dedos, hasta que la ventana
reventó hacia dentro como si hubieran tirado de un hilo.
Estalló el caos, las chicas gritaban y todo el mundo en la clase saltaba de sus
asientos. Incluso yo di un salto.
—No os dejéis llevar por el pánico. ¿Estáis todos bien? —preguntó la señora
English, intentando recuperar el control.
Me volví hacia el sacapuntas. Quería asegurarme de que Lena estaba bien,
pero no era así. Estaba allí de pie, al lado de la ventana rota, rodeada de cristales,
asolada por el pánico. Su rostro se había vuelto más pálido de lo habitual y sus
ojos más grandes y más verdes, como la noche anterior bajo la lluvia, pero
ahora tenían un aspecto diferente, asustados, y y a no me pareció tan valiente.
Ella alzó las manos, en una tenía un corte y sangraba. Las gotas rojas se
aplastaban contra el suelo de linóleo.
Yo no quería…
¿Había hecho estallar el cristal ella, o al revés, había estallado y se había
cortado?
—Lena…
Salió disparada de la clase antes de que pudiera preguntarle si se encontraba
bien.
—¿Habéis visto eso? ¡Ha roto la ventana! ¡La ha roto con algo cuando iba
hacia allí!
—La ha roto de un puñetazo, ¡lo he visto con mis propios ojos!
—Y entonces, ¿cómo es que no va chorreando sangre?
—¿Quién eres tú, alguien del CSI? Ha intentado matarnos.
—Voy a llamar a mi padre. ¡Está loca, igual que su tío!
Sonaban como una manada de gatos callejeros, gritándose los unos a los
otros. La señora English intentó restablecer el orden, pero eso era pedir lo
imposible.
—Que todo el mundo se calme, no hay motivo para el pánico. A veces
ocurren accidentes. Seguramente tiene fácil explicación, la ventana es vieja y el
viento sopla fuerte.
Pero nadie estaba dispuesto a creerse nada que tuviera que ver con una
ventana vieja y el viento, preferían la versión de la sobrina de un anciano y una
tormenta de rayos. La tormenta de ojos verdes que había caído sobre la ciudad,
el huracán Lena.
Una cosa sí que era segura. El tiempo había cambiado, vale. Gatlin jamás
había sufrido una tormenta como esta.
Y probablemente ella ni siquiera sabía que estaba lloviendo.
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