20
12 de enero
Promesa
HAY ALGO EN EL AMBIENTE. Cuando oyes esta frase, lo normal es que no
pase nada, pero cuanto más inminente era el cumpleaños de Lena, la sensación
era más intensa. A la vuelta de las vacaciones navideñas nos encontramos las
taquillas y las paredes llenas de pintadas, pero no eran las pintadas habituales, no
se entendían y, de hecho, de no haber echado antes un vistazo al Libro de las
Lunas ni siquiera habríamos sabido de qué se trataba.
Una semana más tarde, todas las ventanas se abrieron de pronto en plena
clase de inglés. Podía haber sido otra vez el viento, salvo que no soplaba ni una
ligera brisa. Por otra parte, ¿cómo era posible que el viento se notara sólo en una
única aula?
Como ya no estaba en el equipo de baloncesto, tenía que ir a clase de
educación física el resto del curso. Era la peor asignatura del Instituto Jackson con
diferencia. Después de una hora de sprints cronometrados y de hacerme unas
cuantas quemaduras de tanto subir y bajar hasta el techo del gimnasio en una
soga con nudos fui a la taquilla y me encontré con que estaba abierta y todos mis
papeles tirados por el pasillo. Mi mochila había desaparecido. Link la localizó al
cabo de unas horas en un contenedor de basura fuera del gimnasio, pero aprendí
la lección: el instituto no era un lugar adecuado para el Libro de las Lunas.
A partir de ese momento lo guardé en mi armario y esperé a que Amma lo
descubriera, dijera algo o cubriera con sal el suelo de mi cuarto, pero no ocurrió
nada de eso.
Me enfrascaba en la lectura de sus páginas, estuviera o no con Lena, con el
desgastado diccionario de latín de mi madre. Utilizaba unas manoplas de Amma
para reducir al mínimo las quemaduras. Había miles de hechizos y sólo unos
pocos estaban traducidos. El resto estaba escrito en idiomas ilegibles para mí o en
la lengua Caster, que ni siquiera podía aspirar a descifrar. La inquietud de Lena
aumentaba conforme nos familiarizábamos cada vez más con sus páginas.
—Llámate a ti misma. Eso no significa nada.
—Por supuesto que sí.
—Ningún capítulo lo menciona. No existe ni una sola descripción sobre la
Llamada en el libro.
—Basta con seguir mirando. Esto no vamos a encontrarlo en ningún resumen.
El libro tenía la respuesta… si lográbamos encontrarla. No éramos capaces
de pensar en otra cosa, bueno, en eso y en que quedaba un mes antes de que todo
estuviera perdido.
Por la noche nos quedábamos despiertos hasta las tantas, charla que te charla,
cada uno en nuestra casa, sobre todo ahora, que cada velada parecía estar más
cerca de la que podía ser la última.
¿En qué piensas, Lena?
¿De verdad quieres saberlo?
Siempre lo quiero saber.
¿Siempre? Contemplé el mapa arrugado de mi pared. La delgada línea verde
unía todos los lugares que conocía por mis lecturas. Ahí figuraban los escenarios
de mi futuro imaginario unidos con cinta, indicadores y chinchetas. Habían
cambiado muchas cosas en seis meses. Ninguna cinta verde me conducía al
futuro, y a no, sólo una chica.
Me costaba oír sus pensamientos. Tenía que esforzarme para escucharla.
Una parte de mí desearía no haberte conocido.
Es una broma, ¿no?
Ella no contestó, al menos no inmediatamente.
Hace que todo sea mucho más complicado. Antes no tenía mucho que perder,
pero ahora te tengo a ti.
Entiendo lo que quieres decir.
Di un golpe a la pantalla de la lámpara, situada junto a la cama, y me
encontré con la vista clavada en la bombilla. Si la miraba directamente, el brillo
del filamento me cegaba y me hacía llorar.
Y ahora podría perderte a ti.
Eso no va a suceder, L.
Se mantuvo en silencio mientras espirales y destellos luminosos me cegaban
hasta el punto de que era incapaz de ver el tono azul del techo a pesar de tenerlo
delante.
¿Lo prometes?
Lo prometo.
No estaba en mi mano cumplir ese compromiso, y ella lo sabía, pero lo hice
de todos modos porque iba a encontrar la forma de hacer realidad mi promesa.
Me quemé la mano al intentar quitar la luz.
4 de febrero
Sandman o alguien parecido
FALTABA UNA SEMANA para el cumpleaños de Lena.
Siete días.
Ciento sesenta y ocho horas.
Diez mil ochenta segundos.
Llámate a ti misma.
Lena y yo estábamos reventados. Hacíamos novillos para pasarnos los días
con el Libro de las Lunas. Yo era un hacha falsificando la firma de Amma y la
señorita Hester no tenía agallas para pedirle a Lena una nota firmada por Macon
Ravenwood.
Era un frío día de cielos despejados. Estábamos acurrucados en el gélido
jardín de Greenbrier, protegidos por el viejo saco de dormir mientras
intentábamos averiguar por enésima vez cómo podía ayudarnos el libro.
Estaba seguro de que Lena empezaba a rendirse. Había llenado el techo con
esos garabatos de rotuladores indelebles Sharpie y las paredes rebosaban
palabras imposibles de expresar e ideas que le asustaban demasiado para
manifestarlas en voz alta.
fuego oscuro, luz oscura / materia oscura, ¿qué importa?, la gran
oscuridad absorbe la gran luz mientras ellos devoran mi alma / Caster / una
chica sobrenatural / antes / a primera vista / siete días / siete días / siete
días 777777777777777.
No podía culparla, pues la cosa pintaba muy mal, pero yo no estaba dispuesto
a abandonar. Jamás iba a rendirme. Lena se dejó caer sobre el viejo muro de
piedra, tan desmoronado como las escasas oportunidades que nos quedaban.
—Esto es imposible. Hay demasiados hechizos y ni siquiera sabemos cuál
buscamos.
Había conjuros para cualquier propósito imaginable: vincular a los traidores,
atraer agua marina, vincular runas.
Pero no decía nada de nada acerca de hechizos para liberar a tu familia de la
maldición de un Vínculo oscuro, ni neutralizar el intento de resucitar a un héroe de
guerra por parte de la trastatarabuela Genevieve o evitar volverse Oscuro el día
de la Llamada. Ni siquiera el que yo estaba buscando con ahínco: salvar a tu
chica, ahora que al fin te has echado novia, antes de que sea demasiado tarde.
Volví a echarle un vistazo al índice de contenidos: Obsecrationes,
Incantamina, Nectentes, Maledicentes, Maleficia.
—No te preocupes. Lo averiguaremos. —Pero albergaba serias dudas incluso
mientras lo decía.
Crecía en mi interior la sensación de que mi cuarto estaba encantado conforme
el libro permanecía cada vez más tiempo en la balda superior de mi armario. Lo
de los sueños nos pasaba a los dos todas las noches, y eran casi siempre
pesadillas, la cosa iba de mal en peor. Muchas noches sólo lograba dormir un par
de horas, los sueños me asaltaban en cuanto cerraba los párpados y me
amodorraba. Estaban ahí, al acecho, pero lo malo era que se trataba de la misma
pesadilla repitiéndose en un bucle incesante. Perdía a Lena todas las noches, una
y otra vez, y eso me estaba matando.
Mi única táctica alternativa era permanecer despierto, así que me entretenía
con videojuegos, me ponía hasta las cejas de coca cola y Red Bull para tener en
la sangre azúcar y cafeína en abundancia y leía de todo, desde El corazón de las
tinieblas hasta mi número favorito de Estela Plateada, ese en el cual Galactus
devora el universo, pero, como sabe todo el que no pega ojo en varios días, a la
tercera o cuarta noche estás tan hecho polvo que te quedas dormido de pie.
Ni siquiera Galactus tenía ninguna posibilidad de triunfar contra la
somnolencia.
Llamas.
Había lenguas de fuego por doquier.
Y humo. Me asfixiaba por culpa del humo y la ceniza. Aquello estaba oscuro
como boca de lobo y resultaba imposible ver nada. El calor era tan intenso que lo
sentía como papel de lija sobre la piel.
Sólo era posible oír el rugido del incendio.
Ni siquiera lograba escuchar los gritos de Lena, salvo en mi mente.
¡Suéltame, debes irte!
Sentía chasquidos en los huesos de la muñeca, como cuerdas de una guitarra
que se rompen una tras otra. Lena se soltaba de mi mano como si se preparase
para que la dejara caer, cosa que yo jamás hacía.
No voy a hacerlo, L. No pienso dejarte.
¡Hazlo! Sálvate, por favor.
Yo nunca la soltaba.
Sin embargo, sentía cómo sus dedos resbalaban entre los míos, y por mucho
que apretara con más fuerza, ella seguía escurriéndose…
Entre toses, me incorporé en la cama como impulsado por un resorte. La ilusión
parecía tan real que sentía el sabor del humo, pero en mi habitación no hacía
calor, sino frío, la ventana volvía a estar abierta. La luz de la luna hizo posible que
el iris se me acostumbrara a la oscuridad antes de lo habitual.
Por el rabillo del ojo atisbé cómo algo se movía entre las sombras.
Había alguien allí.
—¡Joder!
El intruso intentó escabullirse antes de que me diera cuenta, pero no fue lo
bastante rápido. Cuando supo que le había visto, hizo lo único que podía hacer:
volver su rostro hacia mí.
—Aunque no me considero precisamente un santo, ¿cómo voy a reprocharte
ese lenguaje después de una escapatoria tan indigna?
Macon esbozó esa sonrisa suya a lo Cary Grant y se acercó a los pies de mi
cama. Llevaba un largo abrigo negro y unos pantalones de sport oscuros. Parecía
haberse ataviado como si fuera de paseo al pueblo a principios del siglo pasado
en vez de como un intruso de nuestros días.
—Hola, Ethan.
—¿Qué demonios hace en mi cuarto?
Macon parecía un tanto aturullado, lo cual significaba que no tenía en la punta
de la lengua una explicación inmediata y estupenda.
—Es complicado.
—Pues simplifíquelo. Se ha encaramado a mi ventana en plena noche, así
que debe de ser un vampiro o un pervertido, o un poco las dos cosas. ¿Cuál de
ellas es?
—¡Mortales! Para vosotros todo es blanco o negro. No soy un Hunter, ni
tampoco un Harmer. Me estás confundiendo con mi hermano, Hunting. No me
interesa la sangre. —Se estremeció sólo de pensarlo—. Ni la sangre ni la carne.
—Encendió un cigarro y jugueteó con él. A Amma le iba a dar un síncope
cuando oliera la nicotina a la mañana siguiente—. De hecho, ambas cosas me
dan un poco de asco.
Se me estaba acabando la paciencia. No había dormido en varios días y
estaba harto de que todo el mundo esquivara mis preguntas. Quería respuestas y
las quería ahora.
—Ya estoy harto de acertijos. Respóndame a una cosa: ¿qué hace en mi
dormitorio?
Ravenwood se encaminó hacia la vieja silla que había delante del escritorio y
se sentó con un movimiento rápido.
—Digamos que sólo estaba… escuchando a escondidas.
Había hecho una bola con una vieja camiseta del equipo de baloncesto y la
había dejado en el suelo. La recogí y me la puse antes de levantarme.
—¿Y qué escuchaba exactamente? Aquí no hay nadie. Yo estaba durmiendo.
—No, estabas soñando.
—¿Cómo sabe eso? ¿Es ese uno de sus poderes de Caster?
—Me temo que no. No soy un Caster, técnicamente no.
Se me hizo un nudo en la garganta. El tío de Lena nunca salía de casa durante
el día, era capaz de materializarse de la nada, observaba todo a través de los ojos
de un lobo al que hacía pasar por perro y había estado a punto de acabar con un
Caster Oscuro sin inmutarse. Si no era un Caster, sólo quedaba una explicación.
—Así pues, es usted un vampiro.
—Nada de eso. —Parecía perplejo—. Eso es un cliché muy vulgar y poco
halagador… No existe nada parecido a los vampiros. Supongo que también crees
en hombres lobo y en alienígenas. La culpa de todo esto la tiene la televisión. —
Dio una prolongada calada al cigarro—. Lamento decepcionarte. Soy un íncubo.
Estoy seguro de que es cuestión de tiempo que Amarie te lo diga, dado ese
interés suyo en desvelar todos mis secretos. —¿Un íncubo? Ni siquiera sabía si
tenía que estar asustado o no. Esa confusión debió de reflejarse en mi rostro,
porque Ravenwood se sintió obligado a añadir una explicación—: Los caballeros
como y o disponemos de ciertos… poderes gracias a nuestra naturaleza, pero
tenemos que reponerlos con regularidad.
Pronunció el verbo « reponer» de un modo inquietante.
—¿A qué se refiere con eso de reponer?
—A falta de un término más preciso, nos alimentamos de los mortales para
reponer fuerzas. —Empecé a ver girar la habitación, o tal vez era Macon quien
daba vueltas—. Siéntate, Ethan, te has puesto pálido.
