3
2 de septiembre
Una chica nueva
OCHO CALLES. Esa era toda la distancia que mediaba entre Cotton Bend y
Jackson High. Si tuviera que vivir de nuevo toda mi vida, probablemente me la
pasaría subiendo y bajando estas ocho calles, y desde luego fueron suficientes en
aquel momento para quitarme de la cabeza el extraño coche fúnebre negro.
Quizá por eso no se lo mencioné a Link.
Pasamos por el Stop & Shop, conocido también como el Stop & Steal. Era la
única tienda del pueblo y lo más cercano que teníamos a un 7-Eleven. Así que
cada vez que quedaba en la puerta con mis amigos, lo hacía con la esperanza de
no tropezarme con la madre de alguno comprando comida o, peor aún, con
Amma.
Distinguí el Grand Prix que me era tan familiar aparcado justo delante.
—Oh, oh. Fatty y a ha acampado por aquí.
Estaba sentado en el asiento del conductor, leyendo Barras y Estrellas.
—Quizá no nos haya visto. —Linkmiró por el retrovisor, tenso.
—Nos han fastidiado.
Fatty era el encargado del instituto Stonewall Jackson para controlar a los que
hacían pellas, además de un orgulloso miembro de la fuerza de policía de Gatlin.
Su novia, Amanda, trabajaba en el Stop & Steal, y él aparcaba allí muchas
mañanas a la espera de que salieran los productos de la panadería. Y eso era de
lo más inconveniente si uno siempre llegaba tarde, como nos solía pasar a Link y
a mí.
Desde luego, uno no podía matricularse en el Jackson sin conocer las rutinas
de Fatty tan bien como el horario de las clases. Fatty nos hizo señas para que
siguiéramos adelante sin levantar siquiera la vista de la sección de deportes. Por
hoy, nos dejaba pasar.
—Sección de deportes y un bollo pegajoso. Ya sabes lo que eso significa.
—Sí, que nos quedan cinco minutos.
Aparcamos el Cacharro en el parking del instituto en punto muerto, con la
esperanza de pasar desapercibidos ante el control de faltas, pero fuera diluviaba,
así que cuando entramos en el edificio estábamos empapados y las zapatillas nos
hacían tanto ruido que, de todas formas, nos hubiera dado igual quedarnos allí
parados.
—¡Ethan Wate! ¡Wesley Lincoln!
Permanecimos de pie en la oficina, chorreando, esperando nuestro parte de
castigo.
—Ya empezamos llegando tarde desde el primer día de curso. Señor Lincoln,
su madre va a tener unas palabritas con usted. Y no ponga esa sonrisita de
suficiencia, señor Wate, Amma le va a moler a palos.
La señorita Hester tenía razón. Amma no iba a tardar en enterarse de que
había llegado tarde ni cinco minutos, si es que no se había enterado ya. Así eran
las cosas por aquí. Mi madre solía decir que Carlton Eaton, el jefe de la estafeta
de correos, leía todas las cartas que consideraba medianamente interesantes, y ni
siquiera se molestaba en sellarlas de nuevo después. Tampoco es que hubiera
muchas noticias que lo merecieran. Todas las familias tienen sus secretos, pero
todos en la calle las conocían, igual que sus secretos.
—Señorita Hester, es que venía conduciendo despacio porque llovía mucho.
—Link echó mano de su encanto, a ver qué pasaba, pero la señorita Hester se
bajó las gafas un poco y le devolvió la mirada sin parecer encantada en absoluto.
La cadenita que llevaba en torno al cuello para sujetar las gafas se balanceó.
—No puedo perder el tiempo charlando con vosotros, chicos. Estoy ocupada
rellenando vuestros partes de falta, así que ya sabéis dónde pasaréis la tarde: aquí
castigados —dijo mientras nos daba a cada uno un papel de color azul.
Ya lo creo que estaba ocupada. Se olía ya la laca de uñas incluso antes de que
torciéramos la esquina. Bienvenidos.
El primer día de clase siempre es igual en Gatlin. Los profesores, que nos
conocían a todos de la iglesia, decidían que eras listo o torpe en cuanto pisabas la
guardería. Yo era listo porque mis padres eran profesores. Link era idiota porque
había arrugado las páginas de la Biblia durante la « búsqueda de la frase bíblica» ,
además de vomitar una vez en la fiesta de Navidad. Y como y o era listo, sacaba
buenas notas en los exámenes; y como él era tonto, las sacaba malas. No creo
que nadie se molestara siquiera en leerlos. Algunas veces escribía algunas cosas
a voleo en mitad de mis ejercicios sólo para comprobar si mis profesores me
decían algo. Jamás me dijeron nada.
Por desgracia, no se aplicaba el mismo principio a los test. En la clase de
inglés de primera hora, descubrí que la profesora, de setecientos años de edad,
cuy o nombre era, aunque parezca increíble, señora English, esperaba que nos
hubiéramos leído Matar a un ruiseñor durante el verano, así que suspendí la
primera prueba. Genial. Me había leído el libro hacía por lo menos dos años, pues
era uno de los favoritos de mi madre, pero había pasado mucho tiempo y me
equivoqué en los detalles.
