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11 de febrero
La chica de la piruleta
LENA Y YO SEGUÍAMOS bailando al ritmo de la música cuando Link se abrió
paso a codazos entre la multitud.
—Eh, tío, te he buscado por todas partes.
Al llegar a donde estábamos, se dobló en dos y apoy ó las manos en las
rodillas mientras intentaba recobrar el aliento.
—¿Dónde está el fuego?
—Se trata de tu padre: se ha subido en pijama al balcón de Fallen Soldiers.
Según la Guía de viaje de Carolina del Sur, Fallen Soldiers era un museo de la
Guerra de Secesión, pero en realidad sólo era la vieja casa de Gaylon Evans, que
estaba repleta de sus recuerdos sobre la contienda. Gaylon había legado la casa y
la colección de bártulos a su hija Vera y esta, desesperada por convertirse en
miembro de las Hijas de la Revolución Americana, había dado permiso a las
compinches de la señora Lincoln para que la restaurasen y la convirtieran en el
único museo de Gatlin.
—Genial.
No le bastaba con avergonzarme en casa, ahora había decidido aventurarse
fuera. Link pareció perplejo. Probablemente, había esperado por mi parte una
reacción de sorpresa al saber que mi padre vagaba por ahí en pijama. Ignoraba
que aquello era un incidente de lo más normal. Eso me hizo caer en la cuenta de
lo poco que él sabía de mi vida en los últimos tiempos, considerando que era mi
mejor amigo, mi único amigo.
—Ethan, está en el balcón. Es como si fuera a saltar.
Fui incapaz de moverme. Oía sus palabras, pero no podía reaccionar. Me
había avergonzado de mi padre en los últimos tiempos, pero le seguía queriendo,
y estuviera o no como una regadera, no podía perderle. No me quedaba ningún
familiar más.
¿Estás bien, Ethan?
Miré a Lena. Sus enormes ojos verdes mostraban preocupación. Esa noche
también podía perderla a ella, podía perderlos a los dos.
—¿Me has oído, Ethan?
Debes ir, Ethan. Vamos, todo irá bien.
—¡Venga, tío! —me urgía Link, tirando de mí.
La estrella de rock había desaparecido y ahora sólo quedaba mi mejor amigo
intentando salvarme de mí mismo, pero no podía abandonar a Lena.
No pienso dejarte aquí sola, dependiendo sólo de ti.
Por el rabillo del ojo vi a Larkin acercándose hacia nosotros. Se había soltado
del abrazo de Emily por unos momentos.
—¡Larkin!
—Sí, ¿qué ocurre?
Parecía percibir que algo se había puesto en marcha; de hecho, parecía
preocupado, y eso era mucho para un tipo cuya expresión solía ser siempre de
desinterés.
—Necesito que lleves a Lena de vuelta a Ravenwood.
—¿Por qué?
—Tú limítate a llevarla a la mansión.
—Voy a estar bien, Ethan, vete tranquilo. —Lena me empujó hacia Link.
Estaba tan preocupada como yo. Aun así, no me moví.
—Que sí, hombre —concedió Larkin—, la llevaré a casa ahora mismo.
Link tiró de mí una última vez y los dos atravesamos la multitud. Ambos
sabíamos que y o podía estar a pocos minutos de convertirme en alguien con sus
padres muertos.
Corrimos por los campos de Ravenwood, llenos de gente, en dirección a la
carretera y a Fallen Soldiers. Enseguida nos encontramos con el aire saturado por
la pólvora de la recreación y al cabo de pocos segundos se pudo oír una descarga
de fusilería. La parte vespertina de la campaña estaba en todo su apogeo. Nos
estábamos acercando al extremo de la plantación Ravenwood, donde terminaba
esta y comenzaba Greenbrier. Pude ver en la oscuridad el centelleo de las
cuerdas de amarillo fosforito que señalizaban la zona de seguridad.
¿Y si llegábamos demasiado tarde?
Fallen Soldiers estaba a oscuras. Link y yo subimos los escalones de dos en
dos, intentando ascender los cuatro pisos lo más deprisa posible. Me detuve de
forma instintiva nada más llegar al tercer piso. Link se percató enseguida, como
hacía cuando estaba a punto de pasarle la pelota cada vez que intentaba agotar el
tiempo de posesión, y se detuvo a mi lado.
—Tu padre está ahí arriba.
Pero no fui capaz de moverme. Mi amigo me lo adivinó en la cara, supo a
qué le tenía miedo. Había estado a mi lado en el funeral de mi madre: repartió
claveles blancos entre los asistentes para que pudieran depositarlos encima del
féretro mientras mi padre y yo mirábamos la tumba como si también nosotros
estuviéramos muertos.
—¿Y si…? ¿Y si ha saltado ya?
—De ningún modo. Rid está con él. Ella jamás permitiría que sucediera eso.
« Si usa tu poder contigo y te dice que saltes por un barranco, tú lo haces» .
Empujé a Link al pasar para subir el último tramo de escaleras y observé el
corredor desde la entrada. Todas las puertas estaban cerradas, excepto una. La
luz de la luna bañaba el sucio suelo de tablones de pino.
—Está aquí —me informó Link, pero ya lo sabía.
Entrar allí fue como retroceder en el tiempo. Las Hijas de la Revolución
Americana habían hecho un trabajo realmente soberbio. En un rincón había un
enorme hogar de piedra con una gran repisa de madera repleta de velas
alargadas que goteaban cera conforme se iban consumiendo y al otro lado de la
chimenea se hallaba una cama con dosel; los ojos de los caídos de la
Confederación devolvían fijamente la mirada desde sus retratos de color sepia,
pero, aun así, había algo fuera de lugar: un olor dulzón a almizcle, demasiado
dulce, una mezcla de peligro e inocencia, aunque Ridley fuera cualquier cosa
menos inocente.
Ridley estaba de pie junto al balcón, con el pelo ondulado por el viento. Las
puertas en cuestión estaban abiertas de par en par y las cortinas cubiertas de
polvo se metían en la habitación casi a empujones, por efecto del viento. Como si
alguien y a hubiera saltado.
—Le encontré —anunció Linka Ridley.