El tío de Lena se plantó junto a mí de dos zancadas y me condujo hasta la
cama para que me sentara.
—Como he dicho, empleo la palabra « alimentar» porque no hay otra más
adecuada. Sólo un íncubo de sangre se nutre de la sangre de los mortales y yo
soy un íncubo de sangre. Aunque los dos somos Lilum, los que moran en la
Oscuridad absoluta, yo he evolucionado. Tomo algo muy abundante entre los
mortales, algo que ni siquiera necesitáis.
—¿El qué?
—Sueños. Fragmentos y retazos de sueños. Ideas, deseos, miedos,
recuerdos… Nada que vay áis a echar de menos.
Las palabras salían despacio de sus labios, como los términos de un conjuro,
mientras y o me devanaba los sesos en mi intento de comprenderlas, pero tenía la
mente embotada.
Y entonces lo entendí todo y sentí cómo todas las piezas del rompecabezas
chasqueaban en mi mente mientras encajaban en su sitio.
—Los sueños… ¿Se ha llevado una parte de mis sueños? ¿Los ha absorbido?
¿Por eso no recuerdo ni uno entero?
Sonrió y echó el cigarro en una lata vacía de coca cola olvidada encima del
escritorio.
—Me declaro culpable, excepto en lo de absorber. No es la palabra más
adecuada.
—Si es usted el que absorbe, bueno, el que roba mis sueños, entonces conoce
el resto, quiero decir: usted sabe cómo acaba. Puede decírnoslo y entonces
podremos detenerlo.
—Me temo que no. Elijo cada fragmento intencionadamente.
—¿Por qué no desean que nos enteremos de lo que pasa? Si conocemos el
resto del sueño, tal vez seamos capaces de impedir que ocurra.
—No es que yo no entienda del todo lo que sucede, eres tú quien sabe
demasiado.
—Deje y a de hablar de esa forma tan enigmática. Usted sigue diciendo que
puedo proteger a Lena, que tengo poder. ¿Por qué no me cuenta de qué va esto en
realidad, señor Ravenwood? Porque estoy harto, me he cansado de dar tumbos.
—No puedo revelar lo que ignoro, hijo. Eres un verdadero misterio.
—¡Yo no soy su hijo!
—¡Melquisedec Ravenwood! —El hombre perdió la compostura cuando la
voz de Amma retumbó como el tañido de una campana—. ¿Cómo te atreves a
entrar en esta casa sin mi permiso? —Estaba en la puerta, en bata y llevaba una
larga hilera de cuentas en la mano. Habría pensado que era un collar de no haber
sabido lo que era. Agitó el talismán con ira—. Según nuestro trato, no puedes
acceder a esta casa. Búscate otro sitio para tus sucios quehaceres.
—No es tan sencillo, Amarie. El chico ve en sueños cosas peligrosas para
ellos dos.
Amma se puso furibunda al oír aquello.
—¿Te estás alimentando de mi niño? ¿Es eso lo que dices? ¿Supones acaso que
eso va a hacer que me sienta mejor?
—Calma, tranquila, no te lo tomes al pie de la letra. Me limito a hacer lo
necesario para protegerlos a los dos.
—Sé qué eres y qué haces, Melquisedec, y darás cuenta al diablo a su debido
tiempo, pero no traigas el mal a mi casa.
—Ha pasado mucho tiempo desde que elegí y he luchado conmigo mismo
para no convertirme en lo que estaba destinado a ser. He luchado contra ello
todas las noches de mi vida. Pero no soy Oscuro, no mientras tenga que
ocuparme de la chica.
—Eso no cambia lo que eres. Eso no puedes elegirlo.
Macon entrecerró los ojos. El acuerdo entre ambos era delicado, eso era
obvio, como también lo era que él lo había puesto en peligro al entrar aquí.
¿Cuántas veces había venido? Y yo ni siquiera lo sabía.
—¿Por qué no se limita a decirme qué sucede al final? Después de todo, ese
es mi sueño.
—Es un sueño poderoso y perturbador. Lena no necesita conocerlo, no está
preparada para verlo, y vosotros dos estáis conectados de una forma
inexplicable. Ella ve todo lo que tú ves. ¿Entiendes ahora por qué debía
eliminarlo?
Me pillé un buen rebote. Estaba enfadado, mucho más que cuando la señora
Lincoln se plantó ante el comité de disciplina y se puso a soltar embustes, mucho
más que cuando descubrí los cientos de páginas de garabatos sin sentido en el
estudio de mi padre.
—No, no lo entiendo. Si usted sabe algo que puede ayudarla, ¿por qué no nos
lo dice? ¿Por qué no deja de usar sus trucos mentales de caballero Jedi sobre mí
y mis sueños y me deja verlo por mí mismo?
—Sólo intento proteger a Lena, la quiero, y nunca…
—Lo sé, eso y a lo he oído. Nunca haría nada que pudiera hacerle daño, pero
se ha olvidado mencionar una cosa: no nos ha contado que tampoco iba a hacer
nada por ayudarla.
Apretó los dientes. Ahora era él quien estaba enfadado, y o podía reconocerlo.
Pero no varió el gesto ni siquiera medio minuto.
—Intento protegerla, Ethan, y también a ti. Sé que cuidas de mi sobrina y que
le has brindado algún tipo de protección, pero ahora no ves las cosas como son,
ciertas cosas están más allá de cualquier tipo de control por nuestra parte. Un día
lo entenderás. Ella y tú sois muy distintos.
« Especies Diferentes» , tal y como el otro Ethan le había escrito a
Genevieve. Lo comprendí todo. No había cambiado nada en más de cien años.
Ravenwood suavizó la dureza de su mirada. Pensé que tal vez se estaba
compadeciendo de mí, pero había algo más.
—En último término, esto se convertirá en una carga difícil de sobrellevar y
ese peso siempre recae sobre los hombros del mortal. Confía en mí, lo sé.
—No me fío de usted, y se equivoca: Lena y yo no somos tan diferentes.
—Cuánto envidio a los mortales. Os creéis capaces de cambiar el mundo,
detener el universo y deshacer lo hecho hace mucho tiempo. Sois hermosas
criaturas. —En principio, me estaba hablando a mí, pero y o no tenía la impresión
de que se refiriera a mí—. Pido disculpas por mi intromisión. Ahora me voy y te
dejo dormir.
—Manténgase lejos de mi habitación y de mi cabeza, señor Ravenwood.
Se volvió hacia la puerta, lo cual me sorprendió un poco, la verdad, pues daba
por hecho que iba a marcharse por donde había entrado.
—Una cosa más: ¿sabe Lena qué es usted?
—Por supuesto. —Macon sonrió—. No hay secretos entre nosotros.
No le devolví la sonrisa. Entre ellos había algo más que un montón de
secretos, incluso aunque su condición de íncubo no fuera uno de ellos, y tanto él
como yo lo sabíamos.
El intruso se dio la vuelta y desapareció entre el revoloteo de los faldones de
su abrigo.
Como si tal cosa.
5 de febrero
La batalla de Honey Hill
A LA MAÑANA SIGUIENTE me desperté con dolor de cabeza y un martilleo en
las sienes. Y no lo hice pensando en que los hechos de la velada anterior jamás
habían sucedido, como ocurre tan a menudo en los cuentos. No se me pasó por la
cabeza ni durante un segundo considerar que había sido un sueño la aparición y
desaparición de Macon Ravenwood en mi habitación. Durante los meses
posteriores a la muerte de mi madre me levantaba todas las mañanas convencido
de que había tenido una pesadilla. No volvería a cometer ese error jamás.
Esta vez sabía que si todo tenía pinta de haber cambiado era porque había
cambiado de verdad. Si las cosas me parecían cada vez más raras, se debía a que
lo eran. Si tenía la sensación de que a Lena y a mí se nos acababa el tiempo, era
porque se nos estaba agotando.
Seis días y seguía la cuenta atrás. Todo cuanto podía decirse era que las cosas no
se presentaban bien para nosotros. Y, por supuesto, no decíamos nada. En el
instituto hacíamos lo de siempre: íbamos juntos de la mano por el pasillo, nos
besábamos al final de las taquillas hasta que nos dolían los labios y yo me sentía a
punto de morir electrocutado. Permanecíamos dentro de nuestra burbuja y
disfrutábamos fingiendo vivir unas vidas normales o lo poco que nos quedaba de
ellas. Estábamos juntos todo el día, todos los minutos de clase, incluso en aquellas
asignaturas en que no coincidíamos.
Lena me hablaba de las islas Barbados y de la línea donde se encontraban el
cielo y el mar, tan fina que resultaba imposible diferenciar uno de otro, mientras
se suponía que yo estaba haciendo un cuenco de barro en la clase de cerámica.
Lena me hablaba de su abuela, que le dejaba beber 7-Up usando regaliz rojo
a modo de pajita, mientras en clase de literatura escribíamos un ensayo sobre El
extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde y Savannah Snow mascaba chicle
sin cesar.
Me habló también de Macon, el cual, hasta donde le alcanzaba la memoria, y
a pesar de todo, con independencia de donde estuviera, siempre había estado
presente el día de su cumpleaños.
Esa noche, tras permanecer en vela hasta las tantas, peleando con el Libro de
las Lunas, contemplamos juntos el amanecer a pesar de que ella estaba en
Ravenwood y y o en mi casa.
¿Ethan?
Aquí estoy.
Tengo miedo.
Lo sé. Deberías dormir un poco, L.
No quiero despilfarrar el tiempo durmiendo.
Yo tampoco.
Pero ambos sabíamos que eso no era así. A ninguno de los dos nos apetecía
demasiado tener sueños.
—« La noche de la Llamada es de gran debilidad, pues se ayuntan la Oscuridad
de dentro y la de fuera, y entonces la persona de poder debe abrirse a la gran
Oscuridad sin defensas, Vínculos, hechizos de guardar y amparar, y la muerte
para siempre y eterna a la hora de la Llamada ha de esperar» .
Lena cerró el libro de golpe.
—No soy capaz de leer más sobre esto.
—No me extraña que tu tío ande tan preocupado todo el rato, no bromeo.
—No basta con que pueda convertirme en una especie de demonio maléfico,
también puedo sufrir la muerte eterna. Pon eso en la lista, debajo de condenación
inminente.
—Lo tengo. Demonio. Muerte. Condenación.
Nos hallábamos una vez más en el jardín de Greenbrier. Lena me dio el libro y
se dejó caer de espaldas para poder contemplar el cielo. Yo albergaba la
esperanza de que estuviera jugando con las nubes y no dándole vueltas a lo poco
que habíamos averiguado durante aquellas tardes estudiando el libro. En todo
caso, no le dije que me ay udara mientras pasaba las páginas con los viejos
guantes de jardinería de Amma, que me estaban demasiado pequeños.
El Libro de las Lunas tenía miles de páginas y algunas explicaban más de un
conjuro. Estaban organizadas sin orden ni concierto, o al menos y o no acertaba a
saberlo. El índice había resultado ser una patraña de primera categoría, pues
apenas se correspondía con el contenido. Me puse a pasar las hojas con la
esperanza de acabar tropezándome con algo de interés, pero la gran mayoría
resultaba ser un galimatías. Miraba las palabras sin entender ni torta.
I Ddarganfod yr Hyn Sudd ar Goll
Datodwch y Cwlwm, Troellwch a Throwch ef
Bwriwh y Rhwymyn Hwn
Fel y Caf Ganfod
Yr Hyn rwy’n Dyheu Amdand
Yr Hyn rwy’n ei Geisio.
Entonces se me encendió la bombilla y me acordé de una cita que estaba
clavada con chinchetas en el estudio de mis padres: « Pete et invenies» . Busca y
encontrarás. « Invenies» . Encontrar.
Ut unvenias quod abest
expedi nodum, torque et convolve
elice hoc vinculum
ut inveniam
quod desidero
quod peto.
Pasé a toda prisa las páginas del diccionario de latín de mi madre.
Garabateaba las palabras por detrás a medida que las iba traduciendo y al final
me encontré cara a cara con los términos del hechizo.
Para hallar lo perdido
deshago el nudo, giro y enrollo.
Hago este vínculo
para poder encontrar
aquello que anhelo,
aquello que busco.
—¡He encontrado algo!
Lena se incorporó para echar un vistazo por encima de mi hombro.
—¿De qué hablas? —preguntó con escasa convicción.
Sostuve en alto el papel que yo había escrito aunque mi letra era casi ilegible.
—He traducido esto. Da la impresión de que puede servir para encontrar
algún objeto perdido.
Lena se acercó más para revisar mi traducción y puso los ojos como platos.
—Es un hechizo de localización.
—Suena como algo útil para averiguar respuestas, quizá nos sirva para
descubrir cómo deshacer la maldición.
Lena me quitó el libro de un tirón y lo apoyó en su regazo para estudiar
concienzudamente la página. Señaló el conjuro situado encima del texto en latín.
—Es el mismo conjuro en gales, o eso creo.
—¿Pero nos sirve de algo?