Hay algo que pocos saben de mí: me paso todo el tiempo ley endo. Los libros
eran lo único con lo que podía evadirme de Gatlin, aunque sólo fuera durante un
rato. Tenía un mapa en la pared de mi cuarto y cada vez que leía sobre un lugar
que me gustaría conocer lo marcaba en él. El guardián entre el centeno me había
mostrado Nueva York. Hacia rutas salvajes me condujo a Alaska. Cuando leí En
el camino añadí Chicago, Denver, Los Ángeles y Ciudad de México. Kerouac te
podía llevar a casi cualquier sitio. Cada pocos meses, trazaba una línea para unir
los puntos. Una fina línea verde que seguiría en un viaje por carretera el verano
anterior a la universidad, si es que alguna vez conseguía salir de este pueblo. Me
guardaba para mí solo lo del mapa y la lectura. En este lugar, los libros y el
baloncesto hacían mala mezcla.
En química no me fue mucho mejor. El señor Hollenback me condenó a ser
compañero de laboratorio de Emily « Anti-Ethan» , también conocida como
Emily Asher, que se había jurado despreciarme toda la vida desde el baile del
año pasado, cuando cometí el error de ponerme mis zapatillas Chuck Taylor con
el esmoquin y dejé que mi padre nos llevara en el Volvo todo oxidado. Tenía una
ventana rota que no podía subirse, de modo que el aire le destrozó su rubio
cabello perfectamente peinado con rizos para el baile de graduación; para
cuando llegamos al gimnasio, parecía María Antonieta recién salida de la cama.
Emily no me dirigió la palabra durante el resto de la noche y envió a Savannah
Snow para dejarme plantado a tres pasos de la fuente de ponche. Eso fue
realmente el final de la historia.
Aquella situación era un tema inagotable de diversión para los chicos, que
todavía esperaban que volviéramos a salir juntos. Lo que ellos no sabían era que
a mí no me iban las chicas como Emily. Era guapa, pero eso era todo. Y mirarla
no me compensaba tener que escuchar lo que salía de su boca. Yo quería algo
distinto, alguien con quien pudiera charlar de otras cosas que no fueran fiestas y
quién iba a ser coronado en el baile de invierno. Una chica que fuera lista, o
divertida, o al menos una compañera decente de laboratorio.
Quizás una chica como esa no fuese más que un sueño, pero desde luego
cualquier sueño es mejor que una pesadilla, aunque esta lleve una falda de
animadora.
Sobreviví a la clase de química, pero mi día empeoró a partir de ese
momento. Al parecer, este año tenía que estudiar de nuevo historia de Estados
Unidos, que era la única historia que se enseñaba en el Jackson, con lo cual
sobraba el añadido. Me pasaría mi segundo año consecutivo estudiando la Guerra
de la Agresión del Norte con el señor Lee, que no estaba emparentado con el
famoso general, pero, según lo que habíamos descubierto a estas alturas, él y el
famoso líder confederado eran uno solo en espíritu. El señor Lee era uno de los
pocos profesores que me odiaban de verdad. El curso anterior, Link me había
retado a que escribiera un ensayo titulado La guerra de la Agresión del Sur, y me
suspendió. Al parecer, después de todo, algunas veces los profesores sí que se
leían los trabajos de verdad.
Encontré un asiento al final de la clase al lado de Link, que estaba ocupado
copiando los apuntes de cualquier clase anterior que se hubiera pasado roncando;
sin embargo, dejó de escribir tan pronto como me senté.
—Tío, ¿lo has oído?
—¿Oír el qué?
—Hay una chica nueva en el instituto.
—Hay una tonelada de chicas nuevas, imbécil, una clase entera de novatas.
—No estoy hablando de las novatas, sino de la chica nueva de nuestra clase.
En cualquier instituto, la llegada de una nueva alumna a la clase de segundo
sería toda una noticia, pero esto era el Jackson, y no había llegado nadie al
instituto desde tercer grado, cuando Kelly Wix se mudó con sus abuelos después
de que su padre fuera arrestado por regentar un negocio de juego en el sótano de
su casa en Lake City.
—¿Quién es?
—No lo sé. He tenido educación cívica a segunda hora con los colgados de la
banda de música y ellos no sabían nada salvo que toca el violín o algo así. Me
pregunto si estará buena. —Link tenía una mente como un disco con una sola
pista, como la may oría de los chicos. La diferencia estribaba en que la pista de
Link terminaba directamente en su boca.
—Vaya, ¿es una de las piradas de la banda?
—No. Se dedica a la música. Quizá comparta conmigo mi amor por la
música clásica.
—¿Música clásica? —La única música clásica que había oído Link en su vida
había sido en la consulta del dentista.
—Ya sabes, tío, los clásicos. PinkFloy d, BlackSabbath, los Stones…
Me eché a reír.
—Señor Lincoln. Señor Wate. Siento interrumpir su conversación, pero me
gustaría empezar la clase, si les parece bien. —El tono del señor Lee era tan
sarcástico como el año pasado y su aspecto, con el pelo repeinado y grasiento y
la cara picada, igual de malo. Nos repartió copias del mismo programa que debía
de llevar usando por lo menos diez años. Este año se exigía participar en un acto
recreacionista de la Guerra de Secesión. Pues no faltaba más, sólo tenía que
pedirle prestado un uniforme a uno de mis parientes de los que participan en
celebraciones recreacionistas los fines de semana. Mira qué suerte.