—Eso ya lo veo. ¿Cómo va eso, Perdedor? —Me dedicó una dulce sonrisa de
lo más forzada, tanto que me dieron ganas de vomitar y al mismo tiempo estuve
tentado de devolvérsela.
Me acerqué despacio al balcón, temeroso de que mi padre ya no estuviera
allí, pero se encontraba en el estrecho saledizo, al otro lado de la barandilla,
descalzo y vestido sólo con su pijama de franela.
—¡Papá, no te muevas!
Patos, llevaba dibujados patos en el pijama, lo cual estaba un poco fuera de
lugar, considerando que podía saltar desde un edificio.
—No te acerques más o saltaré, Ethan —me avisó. Parecía tener la mente
despejada y hacía meses que no se le veía tan lúcido y decidido. Su voz sonaba
muy parecida a la de mi padre, y supe que no era él quien hablaba, o al menos
no lo hacía por iniciativa propia. Todo era cosa de Ridley y su poder de
persuasión exprimido al máximo.
—Papá, tú no quieres saltar. Déjame ayudarte. —Me acerqué un par de
pasos.
—¡Alto ahí! —gritó mientras soltaba una mano para señalarme.
—No deseas la ayuda de tu hijo, ¿a que no, Mitchell? Sólo anhelas algo de
paz. Sólo quieres ver de nuevo a Lila —intervino Ridley, apoyada en la pared con
la piruleta suspendida en el aire y lista para empezar a darle lametones.
—¡No menciones el nombre de mi madre, bruja!
—Pero ¿qué haces, Rid? —inquirió Link, de pie ante la puerta del balcón.
—Mantente al margen, Encogido. Esta liga no es la tuy a.
Me puse enfrente de Ridley, interponiéndome entre ella y mi padre, como si
eso pudiera desviar su poder.
—¿Por qué haces esto, Ridley? Él no tiene nada que ver con Lena ni conmigo.
Si quieres hacerme daño, adelante, hazlo, pero deja a mi padre fuera de esto.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que sonó seductora y
perversa.
—No tengo especial interés en hacerte daño, Perdedor. Sólo hago mi trabajo.
No es nada personal.
Se me heló la sangre en las venas.
Su trabajo.
—Haces esto por Sarafine.
—Vamos, por favor, ¿y qué esperabas, Perdedor? Tú has visto cómo me trata
mi tío y conoces todo el embrollo familiar. Ahora mismo no tengo otra opción.
—¿De qué hablas, Rid? ¿Quién es Sarafine? —preguntó Link, y se acercó
hacia ella.
Ridley le miró. Durante un segundo creí ver algo en su semblante, algo que
parecía una emoción auténtica, pero se la quitó de encima y desapareció tan
pronto como había llegado.
—Creo que quieres regresar a la fiesta, ¿verdad, Encogido? El grupo está
calentando motores para una segunda actuación. Recuerda: estamos grabando
este directo para la nueva maqueta. Yo misma voy a llevarla a un sello
discográfico de Nueva York—ronroneó sin dejar de mirarle intensamente.
Link parecía desconcertado, como si de verdad quisiera volver a la fiesta,
pero no estuviera seguro del todo.
—Papá, escúchame. No quieres hacer esto. Ella te está controlando. Es capaz
de influir en la gente, eso es lo que hace. Mamá jamás habría querido que tú
hicieras esto.
Le miré en busca de algún indicio de que mis palabras causaban algún efecto,
de que me escuchaba, pero no lo encontré. A lo lejos se oían los gritos de los
hombres de la batalla y el estruendo de las bayonetas.
—No tienes ningún motivo para vivir, Mitchell. Has perdido a tu esposa, eres
incapaz de escribir una línea y tu hijo se irá a la universidad en un par de años. Si
no me crees, pregúntale acerca de esa caja de zapatos llena de folletos sobre
campus universitarios. Vas a quedarte solo.
—¡Cállate!
Ridley se volvió hacia mí mientras le quitaba el envoltorio a otra piruleta.
—Lamento todo esto, Perdedor, de veras que sí, pero todo el mundo debe
representar un papel, y este es el mío. Tu padre va a tener un accidente esta
noche, igual que le ocurrió a tu madre.
—¿Qué acabas de decir?
Link estaba hablando, y o lo sabía, pero no podía oír su voz; de hecho, era
incapaz de escuchar nada, salvo esas palabras que retumbaban una y otra vez en
mi cabeza.
« Igual que le ocurrió a tu madre» .
—¿Mataste tú a mi madre? —pregunté mientras avanzaba hacia ella. Me
daba igual cuáles fueran sus poderes, si ella había matado a mi madre…
—Cálmate, grandullón. No fui yo. Eso ocurrió antes de que llegara mi
momento.
—¿De qué demonios va todo esto, Ethan? —Linkse había situado junto a mí.
—Ella no es lo que parece, tío. Es… —No encontraba la forma de
explicárselo de modo que pudiera entenderlo—. Es una Siren, algo muy similar a
una bruja. Te ha estado controlando exactamente igual que ahora domina a mi
padre.
Mi amigo se echó a reír.
—Una bruja. A ti te falta un tornillo, tío.
No aparté la mirada de Ridley. Esbozó una sonrisa y recorrió el pelo de Link
con los dedos.
—Vamos, cielo, tú sabes que te encantan las chicas malas.
Yo no tenía ni idea del alcance de sus poderes, pero sabía que era capaz de
matar a cualquiera después de lo que había visto en Ravenwood. No tenía que
haberla tratado como si sólo fuera cualquier otra chica inofensiva de la fiesta.
Aquello me venía grande, pero sólo ahora empezaba a darme cuenta de hasta
qué punto era así.
Link nos miraba sin saber a quién creer.
—No bromeo, colega. Debería habértelo contado antes, pero te juro que te
estoy diciendo la verdad. ¿Por qué razón si no está intentando matar a mi padre?
Link empezó a andar de un lado a otro. No me creía. Lo más probable era
que pensara que me había vuelto loco. Me pareció una locura incluso a mí
cuando lo expresé en voz alta.
—¿Es eso cierto, Ridley? ¿Has usado algún poder sobre mí durante todo este
tiempo?