—Ni idea. Ni siquiera sabemos qué estamos buscando. —Torció el gesto; de
pronto, parecía menos entusiasmada—. Además, los hechizos orales no son tan
fáciles como aparentan y y o nunca he hecho uno. Pueden salir mal un montón
de cosas.
¿Estaba de guasa?
—¿Cómo? ¿Que las cosas pueden salir mal? ¿Hay algo peor que el hecho de
que te conviertas en una Caster Oscura el día de tu decimosexto cumpleaños? —
Le arrebaté el libro de las manos, se me quemaron las margaritas dibujadas en
los guantes—. ¿Por qué expoliamos una tumba y malgastamos semanas
intentando averiguar sus secretos si ni siquiera vamos a probar suerte?
Sostuve el libro en alto hasta que uno de mis guantes empezó a echar humo.
Lena sacudió la cabeza.
—Dámelo. —Respiró hondo—. Vale, lo intentaré, pero te lo advierto: no tengo
la menor idea de qué puede suceder. Habitualmente no lo hago así.
—¿Así como?
—La forma de usar mis poderes, ya sabes, todo ese rollo de los Naturales.
Esa es la cuestión, que se supone que todo debe salir de forma natural y la mitad
del tiempo ni siquiera sé lo que me hago.
—Vale, pues entonces yo te ayudo esta vez. ¿Qué debo hacer? ¿Dibujar un
círculo en el suelo? ¿Encender velas…?
Puso los ojos en blanco.
—¿Qué tal si te sientas ahí? —contestó, y señaló un lugar a varios metros de
distancia—. Sólo por si las moscas.
Yo esperaba más preparativos, pero bueno, era un simple mortal, ¿qué iba a
saber y o? Hice caso omiso a su orden de distanciarme de su primer intento de
conjuración oral, pero sí retrocedí varios pasos. Lena sostuvo el libro en alto, lo
cual era toda una hazaña, pues pesaba lo suyo, y tomó aire. Iba moviendo los
ojos conforme leía los versos del conjuro.
Para hallar lo perdido
deshago el nudo, giro y enrollo.
Hago este Vínculo
para poder encontrar
aquello que anhelo,
Alzó la vista y recitó la última línea con voz nítida y fuerte.
aquello que busco.
Durante unos instantes no pasó nada. Las nubes seguían sobre nuestras
cabezas y el aire era frío. Lena se encogió de hombros. No había funcionado.
Llegó a la misma conclusión que y o hasta que oímos un sonido similar al
producido por una ráfaga de aire al pasar por un túnel. El árbol situado detrás de
mí se había incendiado, de hecho, estaba ardiendo, las llamas subían por el tronco
entre chasquidos y se extendían por las ramas. Jamás había visto extenderse un
fuego con semejante rapidez.
La madera empezó a humear de inmediato y, entre toses, me acerqué a Lena
para alejarla de las llamas.
—¿Estás bien? —También estaba tosiendo. Aparté los rizos negros de su rostro
—. Bueno, es evidente que no ha funcionado, a no ser que lo que querías fuera
tostar un caramelo de malvavisco realmente gigante.
Lena esbozó una sonrisa de circunstancias.
—Te avisé de que las cosas podían torcerse.
—Eso se queda corto.
Alzamos la vista y contemplamos el ciprés en llamas. Cinco días y seguía la
cuenta atrás.
Cuatro días y seguía la cuenta atrás. Las nubes se arremolinaban en el cielo y
Lena estaba enferma en casa. El río Santee bajaba desbordado y los caminos
que discurrían al norte del pueblo estaban inundados. En las noticias locales
hablaban sin cesar del calentamiento global, pero yo sabía bien de qué iba la
cosa. Lena y y o discutíamos sobre el libro mientras yo estaba en clase de
matemáticas, lo cual no iba a ayudarme en nada con la nota del examen
sorpresa.
Olvídate del libro, Ethan. Me tiene harta. No sirve de nada.
No podemos echarlo en saco roto. Es tu única posibilidad. Ya oíste a tu tío, es el
libro más poderoso del mundo de la magia.
También es el libro que maldijo a toda mi familia.
No te rindas. La respuesta tiene que estar en alguna de sus páginas.
La estaba perdiendo, iba a dejar de escucharme de un momento a otro y yo
iba a catear el tercer examen del semestre. Genial.
Por cierto, ¿puedes simplificar 7x-2(4x-6)?
Yo sabía que sí. Ella ya había dado trigonometría.
¿Y eso qué tiene que ver con lo que estamos hablando?
Nada, pero voy a suspender este examen.
Suspiró.
Ser novio de una Caster tiene sus ventajas.
Tres días y seguía la cuenta atrás. Pronto empezaron los aluviones de lodo y el
terreno se desprendió sobre el polideportivo. Las animadoras no iban a poder
animar al equipo y el comité de disciplina iba a tener que buscarse otro escenario
para sus cazas de brujas. Lena siguió sin venir al instituto, pero permanecía en mi
mente todo el día. Su voz era cada vez menos audible, hasta que llegó un
momento en que apenas fui capaz de notarla, ahogada por el bullicio de otro día
más en el Instituto Stonewall Jackson.
Me senté solo en el comedor, pero fui incapaz de probar bocado. Por primera
vez desde que había conocido a Lena miré a cuantos compañeros tenía a mi
alrededor y sentí una punzada de algo difícil de describir. ¿Qué era eso? ¿Celos?
¡Qué vidas tan sencillas y fáciles llevaban! Tenían problemas pequeños, propios
de los mortales, como solían ser antes los míos. Por el rabillo del ojo pillé a
Emily mirándome. Savannah llegó y se abalanzó sobre ella, provocando el
gruñido de siempre. No, no eran celos. No cambiaría a Lena por nada de esto.
No concebía la posibilidad de volver a una existencia tan insignificante.
Dos días y seguía la cuenta atrás. Lena ni siquiera me hablaba.
Se había hundido la mitad del tejado de la sede de las Hijas de la Revolución
Americana por efecto de los fuertes vientos. Los registros que la señora Lincoln
y la señora Asher habían reunido durante años y años y los árboles genealógicos
de familias cuyas raíces se remontaban al Mayflower y a la Guerra de la
Independencia quedaron destrozados. Los patriotas del condado de Gatlin
tendrían que demostrar de nuevo que su linaje era superior al de todos nosotros.
Conduje hacia Ravenwood de camino al instituto. Llamé a la puerta con todas
mis fuerzas. Lena no salía de casa. Cuando finalmente me abrió la puerta, supe
por qué.
La mansión había vuelto a cambiar y parecía una cárcel de máxima
seguridad. Las ventanas estaban atrancadas y los muros eran de hormigón liso,
salvo los del pasillo de entrada, acolchados y de color naranja. Lena llevaba un
mono naranja con unos números: 1102, el día de su cumpleaños, y tenía las
manos llenas de conjuros. A su manera, con el pelo negro alborotado, estaba
guapa. Era capaz de tener buen aspecto incluso con ropa de presidiario.
—¿Qué pasa, L?
Siguió la dirección de mi mirada más allá de su hombro, hacia el interior de
Ravenwood.
—¿Te refieres a esto? Oh, nada, es una broma.
—No sabía que tu tío fuera tan bromista.
—Y no lo es. —Dio un tirón a un hilo suelto de su manga—. Es cosa mía.
—¿Y desde cuándo controlas la mansión?
Se encogió de hombros.
—Me desperté ayer y la casa tenía este aspecto. Debe de haber sido cosa de
mi mente. La casa sólo la escuchó, me imagino…
—Salgamos de aquí. Estar en la cárcel sólo va a ponerte más triste.
—Podría ser Ridley en un par de días. Es de lo más deprimente.
Lena meneó la cabeza con pesar y se sentó en el porche. Me acomodé a su
lado. No me miró, en vez de eso mantuvo los ojos fijos en sus zapatillas de
presidiaría, de lona blanca. Me pregunté cómo podía saber cómo era el calzado
que se llevaba en la cárcel.
—Los cordones… Eso es lo que llevas mal…
—¿Qué?
Le señalé las deportivas con la mano.
—En las cárceles de verdad les quitan los cordones a las zapatillas.
—Tienes que irte, Ethan. Esto se acabó. No puedo evitar que llegue mi
cumpleaños ni se cumpla la maldición. Ya no puedo pretender ser una chica
normal. No soy como Savannah Snow o Emily Asher. Soy una Caster.
Cogí un montoncito de piedras del primer peldaño del porche y lancé una lo
más lejos posible.
No voy a decirte adiós, L. No puedo.
Cogió una piedrecita de mi mano y la lanzó. Percibí el suave contacto de su
calor cuando sus dedos rozaron los míos. Intenté memorizar la sensación.
No te queda otro remedio. Me habré ido y ni siquiera recordaré cuánto me
importabas.
Yo era tozudo. No podía escuchar eso. Lancé otra piedra; esta vez, impactó
contra un árbol.
—Sólo estoy seguro de una cosa: nada va a cambiar lo que sentimos el uno
por el otro.
—Ethan, es posible que y o ni siquiera sea capaz de sentir nada.
—Eso no me lo creo.
Arrojé el resto de piedrecillas sobre las hierbas del patio, más crecidas de la
cuenta. No supe dónde cay eron, pues no hicieron ruido alguno, pero me mantuve
mirando en esa dirección el mayor tiempo posible mientras tragaba saliva para
deshacer el nudo que tenía en la garganta.
Lena alargó una mano hacia mí, pero luego le entraron dudas y al final la
retiró sin llegar a tocarme.
—No te enfades conmigo. Yo no pedí nada de esto.
—Tal vez —le solté con brusquedad—, pero ¿y si mañana es nuestro último
día juntos? Podríamos pasarlo juntos, pero, en vez de eso, te quedas aquí,
comiéndote el tarro como si ya te hubieran Llamado.
Lena se levantó.
—No lo entiendes.
Cerró de un portazo al regresar al interior, de vuelta a su casa, a su celda
carcelaria o lo que fuera.
Yo no había tenido novia antes, así que no estaba preparado para lidiar con
todo aquello. De hecho, tampoco sabía muy a las claras cómo llamarlo, y menos
aún al tratarse de una novia Caster. Me rendí. Me levanté y fui al coche, no se
me ocurrió nada mejor. Conduje hacia el instituto y llegué tarde, como siempre.
Veinticuatro horas y seguía la cuenta atrás. Un sistema de bajas presiones se
había instalado sobre Gatlin. No era posible determinar si iba a nevar o granizar,
pero el cielo tenía muy mal aspecto y podía suceder cualquier cosa.
Al mirar por la ventana en clase de historia vi pasar un cortejo fúnebre, salvo
que aún no había tenido lugar ningún entierro. Se trataba del coche funerario de
Macon, seguido de siete limusinas negras modelo Lincoln Town Car. Pasaron por
delante del instituto al cruzar el pueblo de camino a la mansión Ravenwood.
Nadie prestaba atención al señor Lee. Estaba dando la tabarra con la
inminente recreación de la batalla de Honey Hill, una de las menos conocidas de
la Guerra de Secesión, pero de la que más se enorgullecían los ciudadanos del
condado.
—En 1864, Sherman, comandante de las fuerzas de la Unión, ordenó a las
tropas del general de brigada John Hatch cortar el ferrocarril que unía Charleston
y Savannah para que las fuerzas confederadas no pudieran interponerse en su
marcha hacia el mar, pero los unionistas se retrasaron debido a un « error de
navegación» .
Sonrió con orgullo mientras escribía en la pizarra: ERROR DE
NAVEGACIÓN. Vale. Los de la Unión eran idiotas. Lo pillábamos. Ese era el
quid de la batalla de Honey Hill y de la misma Guerra de Secesión, y eso nos lo
habían enseñado desde la guardería, pasando por alto, eso sí, el hecho de que la
Unión se había impuesto al final. En Gatlin, todas las conversaciones definían la
derrota poco menos que como otra caballerosa concesión del siempre
caballeroso sur. El sur había hecho lo más correcto y ético desde una perspectiva
histórica o, al menos, eso sostenía el señor Lee.
Pero nadie miraba a la pizarra, todos observábamos a través de los cristales el
cortejo fúnebre a su paso por la calle, detrás del campo de atletismo.
Ahora que Macon había salido del armario, por así decirlo, parecía disfrutar
lo suyo montando un numerito, y para ser un tipo que sólo asomaba la nariz por
la noche, se las arreglaba muy bien para llamar la atención.
Noté una patada en la espinilla. Link se echó hacia delante para evitar que el
profesor le viera.
—¿Quién irá en todos esos coches?
—¿Tendría la bondad de explicarnos qué sucedió a continuación, señor
Lincoln? Después de todo, su padre estará al frente de la caballería mañana.
El señor Lee nos miraba con los brazos cruzados.
Mi amigo fingió toser. El honor de encabezar la caballería durante la
recreación había recaído en el padre de Link, intimidado por aquello; ocupaba
ese lugar desde la muerte el año anterior de Big Earl Eaton, pues el único modo
de ascender en rango en la recreación era por la muerte de alguien. Esto habría
sido algo muy importante para la familia de Savannah, pero Link no le concedía
demasiada importancia a todo eso de la recreación histórica.