Después de que sonara el timbre, Link y yo nos retrepamos en el vestíbulo al
lado de nuestras taquillas con la esperanza de echarle una buena ojeada a la
chica nueva. Era para oírle, ella iba a ser su futura amiga del alma, colega de su
banda, y me recitó toda una serie más de afinidades de las que no me apetecía
oírle hablar. Pero a la única cosa que conseguimos echarle una ojeada fue al
buen trozo de Charlotte Chase que dejaba ver una falda vaquera dos tallas más
pequeña de la suy a. Lo cual significaba sin duda que no íbamos a pillar nada más
antes del almuerzo porque nuestra próxima clase era lenguaje de signos
americano y no se permitía hablar de manera bastante estricta. Nadie era tan
bueno con los signos como para deletrear « chica nueva» , especialmente porque
esa clase era la única en la que coincidíamos con el resto del equipo de
baloncesto del Jackson.
Llevaba en aquel equipo desde octavo grado, cuando crecí quince
centímetros durante el verano y al final me quedé una cabeza por encima de
todos los demás de mi clase. Además, uno está obligado a hacer algo normal
cuando sus dos padres son profesores. Y mira por dónde, yo era bastante bueno
en baloncesto. Siempre parecía saber dónde iban a lanzar la pelota los jugadores
del otro equipo, lo cual me había valido un asiento en la cafetería todos los días. Y
en Jackson, eso costaba lo suyo.
Ese día el asiento había ganado aún más valor porque Shawn Bishop, nuestro
base, y a había visto a la chica nueva. Link le preguntó lo único que les importaba
a todos.
—Entonces, ¿está buena?
—Muy buena.
—¿Tan buena como Savannah Snow?
Como si estuviera sincronizada con su nombre, Savannah, el modelo por el
cual se medían el resto de chicas del Jackson, entró en la cafetería, cogida del
brazo de Emily « Anti-Ethan» y todos nos volvimos a mirar porque Savannah
tenía el metro y medio más perfecto de piernas que habíamos visto en nuestra
vida. Emily y Savannah eran casi una sola persona, incluso aunque no llevaran
puestos los uniformes de animadoras. Ambas llevaban el pelo rubio, con mechas
de peluquería, chancletas y unas faldas vaqueras tan cortas que podrían pasar por
cinturones. Lo mejor de Savannah eran las piernas, pero la parte superior del
bikini de Emily era la destinataria de las miradas de todos los chicos en el lago
durante el verano. Nunca las veías llevar libros, sólo unos diminutos bolsos
metalizados apretados bajo el brazo, donde apenas cabía un móvil y eso para las
pocas ocasiones en las que Emily dejaba de mandar mensajes con él.
Las diferencias se reducían a las posiciones que ocupaban en el equipo de
animadoras. Savannah era la capitana y hacía de base: era una de las chicas que
sostenía dos filas de animadoras en la famosa pirámide de las Wildcats, sistema
de animación al que se había sumado el instituto Jackson. Emily era saltadora,
una de las chicas que coronaban la pirámide, y a la que lanzaban un metro o dos
por los aires hasta completar una voltereta o cualquier otra alocada pirueta
acrobática de las que podrían terminar fácilmente en un cuello roto. Pese a todo,
Emily seguiría arriesgándolo todo por estar en lo alto de esa pirámide, aunque
Savannah no lo necesitaba. Cuando Emily saltaba, la pirámide continuaba tal
cual, pero si Savannah se movía un centímetro, todo aquello se venía abajo.
Emily « Anti-Ethan» se dio cuenta de que la estábamos mirando y puso cara
de pocos amigos. Los chicos se echaron a reír. Emory Watkins me dio una
palmada en la espalda.
—En el pecado está la penitencia, Wate. Ya conoces a Emily, quien bien te
quiere te hará sufrir.
Hoy no tenía ganas de pensar en Emily, sino justo todo lo contrario. Desde el
momento en que Link planteó la historia, algo me había llamado la atención en
cuanto a esa chica nueva y era la posibilidad de que hubiera alguien diferente
procedente de un sitio distinto. Quizás alguien con una vida mejor que la nuestra,
y que la mía en especial.
Incluso alguien con quien hubiera soñado. Sabía que era nada más que una
fantasía, pero quería creérmela.
—Oy e, ¿habéis oído hablar de la chica nueva? —Savannah se sentó en el
regazo de Earl Petty, que era el capitán de nuestro equipo y su novio de quita y
pon. En este momento, estaban juntos. Él deslizó las manos por sus piernas de
color anaranjado, tan hacia arriba que uno no sabía dónde mirar.
—Shawn nos estaba informando. Dice que está buena. ¿La vas a incluir en el
grupo de animadoras? —preguntó Link mientras cogía de mi bandeja un par de
patatas Tater Tots.
—No lo creo. Tendríais que ver la ropa que lleva. —Golpe número uno—. Y
lo pálida que está. —Golpe número dos.
Según Savannah, una chica nunca estaba lo suficientemente delgada o
demasiado bronceada.
Emily se sentó al lado de Emory, inclinándose de una manera algo excesiva
sobre la mesa.
—¿Y os ha dicho quién es ella?
—¿A qué te refieres?
Emily hizo una pausa para dar dramatismo a su comentario.
—Es la sobrina del Viejo Ravenwood.