—Si quieres buscarle tres pies al gato…
Mi padre soltó una mano de la barandilla y extendió el brazo como si
anduviera por la cuerda floja y con ese gesto quisiera mantener el equilibrio.
—¡Papá, no!
—No hagas esto, Rid —pidió Link. La cadena de su llavero tintineó cuando se
acercó a ella lentamente.
—¿No has oído a tu amigo? Soy una bruja… mala. —Se quitó las gafas de sol,
dejando ver sus dorados ojos felinos. Noté cómo a Link se le formaba un nudo en
la garganta y le costaba respirar, como si la viera como realmente era por
primera vez, pero sólo duró un instante.
—Tal vez sí, pero no eres del todo mala. Eso lo sé. Hemos pasado tiempo los
dos juntos, hemos compartido cosas.
—Eso formaba parte del plan, tío bueno. Necesitaba a alguien que estuviera
en el ajo para poder estar cerca de Lena.
A Link se le descompuso el rostro. Con independencia de lo que Ridley le
hubiera hecho o el hechizo que hubiera usado, los sentimientos de mi amigo hacia
ella persistían.
—¿Todo era de pega? Vamos, no te creo.
—Créete lo que quieras, pero es la verdad, o lo más parecido a la verdad que
soy capaz de decir.
Observé cómo mi padre, todavía con el brazo estirado, cambiaba el peso de
un pie a otro. Daba la impresión de estar probando sus alas para ver si era capaz
de volar. Un proy ectil de artillería golpeó el suelo a pocos metros de distancia y
levantó un montón de tierra.
—¿Y qué hay de todo eso que me habías contado sobre que habíais crecido
juntas y que erais como hermanas? ¿Por qué ibas a querer hacerle daño?
Algo ensombreció las facciones de la Siren. No estaba seguro, pero me
pareció arrepentimiento. ¿Sería eso posible?
—No es cosa mía. Yo no llevo las riendas. Como ya he dicho, este es mi
cometido: alejar a Ethan de Lena. No tengo nada en contra de ese viejales, pero
su mente es débil. Ya sabes, pan comido. —Dio una chupada a la piruleta—. Sólo
era un objetivo fácil.
« Alejar a Ethan de Lena» .
Todo aquello era una simple distracción para separarnos. Aún oía la voz de
Arelia con la misma claridad que si estuviera arrodillada junto a mí y diciendo:
« No es la casa lo que la protege. Ningún Caster puede interponerse entre ellos» .
¿Cómo podía haber sido tan tonto? La cuestión no era si y o tenía o no alguna
clase de poder. No se refería a mí, sino a nosotros.
El poder era lo que existía entre nosotros, lo que siempre había estado ahí.
Cuando nos encontramos bajo la lluvia en la Route 9, en la bifurcación, no había
sido necesario un hechizo de Vinculación para mantenernos juntos. Ahora que
habían conseguido separarnos, yo me hallaba impotente y Lena estaba sola la
noche en que más me necesitaba.
Era incapaz de pensar con claridad. No tenía tiempo y no iba a perder a una
de las personas que más quería. Corrí hacia mi padre; a pesar de que se
encontraba a unos pocos metros, aquello fue como correr sobre la arena. Vi
cómo Ridley se adelantaba con los cabellos revueltos por el viento; parecía
Medusa: serpientes por cabellos.
Link dio un paso adelante y la cogió por el hombro.
—No lo hagas, Rid.
Durante una centésima de segundo no tuve ni idea de lo que estaba a punto de
ocurrir, pero lo vi todo a cámara lenta.
Mi padre se dio la vuelta para mirarme.
Vi cómo empezaba a soltarse de la barandilla.
Atisbé cómo se ensortijaban las hebras rubias y rosas de la Siren.
Y vi a Link plantarse delante de ella y mirar aquellos ojos dorados antes de
susurrar algo que no logré escuchar. Ella le miró, y sin mediar palabra, la piruleta
salió disparada por encima del balcón y describió un arco mientras caía sobre el
suelo, donde explotó como una granada.
Todo se había terminado.
Mi padre se volvió hacia la barandilla, y hacia mí, tan deprisa como se había
alejado. Le sujeté por los hombros y tiré de él hacia delante, pasó por encima de
la barandilla y lo llevé a tierra firme, donde se desplomó como un saco de
patatas, y allí tendido me buscó con la mirada igual que un niño asustado.
—Gracias, Ridley, de veras. Sea como sea, gracias.
—No quiero tu agradecimiento —se burló, apartándose de Link con un
empujón y ajustándose el top—. Tampoco te he hecho ningún favor. No me
apetecía matarle… hoy.
Hizo lo posible por resultar amenazante, pero acabó por parecer una pura
chiquillada.
—Aunque esto va a enfadar horriblemente a alguien —añadió mientras se
retorcía un mechón rosado del pelo.
No necesitaba aclarar a quién se refería, pero vi pánico en sus ojos. Durante
un segundo pude apreciar que gran parte de su personaje era pura farsa,
apariencia, una cortina de humo.
A pesar de todo, me daba lástima incluso ahora, mientras intentaba tirar de mi
padre para que se pusiera de pie. Ridley podía tener a cualquier chaval del
planeta, aun así, estaba totalmente sola. Su fortaleza no se acercaba a la de Lena
ni por asomo.
Lena.
Lena, ¿estás bien?
Lo estoy. ¿Ocurre algo malo?
Miré a mi padre, incapaz de mantener los ojos abiertos y con problemas para
sostenerse en pie.
Nada. ¿Estás con Larkin?
Sí, estamos regresando a la mansión Ravenwood. ¿Está bien tu padre?
Sí. Te lo contaré todo cuando llegue allí.
Deslicé un brazo por debajo del hombro de mi padre y Link le sujetó por el
otro lado.
Quédate con Larkin y vuelve dentro con tu familia. No estás a salvo sola.
Ridley pasó junto a nosotros dando grandes zancadas y, antes de que
pudiéramos dar un paso, llegó a la entrada y cruzó el umbral rápidamente con
esas piernas suy as kilométricas.
—Lo siento, chicos. Voy a pillar un avión. Me voy a borrar del mapa una
temporada. Tal vez vuelva a Nueva York. —Se encogió de hombros—. Es una
ciudad chula.
Mi amigo no podía dejar de mirarla aunque fuera un monstruo.