—Veamos, señor Lee. Espere, lo tengo. Esto… ganamos la batalla y
perdimos la guerra, o ¿fue al revés? Porque aquí a veces resulta difícil tenerlo
claro.
El profesor ignoró el comentario de Link. Probablemente, él era de esos que
durante todo el año hacía ondear la primera bandera confederada delante de su
casa, bueno, de su casa prefabricada.
—Para cuando Hatch y los unionistas llegaron a Honey Hill, el coronel
Colcock… —La clase se desternilló de risa mientras Lee nos fulminaba con la
mirada—. Sí, el coronel se llamaba así, Colcock. Él, la brigada bajo su mando y
la milicia dispusieron siete cañones de un lado a otro, formando una barrera
infranqueable.
¿Cuántas veces íbamos a tener que oír lo de los siete cañones? Lo contaban
poco menos como si fuera el milagro de la multiplicación de los panes y los
peces.
Link se dio la vuelta para mirarme y señaló la calle principal con un
movimiento de cabeza.
—¿Y bien?
—Es la familia de Lena, creo. Se supone que iban a venir para su
cumpleaños.
—Ya. Algo de eso comentó Ridley.
—¿Seguís juntos? —pregunté, no sin cierto temor.
—Sí, colega. ¿Sabes guardar un secreto?
—¿No lo hago siempre?
Link se levantó la manga de su camiseta de los Ramones y me enseñó un
tatuaje; parecía una versión manga de Ridley vestida como las niñas de un
colegio católico: con falditas y calcetines hasta las rodillas.
Yo albergaba la esperanza de que la fascinación de mi amigo por Ridley
hubiera disminuido un poco, pero en el fondo sabía que no era así. Link sólo
podría pasar página con Ridley si esta era legal y cortaba con él, y eso si antes no
le obligaba a tirarse de cabeza por un acantilado. E incluso entonces tal vez no
fuera capaz de olvidarla.
—Lo terminé durante las vacaciones de Navidad. ¿A que mola un huevo? Me
lo dibujó Ridley. Esta chica es tremenda como artista.
Artista no sé, pero lo de tremenda me lo creía. ¿Y qué le decía y o? ¿Te has
tatuado en el brazo una versión en plan tebeo de una Caster Oscura, que, por
cierto, te tiene sorbido el seso con algún conjuro de amor y encima es tu novia?
Pues no, así que respondí:
—Tu madre va a flipar en colores cuando lo vea.
—No va a verlo, lo tapa la manga y ahora tenemos una nueva regla de
privacidad en casa: debe llamar a la puerta antes de entrar.
—¿Llamar antes de entrar de sopetón y hacer lo que le venga en gana?
—Sí, bueno, pero al menos llama primero.
—Por tu bien, eso espero.
—En cualquier caso, Ridley y y o tenemos una sorpresa para Lena, pero no le
digas a Rid que te lo he contado, me mataría si se entera. Mañana vamos a darle
una fiesta a Lena en el terreno que hay al lado de Ravenwood.
—Más vale que sea una broma.
—No, es una sorpresa.
De hecho, parecía entusiasmado, como si la fiesta fuera a celebrarse, Lena
asistiera o se le pasara por la cabeza a Macon dejarle ir.
—Pero ¿en qué estáis pensando? Eso va a sentarle fatal a Lena. Ella y Ridley
ni siquiera se hablan.
—Eso es cosa de Lena, tío. Debería olvidar las rencillas, son familia.
El influjo de Ridley le había convertido en un zombi, yo lo sabía, pero me
seguía fastidiando mucho.
—No sabes de lo que hablas. Mantente al margen, confía en mí.
Abrió una barrita de Slim Jim y le pegó un mordisco.
—Lo que tú digas, tío. Nosotros vamos a intentar hacer algo chulo por Lena.
No es como si hubiera mucha gente dispuesta a acudir a una fiesta suya.
—Razón de más para no hacerla. No va a acudir nadie.
Sonrió de oreja a oreja antes de meterse en la boca el resto del Slim Jim.
—No faltará nadie. Acudirán todos. O, al menos, eso es lo que dice Ridley.
¿Ridley ? Entonces, por supuesto que sí, todo el pueblo la seguiría como si
fuera el flautista de Hamelín en cuanto ella se pusiera a tocar, pero Link parecía
no ver cuál era la situación.
—Mi banda, los Holy Rollers, va a tocar por primera vez.
—¿Los qué…?
—Mi nueva banda, y a sabes, la que monté en el campamento cristiano.
No había querido saber nada de lo que le había sucedido durante las
vacaciones. Me bastó con verle regresar de una pieza.
Mientras escribía un enorme número ocho, el señor Lee golpeaba
violentamente la pizarra con la tiza para darle énfasis a su frase:
—Al final, Hatch no logró sobrepasar a los confederados y se retiró con
ochenta y nueve bajas y seiscientos veintinueve heridos. Los del sur ganaron la
batalla y tan sólo hubo ocho muertos. Y esa es la razón —continuó, dando
golpecitos al número escrito en tiza— por la que todos vosotros vais a venir
mañana conmigo a la recreación histórica de la batalla de Honey Hill.
Recreación. Historia viva. Eso era lo que la gente como el profesor Lee
llamaba representaciones de la Guerra de Secesión. Y se lo tomaban muy a
pecho. Todo, hasta el último detalle, se hacía exactamente igual, desde el
uniforme y la munición hasta la posición de los soldados en el campo de batalla.
Linkesbozó una ancha sonrisa, toda manchada por el Slim Jim.
—No se lo digas a Lena. Queremos darle una sorpresa… Nos gustaría que
fuera nuestro regalo de cumpleaños, el de los dos.
Me limité a mirarle mientras le daba vueltas, por un lado, al talante taciturno
de Lena y a ese mono naranja de presidiario, y por otro, a la banda de Link, que
iba a ser un horror, eso fijo, una fiesta con los del instituto, Emily Asher,
Savannah Snow, los Ángeles Guardianes, Ridley, todos en Ravenwood, y eso sin
mencionar la sucesión de cañonazos procedentes de la recreación de la batalla. Y
todo eso contemplado por Macon con desaprobación, y además estaba su madre
intentando matarla, y el perro ese que permitía a Macon ver todo cuanto
hacíamos.
Sonó el timbre.
Sorpresa, sorpresa, pues no, sorpresa no era la palabra adecuada para
describir cómo iba a reaccionar, y quien iba a contárselo era y o.
—No se olviden de firmar cuando lleguen a la recreación o se quedarán sin
nota. Y recuerden: manténganse detrás de las cuerdas, en la zona de seguridad.
No les voy a poner un sobresaliente en la asignatura por llevarse un balazo —
gritó el señor Lee mientras desfilábamos por la puerta.
Recibir una bala no me parecía la peor de las alternativas posibles en ese
preciso momento.
Las recreaciones de la Guerra de Secesión son un fenómeno de lo más peculiar
y la de la batalla de Honey Hill no suponía una excepción. En realidad, ¿quién
podía estar interesado en llevar unas ropas de algodón sudadas con aspecto de ser
disfraces de Halloween? ¿A quién le interesaba andar por ahí con un fusil del año
de la catapulta, tan inestable que se sabía de gente que se había amputado alguna
extremidad al dispararlo? Por cierto, así es como había muerto Big Earl Eaton. ¿A
quién podía preocuparle la recreación de batallas libradas en una guerra de hace
ciento cincuenta años y que encima no había ganado el sur? ¿Quién iba a hacer
algo así?
En Gatlin, y en la may oría de los estados del sur, la respuesta era: tu médico,
tu abogado, tu predicador, el tipo del taller adonde llevabas el coche, el repartidor
de correo, y lo más probable era que también tu padre y todos tus tíos y sobrinos,
tu profesor de historia (sobre todo si te tocaba alguien como el señor Lee) y sin
ningún género de dudas el propietario de la armería del pueblo. Daba igual que
cay eran chuzos de punta o brillara el sol, pero durante la segunda semana DE
FEBRERO nadie en el condado hablaba, pensaba o se quejaba de otra cosa que
no fuera la recreación de la batalla de Honey Hill.
Honey Hill era nuestra batalla. No sé cómo lo decidieron, pero estoy
convencido de que guardaba relación con los siete cañones. La gente del pueblo
se tiraba semanas y semanas preparándolo todo para ese día. Ahora que se
acercaba el momento, había que limpiar con vapor y planchar los uniformes de
soldado confederado, razón por la cual flotaba en el aire de todo Gatlin un olor a
algodón caliente. Limpiaban los rifles de avancarga, pulían los sables y la mitad
de los hombres se pasaban la última semana fabricando munición casera en la
propiedad de Buford Radford, porque a su esposa no le molestaba aquella
pestilencia.
Las viudas estaban muy ocupadas lavando sábanas y congelando pasteles
destinados a los turistas que vendrían a presenciar la recreación del combate. Las
integrantes de las Hijas de la Revolución Americana se habían pasado semanas
preparando su versión de la representación: el Tour del Patrimonio Histórico del
Sur. Entretanto, sus hijas habían estado dos sábados enteros horneando bizcochos
de mantequilla para servirlos al final de cada recorrido.
Estas excursiones eran especialmente divertidas, y a que las Hijas de la
Revolución Americana, incluida la señora Lincoln, hacían de guía engalanadas
con trajes de época. A base de tirones conseguían meterse dentro de corsés y
enaguas, lo cual les confería una cierta similitud con salchichas a punto de
reventar por efecto del calor. Y no eran las únicas: sus hijas, incluy endo a
Savannah y Emily, la futura generación de las Hijas de la Revolución
Americana, debían ponerse esos vestidos trasnochados mientras se ocupaban de
los quehaceres de la casa. Parecían personajes salidos de La casa de la pradera.
El viaje siempre empezaba en la sede de la asociación, pues era el segundo
edificio más antiguo de Gatlin. Me preguntaba si repararían a tiempo el tejado.
No podía evitarlo, me imaginaba a todas esas mujeres dando vueltas por el
edificio de la Sociedad Histórica de Gatlin, enseñando los edredones llenos de
estrellas, justo encima de los cientos de documentos y pergaminos Caster, allí
guardados a la espera del siguiente día festivo.
Pero ellas no eran las únicas que participan en el acto. Era frecuente referirse
a la Guerra de Secesión norteamericana como « la primera guerra moderna» ,
pero bastaba un paseo por Gatlin durante la semana previa a la recreación para
comprobar que no había nada de moderno en ella. Estaba en funcionamiento
hasta la última reliquia de aquella contienda, desde las calesas hasta los cañones,
y en el pueblo hasta un niño de parvulario era capaz de explicar que eran piezas
de artillería montadas sobre unos armazones viejos.
Las Hermanas llegaron a sacar incluso su enseña original de la
Confederación y la clavaron en la puerta de la entrada cuando y o me negué a
colgarla en el porche. Casi todo valía para el espectáculo, pero ahí me planté.
El día previo a la recreación había un gran desfile y los participantes tenían
ocasión de marchar por las calles vestidos con sus uniformes de punta en blanco
para que pudieran verlos los turistas, pues al día siguiente iban a estar tan
cubiertos de lodo y manchas de humo que nadie podría valorar sus fulgurantes
botonaduras de bronce ni sus chaquetas entalladas auténticas.
Después del desfile se celebraba una gran fiesta con una barbacoa y había
una especie de puesto para besarse y un concurso de pasteles a la antigua usanza.
Amma se pasaba días y días cocinando, pues, dejando a un lado la feria del
condado, este era el concurso más grande de pasteles en el que participaba y su
oportunidad para hacer morder el polvo a sus rivales. Sus pasteles siempre eran
los más vendidos, lo cual sacaba de quicio a la señora Lincoln y a la señora Snow,
razón por la cual se daba semejante paliza en la cocina. Su principal motivación
era destacar por encima de todas las Hijas de la Revolución Americana y
restregarles por los morros que los suyos eran pasteles de segunda.
Por tanto, las cosas cambiaban todos los años cuando el calendario llegaba a
la segunda semana DE FEBRERO, era como si nuestras vidas cesaran y todos
regresáramos a 1864, a la víspera de la batalla de Honey Hill. Este año no era
una excepción, pero con una peculiaridad. Este mes DE FEBRERO, mientras
llegaban al pueblo vehículos para transportar caballos —todo respetable jinete
recreacionista poseía su propio caballo— y camionetas arrastrando cañones,
había en curso otros preparativos para una batalla muy diferente.
Sólo que aquella no empezaba en el segundo edificio más antiguo de Gatlin,
sino en el primero. Estaban los cañones que todos conocíamos, pero también
había otros. En ese otro enfrentamiento no tenían cabida armas de fuego ni
caballos, pero eso no le restaba ni un ápice a su naturaleza de guerra campal.
Siendo sinceros, era la única batalla real del pueblo.
En cuanto a las ocho bajas sufridas en Honey Hill, no había lugar a la
comparación. A mí sólo me preocupaba una, porque si la perdía a ella, también
yo estaría perdido.