Pero la verdad es que no hacía falta hacer pausa alguna, esta vez, pues fue
como si hubiera aspirado el aire de la habitación. Un par de chicos se echaron a
reír, porque pensaron que estaba de broma, pero y o sabía que no. Golpe número
tres.
Ya la habían rechazado. Y eso la alejaba tanto de mí que probablemente no
llegaría ni a verla. La posibilidad de que apareciera la chica de mi sueño se
desvaneció incluso antes de que pudiera hacerme a la idea de cómo sería nuestra
primera cita. Había quedado condenado a tres años más de chicas como Emily
Asher.
Macon Melquisedec Ravenwood era un tipo del pueblo que vivía confinado en
su casa. Digamos que recordaba lo suficiente de Matar a un ruiseñor para ser
consciente de que el Viejo Ravenwood hacía que Boo Radley pareciera un
mariposilla. Vivía en una vieja casa en ruinas en la plantación más antigua e
infame de Gatlin, y no creo que nadie en el pueblo le hubiera visto al menos
desde que yo nací, o incluso antes.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Link.
—Completamente. Carlton Eaton se lo dijo ay er a mi madre cuando le trajo
el correo.
Savannah asintió.
—Mi madre ha escuchado lo mismo. Se ha mudado a vivir con el Viejo
Ravenwood hace un par de días, viene de Virginia o Mary land, no me acuerdo.
Todos continuaron hablando de ella, de su ropa, su pelo, su tío y de lo bicho
raro que probablemente era. Esto era lo que más odiaba de Gatlin, el modo en
que todo el mundo se dedicaba a comentar lo que habías dicho, o hecho, o, como
en este caso, vestido. Me quedé mirando los fideos de mi bandeja, bañados en
ese flojo líquido de color naranja que no tenía mucho parecido con el queso.
Me quedaban dos años y ocho meses, contando desde ese momento. Tenía
que salir como fuera de este pueblo.
El gimnasio se usaba después de las clases para los ensayos de las animadoras.
Ya no llovía, de modo que los entrenamientos de baloncesto tenían lugar en la
pista exterior, con su cemento agrietado, los bordes levantados, y aún cubierto de
charcos de agua debido a la lluvia que había caído por la mañana. Había que
andar con mucho cuidado para no darse un golpe en una fisura del tamaño del
Gran Cañón situada en el medio. Aparte de eso, desde allí se podía ver casi todo
el aparcamiento y se podía observar en primera fila la vida social del instituto
mientras calentabas.
Hoy estaba en racha. Llevaba siete de siete desde la línea de tres, pero
también Earl, que me seguía lanzamiento tras lanzamiento.
Un silbido en el aire. Ocho. Parecía que me bastaba mirar a la canasta para
que entrara la pelota. Algunos días las cosas salen así.
Otro silbido. Nueve. Earl estaba cabreado. De hecho, cada vez que yo tiraba,
botaba la pelota con más energía contra el suelo. Él era el otro pívot alto. Nuestro
acuerdo tácito era que yo le dejaba estar en primera fila a cambio de que no me
diera la brasa si no me apetecía quedarme en el Stop & Steal todos los días
después del entrenamiento. Estaban contadas las formas en las que puedes hablar
siempre de las mismas chicas y la cantidad de salchichas Slim Jims que te
puedes comer.
Silbido. Diez. No podía fallar. Quizá fuera sólo cosa de la genética, o quizás
había algo más. No me había dado cuenta, pero había dejado de intentarlo desde
que murió mi madre; después de todo, era increíble que siguiera entrenando.
Silbido. Once. Earl gruñó algo a mis espaldas, botando con más fuerza.
Intenté no sonreír y le eché una ojeada al aparcamiento cuando lancé el tiro
siguiente. Vi una maraña de pelo negro largo detrás de la rueda de un coche
negro y largo.
Un coche fúnebre. Me estremecí.
Entonces ella se giró y observé a través de la ventanilla a una chica mirando
en mi dirección, o al menos creí haberla visto. La pelota chocó contra el aro de la
canasta y salió despedida por encima de la verja. Detrás de mí, escuché el
sonido tan familiar.
Silbido. Doce. Earl Petty podía relajarse por fin.
Cuando el coche pasó, miré a la cancha. Todos los chicos se habían quedado
mirando como si hubieran visto un fantasma.
—¿Esa era…?
Billy Watts, nuestro alero, asintió y se subió con una sola mano encima de la
verja.
—Sí, la sobrina del Viejo Ravenwood.
Shawn le lanzó la pelota.
—Exactamente como nos lo habían contado: va conduciendo su coche
fúnebre.
Emory sacudió la cabeza.
—Pues está buena de verdad. Qué desperdicio.
Todos volvieron al juego, pero cuando Earl fue a lanzar otra vez, comenzó a
llover. Treinta segundos más tarde nos atrapó el aguacero, la lluvia más intensa
que habíamos visto en todo el día. Me quedé allí, dejando que las gotas me
golpearan. El pelo mojado se me metía en los ojos y no podía ver el resto del
colegio, ni al equipo.
El mal presagio no era sólo el coche fúnebre, sino también la chica.
Durante unos cuantos minutos había sentido auténtica esperanza de que quizás
este año no fuera como los demás, y que algo cambiara. Que hubiera alguien
con quien poder hablar, con quien me sintiera bien.
Pero todo lo que tenía era un buen día en la cancha, y eso nunca había sido
suficiente.