—¡Eh, Rid!
Ridley se detuvo y se volvió a mirarle, casi a regañadientes, como si no
pudiera evitar ser lo que era, igual que un tiburón no puede dejar de serlo, pero si
pudiera…
—¿Sí, Encogido?
—No eres toda maldad.
Ella le miró fijamente y esbozó una media sonrisa.
—Ya sabes lo que suele decirse: es que soy así.
11 de febrero
Reunión familiar
REGRESÉ A LA FIESTA en cuanto dejé a mi padre en las capacitadas manos de
los servicios médicos de la recreación. Me abrí camino entre las chicas del
instituto; se habían quitado las cazadoras y tenían una pinta tremenda con los tops
de tirantes y las camisetas play eras mientras daban vueltas al ritmo de los Holy
Rollers. Menos Link, en cuyo favor tengo que decir que venía pisándome los
talones. Aquello era un follón. El concierto en vivo del grupo sonaba a toda
pastilla y las descargas de artillería eran atronadoras. El ruido era tal que apenas
oí a Larkin.
—¡Ethan, por aquí!
Larkin estaba entre los árboles, justo detrás de la cuerda amarilla fluorescente
que avisaba: « Vas-a-llevarte-un-disparo-en-el-culo-si-cruzas-esta-línea-deseguridad»
. ¿Qué hacía en el bosque, más allá de la zona de seguridad? ¿Por qué
no había regresado a la mansión? Le hice un gesto con la mano y me contestó
por señas antes de desaparecer tras una pendiente. Sortear la cinta de un salto
habría sido una elección temeraria y difícil otro día, pero no hoy: no me quedaba
más alternativa que seguirle. Link venía a trompicones detrás de mí, pero
conseguía aguantar mi ritmo, tal y como solía ocurrir.
—Eh, Ethan.
—¿Sí?
—Es sobre Ridley. Tenía que haberte escuchado.
—Está bien, tío. No podías evitarlo. Y yo tenía que habértelo contado todo.
—No sufras, tampoco te habría creído.
El fuego de artillería resonó por encima de nuestras cabezas. Ambos las
agachamos de forma instintiva.
—Espero que sea munición de fogueo —admitió Link, algo nervioso—. ¿No
sería una locura que mi propio padre me pegase un tiro aquí?
—Con la suerte que tengo últimamente, no me sorprendería que nos
alcanzara a los dos con el mismo disparo.
Llegamos a lo alto de la pendiente, desde donde divisé los matorrales, los
robles y el humo de la artillería de campaña.
—¡Estamos aquí! —nos avisó Larkin desde el otro lado del matorral. Ese
plural me hizo asumir que le acompañaba Lena, por lo cual corrí más deprisa,
como si su vida dependiera de ello, lo que, por lo que sabía, podía ser cierto.
Me hice composición de lugar sobre dónde estábamos. En Greenbrier había
un pasaje abovedado que conducía hacia el jardín. Lena y Larkin nos esperaban
en el claro, al otro lado del jardín, en el mismo lugar donde habíamos exhumado
la tumba de Genevieve haría cosa de unas semanas. Nos encaminamos hacia
allí.
Cuando nos encontrábamos a pocos metros de ellos, una figura salió de las
sombras y ocupó la zona bañada por la luz de la luna. Estaba oscuro, sí, pero
teníamos la luna llena justo encima de nosotros.
Parpadeé. Era… Era…
—¡Mamá! Pero ¿qué demonios haces tú aquí?
Link se llevó una sorpresa mayúscula cuando vio delante de nosotros a su
madre, la señora Lincoln, la peor de mis pesadillas, o al menos una de las fijas en
mi top ten. La señora Lincoln parecía encajar o estar fuera de lugar, depende de
cómo se mirase. Llevaba unas enaguas ridículamente grandes y ese estúpido
vestido de percal que le apretaba demasiado en la cintura. Estaba justo encima
de la tumba de Genevieve.
—Vamos, vamos, jovencito, y a conoces mi opinión sobre el lenguaje vulgar.
Linkse frotó la cabeza. No tenía sentido ni para él ni para mí.
¿Qué está pasando, Lena? ¿Lena?
No hubo respuesta. Algo iba mal.
—¿Se encuentra bien, señora Lincoln?
—Estupendamente, Ethan. ¿No es una batalla maravillosa? Y hoy Lena
cumple años, me lo ha contado. Os estábamos esperando, o al menos, a uno de
vosotros.
Linkse acercó.
—Bueno, y a estoy aquí, mamá. Voy a llevarte a casa. No deberías estar
fuera de la zona de seguridad. Vas a conseguir que te vuelen la cabeza. Ya
conoces la mala puntería de papá.
Agarré a mi amigo por el brazo para retenerle. Pasaba algo raro de verdad.
Algo no encajaba en la forma en que su madre nos sonreía ni en el semblante
aterrado de Lena.
¿Qué está pasando, Lena?
¿Por qué no me contestaba? Sacó el anillo de mi madre de la sudadera y
sostuvo la cadena en la mano. Vi cómo movía los labios en la oscuridad, pero yo
apenas oía nada, poco más que un susurro perdido en el rincón más recóndito de
mi mente.
¡Vete, Ethan! ¡Vete con tío Macon! ¡Corre!
Pero no podía moverme. No podía abandonarla.
—Link, cielo, ¡qué chico tan considerado eres!
¿Link? La señora que teníamos delante no podía ser la señora Lincoln. Era
imposible.
Era igual de raro que le llamara Link, y no Wesley Jefferson Lincoln, como
que saliera corriendo por las calles desnuda. Cada vez que llamábamos a su casa
y preguntábamos por Link, ella le recriminaba: « ¿Por qué usas ese ridículo
apodo cuando tienes un nombre tan digno?» .
Link detuvo su avance al notar mi mano sobre su brazo. También se había
dado cuenta, lo leí en su rostro.
—¿Mamá?
—¡Ethan, vete! Larkin, Link, que alguien avise a tío Macon —gritó Lena.
No dejó de vociferar. Nunca la había visto tan asustada y corrí hacia ella.
Entonces oí el sonido de una bala al salir por la boca de un cañón, y luego le
siguió la ráfaga de viento característica de toda descarga de artillería.