Por eso olvidé la batalla de Honey Hill. Para mí, aquello se parecía mucho
más al Día D
Promesa
HAY ALGO EN EL AMBIENTE. Cuando oyes esta frase, lo normal es que no
pase nada, pero cuanto más inminente era el cumpleaños de Lena, la sensación
era más intensa. A la vuelta de las vacaciones navideñas nos encontramos las
taquillas y las paredes llenas de pintadas, pero no eran las pintadas habituales, no
se entendían y, de hecho, de no haber echado antes un vistazo al Libro de las
Lunas ni siquiera habríamos sabido de qué se trataba.
Una semana más tarde, todas las ventanas se abrieron de pronto en plena
clase de inglés. Podía haber sido otra vez el viento, salvo que no soplaba ni una
ligera brisa. Por otra parte, ¿cómo era posible que el viento se notara sólo en una
única aula?
Como ya no estaba en el equipo de baloncesto, tenía que ir a clase de
educación física el resto del curso. Era la peor asignatura del Instituto Jackson con
diferencia. Después de una hora de sprints cronometrados y de hacerme unas
cuantas quemaduras de tanto subir y bajar hasta el techo del gimnasio en una
soga con nudos fui a la taquilla y me encontré con que estaba abierta y todos mis
papeles tirados por el pasillo. Mi mochila había desaparecido. Link la localizó al
cabo de unas horas en un contenedor de basura fuera del gimnasio, pero aprendí
la lección: el instituto no era un lugar adecuado para el Libro de las Lunas.
A partir de ese momento lo guardé en mi armario y esperé a que Amma lo
descubriera, dijera algo o cubriera con sal el suelo de mi cuarto, pero no ocurrió
nada de eso.
Me enfrascaba en la lectura de sus páginas, estuviera o no con Lena, con el
desgastado diccionario de latín de mi madre. Utilizaba unas manoplas de Amma
para reducir al mínimo las quemaduras. Había miles de hechizos y sólo unos
pocos estaban traducidos. El resto estaba escrito en idiomas ilegibles para mí o en
la lengua Caster, que ni siquiera podía aspirar a descifrar. La inquietud de Lena
aumentaba conforme nos familiarizábamos cada vez más con sus páginas.
—Llámate a ti misma. Eso no significa nada.
—Por supuesto que sí.
—Ningún capítulo lo menciona. No existe ni una sola descripción sobre la
Llamada en el libro.
—Basta con seguir mirando. Esto no vamos a encontrarlo en ningún resumen.
El libro tenía la respuesta… si lográbamos encontrarla. No éramos capaces
de pensar en otra cosa, bueno, en eso y en que quedaba un mes antes de que todo
estuviera perdido.
Por la noche nos quedábamos despiertos hasta las tantas, charla que te charla,
cada uno en nuestra casa, sobre todo ahora, que cada velada parecía estar más
cerca de la que podía ser la última.
¿En qué piensas, Lena?
¿De verdad quieres saberlo?
Siempre lo quiero saber.
¿Siempre? Contemplé el mapa arrugado de mi pared. La delgada línea verde
unía todos los lugares que conocía por mis lecturas. Ahí figuraban los escenarios
de mi futuro imaginario unidos con cinta, indicadores y chinchetas. Habían
cambiado muchas cosas en seis meses. Ninguna cinta verde me conducía al
futuro, y a no, sólo una chica.
Me costaba oír sus pensamientos. Tenía que esforzarme para escucharla.
Una parte de mí desearía no haberte conocido.
Es una broma, ¿no?
Ella no contestó, al menos no inmediatamente.
Hace que todo sea mucho más complicado. Antes no tenía mucho que perder,
pero ahora te tengo a ti.
Entiendo lo que quieres decir.
Di un golpe a la pantalla de la lámpara, situada junto a la cama, y me
encontré con la vista clavada en la bombilla. Si la miraba directamente, el brillo
del filamento me cegaba y me hacía llorar.
Y ahora podría perderte a ti.
Eso no va a suceder, L.
Se mantuvo en silencio mientras espirales y destellos luminosos me cegaban
hasta el punto de que era incapaz de ver el tono azul del techo a pesar de tenerlo
delante.
¿Lo prometes?
Lo prometo.
No estaba en mi mano cumplir ese compromiso, y ella lo sabía, pero lo hice
de todos modos porque iba a encontrar la forma de hacer realidad mi promesa.
Me quemé la mano al intentar quitar la luz.
4 de febrero
Sandman o alguien parecido
FALTABA UNA SEMANA para el cumpleaños de Lena.
Siete días.
Ciento sesenta y ocho horas.
Diez mil ochenta segundos.
Llámate a ti misma.
Lena y yo estábamos reventados. Hacíamos novillos para pasarnos los días
con el Libro de las Lunas. Yo era un hacha falsificando la firma de Amma y la
señorita Hester no tenía agallas para pedirle a Lena una nota firmada por Macon
Ravenwood.
Era un frío día de cielos despejados. Estábamos acurrucados en el gélido
jardín de Greenbrier, protegidos por el viejo saco de dormir mientras
intentábamos averiguar por enésima vez cómo podía ayudarnos el libro.
Estaba seguro de que Lena empezaba a rendirse. Había llenado el techo con
esos garabatos de rotuladores indelebles Sharpie y las paredes rebosaban
palabras imposibles de expresar e ideas que le asustaban demasiado para
manifestarlas en voz alta.
fuego oscuro, luz oscura / materia oscura, ¿qué importa?, la gran
oscuridad absorbe la gran luz mientras ellos devoran mi alma / Caster / una
chica sobrenatural / antes / a primera vista / siete días / siete días / siete
días 777777777777777.
No podía culparla, pues la cosa pintaba muy mal, pero yo no estaba dispuesto
a abandonar. Jamás iba a rendirme. Lena se dejó caer sobre el viejo muro de
piedra, tan desmoronado como las escasas oportunidades que nos quedaban.
—Esto es imposible. Hay demasiados hechizos y ni siquiera sabemos cuál
buscamos.
Había conjuros para cualquier propósito imaginable: vincular a los traidores,
atraer agua marina, vincular runas.
Pero no decía nada de nada acerca de hechizos para liberar a tu familia de la
maldición de un Vínculo oscuro, ni neutralizar el intento de resucitar a un héroe de
guerra por parte de la trastatarabuela Genevieve o evitar volverse Oscuro el día
de la Llamada. Ni siquiera el que yo estaba buscando con ahínco: salvar a tu
chica, ahora que al fin te has echado novia, antes de que sea demasiado tarde.
Volví a echarle un vistazo al índice de contenidos: Obsecrationes,
Incantamina, Nectentes, Maledicentes, Maleficia.
—No te preocupes. Lo averiguaremos. —Pero albergaba serias dudas incluso
mientras lo decía.
Crecía en mi interior la sensación de que mi cuarto estaba encantado conforme
el libro permanecía cada vez más tiempo en la balda superior de mi armario. Lo
de los sueños nos pasaba a los dos todas las noches, y eran casi siempre
pesadillas, la cosa iba de mal en peor. Muchas noches sólo lograba dormir un par
de horas, los sueños me asaltaban en cuanto cerraba los párpados y me
amodorraba. Estaban ahí, al acecho, pero lo malo era que se trataba de la misma
pesadilla repitiéndose en un bucle incesante. Perdía a Lena todas las noches, una
y otra vez, y eso me estaba matando.
Mi única táctica alternativa era permanecer despierto, así que me entretenía
con videojuegos, me ponía hasta las cejas de coca cola y Red Bull para tener en
la sangre azúcar y cafeína en abundancia y leía de todo, desde El corazón de las
tinieblas hasta mi número favorito de Estela Plateada, ese en el cual Galactus
devora el universo, pero, como sabe todo el que no pega ojo en varios días, a la
tercera o cuarta noche estás tan hecho polvo que te quedas dormido de pie.
Ni siquiera Galactus tenía ninguna posibilidad de triunfar contra la
somnolencia.
Llamas.
Había lenguas de fuego por doquier.
Y humo. Me asfixiaba por culpa del humo y la ceniza. Aquello estaba oscuro
como boca de lobo y resultaba imposible ver nada. El calor era tan intenso que lo
sentía como papel de lija sobre la piel.
Sólo era posible oír el rugido del incendio.
Ni siquiera lograba escuchar los gritos de Lena, salvo en mi mente.
¡Suéltame, debes irte!
Sentía chasquidos en los huesos de la muñeca, como cuerdas de una guitarra
que se rompen una tras otra. Lena se soltaba de mi mano como si se preparase
para que la dejara caer, cosa que yo jamás hacía.
No voy a hacerlo, L. No pienso dejarte.
¡Hazlo! Sálvate, por favor.
Yo nunca la soltaba.
Sin embargo, sentía cómo sus dedos resbalaban entre los míos, y por mucho
que apretara con más fuerza, ella seguía escurriéndose…
Entre toses, me incorporé en la cama como impulsado por un resorte. La ilusión
parecía tan real que sentía el sabor del humo, pero en mi habitación no hacía
calor, sino frío, la ventana volvía a estar abierta. La luz de la luna hizo posible que
el iris se me acostumbrara a la oscuridad antes de lo habitual.
Por el rabillo del ojo atisbé cómo algo se movía entre las sombras.
Había alguien allí.
—¡Joder!
El intruso intentó escabullirse antes de que me diera cuenta, pero no fue lo
bastante rápido. Cuando supo que le había visto, hizo lo único que podía hacer:
volver su rostro hacia mí.
—Aunque no me considero precisamente un santo, ¿cómo voy a reprocharte
ese lenguaje después de una escapatoria tan indigna?
Macon esbozó esa sonrisa suya a lo Cary Grant y se acercó a los pies de mi
cama. Llevaba un largo abrigo negro y unos pantalones de sport oscuros. Parecía
haberse ataviado como si fuera de paseo al pueblo a principios del siglo pasado
en vez de como un intruso de nuestros días.
—Hola, Ethan.
—¿Qué demonios hace en mi cuarto?
Macon parecía un tanto aturullado, lo cual significaba que no tenía en la punta
de la lengua una explicación inmediata y estupenda.
—Es complicado.
—Pues simplifíquelo. Se ha encaramado a mi ventana en plena noche, así
que debe de ser un vampiro o un pervertido, o un poco las dos cosas. ¿Cuál de
ellas es?
—¡Mortales! Para vosotros todo es blanco o negro. No soy un Hunter, ni
tampoco un Harmer. Me estás confundiendo con mi hermano, Hunting. No me
interesa la sangre. —Se estremeció sólo de pensarlo—. Ni la sangre ni la carne.
—Encendió un cigarro y jugueteó con él. A Amma le iba a dar un síncope
cuando oliera la nicotina a la mañana siguiente—. De hecho, ambas cosas me
dan un poco de asco.
Se me estaba acabando la paciencia. No había dormido en varios días y
estaba harto de que todo el mundo esquivara mis preguntas. Quería respuestas y
las quería ahora.
—Ya estoy harto de acertijos. Respóndame a una cosa: ¿qué hace en mi
dormitorio?
Ravenwood se encaminó hacia la vieja silla que había delante del escritorio y
se sentó con un movimiento rápido.
—Digamos que sólo estaba… escuchando a escondidas.
Había hecho una bola con una vieja camiseta del equipo de baloncesto y la
había dejado en el suelo. La recogí y me la puse antes de levantarme.
—¿Y qué escuchaba exactamente? Aquí no hay nadie. Yo estaba durmiendo.
—No, estabas soñando.
—¿Cómo sabe eso? ¿Es ese uno de sus poderes de Caster?
—Me temo que no. No soy un Caster, técnicamente no.
Se me hizo un nudo en la garganta. El tío de Lena nunca salía de casa durante
el día, era capaz de materializarse de la nada, observaba todo a través de los ojos
de un lobo al que hacía pasar por perro y había estado a punto de acabar con un
Caster Oscuro sin inmutarse. Si no era un Caster, sólo quedaba una explicación.
—Así pues, es usted un vampiro.
—Nada de eso. —Parecía perplejo—. Eso es un cliché muy vulgar y poco
halagador… No existe nada parecido a los vampiros. Supongo que también crees
en hombres lobo y en alienígenas. La culpa de todo esto la tiene la televisión. —
Dio una prolongada calada al cigarro—. Lamento decepcionarte. Soy un íncubo.
Estoy seguro de que es cuestión de tiempo que Amarie te lo diga, dado ese
interés suyo en desvelar todos mis secretos. —¿Un íncubo? Ni siquiera sabía si
tenía que estar asustado o no. Esa confusión debió de reflejarse en mi rostro,
porque Ravenwood se sintió obligado a añadir una explicación—: Los caballeros
como y o disponemos de ciertos… poderes gracias a nuestra naturaleza, pero
tenemos que reponerlos con regularidad.
Pronunció el verbo « reponer» de un modo inquietante.
—¿A qué se refiere con eso de reponer?
—A falta de un término más preciso, nos alimentamos de los mortales para
reponer fuerzas. —Empecé a ver girar la habitación, o tal vez era Macon quien
daba vueltas—. Siéntate, Ethan, te has puesto pálido.