Una chica nueva
OCHO CALLES. Esa era toda la distancia que mediaba entre Cotton Bend y
Jackson High. Si tuviera que vivir de nuevo toda mi vida, probablemente me la
pasaría subiendo y bajando estas ocho calles, y desde luego fueron suficientes en
aquel momento para quitarme de la cabeza el extraño coche fúnebre negro.
Quizá por eso no se lo mencioné a Link.
Pasamos por el Stop & Shop, conocido también como el Stop & Steal. Era la
única tienda del pueblo y lo más cercano que teníamos a un 7-Eleven. Así que
cada vez que quedaba en la puerta con mis amigos, lo hacía con la esperanza de
no tropezarme con la madre de alguno comprando comida o, peor aún, con
Amma.
Distinguí el Grand Prix que me era tan familiar aparcado justo delante.
—Oh, oh. Fatty y a ha acampado por aquí.
Estaba sentado en el asiento del conductor, leyendo Barras y Estrellas.
—Quizá no nos haya visto. —Linkmiró por el retrovisor, tenso.
—Nos han fastidiado.
Fatty era el encargado del instituto Stonewall Jackson para controlar a los que
hacían pellas, además de un orgulloso miembro de la fuerza de policía de Gatlin.
Su novia, Amanda, trabajaba en el Stop & Steal, y él aparcaba allí muchas
mañanas a la espera de que salieran los productos de la panadería. Y eso era de
lo más inconveniente si uno siempre llegaba tarde, como nos solía pasar a Link y
a mí.
Desde luego, uno no podía matricularse en el Jackson sin conocer las rutinas
de Fatty tan bien como el horario de las clases. Fatty nos hizo señas para que
siguiéramos adelante sin levantar siquiera la vista de la sección de deportes. Por
hoy, nos dejaba pasar.
—Sección de deportes y un bollo pegajoso. Ya sabes lo que eso significa.
—Sí, que nos quedan cinco minutos.
Aparcamos el Cacharro en el parking del instituto en punto muerto, con la
esperanza de pasar desapercibidos ante el control de faltas, pero fuera diluviaba,
así que cuando entramos en el edificio estábamos empapados y las zapatillas nos
hacían tanto ruido que, de todas formas, nos hubiera dado igual quedarnos allí
parados.
—¡Ethan Wate! ¡Wesley Lincoln!
Permanecimos de pie en la oficina, chorreando, esperando nuestro parte de
castigo.
—Ya empezamos llegando tarde desde el primer día de curso. Señor Lincoln,
su madre va a tener unas palabritas con usted. Y no ponga esa sonrisita de
suficiencia, señor Wate, Amma le va a moler a palos.
La señorita Hester tenía razón. Amma no iba a tardar en enterarse de que
había llegado tarde ni cinco minutos, si es que no se había enterado ya. Así eran
las cosas por aquí. Mi madre solía decir que Carlton Eaton, el jefe de la estafeta
de correos, leía todas las cartas que consideraba medianamente interesantes, y ni
siquiera se molestaba en sellarlas de nuevo después. Tampoco es que hubiera
muchas noticias que lo merecieran. Todas las familias tienen sus secretos, pero
todos en la calle las conocían, igual que sus secretos.
—Señorita Hester, es que venía conduciendo despacio porque llovía mucho.
—Link echó mano de su encanto, a ver qué pasaba, pero la señorita Hester se
bajó las gafas un poco y le devolvió la mirada sin parecer encantada en absoluto.
La cadenita que llevaba en torno al cuello para sujetar las gafas se balanceó.
—No puedo perder el tiempo charlando con vosotros, chicos. Estoy ocupada
rellenando vuestros partes de falta, así que ya sabéis dónde pasaréis la tarde: aquí
castigados —dijo mientras nos daba a cada uno un papel de color azul.
Ya lo creo que estaba ocupada. Se olía ya la laca de uñas incluso antes de que
torciéramos la esquina. Bienvenidos.
El primer día de clase siempre es igual en Gatlin. Los profesores, que nos
conocían a todos de la iglesia, decidían que eras listo o torpe en cuanto pisabas la
guardería. Yo era listo porque mis padres eran profesores. Link era idiota porque
había arrugado las páginas de la Biblia durante la « búsqueda de la frase bíblica» ,
además de vomitar una vez en la fiesta de Navidad. Y como y o era listo, sacaba
buenas notas en los exámenes; y como él era tonto, las sacaba malas. No creo
que nadie se molestara siquiera en leerlos. Algunas veces escribía algunas cosas
a voleo en mitad de mis ejercicios sólo para comprobar si mis profesores me
decían algo. Jamás me dijeron nada.
Por desgracia, no se aplicaba el mismo principio a los test. En la clase de
inglés de primera hora, descubrí que la profesora, de setecientos años de edad,
cuy o nombre era, aunque parezca increíble, señora English, esperaba que nos
hubiéramos leído Matar a un ruiseñor durante el verano, así que suspendí la
primera prueba. Genial. Me había leído el libro hacía por lo menos dos años, pues
era uno de los favoritos de mi madre, pero había pasado mucho tiempo y me
equivoqué en los detalles.
