19
16 de diciembre
When the Saints Go Marching In
LENA ESTABA SENTADA en el porche cuando detuve el vehículo. Me había
puesto pesado con lo de conducir y o porque Link quería venir con nosotros y no
podía arriesgarse a que le vieran en el coche fúnebre. No quería que Lena fuera
sola, es más, ni siquiera deseaba que fuera, pero era mejor no mencionarle el
tema. Parecía preparada para la batalla. Llevaba un suéter de cuello alto y unos
vaqueros negros, a juego con un chaquetón con ribete de piel y capucha. Estaba
a punto de enfrentarse al pelotón de fusilamiento, y lo sabía.
Habían transcurrido sólo tres días desde el baile y las Hijas de la Revolución
Americana no habían perdido el tiempo. Esa tarde tenía lugar la sesión del
comité de disciplina del Instituto Jackson; no se diferenciaba mucho de una caza
de brujas, y no hacía falta ser un Caster para saberlo. Emily andaba coja con su
pierna escayolada, y el desastroso baile de invierno se había convertido en la
comidilla del pueblo y la señora Lincoln había obtenido al fin el apoyo necesario:
se habían presentado testigos.
Si eras capaz de retorcer lo bastante las cosas y darle el sesgo adecuado a lo
que cualquiera había visto, oído o recordado, lograbas que la gente entornara los
ojos, ladeara la cabeza y llegara a una consecuencia lógica: Lena Duchannes era
responsable, pues todo iba como la seda hasta que ella había venido al pueblo.
Link bajó de un salto y le abrió la puerta a Lena. Al pobre le carcomía la culpa y
tenía aspecto de estar a punto de vomitar.
—Eh, Lena, ¿cómo lo llevas?
—Estoy bien.
Mentirosa.
No quiero que se sienta mal. No tiene la culpa.
Mi amigo carraspeó.
—Lamento un montón todo esto. He estado de bronca con mi madre todo el
fin de semana. Siempre se le ha ido un poco la olla, pero esta vez es diferente.
—No es culpa tuya, pero te agradezco que lo hayas intentado.
—Habría sido distinto si todas esas arpías de las Hijas de la Revolución
Americana no le hubieran estado calentando la cabeza. La señora Snow y la
señora Asher han debido de llamar a casa mil veces durante estos últimos días.
Pasamos por delante de Stop & Steal, pero ni siquiera Fatty estaba allí. Las
calles estaban desiertas. Daba la impresión de que íbamos por un pueblo
fantasma. La sesión del comité de disciplina estaba fijada a las cinco en punto.
Íbamos bien de hora. El escenario elegido era el gimnasio, pues no había otro
lugar donde resultara posible acomodar a todas las personas que iban a
presentarse. Esa era otra de las cosas típicas de Gatlin: todo el mundo se metía en
todo. Iba a personarse en esa reunión hasta el apuntador, a juzgar por las puertas
cerradas y la ausencia de gente en las calles.
—No entiendo cómo tu madre ha logrado montar este tinglado tan deprisa.
Esto es rápido incluso para ella.
—Según he escuchado, Doc Asher está metido en el ajo. Sale de caza con el
director Harper y algunos pesos pesados de la junta escolar.
Doc Asher era el padre de Emily y el único médico de verdad del pueblo.
—Estupendo.
—Chicos, vosotros sabéis que van a expulsarme, ¿vale? Han tomado la
decisión y la sesión de hoy sólo es puro teatro.
Linkparecía perplejo.
—No pueden darte la patada sin haber oído tu versión. Pero si no has hecho
nada.
—Todo eso no cuenta. Estas cosas se deciden a puerta cerrada. Nada de lo
que yo diga importa.
Estaba en lo cierto y los dos lo sabíamos, por eso permanecí en silencio, le
cogí de la mano, me la llevé a los labios y la besé, deseando por enésima vez que
la junta escolar cargara contra mí y no contra Lena.
Pero esa no era la cuestión, ya que jamás harían eso. Daba igual lo que yo
hiciera o dijera, era uno de ellos y Lena jamás lo sería. Eso era precisamente lo
que más me enfadaba… y avergonzaba. Los odiaba cada vez más porque me
declaraban uno de los suyos, aunque saliera con la nieta del Viejo Ravenwood,
me enfrentara con la señora Lincoln y no me invitaran a las fiestas de Savannah
Snow. Yo era uno de ellos. Les pertenecía. Era imposible cambiar aquello y si se
podía dar la vuelta a la ecuación, si de algún modo ellos también me pertenecían,
entonces, Lena estaba contra ellos, y también contra mí.