Algo me golpeó en la espalda con gran estruendo. Fue como si me abrieran la
cabeza y durante unos instantes todo se volvió borroso.
—¡Ethan!
Oí el grito de Lena, pero fui incapaz de moverme. Me habían disparado,
estaba seguro. Luché por mantenerme consciente.
Recuperé la nitidez de la visión al cabo de unos instantes. Estaba en el suelo,
con la espalda apoy ada sobre un enorme roble. Debía de haber salido disparado
hacia atrás hasta estamparme contra el tronco del árbol. Busqué la herida con los
ojos, pero no encontré rastro alguno de sangre ni el orificio de entrada de la bala.
Link estaba recostado sobre otro árbol a pocos metros de mí. Tenía pinta de estar
tan grogui como yo. Me incorporé y me acerqué a Lena dando tumbos hasta
chocar de frente contra algo y caer de espaldas sobre el suelo. Era exactamente
como cuando en casa de las Hermanas, no advertí que la puerta corredera estaba
cerrada porque era de cristal, y literalmente me la tragué.
No me habían disparado. Me habían herido con otro tipo de arma.
—¡Ethan! —gritó Lena.
Me puse de pie y avancé muy despacio. A mi alrededor había un muro
intangible tan imperceptible como aquella puerta de cristal. La emprendí a
golpes, pero no hubo ruido alguno cuando mi puño dio con esa superficie
invisible. ¿Qué más podía hacer? Fue entonces cuando me di cuenta de que
también Link golpeaba las paredes invisibles de su jaula.
La señora Lincoln me dedicó una sonrisa mucho más malvada que
cualquiera que hubiera logrado esbozar Ridley en su día más inspirado.
—¡Suéltalos! —aulló Lena.
Los cielos se abrieron y las nubes vaciaron literalmente su pesada carga.
Parecía como si alguien hubiera vertido un enorme cubo de agua. Aquello era
cosa de Lena, cuy o pelo se ensortijaba con furia. La lluvia se convirtió en una
cortina de agua y empezó a caer inclinada, atacando a la señora Lincoln desde
todas las direcciones. Se caló hasta los huesos en cuestión de segundos.
La señora Lincoln, o quienquiera que fuera, sonreía. Había algo especial en
esa sonrisa suy a. Era como si estuviera orgullosa.
—No voy a hacerles daño. Sólo deseo tener un rato para que podamos hablar
tú y y o. —Un trueno retumbó por encima de su cabeza—. Esperaba tener la
oportunidad de ver alguno de tus talentos. ¡Cuánto lamento no haber estado a tu
lado para perfeccionar tus dones!
—Calla, bruja.
Lena tenía una expresión hosca. Nunca había visto una mirada tan acerada en
sus ojos verdes, ahora duros como el pedernal, fijos en la señora Lincoln. En
ellos había resolución, odio e ira. Era como si quisiera arrancarle la cabeza y
parecía muy capaz de hacerlo.
Al fin descubrí lo que tanto le había preocupado durante todo el año. Yo sólo
había visto su poder de amar, pero también tenía el de destruir. Cuando descubres
que posees ambos, ¿cómo los manejas?
La señora Lincoln se volvió hacia Lena.
—Espera a comprender todo lo que puedes hacer y cómo eres capaz de
manipular los elementos, ese es el verdadero don de un Natural, algo que las dos
tenemos en común.
¿Algo que tenían en común?
La señora Lincoln alzó los ojos y la lluvia empezó a caer. Ella no se mojó,
parecía que estuviera refugiada bajo un paraguas.
—Ahora mismo provocas aguaceros, pero pronto aprenderás a controlar
también el fuego. Déjame enseñarte cómo se juega con el fuego.
¿Aguaceros? ¿Bromeaba? Estábamos en medio de un auténtico monzón.
Un relámpago traspasó las nubes y el cielo se llenó de carga eléctrica en
cuanto alzó la palma de la mano. Mantuvo en alto tres dedos con sus uñas
perfectamente arregladas. Saltó un chispazo cuando sacudió un dedo: el
relámpago impactó en el suelo, levantando un montón de tierra, a poco más de
medio metro de donde se encontraba atrapado Link. Movió otro dedo: el rayo
hendió por la mitad el roble situado detrás de mí. Y otro más: el relámpago
alcanzó a Lena; esta se limitó a alzar la mano con los dedos extendidos. La llama
del rayo rebotó y cayó a los pies de la señora Lincoln. La hierba de los
alrededores comenzó a humear y a arder.
La señora Lincoln se carcajeó e hizo un gesto con la mano para apagar el
fuego de la hierba.
—No está mal. —Miró a Lena con un destello de orgullo—. De tal palo, tal
astilla. Me alegra.
No era posible.
Lena la fulminó con la mirada y dobló las manos en una postura defensiva.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dicen de los palos podridos?
—Nada. Nadie ha vivido para contarlo. —Luego, la señora Lincoln, con la
trenza oscilando sobre la espalda, las enormes enaguas y ese vestido de percal, se
puso frente a Link y a mí. Nos miró fijamente con sus flameantes ojos dorados
—. Lo siento mucho, Ethan. Esperaba que nuestro primer encuentro se produjera
en circunstancias muy diferentes. No todos los días una conoce al primer novio
de su hija. —Se giró hacia Lena—. Ni a su propia hija.
Tenía razón. Sabía quién era y con quién nos la estábamos jugando.
Sarafine.
Unos instantes después, el rostro, el vestido y la propia señora Lincoln
comenzaron a rasgarse y a partirse. Se le empezó a caer la piel por todas partes,
como el envoltorio arrugado de un helado. Cuando el cuerpo se desgajó por la
mitad, todo se cay ó como un abrigo puesto sobre los hombros. Había alguien
debajo.
—Yo no tengo madre —chilló Lena.
Sarafine torció el gesto, como si quisiera parecer dolida. Era la madre de
Lena, y eso era una verdad genética incuestionable. Tenía el mismo pelo negro
rizado de su hija, salvo que esta era de una belleza sobrecogedora mientras que
Sarafine sólo sobrecogía. Su semblante era alargado y hermoso, como el de
Lena, pero en vez de sus hermosos ojos verdes, tenía los mismos refulgentes ojos
azafranados de Ridley y Genevieve. Y los ojos marcaban la diferencia.