Hay algo que pocos saben de mí: me paso todo el tiempo ley endo. Los libros
eran lo único con lo que podía evadirme de Gatlin, aunque sólo fuera durante un
rato. Tenía un mapa en la pared de mi cuarto y cada vez que leía sobre un lugar
que me gustaría conocer lo marcaba en él. El guardián entre el centeno me había
mostrado Nueva York. Hacia rutas salvajes me condujo a Alaska. Cuando leí En
el camino añadí Chicago, Denver, Los Ángeles y Ciudad de México. Kerouac te
podía llevar a casi cualquier sitio. Cada pocos meses, trazaba una línea para unir
los puntos. Una fina línea verde que seguiría en un viaje por carretera el verano
anterior a la universidad, si es que alguna vez conseguía salir de este pueblo. Me
guardaba para mí solo lo del mapa y la lectura. En este lugar, los libros y el
baloncesto hacían mala mezcla.
En química no me fue mucho mejor. El señor Hollenback me condenó a ser
compañero de laboratorio de Emily « Anti-Ethan» , también conocida como
Emily Asher, que se había jurado despreciarme toda la vida desde el baile del
año pasado, cuando cometí el error de ponerme mis zapatillas Chuck Taylor con
el esmoquin y dejé que mi padre nos llevara en el Volvo todo oxidado. Tenía una
ventana rota que no podía subirse, de modo que el aire le destrozó su rubio
cabello perfectamente peinado con rizos para el baile de graduación; para
cuando llegamos al gimnasio, parecía María Antonieta recién salida de la cama.
Emily no me dirigió la palabra durante el resto de la noche y envió a Savannah
Snow para dejarme plantado a tres pasos de la fuente de ponche. Eso fue
realmente el final de la historia.
Aquella situación era un tema inagotable de diversión para los chicos, que
todavía esperaban que volviéramos a salir juntos. Lo que ellos no sabían era que
a mí no me iban las chicas como Emily. Era guapa, pero eso era todo. Y mirarla
no me compensaba tener que escuchar lo que salía de su boca. Yo quería algo
distinto, alguien con quien pudiera charlar de otras cosas que no fueran fiestas y
quién iba a ser coronado en el baile de invierno. Una chica que fuera lista, o
divertida, o al menos una compañera decente de laboratorio.
Quizás una chica como esa no fuese más que un sueño, pero desde luego
cualquier sueño es mejor que una pesadilla, aunque esta lleve una falda de
animadora.
Sobreviví a la clase de química, pero mi día empeoró a partir de ese
momento. Al parecer, este año tenía que estudiar de nuevo historia de Estados
Unidos, que era la única historia que se enseñaba en el Jackson, con lo cual
sobraba el añadido. Me pasaría mi segundo año consecutivo estudiando la Guerra
de la Agresión del Norte con el señor Lee, que no estaba emparentado con el
famoso general, pero, según lo que habíamos descubierto a estas alturas, él y el
famoso líder confederado eran uno solo en espíritu. El señor Lee era uno de los
pocos profesores que me odiaban de verdad. El curso anterior, Link me había
retado a que escribiera un ensayo titulado La guerra de la Agresión del Sur, y me
suspendió. Al parecer, después de todo, algunas veces los profesores sí que se
leían los trabajos de verdad.
Encontré un asiento al final de la clase al lado de Link, que estaba ocupado
copiando los apuntes de cualquier clase anterior que se hubiera pasado roncando;
sin embargo, dejó de escribir tan pronto como me senté.
—Tío, ¿lo has oído?
—¿Oír el qué?
—Hay una chica nueva en el instituto.
—Hay una tonelada de chicas nuevas, imbécil, una clase entera de novatas.
—No estoy hablando de las novatas, sino de la chica nueva de nuestra clase.
En cualquier instituto, la llegada de una nueva alumna a la clase de segundo
sería toda una noticia, pero esto era el Jackson, y no había llegado nadie al
instituto desde tercer grado, cuando Kelly Wix se mudó con sus abuelos después
de que su padre fuera arrestado por regentar un negocio de juego en el sótano de
su casa en Lake City.
—¿Quién es?
—No lo sé. He tenido educación cívica a segunda hora con los colgados de la
banda de música y ellos no sabían nada salvo que toca el violín o algo así. Me
pregunto si estará buena. —Link tenía una mente como un disco con una sola
pista, como la may oría de los chicos. La diferencia estribaba en que la pista de
Link terminaba directamente en su boca.
—Vaya, ¿es una de las piradas de la banda?
—No. Se dedica a la música. Quizá comparta conmigo mi amor por la
música clásica.
—¿Música clásica? —La única música clásica que había oído Link en su vida
había sido en la consulta del dentista.
—Ya sabes, tío, los clásicos. PinkFloy d, BlackSabbath, los Stones…
Me eché a reír.
—Señor Lincoln. Señor Wate. Siento interrumpir su conversación, pero me
gustaría empezar la clase, si les parece bien. —El tono del señor Lee era tan
sarcástico como el año pasado y su aspecto, con el pelo repeinado y grasiento y
la cara picada, igual de malo. Nos repartió copias del mismo programa que debía
de llevar usando por lo menos diez años. Este año se exigía participar en un acto
recreacionista de la Guerra de Secesión. Pues no faltaba más, sólo tenía que
pedirle prestado un uniforme a uno de mis parientes de los que participan en
celebraciones recreacionistas los fines de semana. Mira qué suerte.