Esa verdad me estaba matando. Tal vez Lena iba a ser Llamada al cumplir
los dieciséis, pero yo lo había sido al nacer. No ejercía sobre mi destino mayor
dominio que ella. Tal vez ninguno de nosotros lo controlábamos.
Estacioné el coche en el parking, ocupado casi por completo. Un gran número de
personas hacían cola frente a la entrada principal para poder entrar. No había
visto tanta gente junta en un sitio desde el estreno de Dioses y generales, el
may or tostón que se haya rodado jamás sobre la Guerra de Secesión, y donde la
mitad de mis parientes figuraban como extras, principalmente porque tenían un
uniforme en propiedad.
Link se agachó en el asiento trasero.
—Me bajo aquí. Os veré dentro. —Abrió la puerta y se metió a escondidas
entre las filas de vehículos—. Buena suerte.
A Lena le temblaban las manos, a pesar de tenerlas apoy adas sobre el regazo.
Me reconcomía verla hecha un manojo de nervios.
—No tienes por qué entrar ahí. Doy media vuelta y te llevo a casa ahora
mismo.
—No, voy a entrar.
—¿Por qué quieres pasar por esto? Tú misma has dicho que era puro teatro.
—No voy a dejarles creer que me asusta enfrentarme a ellos. Me fui de mi
última escuela, pero esta vez no voy a huir.
Inspiró profundamente.
—Esto no es salir corriendo.
—Lo es para mí.
—¿Va a venir tu tío al final?
—No puede.
—¿Y por qué demonios no puede? —Ella iba a pasar sola aquel trago, aunque
y o estuviera a su lado.
—Es demasiado temprano. Ni siquiera se lo he dicho.
—¿Demasiado temprano? ¿De qué va esto? ¿Está encerrado en una cripta o
algo así?
—Más o menos, algo por el estilo.
No merecía la pena hablar de ello. Ya iba a tener que comerse un marrón
bastante gordo en cosa de unos minutos.
Empezó a chispear mientras nos encaminábamos al edificio. La miré.
Hago lo que puedo, créeme. Si no me contengo, se convertirá en un tornado.
La gente la miraba fijamente y la señalaba con la mano, lo cual había dejado
de sorprenderme a pesar de que sólo fuera una cuestión de mera educación.
Miré a mi alrededor con la esperanza de ver sentado junto a la puerta a Boo
Radley, pero esta tarde no se le veía por ninguna parte.
Entramos en el gimnasio por una de las puertas laterales, la reservada al equipo
visitante. Se le había ocurrido a Link, y había resultado ser una idea de primera,
y a que una vez dentro me di cuenta de que la gente de la puerta no estaba
esperando fuera para entrar, se habían apiñado allí sólo para escuchar la sesión.
Dentro, y a sólo quedaba sitio para estar de pie.
Aquello parecía una versión cutre de un gran jurado en una de esas series de
abogados que echan por la tele. Una gran mesa plegable presidía la parte
delantera de la estancia. Sentados en torno a ella había algunos profesores: el
señor Lee, por supuesto, con su corbata roja y sus prejuicios provincianos; el
director Harper y un par de tipos, miembros de la junta escolar probablemente.
Parecían incómodos, como si estuvieran deseosos de estar en el sofá viendo el
canal de compras QVC Networko algún programa religioso.
En las tribunas descubiertas se agolpaba lo más selecto del condado. La
señora Lincoln y su banda de linchadoras, todas miembros de las Hijas de la
Revolución Americana, ocupaban las tres primeras filas. Miembros de las
Hermanas de la Confederación, el coro de la iglesia metodista y la Sociedad
Histórica se sentaban a su lado en los escasos huecos libres. Detrás de ellas
estaban los Ángeles Guardianes del Instituto Jackson, formado por las chicas que
querían ser como Emily y Savannah y los chicos a los que les gustaría bajarles
las bragas a estas. Llevaban serigrafías recién estampadas en las camisetas: la
pintura de un ángel enfundado en una camiseta de las Wildcats del Instituto
Jackson, con un sospechoso parecido a Emily Asher, que extendía dos enormes
alas blancas y lucía, cómo no, la camiseta de las animadoras. En la parte
posterior sólo llevaban las dos mismas alas diseñadas para que parecieran brotar
de la espalda y el grito de guerra de los Ángeles: « Os estamos vigilando» .