Sarafine llevaba unas botas negras moteras de caña alta y lucía un vestido de
terciopelo verde oscuro con corsé, era una mezcla de vestido moderno, en plan
rollo gótico, y estilo fin de siglo, todo en uno. Salió literalmente del cuerpo de la
humana, cuyos trozos volvieron a unirse como un tejido cosido con puntadas. La
verdadera señora Lincoln se derrumbó sobre la hierba entre el revuelo de su
miriñaque, quedando al descubierto sus enaguas y la banda elástica de las ligas a
la altura de las rodillas.
Link estaba estupefacto.
Sarafine se enderezó y se sacudió para liberarse de todo el peso.
—Mortales. Ese cuerpo era insufrible, torpe e incómodo. Y estaba zampando
cada cinco minutos. ¡Qué criaturas tan desagradables!
—¡Mamá, mamá, despierta!
Link se puso a dar golpes en lo que era un campo de fuerza, o algo por el
estilo. Daba igual que la señora Lincoln fuera un dragón, era el dragón de Link, y
debía de ser muy duro ver cómo la tiraban a un lado igual que a un despojo
humano inservible.
Sarafine hizo un ademán. Link seguía moviendo los labios, pero de ellos no
salía ningún sonido.
—Eso está mejor. Tienes suerte de que en estos últimos meses no hay a tenido
que estar todo el tiempo dentro del cuerpo de tu madre. Estarías muerto de otro
modo. No sabes la de veces que he estado a punto de matarte, aburrida de que
me dieras la tabarra con lo de ese estúpido grupo de rock.
Ahora todo tenía sentido. La cruzada contra Lena, la sesión del comité de
disciplina, las mentiras sobre los informes escolares de Lena, incluso los
bizcochos de chocolate y nueces tan raros de Halloween. ¿Cuánto tiempo llevaba
Sarafine haciéndose pasar por la señora Lincoln?
Dentro de la señora Lincoln.
Nunca hasta ese momento había sabido contra qué nos enfrentábamos. La
Caster Oscura más poderosa de la época. Ridley parecía inofensiva a su lado. No
me extrañaba que Lena llevara temiendo aquel día tanto tiempo.
Sarafine se dio la vuelta y contempló a su hija.
—Tal vez creas que no has tenido una madre, Lena, pero eso es verdad sólo
porque tu tío y tu abuela te apartaron de mí. Yo siempre te he querido.
Desconcertaba la facilidad con la que Sarafine pasaba de una emoción a otro,
de la sinceridad y el arrepentimiento al asco y al desprecio. Y cada una era tan
vacía y falsa como la anterior.
Lena le dedicó una mirada glacial.
—Entonces, ¿por qué has intentado matarme, madre?
Sarafine hizo un esfuerzo por aparentar preocupación, o tal vez sorpresa. No
era fácil saberlo, y a que su expresión era poco natural, muy forzada.
—¿Es eso lo que te han contado? Únicamente intenté establecer contacto y
hablar contigo. Mis intentos jamás te habrían puesto en peligro de no haber sido
por todos esos Vínculos que realizaron, un hecho del que ellos eran conscientes.
Comprendo su preocupación, por supuesto. Soy una Caster Oscura, una Cataclyst,
pero Lena, tú mejor que nadie sabes que no tuve alternativa en ese asunto. No
tomé esa decisión y eso tampoco cambia lo que siento por ti, mi única hija.
—No te creo —le espetó Lena, pero parecía dubitativa incluso mientras lo
decía, como si no supiera qué pensar.
Le eché un vistazo al reloj del móvil. Eran las 21:59. Faltaban dos horas para
la medianoche.
Link se desplomó sobre el árbol con la cabeza entre las manos. Yo no era
capaz de apartar los ojos de la señora Lincoln, tendida inerte sobre la hierba.
También Lena la miraba.
—Ella no está…, ya sabes, ¿verdad? —Necesitaba saberlo por Link.
La bruja intentó hacerse la simpática, pero estaba seguro de que había
perdido todo interés en Link y en mí, lo cual casi nos venía bien.
—Volverá a ser igual de desagradable que siempre dentro de un rato.
¡Asquerosa mujer! No tengo interés alguno en ella ni en su retoño. Sólo intentaba
mostrar a mi hija la verdadera naturaleza de los mortales: con qué facilidad
pueden ser manipulados y lo vengativos que son. —Se volvió hacia su hija—.
Han bastado unas pocas palabras de esa mujer para volver a todo un pueblo
contra ti. No perteneces a ese mundo, perteneces al mío. —Entonces se volvió
hacia Larkin—. Y hablando de cosas desagradables, Larkin, ¿por qué no nos
enseñas esos ojitos tuy os de color azul claro? Bueno, quería decir, amarillos.
Larkin sonrió y entrecerró los párpados hasta reducirlos a dos ranuras
mientras alzaba los brazos como si se desperezara después de una larga siesta,
pero algo había cambiado cuando abrió los ojos. Bizqueó con vehemencia, y sus
ojos se alteraron con cada parpadeo. Casi era posible ver cómo se le recolocaban
las moléculas hasta que en el lugar ocupado por Larkin sólo hubo un montón de
serpientes. Los ofidios se enroscaron y se subieron uno encima de otro hasta que
Larkin volvió a surgir del retorcido montón. Alargó dos serpientes de cascabel a
modo de brazos, estas sisearon mientras retrocedían lentamente para meterse
dentro de la chupa de cuero y convertirse en sus manos. Sólo entonces volvió a
abrir los ojos, pero no eran los que yo estaba acostumbrado a ver. Nos devolvió la
mirada con los mismos ojos dorados de Ridley y Sarafine.
—El verde nunca ha sido mi color. Una de las ventajas de ser un Illusionist.
—¿Larkin? —Se me cayó el alma a los pies. Era uno de ellos, un Oscuro. Las
cosas iban peor de lo que pensaba.
—¿Qué eres, Larkin? —Lena pareció perpleja, aunque sólo durante unos
instantes—. ¿Por qué?
Pero la respuesta se hallaba en los ojos que nos miraban fijamente.