Después de que sonara el timbre, Link y yo nos retrepamos en el vestíbulo al
lado de nuestras taquillas con la esperanza de echarle una buena ojeada a la
chica nueva. Era para oírle, ella iba a ser su futura amiga del alma, colega de su
banda, y me recitó toda una serie más de afinidades de las que no me apetecía
oírle hablar. Pero a la única cosa que conseguimos echarle una ojeada fue al
buen trozo de Charlotte Chase que dejaba ver una falda vaquera dos tallas más
pequeña de la suy a. Lo cual significaba sin duda que no íbamos a pillar nada más
antes del almuerzo porque nuestra próxima clase era lenguaje de signos
americano y no se permitía hablar de manera bastante estricta. Nadie era tan
bueno con los signos como para deletrear « chica nueva» , especialmente porque
esa clase era la única en la que coincidíamos con el resto del equipo de
baloncesto del Jackson.
Llevaba en aquel equipo desde octavo grado, cuando crecí quince
centímetros durante el verano y al final me quedé una cabeza por encima de
todos los demás de mi clase. Además, uno está obligado a hacer algo normal
cuando sus dos padres son profesores. Y mira por dónde, yo era bastante bueno
en baloncesto. Siempre parecía saber dónde iban a lanzar la pelota los jugadores
del otro equipo, lo cual me había valido un asiento en la cafetería todos los días. Y
en Jackson, eso costaba lo suyo.
Ese día el asiento había ganado aún más valor porque Shawn Bishop, nuestro
base, y a había visto a la chica nueva. Link le preguntó lo único que les importaba
a todos.
—Entonces, ¿está buena?
—Muy buena.
—¿Tan buena como Savannah Snow?
Como si estuviera sincronizada con su nombre, Savannah, el modelo por el
cual se medían el resto de chicas del Jackson, entró en la cafetería, cogida del
brazo de Emily « Anti-Ethan» y todos nos volvimos a mirar porque Savannah
tenía el metro y medio más perfecto de piernas que habíamos visto en nuestra
vida. Emily y Savannah eran casi una sola persona, incluso aunque no llevaran
puestos los uniformes de animadoras. Ambas llevaban el pelo rubio, con mechas
de peluquería, chancletas y unas faldas vaqueras tan cortas que podrían pasar por
cinturones. Lo mejor de Savannah eran las piernas, pero la parte superior del
bikini de Emily era la destinataria de las miradas de todos los chicos en el lago
durante el verano. Nunca las veías llevar libros, sólo unos diminutos bolsos
metalizados apretados bajo el brazo, donde apenas cabía un móvil y eso para las
pocas ocasiones en las que Emily dejaba de mandar mensajes con él.
Las diferencias se reducían a las posiciones que ocupaban en el equipo de
animadoras. Savannah era la capitana y hacía de base: era una de las chicas que
sostenía dos filas de animadoras en la famosa pirámide de las Wildcats, sistema
de animación al que se había sumado el instituto Jackson. Emily era saltadora,
una de las chicas que coronaban la pirámide, y a la que lanzaban un metro o dos
por los aires hasta completar una voltereta o cualquier otra alocada pirueta
acrobática de las que podrían terminar fácilmente en un cuello roto. Pese a todo,
Emily seguiría arriesgándolo todo por estar en lo alto de esa pirámide, aunque
Savannah no lo necesitaba. Cuando Emily saltaba, la pirámide continuaba tal
cual, pero si Savannah se movía un centímetro, todo aquello se venía abajo.
Emily « Anti-Ethan» se dio cuenta de que la estábamos mirando y puso cara
de pocos amigos. Los chicos se echaron a reír. Emory Watkins me dio una
palmada en la espalda.
—En el pecado está la penitencia, Wate. Ya conoces a Emily, quien bien te
quiere te hará sufrir.
Hoy no tenía ganas de pensar en Emily, sino justo todo lo contrario. Desde el
momento en que Link planteó la historia, algo me había llamado la atención en
cuanto a esa chica nueva y era la posibilidad de que hubiera alguien diferente
procedente de un sitio distinto. Quizás alguien con una vida mejor que la nuestra,
y que la mía en especial.
Incluso alguien con quien hubiera soñado. Sabía que era nada más que una
fantasía, pero quería creérmela.
—Oy e, ¿habéis oído hablar de la chica nueva? —Savannah se sentó en el
regazo de Earl Petty, que era el capitán de nuestro equipo y su novio de quita y
pon. En este momento, estaban juntos. Él deslizó las manos por sus piernas de
color anaranjado, tan hacia arriba que uno no sabía dónde mirar.
—Shawn nos estaba informando. Dice que está buena. ¿La vas a incluir en el
grupo de animadoras? —preguntó Link mientras cogía de mi bandeja un par de
patatas Tater Tots.
—No lo creo. Tendríais que ver la ropa que lleva. —Golpe número uno—. Y
lo pálida que está. —Golpe número dos.
Según Savannah, una chica nunca estaba lo suficientemente delgada o
demasiado bronceada.
Emily se sentó al lado de Emory, inclinándose de una manera algo excesiva
sobre la mesa.
—¿Y os ha dicho quién es ella?
—¿A qué te refieres?
Emily hizo una pausa para dar dramatismo a su comentario.
—Es la sobrina del Viejo Ravenwood.