Emily estaba sentada al lado de la señora Asher; apoyaba la pierna
escay olada sobre una de las sillas de la cafetería. La señora Lincoln entrecerró
los ojos cuando nos miró y la señora Asher rodeó a Emily con ademán protector,
como si uno de los dos fuéramos a coger una porra, echar a correr y apalearla
como a una indefensa cría de foca. Vi a Emily sacar el móvil del bolsillo, con los
dedos preparados para ponerse a teclear a toda pastilla. Probablemente, esa tarde
nuestro gimnasio era el epicentro de todos los cotilleos de, al menos, cuatro
condados.
Amma estaba sentada varias filas detrás, jugueteaba con el amuleto colgado
del cuello. Con un poco de suerte, eso haría que a la señora Lincoln le
aparecieran esos cuernos que había estado ocultando con éxito durante tantos
años. Mi padre no estaba, por descontado, pero las Hermanas se habían
acomodado junto a Thelma, en los asientos situados al otro lado del pasillo. La
cosa debía de pintar mucho peor de lo que yo me pensaba, pues no habían salido
de casa a esas horas desde 1980, cuando la tía Grace comió su Hoppin’John, el
típico plato sureño de arroz con judías, panceta, cebolla, apio y salsa picante de
ají, demasiado picante y pensó que sufría un ataque al corazón. La tía Mercy me
vio y me saludó con el pañuelo.
Acompañé a Lena hasta el asiento situado en la zona frontal del pabellón,
obviamente reservado para ella. Estaba situado enfrente del pelotón de
fusilamiento, justo delante.
Va a salir bien.
¿Lo prometes?
Escuché el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado.
Te prometo que esto no me importa, que esta gente es idiota y que nada de
cuanto digan va a cambiar mis sentimientos hacia ti.
Tomaré esa respuesta por un no.
El aguacero golpeó con may or dureza el tejado, lo cual era un muy mal
presagio. Le cogí de la mano y puse en ella el pequeño botón plateado de la
chaqueta que llevaba puesta la lluviosa noche en que nos conocimos. Lo había
encontrado en la tapicería agrietada del Cacharro. Parecía un cachivache viejo,
pero lo llevaba en el bolsillo de los vaqueros desde entonces.
Toma, es algo así como un amuleto de la buena suerte. Al menos, a mí me la
trajo.
Entonces me di cuenta del gran esfuerzo que estaba haciendo para no venirse
abajo. Se quitó la cadena en silencio y lo añadió a su propia colección de
cachivaches.
Gracias.
Me habría sonreído de haber sido capaz.
Después me dirigí hacia la fila en la que estaban sentadas las Hermanas y
Amma. La tía Grace se ay udó del bastón para ponerse de pie.
—Aquí, Ethan. Te hemos guardado un asiento, cielo.
—¿Por qué no te sientas, Grace Statham? —siseó una anciana de pelo teñido
de azul situada junto a las Hermanas.
La tía Prue se giró como movida por un resorte.
—Ocúpate de tus propios asuntos, Sadie Honeycutt, o vas a lamentarlo.
La tía Grace se volvió hacia Sadie Honeycutt y le dedicó una sonrisa antes de
decir:
—Ven a sentarte aquí a mi lado, Ethan.
Me senté encajonado entre la tía Mercy y la tía Grace.
—¿Cómo lo llevas, dulzura mía? —Thelma me sonrió y me dio un pellizco en
el brazo.
Los truenos retumbaron en el exterior y las luces parpadearon, levantando un
coro de gritos entrecortados entre las ancianas.
En el centro de la mesa plegable estaba sentado un hombre algo tenso a
juzgar por su aspecto. Carraspeó antes de tomar la palabra.
—Es una leve caída de la potencia, sólo eso. ¿Por qué no tienen todos ustedes
la amabilidad de ocupar sus asientos para que podamos empezar? Me llamo
Bertrand Hollingsworth y soy el presidente de la junta escolar. Esta sesión se ha
convocado en respuesta a una petición de expulsión, la de la alumna Lena
Duchannes, ¿es eso correcto?