—¿Por qué no?
—¿Por qué no? Oh, no sé, ¿y qué hay de la lealtad a mi familia, por ejemplo?
Larkin giró la cabeza y lamió su mejilla con la lengua mientras la gruesa
cadena dorada de su cuello se retorcía como una serpiente.
—La lealtad no es lo mío.
—Has traicionado a todos, incluso a tu propia madre. ¿Cómo puedes vivir con
eso?
Sacó la lengua. La serpiente del cuello se le metió en la boca y desapareció.
Se la tragó.
—Es mucho más divertido ser Oscuro que Luminoso, prima. Ya lo verás.
Somos lo que somos. Estaba destinado a ser esto. No existe razón alguna para
luchar contra ello. —Sacó la lengua, ahora bífida, con tanta doblez como la
serpiente que habitaba en su interior—. No veo por qué le das tantas vueltas. Mira
a Ridley, se lo pasa en grande.
—¡Eres un traidor! —Lena estaba perdiendo el control. El trueno retumbó
sobre nuestras cabezas y el aguacero se intensificó.
—No es el único traidor, hija —replicó Sarafine, y dio varios pasos en
dirección a Lena.
—¿De quién hablas?
—De tu querido tío Macon —respondió Sarafine con amargura. Me di cuenta
de que a Sarafine no se le había pasado por alto que Macon había hecho de todo
para arrebatarle a su hija.
—Mientes.
—Es él quien te ha mentido todo este tiempo. Te ha dejado creer que tu
destino estaba predeterminado y que no tenías alternativa. La Luz o la Oscuridad
te reclamarán esta noche, durante tu decimosexto cumpleaños.
—Así es. —Lena sacudió la cabeza con obstinación y alzó las palmas de las
manos. Un trueno retumbó y empezó a caer un auténtico diluvio. Tuvo que gritar
para hacerse oír—. Le sucedió a Ridley, a Reece y a Larkin.
—Tienes razón, pero tú eres diferente. Esta noche no vas a ser Llamada, vas
a Llamarte a ti misma.
Las palabras flotaron en el aire como si tuvieran el poder de detener el
tiempo. « Llámate a ti misma» .
—¿Qué has dicho? —susurró Lena con el rostro tan lívido que durante unos
instantes pensé que iba a desmay arse.
—Puedes elegir. Tu tío no te lo ha dicho, estoy segura.
—Eso es imposible. —El ulular del viento sofocaba la voz de Lena, apenas
audible.
—Se te permite elegir porque eres mi hija, la segunda Natural nacida en la
familia Duchannes. Tal vez ahora sea una Cataclyst, pero un día fui la primera
Natural de nuestro linaje. —Sarafine hizo una pausa y luego recitó un verso—:
« La primera será Oscura, pero la segunda podrá elegir volverse Oscura o no» .
—No te entiendo —repuso Lena, cuy a larga melena chorreaba por todas
partes. Las piernas se le doblaron y cayó de rodillas sobre el fango y las hierbas.
—Siempre has tenido la posibilidad de elegir y tu tío lo ha sabido en todo
momento.
—¡No te creo! —Lena alzó los brazos y el espacio que había entre ella y su
madre se desgajó en montones de tierra que empezaron a girar impulsados por el
vendaval. Me protegí los ojos con las manos cuando el polvo y los guijarros
volaron como perdigones en todas las direcciones.
—No le hagas caso, Lena —grité para hacerme oír por encima del estruendo
de la tormenta—. Ella es Oscura. No le importa nadie. Tú misma me lo dijiste.
—¿Por qué el tío Macon me ocultó la verdad?
Lena me miró fijamente, como si fuera el único capaz de saber la respuesta,
y no era así. No podía decir nada. Luego, se puso de pie, dio un pisotón y el suelo
comenzó a temblar. Noté la sacudida bajo mis pies. Era la primera vez que un
terremoto alcanzaba el condado de Gatlin. Sarafine sonrió. Sabía que su hija
estaba perdiendo el control y, por tanto, ella estaba ganando. El aparato eléctrico
de la tormenta no cesaba de aumentar en el cielo.
—¡Ya basta, Sarafine! —La voz de Macon retumbó y apareció de la nada—.
Deja en paz a mi sobrina.
Ravenwood, a la luz de la luna, parecía diferente esa noche. Tenía un aspecto
menos humano y guardaba más semejanza con su verdadera naturaleza, y había
algo más, su rostro parecía más joven y delgado. Preparado para luchar.
—¿Te refieres a la hija que me arrebataste?
Sarafine se irguió y empezó a menear los dedos como un soldado cuando
revisa su arsenal antes de la batalla.
—Como si ella significara algo para ti —replicó Ravenwood con aplomo
mientras se alisaba la chaqueta, tan impecable como de costumbre.
Boo irrumpió de entre los arbustos, como si hubiera acudido a la carrera
detrás de él. Su aspecto se correspondía exactamente con lo que era: un enorme
lobo.
—Me siento honrada, salvo que, por lo visto, me he perdido la fiesta de
cumpleaños de mi hija, pero está bien, siempre nos queda la noche de la
Llamada. Todavía faltan un par de horas, y eso no me lo perdería por nada del
mundo.
—En tal caso, supongo que te habrás llevado un chasco al no estar invitada.
—Es una pena, ya que yo había convidado a alguien por mi cuenta y se
muere de ganas de verte.
Esbozó una sonrisa y agitó los dedos. Igual de deprisa que se había
materializado Macon, apareció un hombre recostado sobre un tronco de sauce.
Allí no había nadie hacía unos segundos.
—¿Hunting? ¿De qué agujero te ha sacado Sarafine?
El recién llegado guardaba un extraordinario parecido con Macon, pero le
superaba en estatura y era algo más joven. Tenía el pelo brillante y lacio, negro
como la tinta, y una piel tan pálida como la de su hermano, pero donde Macon
ofrecía un marcado aire a un caballero sureño de otro tiempo, aquel hombre
vestía de lo más chic y todo de negro: jersey de cuello vuelto, vaqueros y una
cazadora de aviador. Parecía más una de esas estrellas de cine que se veían en
las portadas de las revistuchas que ese porte a lo Cary Grant de Macon, pero una
cosa sí estaba clara: también era un íncubo, y no de los buenos, si es que eso
existía. Fuera lo que fuera Macon, Hunting era diferente.