Pero la verdad es que no hacía falta hacer pausa alguna, esta vez, pues fue
como si hubiera aspirado el aire de la habitación. Un par de chicos se echaron a
reír, porque pensaron que estaba de broma, pero y o sabía que no. Golpe número
tres.
Ya la habían rechazado. Y eso la alejaba tanto de mí que probablemente no
llegaría ni a verla. La posibilidad de que apareciera la chica de mi sueño se
desvaneció incluso antes de que pudiera hacerme a la idea de cómo sería nuestra
primera cita. Había quedado condenado a tres años más de chicas como Emily
Asher.
Macon Melquisedec Ravenwood era un tipo del pueblo que vivía confinado en
su casa. Digamos que recordaba lo suficiente de Matar a un ruiseñor para ser
consciente de que el Viejo Ravenwood hacía que Boo Radley pareciera un
mariposilla. Vivía en una vieja casa en ruinas en la plantación más antigua e
infame de Gatlin, y no creo que nadie en el pueblo le hubiera visto al menos
desde que yo nací, o incluso antes.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Link.
—Completamente. Carlton Eaton se lo dijo ay er a mi madre cuando le trajo
el correo.
Savannah asintió.
—Mi madre ha escuchado lo mismo. Se ha mudado a vivir con el Viejo
Ravenwood hace un par de días, viene de Virginia o Mary land, no me acuerdo.
Todos continuaron hablando de ella, de su ropa, su pelo, su tío y de lo bicho
raro que probablemente era. Esto era lo que más odiaba de Gatlin, el modo en
que todo el mundo se dedicaba a comentar lo que habías dicho, o hecho, o, como
en este caso, vestido. Me quedé mirando los fideos de mi bandeja, bañados en
ese flojo líquido de color naranja que no tenía mucho parecido con el queso.
Me quedaban dos años y ocho meses, contando desde ese momento. Tenía
que salir como fuera de este pueblo.
El gimnasio se usaba después de las clases para los ensayos de las animadoras.
Ya no llovía, de modo que los entrenamientos de baloncesto tenían lugar en la
pista exterior, con su cemento agrietado, los bordes levantados, y aún cubierto de
charcos de agua debido a la lluvia que había caído por la mañana. Había que
andar con mucho cuidado para no darse un golpe en una fisura del tamaño del
Gran Cañón situada en el medio. Aparte de eso, desde allí se podía ver casi todo
el aparcamiento y se podía observar en primera fila la vida social del instituto
mientras calentabas.
Hoy estaba en racha. Llevaba siete de siete desde la línea de tres, pero
también Earl, que me seguía lanzamiento tras lanzamiento.
Un silbido en el aire. Ocho. Parecía que me bastaba mirar a la canasta para
que entrara la pelota. Algunos días las cosas salen así.
Otro silbido. Nueve. Earl estaba cabreado. De hecho, cada vez que yo tiraba,
botaba la pelota con más energía contra el suelo. Él era el otro pívot alto. Nuestro
acuerdo tácito era que yo le dejaba estar en primera fila a cambio de que no me
diera la brasa si no me apetecía quedarme en el Stop & Steal todos los días
después del entrenamiento. Estaban contadas las formas en las que puedes hablar
siempre de las mismas chicas y la cantidad de salchichas Slim Jims que te
puedes comer.
Silbido. Diez. No podía fallar. Quizá fuera sólo cosa de la genética, o quizás
había algo más. No me había dado cuenta, pero había dejado de intentarlo desde
que murió mi madre; después de todo, era increíble que siguiera entrenando.
Silbido. Once. Earl gruñó algo a mis espaldas, botando con más fuerza.
Intenté no sonreír y le eché una ojeada al aparcamiento cuando lancé el tiro
siguiente. Vi una maraña de pelo negro largo detrás de la rueda de un coche
negro y largo.
Un coche fúnebre. Me estremecí.
Entonces ella se giró y observé a través de la ventanilla a una chica mirando
en mi dirección, o al menos creí haberla visto. La pelota chocó contra el aro de la
canasta y salió despedida por encima de la verja. Detrás de mí, escuché el
sonido tan familiar.
Silbido. Doce. Earl Petty podía relajarse por fin.
Cuando el coche pasó, miré a la cancha. Todos los chicos se habían quedado
mirando como si hubieran visto un fantasma.
—¿Esa era…?
Billy Watts, nuestro alero, asintió y se subió con una sola mano encima de la
verja.
—Sí, la sobrina del Viejo Ravenwood.
Shawn le lanzó la pelota.
—Exactamente como nos lo habían contado: va conduciendo su coche
fúnebre.
Emory sacudió la cabeza.
—Pues está buena de verdad. Qué desperdicio.
Todos volvieron al juego, pero cuando Earl fue a lanzar otra vez, comenzó a
llover. Treinta segundos más tarde nos atrapó el aguacero, la lluvia más intensa
que habíamos visto en todo el día. Me quedé allí, dejando que las gotas me
golpearan. El pelo mojado se me metía en los ojos y no podía ver el resto del
colegio, ni al equipo.
El mal presagio no era sólo el coche fúnebre, sino también la chica.
Durante unos cuantos minutos había sentido auténtica esperanza de que quizás
este año no fuera como los demás, y que algo cambiara. Que hubiera alguien
con quien poder hablar, con quien me sintiera bien.
Pero todo lo que tenía era un buen día en la cancha, y eso nunca había sido
suficiente.
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