El tío de Lena se plantó junto a mí de dos zancadas y me condujo hasta la
cama para que me sentara.
—Como he dicho, empleo la palabra « alimentar» porque no hay otra más
adecuada. Sólo un íncubo de sangre se nutre de la sangre de los mortales y yo
soy un íncubo de sangre. Aunque los dos somos Lilum, los que moran en la
Oscuridad absoluta, yo he evolucionado. Tomo algo muy abundante entre los
mortales, algo que ni siquiera necesitáis.
—¿El qué?
—Sueños. Fragmentos y retazos de sueños. Ideas, deseos, miedos,
recuerdos… Nada que vay áis a echar de menos.
Las palabras salían despacio de sus labios, como los términos de un conjuro,
mientras y o me devanaba los sesos en mi intento de comprenderlas, pero tenía la
mente embotada.
Y entonces lo entendí todo y sentí cómo todas las piezas del rompecabezas
chasqueaban en mi mente mientras encajaban en su sitio.
—Los sueños… ¿Se ha llevado una parte de mis sueños? ¿Los ha absorbido?
¿Por eso no recuerdo ni uno entero?
Sonrió y echó el cigarro en una lata vacía de coca cola olvidada encima del
escritorio.
—Me declaro culpable, excepto en lo de absorber. No es la palabra más
adecuada.
—Si es usted el que absorbe, bueno, el que roba mis sueños, entonces conoce
el resto, quiero decir: usted sabe cómo acaba. Puede decírnoslo y entonces
podremos detenerlo.
—Me temo que no. Elijo cada fragmento intencionadamente.
—¿Por qué no desean que nos enteremos de lo que pasa? Si conocemos el
resto del sueño, tal vez seamos capaces de impedir que ocurra.
—No es que yo no entienda del todo lo que sucede, eres tú quien sabe
demasiado.
—Deje y a de hablar de esa forma tan enigmática. Usted sigue diciendo que
puedo proteger a Lena, que tengo poder. ¿Por qué no me cuenta de qué va esto en
realidad, señor Ravenwood? Porque estoy harto, me he cansado de dar tumbos.
—No puedo revelar lo que ignoro, hijo. Eres un verdadero misterio.
—¡Yo no soy su hijo!
—¡Melquisedec Ravenwood! —El hombre perdió la compostura cuando la
voz de Amma retumbó como el tañido de una campana—. ¿Cómo te atreves a
entrar en esta casa sin mi permiso? —Estaba en la puerta, en bata y llevaba una
larga hilera de cuentas en la mano. Habría pensado que era un collar de no haber
sabido lo que era. Agitó el talismán con ira—. Según nuestro trato, no puedes
acceder a esta casa. Búscate otro sitio para tus sucios quehaceres.
—No es tan sencillo, Amarie. El chico ve en sueños cosas peligrosas para
ellos dos.
Amma se puso furibunda al oír aquello.
—¿Te estás alimentando de mi niño? ¿Es eso lo que dices? ¿Supones acaso que
eso va a hacer que me sienta mejor?
—Calma, tranquila, no te lo tomes al pie de la letra. Me limito a hacer lo
necesario para protegerlos a los dos.
—Sé qué eres y qué haces, Melquisedec, y darás cuenta al diablo a su debido
tiempo, pero no traigas el mal a mi casa.
—Ha pasado mucho tiempo desde que elegí y he luchado conmigo mismo
para no convertirme en lo que estaba destinado a ser. He luchado contra ello
todas las noches de mi vida. Pero no soy Oscuro, no mientras tenga que
ocuparme de la chica.
—Eso no cambia lo que eres. Eso no puedes elegirlo.
Macon entrecerró los ojos. El acuerdo entre ambos era delicado, eso era
obvio, como también lo era que él lo había puesto en peligro al entrar aquí.
¿Cuántas veces había venido? Y yo ni siquiera lo sabía.
—¿Por qué no se limita a decirme qué sucede al final? Después de todo, ese
es mi sueño.
—Es un sueño poderoso y perturbador. Lena no necesita conocerlo, no está
preparada para verlo, y vosotros dos estáis conectados de una forma
inexplicable. Ella ve todo lo que tú ves. ¿Entiendes ahora por qué debía
eliminarlo?
Me pillé un buen rebote. Estaba enfadado, mucho más que cuando la señora
Lincoln se plantó ante el comité de disciplina y se puso a soltar embustes, mucho
más que cuando descubrí los cientos de páginas de garabatos sin sentido en el
estudio de mi padre.
—No, no lo entiendo. Si usted sabe algo que puede ayudarla, ¿por qué no nos
lo dice? ¿Por qué no deja de usar sus trucos mentales de caballero Jedi sobre mí
y mis sueños y me deja verlo por mí mismo?
—Sólo intento proteger a Lena, la quiero, y nunca…
—Lo sé, eso y a lo he oído. Nunca haría nada que pudiera hacerle daño, pero
se ha olvidado mencionar una cosa: no nos ha contado que tampoco iba a hacer
nada por ayudarla.
Apretó los dientes. Ahora era él quien estaba enfadado, y o podía reconocerlo.
Pero no varió el gesto ni siquiera medio minuto.
—Intento protegerla, Ethan, y también a ti. Sé que cuidas de mi sobrina y que
le has brindado algún tipo de protección, pero ahora no ves las cosas como son,
ciertas cosas están más allá de cualquier tipo de control por nuestra parte. Un día
lo entenderás. Ella y tú sois muy distintos.
« Especies Diferentes» , tal y como el otro Ethan le había escrito a
Genevieve. Lo comprendí todo. No había cambiado nada en más de cien años.
Ravenwood suavizó la dureza de su mirada. Pensé que tal vez se estaba
compadeciendo de mí, pero había algo más.
—En último término, esto se convertirá en una carga difícil de sobrellevar y
ese peso siempre recae sobre los hombros del mortal. Confía en mí, lo sé.
—No me fío de usted, y se equivoca: Lena y yo no somos tan diferentes.
—Cuánto envidio a los mortales. Os creéis capaces de cambiar el mundo,
detener el universo y deshacer lo hecho hace mucho tiempo. Sois hermosas
criaturas. —En principio, me estaba hablando a mí, pero y o no tenía la impresión
de que se refiriera a mí—. Pido disculpas por mi intromisión. Ahora me voy y te
dejo dormir.
—Manténgase lejos de mi habitación y de mi cabeza, señor Ravenwood.
Se volvió hacia la puerta, lo cual me sorprendió un poco, la verdad, pues daba
por hecho que iba a marcharse por donde había entrado.
—Una cosa más: ¿sabe Lena qué es usted?
—Por supuesto. —Macon sonrió—. No hay secretos entre nosotros.
No le devolví la sonrisa. Entre ellos había algo más que un montón de
secretos, incluso aunque su condición de íncubo no fuera uno de ellos, y tanto él
como yo lo sabíamos.
El intruso se dio la vuelta y desapareció entre el revoloteo de los faldones de
su abrigo.
Como si tal cosa.
5 de febrero
La batalla de Honey Hill
A LA MAÑANA SIGUIENTE me desperté con dolor de cabeza y un martilleo en
las sienes. Y no lo hice pensando en que los hechos de la velada anterior jamás
habían sucedido, como ocurre tan a menudo en los cuentos. No se me pasó por la
cabeza ni durante un segundo considerar que había sido un sueño la aparición y
desaparición de Macon Ravenwood en mi habitación. Durante los meses
posteriores a la muerte de mi madre me levantaba todas las mañanas convencido
de que había tenido una pesadilla. No volvería a cometer ese error jamás.
Esta vez sabía que si todo tenía pinta de haber cambiado era porque había
cambiado de verdad. Si las cosas me parecían cada vez más raras, se debía a que
lo eran. Si tenía la sensación de que a Lena y a mí se nos acababa el tiempo, era
porque se nos estaba agotando.
Seis días y seguía la cuenta atrás. Todo cuanto podía decirse era que las cosas no
se presentaban bien para nosotros. Y, por supuesto, no decíamos nada. En el
instituto hacíamos lo de siempre: íbamos juntos de la mano por el pasillo, nos
besábamos al final de las taquillas hasta que nos dolían los labios y yo me sentía a
punto de morir electrocutado. Permanecíamos dentro de nuestra burbuja y
disfrutábamos fingiendo vivir unas vidas normales o lo poco que nos quedaba de
ellas. Estábamos juntos todo el día, todos los minutos de clase, incluso en aquellas
asignaturas en que no coincidíamos.
Lena me hablaba de las islas Barbados y de la línea donde se encontraban el
cielo y el mar, tan fina que resultaba imposible diferenciar uno de otro, mientras
se suponía que yo estaba haciendo un cuenco de barro en la clase de cerámica.
Lena me hablaba de su abuela, que le dejaba beber 7-Up usando regaliz rojo
a modo de pajita, mientras en clase de literatura escribíamos un ensayo sobre El
extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde y Savannah Snow mascaba chicle
sin cesar.
Me habló también de Macon, el cual, hasta donde le alcanzaba la memoria, y
a pesar de todo, con independencia de donde estuviera, siempre había estado
presente el día de su cumpleaños.
Esa noche, tras permanecer en vela hasta las tantas, peleando con el Libro de
las Lunas, contemplamos juntos el amanecer a pesar de que ella estaba en
Ravenwood y y o en mi casa.
¿Ethan?
Aquí estoy.
Tengo miedo.
Lo sé. Deberías dormir un poco, L.
No quiero despilfarrar el tiempo durmiendo.
Yo tampoco.
Pero ambos sabíamos que eso no era así. A ninguno de los dos nos apetecía
demasiado tener sueños.
—« La noche de la Llamada es de gran debilidad, pues se ayuntan la Oscuridad
de dentro y la de fuera, y entonces la persona de poder debe abrirse a la gran
Oscuridad sin defensas, Vínculos, hechizos de guardar y amparar, y la muerte
para siempre y eterna a la hora de la Llamada ha de esperar» .
Lena cerró el libro de golpe.
—No soy capaz de leer más sobre esto.
—No me extraña que tu tío ande tan preocupado todo el rato, no bromeo.
—No basta con que pueda convertirme en una especie de demonio maléfico,
también puedo sufrir la muerte eterna. Pon eso en la lista, debajo de condenación
inminente.
—Lo tengo. Demonio. Muerte. Condenación.
Nos hallábamos una vez más en el jardín de Greenbrier. Lena me dio el libro y
se dejó caer de espaldas para poder contemplar el cielo. Yo albergaba la
esperanza de que estuviera jugando con las nubes y no dándole vueltas a lo poco
que habíamos averiguado durante aquellas tardes estudiando el libro. En todo
caso, no le dije que me ay udara mientras pasaba las páginas con los viejos
guantes de jardinería de Amma, que me estaban demasiado pequeños.
El Libro de las Lunas tenía miles de páginas y algunas explicaban más de un
conjuro. Estaban organizadas sin orden ni concierto, o al menos y o no acertaba a
saberlo. El índice había resultado ser una patraña de primera categoría, pues
apenas se correspondía con el contenido. Me puse a pasar las hojas con la
esperanza de acabar tropezándome con algo de interés, pero la gran mayoría
resultaba ser un galimatías. Miraba las palabras sin entender ni torta.
I Ddarganfod yr Hyn Sudd ar Goll
Datodwch y Cwlwm, Troellwch a Throwch ef
Bwriwh y Rhwymyn Hwn
Fel y Caf Ganfod
Yr Hyn rwy’n Dyheu Amdand
Yr Hyn rwy’n ei Geisio.
Entonces se me encendió la bombilla y me acordé de una cita que estaba
clavada con chinchetas en el estudio de mis padres: « Pete et invenies» . Busca y
encontrarás. « Invenies» . Encontrar.
Ut unvenias quod abest
expedi nodum, torque et convolve
elice hoc vinculum
ut inveniam
quod desidero
quod peto.
Pasé a toda prisa las páginas del diccionario de latín de mi madre.
Garabateaba las palabras por detrás a medida que las iba traduciendo y al final
me encontré cara a cara con los términos del hechizo.
Para hallar lo perdido
deshago el nudo, giro y enrollo.
Hago este vínculo
para poder encontrar
aquello que anhelo,
aquello que busco.
—¡He encontrado algo!
Lena se incorporó para echar un vistazo por encima de mi hombro.
—¿De qué hablas? —preguntó con escasa convicción.
Sostuve en alto el papel que yo había escrito aunque mi letra era casi ilegible.
—He traducido esto. Da la impresión de que puede servir para encontrar
algún objeto perdido.
Lena se acercó más para revisar mi traducción y puso los ojos como platos.
—Es un hechizo de localización.
—Suena como algo útil para averiguar respuestas, quizá nos sirva para
descubrir cómo deshacer la maldición.
Lena me quitó el libro de un tirón y lo apoyó en su regazo para estudiar
concienzudamente la página. Señaló el conjuro situado encima del texto en latín.
—Es el mismo conjuro en gales, o eso creo.
—¿Pero nos sirve de algo?