Hunting esbozó una mueca que para los de su especie podría pasar por una
sonrisa. Anduvo en círculos alrededor de Macon.
—Cuánto tiempo, hermano.
Macon no le devolvió la sonrisa.
—No lo suficiente. No me sorprende nada que hayas tomado partido a favor
de alguien como ella.
Hunting soltó, unas carcajadas roncas y sonoras.
—¿Y con quién más iba a relacionarme? ¿Con un grupo de Luminosos como
hiciste tú? La idea de que uno puede alejarse de su verdadera naturaleza y del
legado familiar se me antoja absurda.
—Hice una elección, Hunting.
—¿Una elección? ¿Así es como lo llamas? —inquirió su hermano, y se rio
otra vez sin dejar de dar vueltas alrededor de Macon—. Tiene más pinta de ser
una quimera. No puedes escoger lo que eres, hermano. Eres un íncubo, una
criatura Oscura, te alimentes o no de sangre.
—¿Es cierto lo que ella dice, tío Macon? —quiso saber Lena, poco interesada
en el reencuentro de los hermanos.
Sarafine soltó una estridente carcajada.
—Dile la verdad a la chiquilla por una vez en la vida, Macon.
Macon miró a su sobrina con obcecación.
—No es tan sencillo.
—Pero ¿es cierto? ¿Puedo elegir?
El pelo le seguía chorreando por los húmedos rizos. Macon y Hunting estaban
secos, por supuesto. El segundo encendió un cigarrillo sin dejar de sonreír,
saboreando el momento.
—¿Es verdad, tío Macon? —suplicó Lena.
Este, exasperado, observó a Lena unos segundos y luego desvió la mirada.
—Puedes elegir, Lena, pero es una elección complicada y de graves
consecuencias.
Dejó de llover en el acto y el aire se quedó en calma. Si aquello era un
huracán, nos encontrábamos en su mismo centro. Las emociones de Lena eran
un caos. Aun sin escuchar su voz en mi mente, y o conocía sus sentimientos:
felicidad por haber obtenido lo único que siempre había deseado, elegir su propio
destino, e ira por haber perdido a la única persona en quien había confiado.
Lena miró a Macon como si le viera con ojos nuevos. Pude ver cómo la
oscuridad se deslizaba por su rostro.
—¿Por qué no me lo dijiste? Me he pasado la vida entera aterrada porque iba
a volverme Oscura.
Se oy ó un trueno en el cielo y comenzaron a caer gotas suavemente, como si
fueran lágrimas, pero Lena no estaba llorando, estaba enfadada.
—Puedes escoger, Lena, pero hay consecuencias que no podías entender
siendo una niña. En realidad, tampoco puedes comprenderlas ahora. Aun así,
desde que naciste, me he pasado toda la vida sopesándolas, y como tu querida
madre sabe muy bien, las condiciones de este trato quedaron establecidas hace
mucho.
—¿Qué clase de consecuencias?
Lena miró a Sarafine con escepticismo y cautela, como si abriera la mente a
otras posibilidades. Supe qué le rondaba por la cabeza. Si no podía confiar en su
tío, si este le había ocultado semejante secreto todo aquel tiempo, tal vez su
madre le revelara la verdad.
¡No escuches a tu madre, L! No confíes en ella…
Pero no hubo respuesta. La presencia de Sarafine interfería en nuestra
conexión. Era como si alguien hubiera cortado esa línea existente entre nosotros.
—Lena, te presionan para que elijas y es muy posible que no entiendas qué
tipo de elección debes hacer ni tampoco que hay un riesgo.
La lluvia pasó del tamborileo de las lágrimas al aullido de una tromba de
agua.
—Como si pudiera confiar en ti después de mil mentiras —terció Sarafine,
que fulminó a Macon con la mirada y se volvió hacia su hija—. Me gustaría que
tuviéramos más tiempo para hablar, Lena, pero has de hacer la Elección, y yo
estoy obligada a explicarte los riesgos. Hay consecuencias; tu tío no te ha
mentido respecto a eso. —Hizo una pausa—. Si eliges volverte Oscura, morirán
todos los Luminosos de tu familia.
Lena se puso pálida.
—¿Y por qué iba a estar de acuerdo en hacer algo así?
—Porque si te decantas por la Luz, fallecerán todos los Oscuros y los Lilum de
nuestra familia. —Sarafine se volvió para mirar a Macon—. Y cuando digo
todos, me refiero a todos. Tu tío, el hombre que ha sido como un padre para ti,
dejará de existir. Le destruirás.
Ravenwood desapareció para materializarse en menos de un segundo delante
de su sobrina.
—Escúchame, Lena, yo estoy dispuesto a sacrificarme. Por esa razón no te
conté nada. No quería que te sintieras culpable por mi marcha. Siempre he
sabido cuál es tu Elección. Hazla. Déjame marchar.
A Lena la cabeza le daba vueltas. ¿De veras podía destruir a Macon si la
Caster Oscura le decía la verdad? Pero si eso era cierto, ¿qué otra elección tenía?
Macon era una sola persona, incluso aunque ella le quisiera tanto.
—Yo puedo ofrecerte algo más —agregó Sarafine.
—¿Qué puedes ofrecerme para que prefiera acabar con la abuela, la tía Del,
Reece y Ryan?
Sarafine se acercó unos cuantos pasos con cautela.
—A Ethan. Disponemos de una forma para que ambos podáis estar juntos.
—¿De qué me hablas? Ya estamos juntos.
Sarafine ladeó la cabeza lentamente y entornó los ojos, por los cuales cruzó
una sombra, la del reconocimiento.
—No lo sabes, ¿verdad? —Sarafine se volvió hacia Macon y se echó a reír—.
No se lo habéis contado. Bueno, eso no es jugar limpio.
—¿Saber el qué? —inquirió Lena con brusquedad.
—Ethan y tú nunca podréis estar juntos, al menos físicamente. Ni los Caster
ni los Lilums pueden estar con mortales. —Ella sonrió, saboreando el momento—.
Al menos, no sin matarlo

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