El director Harper se giró sobre su asiento en la mesa central para dirigirse
hacia el señor Hollingsworth, el instructor del expediente, o para ser más precisos
con el lenguaje, el verdugo títere de la señora Lincoln.
—Sí, señor. Varios progenitores preocupados me presentaron dicha petición y
está firmada por unos doscientos padres, entre quienes figuran los ciudadanos
más respetados de Gatlin y un nutrido grupo de estudiantes.
Por descontado que sí.
—¿Cuáles son los cargos para solicitar la expulsión?
El señor Harper pasó varias páginas de su libro de notas amarillo, de tamaño
similar al de los letrados, como si estuviera ley endo un expediente de
antecedentes penales.
—Asalto y destrucción de la propiedad escolar. Además, la señorita
Duchannes estaba en periodo de prueba.
¿Asalto? ¿A quién he asaltado?
Sólo es una acusación. No pueden demostrar nada.
Me puse en pie antes de que hubiera terminado de hablar.
—¡Nada de eso es cierto! —grité.
En el extremo opuesto de la mesa se sentaba otro hombre de rostro nervioso,
que alzó la voz para hacerse oír por encima del aguacero y de los susurros de
veinte o treinta ancianas provocados por mis malos modales.
—Tome asiento, jovencito, que aquí no hay permiso para hablar todos a la
vez.
El señor Hollingsworth hizo caso omiso al barullo y prosiguió con la sesión.
—¿Existe algún testigo que corrobore dichas acusaciones?
Un montón de asistentes se pusieron a cuchichear en ese momento,
preguntándose unos a otros para ver si alguien conocía el significado del verbo
corroborar.
El director Harper se aclaró la garganta con desazón.
—Sí, y acabo de ser informado de que esta alumna ha tenido problemas
parecidos en la escuela en la que había estado matriculada antes de venir a
nuestro instituto.
¿A qué se refieren? ¿Cómo se han enterado de nada de mi antigua escuela?
No lo sé. ¿Qué sucedió allí?
Nada.
Una mujer de la junta escolar tenía unos papeles delante de ella y los hojeó
antes de comentar:
—Nos gustaría escuchar en primer lugar a la presidenta de la asociación de
padres del instituto, la señora Lincoln.
La madre de Link se puso en pie con teatralidad y recorrió el pasillo central
en dirección al gran jurado de Gatlin. Tenía pinta de haberse tragado unas
cuantas pelis de juicios.
—Buenas tardes, damas y caballeros.
—Usted fue una de las denunciantes iniciales, señora Lincoln, ¿puede
decirnos qué sabe acerca de esta situación?
—Por supuesto, la señorita Ravenwood, perdón, la señorita Duchannes, quería
decir, se mudó a nuestra localidad hace unos meses y desde entonces hemos
tenido una serie de problemas en el Instituto Jackson. En primer lugar, rompió
una ventana en clase de inglés…
—Estuvo a punto de hacer pedazos a mi niña —gritó la señora Snow.
—Muchos alumnos se salvaron por poco de sufrir graves lesiones y muchos
de ellos se cortaron con los cristales.
—¡Eso fue un accidente y sólo resultó herida Lena! —gritó Link desde su
posición, al fondo de la sala.
—Wesley Jefferson Lincoln, vete a casa ahora mismo si no quieres enterarte
de lo que es bueno —siseó la señora Lincoln. Luego, recobró la compostura y se
volvió hacia los miembros del comité de disciplina—. Los encantos de la señorita
Duchannes parecen tener gran efecto en el sexo débil —repuso con una sonrisa
—. Como iba diciendo, rompió una ventana en clase de inglés, lo cual asustó tanto
a un número significativo de alumnas que sintieron la necesidad cívica de crear
los Ángeles Guardianes del Instituto Jackson, un grupo cuy o único propósito es
proteger a los estudiantes del centro realizando una especie de vigilancia
ciudadana.
Los Ángeles Guardianes asintieron al unísono en las gradas, como si fueran
marionetas y alguien manejara los hilos para que todas se movieran a la vez,
algo que, al menos en cierto modo, era cierto.
El señor Hollingsworth garabateó algo en el bloc de notas y a continuación
preguntó:
—¿Es ese el único incidente en el que se ha visto envuelta la señorita
Duchannes?
La testigo simuló una gran sorpresa.