—Ni idea. Ni siquiera sabemos qué estamos buscando. —Torció el gesto; de
pronto, parecía menos entusiasmada—. Además, los hechizos orales no son tan
fáciles como aparentan y y o nunca he hecho uno. Pueden salir mal un montón
de cosas.
¿Estaba de guasa?
—¿Cómo? ¿Que las cosas pueden salir mal? ¿Hay algo peor que el hecho de
que te conviertas en una Caster Oscura el día de tu decimosexto cumpleaños? —
Le arrebaté el libro de las manos, se me quemaron las margaritas dibujadas en
los guantes—. ¿Por qué expoliamos una tumba y malgastamos semanas
intentando averiguar sus secretos si ni siquiera vamos a probar suerte?
Sostuve el libro en alto hasta que uno de mis guantes empezó a echar humo.
Lena sacudió la cabeza.
—Dámelo. —Respiró hondo—. Vale, lo intentaré, pero te lo advierto: no tengo
la menor idea de qué puede suceder. Habitualmente no lo hago así.
—¿Así como?
—La forma de usar mis poderes, ya sabes, todo ese rollo de los Naturales.
Esa es la cuestión, que se supone que todo debe salir de forma natural y la mitad
del tiempo ni siquiera sé lo que me hago.
—Vale, pues entonces yo te ayudo esta vez. ¿Qué debo hacer? ¿Dibujar un
círculo en el suelo? ¿Encender velas…?
Puso los ojos en blanco.
—¿Qué tal si te sientas ahí? —contestó, y señaló un lugar a varios metros de
distancia—. Sólo por si las moscas.
Yo esperaba más preparativos, pero bueno, era un simple mortal, ¿qué iba a
saber y o? Hice caso omiso a su orden de distanciarme de su primer intento de
conjuración oral, pero sí retrocedí varios pasos. Lena sostuvo el libro en alto, lo
cual era toda una hazaña, pues pesaba lo suyo, y tomó aire. Iba moviendo los
ojos conforme leía los versos del conjuro.
Para hallar lo perdido
deshago el nudo, giro y enrollo.
Hago este Vínculo
para poder encontrar
aquello que anhelo,
Alzó la vista y recitó la última línea con voz nítida y fuerte.
aquello que busco.
Durante unos instantes no pasó nada. Las nubes seguían sobre nuestras
cabezas y el aire era frío. Lena se encogió de hombros. No había funcionado.
Llegó a la misma conclusión que y o hasta que oímos un sonido similar al
producido por una ráfaga de aire al pasar por un túnel. El árbol situado detrás de
mí se había incendiado, de hecho, estaba ardiendo, las llamas subían por el tronco
entre chasquidos y se extendían por las ramas. Jamás había visto extenderse un
fuego con semejante rapidez.
La madera empezó a humear de inmediato y, entre toses, me acerqué a Lena
para alejarla de las llamas.
—¿Estás bien? —También estaba tosiendo. Aparté los rizos negros de su rostro
—. Bueno, es evidente que no ha funcionado, a no ser que lo que querías fuera
tostar un caramelo de malvavisco realmente gigante.
Lena esbozó una sonrisa de circunstancias.
—Te avisé de que las cosas podían torcerse.
—Eso se queda corto.
Alzamos la vista y contemplamos el ciprés en llamas. Cinco días y seguía la
cuenta atrás.
Cuatro días y seguía la cuenta atrás. Las nubes se arremolinaban en el cielo y
Lena estaba enferma en casa. El río Santee bajaba desbordado y los caminos
que discurrían al norte del pueblo estaban inundados. En las noticias locales
hablaban sin cesar del calentamiento global, pero yo sabía bien de qué iba la
cosa. Lena y y o discutíamos sobre el libro mientras yo estaba en clase de
matemáticas, lo cual no iba a ayudarme en nada con la nota del examen
sorpresa.
Olvídate del libro, Ethan. Me tiene harta. No sirve de nada.
No podemos echarlo en saco roto. Es tu única posibilidad. Ya oíste a tu tío, es el
libro más poderoso del mundo de la magia.
También es el libro que maldijo a toda mi familia.
No te rindas. La respuesta tiene que estar en alguna de sus páginas.
La estaba perdiendo, iba a dejar de escucharme de un momento a otro y yo
iba a catear el tercer examen del semestre. Genial.
Por cierto, ¿puedes simplificar 7x-2(4x-6)?
Yo sabía que sí. Ella ya había dado trigonometría.
¿Y eso qué tiene que ver con lo que estamos hablando?
Nada, pero voy a suspender este examen.
Suspiró.
Ser novio de una Caster tiene sus ventajas.
Tres días y seguía la cuenta atrás. Pronto empezaron los aluviones de lodo y el
terreno se desprendió sobre el polideportivo. Las animadoras no iban a poder
animar al equipo y el comité de disciplina iba a tener que buscarse otro escenario
para sus cazas de brujas. Lena siguió sin venir al instituto, pero permanecía en mi
mente todo el día. Su voz era cada vez menos audible, hasta que llegó un
momento en que apenas fui capaz de notarla, ahogada por el bullicio de otro día
más en el Instituto Stonewall Jackson.
Me senté solo en el comedor, pero fui incapaz de probar bocado. Por primera
vez desde que había conocido a Lena miré a cuantos compañeros tenía a mi
alrededor y sentí una punzada de algo difícil de describir. ¿Qué era eso? ¿Celos?
¡Qué vidas tan sencillas y fáciles llevaban! Tenían problemas pequeños, propios
de los mortales, como solían ser antes los míos. Por el rabillo del ojo pillé a
Emily mirándome. Savannah llegó y se abalanzó sobre ella, provocando el
gruñido de siempre. No, no eran celos. No cambiaría a Lena por nada de esto.
No concebía la posibilidad de volver a una existencia tan insignificante.
Dos días y seguía la cuenta atrás. Lena ni siquiera me hablaba.
Se había hundido la mitad del tejado de la sede de las Hijas de la Revolución
Americana por efecto de los fuertes vientos. Los registros que la señora Lincoln
y la señora Asher habían reunido durante años y años y los árboles genealógicos
de familias cuyas raíces se remontaban al Mayflower y a la Guerra de la
Independencia quedaron destrozados. Los patriotas del condado de Gatlin
tendrían que demostrar de nuevo que su linaje era superior al de todos nosotros.
Conduje hacia Ravenwood de camino al instituto. Llamé a la puerta con todas
mis fuerzas. Lena no salía de casa. Cuando finalmente me abrió la puerta, supe
por qué.
La mansión había vuelto a cambiar y parecía una cárcel de máxima
seguridad. Las ventanas estaban atrancadas y los muros eran de hormigón liso,
salvo los del pasillo de entrada, acolchados y de color naranja. Lena llevaba un
mono naranja con unos números: 1102, el día de su cumpleaños, y tenía las
manos llenas de conjuros. A su manera, con el pelo negro alborotado, estaba
guapa. Era capaz de tener buen aspecto incluso con ropa de presidiario.
—¿Qué pasa, L?
Siguió la dirección de mi mirada más allá de su hombro, hacia el interior de
Ravenwood.
—¿Te refieres a esto? Oh, nada, es una broma.
—No sabía que tu tío fuera tan bromista.
—Y no lo es. —Dio un tirón a un hilo suelto de su manga—. Es cosa mía.
—¿Y desde cuándo controlas la mansión?
Se encogió de hombros.
—Me desperté ayer y la casa tenía este aspecto. Debe de haber sido cosa de
mi mente. La casa sólo la escuchó, me imagino…
—Salgamos de aquí. Estar en la cárcel sólo va a ponerte más triste.
—Podría ser Ridley en un par de días. Es de lo más deprimente.
Lena meneó la cabeza con pesar y se sentó en el porche. Me acomodé a su
lado. No me miró, en vez de eso mantuvo los ojos fijos en sus zapatillas de
presidiaría, de lona blanca. Me pregunté cómo podía saber cómo era el calzado
que se llevaba en la cárcel.
—Los cordones… Eso es lo que llevas mal…
—¿Qué?
Le señalé las deportivas con la mano.
—En las cárceles de verdad les quitan los cordones a las zapatillas.
—Tienes que irte, Ethan. Esto se acabó. No puedo evitar que llegue mi
cumpleaños ni se cumpla la maldición. Ya no puedo pretender ser una chica
normal. No soy como Savannah Snow o Emily Asher. Soy una Caster.
Cogí un montoncito de piedras del primer peldaño del porche y lancé una lo
más lejos posible.
No voy a decirte adiós, L. No puedo.
Cogió una piedrecita de mi mano y la lanzó. Percibí el suave contacto de su
calor cuando sus dedos rozaron los míos. Intenté memorizar la sensación.
No te queda otro remedio. Me habré ido y ni siquiera recordaré cuánto me
importabas.
Yo era tozudo. No podía escuchar eso. Lancé otra piedra; esta vez, impactó
contra un árbol.
—Sólo estoy seguro de una cosa: nada va a cambiar lo que sentimos el uno
por el otro.
—Ethan, es posible que y o ni siquiera sea capaz de sentir nada.
—Eso no me lo creo.
Arrojé el resto de piedrecillas sobre las hierbas del patio, más crecidas de la
cuenta. No supe dónde cay eron, pues no hicieron ruido alguno, pero me mantuve
mirando en esa dirección el mayor tiempo posible mientras tragaba saliva para
deshacer el nudo que tenía en la garganta.
Lena alargó una mano hacia mí, pero luego le entraron dudas y al final la
retiró sin llegar a tocarme.
—No te enfades conmigo. Yo no pedí nada de esto.
—Tal vez —le solté con brusquedad—, pero ¿y si mañana es nuestro último
día juntos? Podríamos pasarlo juntos, pero, en vez de eso, te quedas aquí,
comiéndote el tarro como si ya te hubieran Llamado.
Lena se levantó.
—No lo entiendes.
Cerró de un portazo al regresar al interior, de vuelta a su casa, a su celda
carcelaria o lo que fuera.
Yo no había tenido novia antes, así que no estaba preparado para lidiar con
todo aquello. De hecho, tampoco sabía muy a las claras cómo llamarlo, y menos
aún al tratarse de una novia Caster. Me rendí. Me levanté y fui al coche, no se
me ocurrió nada mejor. Conduje hacia el instituto y llegué tarde, como siempre.
Veinticuatro horas y seguía la cuenta atrás. Un sistema de bajas presiones se
había instalado sobre Gatlin. No era posible determinar si iba a nevar o granizar,
pero el cielo tenía muy mal aspecto y podía suceder cualquier cosa.
Al mirar por la ventana en clase de historia vi pasar un cortejo fúnebre, salvo
que aún no había tenido lugar ningún entierro. Se trataba del coche funerario de
Macon, seguido de siete limusinas negras modelo Lincoln Town Car. Pasaron por
delante del instituto al cruzar el pueblo de camino a la mansión Ravenwood.
Nadie prestaba atención al señor Lee. Estaba dando la tabarra con la
inminente recreación de la batalla de Honey Hill, una de las menos conocidas de
la Guerra de Secesión, pero de la que más se enorgullecían los ciudadanos del
condado.
—En 1864, Sherman, comandante de las fuerzas de la Unión, ordenó a las
tropas del general de brigada John Hatch cortar el ferrocarril que unía Charleston
y Savannah para que las fuerzas confederadas no pudieran interponerse en su
marcha hacia el mar, pero los unionistas se retrasaron debido a un « error de
navegación» .
Sonrió con orgullo mientras escribía en la pizarra: ERROR DE
NAVEGACIÓN. Vale. Los de la Unión eran idiotas. Lo pillábamos. Ese era el
quid de la batalla de Honey Hill y de la misma Guerra de Secesión, y eso nos lo
habían enseñado desde la guardería, pasando por alto, eso sí, el hecho de que la
Unión se había impuesto al final. En Gatlin, todas las conversaciones definían la
derrota poco menos que como otra caballerosa concesión del siempre
caballeroso sur. El sur había hecho lo más correcto y ético desde una perspectiva
histórica o, al menos, eso sostenía el señor Lee.
Pero nadie miraba a la pizarra, todos observábamos a través de los cristales el
cortejo fúnebre a su paso por la calle, detrás del campo de atletismo.
Ahora que Macon había salido del armario, por así decirlo, parecía disfrutar
lo suyo montando un numerito, y para ser un tipo que sólo asomaba la nariz por
la noche, se las arreglaba muy bien para llamar la atención.
Noté una patada en la espinilla. Link se echó hacia delante para evitar que el
profesor le viera.
—¿Quién irá en todos esos coches?
—¿Tendría la bondad de explicarnos qué sucedió a continuación, señor
Lincoln? Después de todo, su padre estará al frente de la caballería mañana.
El señor Lee nos miraba con los brazos cruzados.
Mi amigo fingió toser. El honor de encabezar la caballería durante la
recreación había recaído en el padre de Link, intimidado por aquello; ocupaba
ese lugar desde la muerte el año anterior de Big Earl Eaton, pues el único modo
de ascender en rango en la recreación era por la muerte de alguien. Esto habría
sido algo muy importante para la familia de Savannah, pero Link no le concedía
demasiada importancia a todo eso de la recreación histórica.
—Veamos, señor Lee. Espere, lo tengo. Esto… ganamos la batalla y
perdimos la guerra, o ¿fue al revés? Porque aquí a veces resulta difícil tenerlo
claro.
El profesor ignoró el comentario de Link. Probablemente, él era de esos que
durante todo el año hacía ondear la primera bandera confederada delante de su
casa, bueno, de su casa prefabricada.
—Para cuando Hatch y los unionistas llegaron a Honey Hill, el coronel
Colcock… —La clase se desternilló de risa mientras Lee nos fulminaba con la
mirada—. Sí, el coronel se llamaba así, Colcock. Él, la brigada bajo su mando y
la milicia dispusieron siete cañones de un lado a otro, formando una barrera
infranqueable.
¿Cuántas veces íbamos a tener que oír lo de los siete cañones? Lo contaban
poco menos como si fuera el milagro de la multiplicación de los panes y los
peces.
Link se dio la vuelta para mirarme y señaló la calle principal con un
movimiento de cabeza.
—¿Y bien?
—Es la familia de Lena, creo. Se supone que iban a venir para su
cumpleaños.
—Ya. Algo de eso comentó Ridley.
—¿Seguís juntos? —pregunté, no sin cierto temor.
—Sí, colega. ¿Sabes guardar un secreto?
—¿No lo hago siempre?
Link se levantó la manga de su camiseta de los Ramones y me enseñó un
tatuaje; parecía una versión manga de Ridley vestida como las niñas de un
colegio católico: con falditas y calcetines hasta las rodillas.
Yo albergaba la esperanza de que la fascinación de mi amigo por Ridley
hubiera disminuido un poco, pero en el fondo sabía que no era así. Link sólo
podría pasar página con Ridley si esta era legal y cortaba con él, y eso si antes no
le obligaba a tirarse de cabeza por un acantilado. E incluso entonces tal vez no
fuera capaz de olvidarla.
—Lo terminé durante las vacaciones de Navidad. ¿A que mola un huevo? Me
lo dibujó Ridley. Esta chica es tremenda como artista.
Artista no sé, pero lo de tremenda me lo creía. ¿Y qué le decía y o? ¿Te has
tatuado en el brazo una versión en plan tebeo de una Caster Oscura, que, por
cierto, te tiene sorbido el seso con algún conjuro de amor y encima es tu novia?
Pues no, así que respondí:
—Tu madre va a flipar en colores cuando lo vea.
—No va a verlo, lo tapa la manga y ahora tenemos una nueva regla de
privacidad en casa: debe llamar a la puerta antes de entrar.
—¿Llamar antes de entrar de sopetón y hacer lo que le venga en gana?
—Sí, bueno, pero al menos llama primero.
—Por tu bien, eso espero.
—En cualquier caso, Ridley y y o tenemos una sorpresa para Lena, pero no le
digas a Rid que te lo he contado, me mataría si se entera. Mañana vamos a darle
una fiesta a Lena en el terreno que hay al lado de Ravenwood.
—Más vale que sea una broma.
—No, es una sorpresa.
De hecho, parecía entusiasmado, como si la fiesta fuera a celebrarse, Lena
asistiera o se le pasara por la cabeza a Macon dejarle ir.
—Pero ¿en qué estáis pensando? Eso va a sentarle fatal a Lena. Ella y Ridley
ni siquiera se hablan.
—Eso es cosa de Lena, tío. Debería olvidar las rencillas, son familia.
El influjo de Ridley le había convertido en un zombi, yo lo sabía, pero me
seguía fastidiando mucho.
—No sabes de lo que hablas. Mantente al margen, confía en mí.
Abrió una barrita de Slim Jim y le pegó un mordisco.
—Lo que tú digas, tío. Nosotros vamos a intentar hacer algo chulo por Lena.
No es como si hubiera mucha gente dispuesta a acudir a una fiesta suya.
—Razón de más para no hacerla. No va a acudir nadie.
Sonrió de oreja a oreja antes de meterse en la boca el resto del Slim Jim.
—No faltará nadie. Acudirán todos. O, al menos, eso es lo que dice Ridley.
¿Ridley ? Entonces, por supuesto que sí, todo el pueblo la seguiría como si
fuera el flautista de Hamelín en cuanto ella se pusiera a tocar, pero Link parecía
no ver cuál era la situación.
—Mi banda, los Holy Rollers, va a tocar por primera vez.
—¿Los qué…?
—Mi nueva banda, y a sabes, la que monté en el campamento cristiano.
No había querido saber nada de lo que le había sucedido durante las
vacaciones. Me bastó con verle regresar de una pieza.
Mientras escribía un enorme número ocho, el señor Lee golpeaba
violentamente la pizarra con la tiza para darle énfasis a su frase:
—Al final, Hatch no logró sobrepasar a los confederados y se retiró con
ochenta y nueve bajas y seiscientos veintinueve heridos. Los del sur ganaron la
batalla y tan sólo hubo ocho muertos. Y esa es la razón —continuó, dando
golpecitos al número escrito en tiza— por la que todos vosotros vais a venir
mañana conmigo a la recreación histórica de la batalla de Honey Hill.
Recreación. Historia viva. Eso era lo que la gente como el profesor Lee
llamaba representaciones de la Guerra de Secesión. Y se lo tomaban muy a
pecho. Todo, hasta el último detalle, se hacía exactamente igual, desde el
uniforme y la munición hasta la posición de los soldados en el campo de batalla.
Linkesbozó una ancha sonrisa, toda manchada por el Slim Jim.
—No se lo digas a Lena. Queremos darle una sorpresa… Nos gustaría que
fuera nuestro regalo de cumpleaños, el de los dos.
Me limité a mirarle mientras le daba vueltas, por un lado, al talante taciturno
de Lena y a ese mono naranja de presidiario, y por otro, a la banda de Link, que
iba a ser un horror, eso fijo, una fiesta con los del instituto, Emily Asher,
Savannah Snow, los Ángeles Guardianes, Ridley, todos en Ravenwood, y eso sin
mencionar la sucesión de cañonazos procedentes de la recreación de la batalla. Y
todo eso contemplado por Macon con desaprobación, y además estaba su madre
intentando matarla, y el perro ese que permitía a Macon ver todo cuanto
hacíamos.
Sonó el timbre.
Sorpresa, sorpresa, pues no, sorpresa no era la palabra adecuada para
describir cómo iba a reaccionar, y quien iba a contárselo era y o.
—No se olviden de firmar cuando lleguen a la recreación o se quedarán sin
nota. Y recuerden: manténganse detrás de las cuerdas, en la zona de seguridad.
No les voy a poner un sobresaliente en la asignatura por llevarse un balazo —
gritó el señor Lee mientras desfilábamos por la puerta.
Recibir una bala no me parecía la peor de las alternativas posibles en ese
preciso momento.
Las recreaciones de la Guerra de Secesión son un fenómeno de lo más peculiar
y la de la batalla de Honey Hill no suponía una excepción. En realidad, ¿quién
podía estar interesado en llevar unas ropas de algodón sudadas con aspecto de ser
disfraces de Halloween? ¿A quién le interesaba andar por ahí con un fusil del año
de la catapulta, tan inestable que se sabía de gente que se había amputado alguna
extremidad al dispararlo? Por cierto, así es como había muerto Big Earl Eaton. ¿A
quién podía preocuparle la recreación de batallas libradas en una guerra de hace
ciento cincuenta años y que encima no había ganado el sur? ¿Quién iba a hacer
algo así?
En Gatlin, y en la may oría de los estados del sur, la respuesta era: tu médico,
tu abogado, tu predicador, el tipo del taller adonde llevabas el coche, el repartidor
de correo, y lo más probable era que también tu padre y todos tus tíos y sobrinos,
tu profesor de historia (sobre todo si te tocaba alguien como el señor Lee) y sin
ningún género de dudas el propietario de la armería del pueblo. Daba igual que
cay eran chuzos de punta o brillara el sol, pero durante la segunda semana DE
FEBRERO nadie en el condado hablaba, pensaba o se quejaba de otra cosa que
no fuera la recreación de la batalla de Honey Hill.
Honey Hill era nuestra batalla. No sé cómo lo decidieron, pero estoy
convencido de que guardaba relación con los siete cañones. La gente del pueblo
se tiraba semanas y semanas preparándolo todo para ese día. Ahora que se
acercaba el momento, había que limpiar con vapor y planchar los uniformes de
soldado confederado, razón por la cual flotaba en el aire de todo Gatlin un olor a
algodón caliente. Limpiaban los rifles de avancarga, pulían los sables y la mitad
de los hombres se pasaban la última semana fabricando munición casera en la
propiedad de Buford Radford, porque a su esposa no le molestaba aquella
pestilencia.
Las viudas estaban muy ocupadas lavando sábanas y congelando pasteles
destinados a los turistas que vendrían a presenciar la recreación del combate. Las
integrantes de las Hijas de la Revolución Americana se habían pasado semanas
preparando su versión de la representación: el Tour del Patrimonio Histórico del
Sur. Entretanto, sus hijas habían estado dos sábados enteros horneando bizcochos
de mantequilla para servirlos al final de cada recorrido.
Estas excursiones eran especialmente divertidas, y a que las Hijas de la
Revolución Americana, incluida la señora Lincoln, hacían de guía engalanadas
con trajes de época. A base de tirones conseguían meterse dentro de corsés y
enaguas, lo cual les confería una cierta similitud con salchichas a punto de
reventar por efecto del calor. Y no eran las únicas: sus hijas, incluy endo a
Savannah y Emily, la futura generación de las Hijas de la Revolución
Americana, debían ponerse esos vestidos trasnochados mientras se ocupaban de
los quehaceres de la casa. Parecían personajes salidos de La casa de la pradera.
El viaje siempre empezaba en la sede de la asociación, pues era el segundo
edificio más antiguo de Gatlin. Me preguntaba si repararían a tiempo el tejado.
No podía evitarlo, me imaginaba a todas esas mujeres dando vueltas por el
edificio de la Sociedad Histórica de Gatlin, enseñando los edredones llenos de
estrellas, justo encima de los cientos de documentos y pergaminos Caster, allí
guardados a la espera del siguiente día festivo.
Pero ellas no eran las únicas que participan en el acto. Era frecuente referirse
a la Guerra de Secesión norteamericana como « la primera guerra moderna» ,
pero bastaba un paseo por Gatlin durante la semana previa a la recreación para
comprobar que no había nada de moderno en ella. Estaba en funcionamiento
hasta la última reliquia de aquella contienda, desde las calesas hasta los cañones,
y en el pueblo hasta un niño de parvulario era capaz de explicar que eran piezas
de artillería montadas sobre unos armazones viejos.
Las Hermanas llegaron a sacar incluso su enseña original de la
Confederación y la clavaron en la puerta de la entrada cuando y o me negué a
colgarla en el porche. Casi todo valía para el espectáculo, pero ahí me planté.
El día previo a la recreación había un gran desfile y los participantes tenían
ocasión de marchar por las calles vestidos con sus uniformes de punta en blanco
para que pudieran verlos los turistas, pues al día siguiente iban a estar tan
cubiertos de lodo y manchas de humo que nadie podría valorar sus fulgurantes
botonaduras de bronce ni sus chaquetas entalladas auténticas.
Después del desfile se celebraba una gran fiesta con una barbacoa y había
una especie de puesto para besarse y un concurso de pasteles a la antigua usanza.
Amma se pasaba días y días cocinando, pues, dejando a un lado la feria del
condado, este era el concurso más grande de pasteles en el que participaba y su
oportunidad para hacer morder el polvo a sus rivales. Sus pasteles siempre eran
los más vendidos, lo cual sacaba de quicio a la señora Lincoln y a la señora Snow,
razón por la cual se daba semejante paliza en la cocina. Su principal motivación
era destacar por encima de todas las Hijas de la Revolución Americana y
restregarles por los morros que los suyos eran pasteles de segunda.
Por tanto, las cosas cambiaban todos los años cuando el calendario llegaba a
la segunda semana DE FEBRERO, era como si nuestras vidas cesaran y todos
regresáramos a 1864, a la víspera de la batalla de Honey Hill. Este año no era
una excepción, pero con una peculiaridad. Este mes DE FEBRERO, mientras
llegaban al pueblo vehículos para transportar caballos —todo respetable jinete
recreacionista poseía su propio caballo— y camionetas arrastrando cañones,
había en curso otros preparativos para una batalla muy diferente.
Sólo que aquella no empezaba en el segundo edificio más antiguo de Gatlin,
sino en el primero. Estaban los cañones que todos conocíamos, pero también
había otros. En ese otro enfrentamiento no tenían cabida armas de fuego ni
caballos, pero eso no le restaba ni un ápice a su naturaleza de guerra campal.
Siendo sinceros, era la única batalla real del pueblo.
En cuanto a las ocho bajas sufridas en Honey Hill, no había lugar a la
comparación. A mí sólo me preocupaba una, porque si la perdía a ella, también
yo estaría perdido.
Por eso olvidé la batalla de Honey Hill. Para mí, aquello se parecía mucho
más al Día D
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