—¡Cielos, no! Pulsó la alarma antiincendios, arruinando el baile y causando
daños en el equipo de audio por valor de cuatro mil dólares. Por si eso no fuera
suficiente, empujó fuera del escenario a la señorita Asher, que se rompió una
pierna. Sé de buena tinta que tardará meses en recuperarse.
Lena se mantuvo erguida, negándose a mirar a nadie.
—Gracias, señora Lincoln.
La madre de Link se dio la vuelta y sonrió a Lena. No era una sonrisa de
verdad, ni siquiera sarcástica, sino una de esas de significado claro: voy -aarruinarte-la-vida-y-disfruto-haciéndolo.
La presidenta de la asociación de padres se dirigió a su asiento, pero, de
pronto, se detuvo para mirar directamente a Lena.
—Casi lo olvido —añadió—. Obra en mi poder el expediente de la señorita
Duchannes en su anterior instituto, en Virginia, aunque tal vez sería más exacto
llamarlo sanatorio.
Jamás he estado en un psiquiátrico. Era una escuela privada.
—Esta no es la primera vez que la señorita Duchannes protagoniza episodios
violentos, tal y como ha mencionado el director Harper.
El tono de la voz de Lena en mi mente indicaba que se hallaba al borde de la
histeria. Intenté tranquilizarla.
No te preocupes.
Pero quien se estaba intranquilizando era yo. La señora Lincoln no iba de
farol: si lo soltaba delante de todos, significaba que tenía algún tipo de prueba.
—La señorita Duchannes es una joven perturbada. Sufre una enfermedad
mental, déjeme ver… —La señora Lincoln se detuvo, sacó un papel de la
carpeta y lo repasó con el dedo como si buscara algo. Me mantuve a la espera
para saber qué enfermedad mental padecía Lena capaz de justificar, según ella,
el hecho de que era diferente—. Ah, sí, aquí está. Parece que la señorita
Duchannes padece un trastorno bipolar, lo cual, como puede explicarles a todos
el doctor Asher, es una afección mental muy seria. Quienes la padecen son
propensos a estallidos de violencia y tienen un comportamiento impredecible.
Esta dolencia es hereditaria, su madre también la padecía.
Esto no puede estar pasando.
La tromba de agua martilleaba con fuerza el tejado y el viento había subido
en intensidad, castigando con saña la puerta de la entrada.
—De hecho, su madre asesinó a su padre hace catorce años.
Los asistentes profirieron gritos de asombro.
Juego, set y partido.
Los asistentes empezaron a hablar, todos a la vez.
—Damas y caballeros, por favor —clamó el director Harper en un intento de
calmar los ánimos, pero aquello era como acercar una cerilla encendida a un
arbusto seco: resultaba imposible sofocar el fuego una vez prendido.
Se necesitaron diez minutos para que las aguas volvieran a su cauce en el
gimnasio, pero Lena no se calmó. Su corazón latía tan desbocado como el mío, lo
presentía, y se le había formado un nudo en la garganta de tanto contener las
lágrimas, aunque lo estaba pasando mal con eso a juzgar por el diluvio desatado
en el exterior. Me sorprendía que todavía no hubiera salido corriendo de allí, pero
o era muy valiente o se había quedado paralizada por la sorpresa.
La madre de Link mentía. No me creía que Lena hubiera estado en un
sanatorio, no más de lo que aceptaba que el propósito de los Ángeles era proteger
a los estudiantes del instituto. Ahora bien, ignoraba si se había inventado lo otro,
eso de que la madre de Lena había matado a su padre.
También sabía que quería matar a la señora Lincoln. Toda mi vida la había
conocido como la madre de Link, pero ya no era capaz de verla de ese modo. No
parecía la mujer que arrancaba de la pared la caja decodificadora de la tele por
satélite y nos leía durante horas sermones sobre las virtudes de la castidad.
Aquello no guardaba relación alguna con esas causas tan fastidiosas como
inocentes. Era algo vengativo, personal. No lograba imaginarme por qué odiaba
tanto a Lena.
El señor Hollingsworth intentó recobrar el control.
—De acuerdo, guarden silencio todos. Le agradezco su declaración de esta
tarde, señora Lincoln. Me gustaría examinar esos papeles, si usted no tiene
inconveniente.
—¡Todo esto es ridículo! —grité, poniéndome de pie—. ¿Por qué no enciende
una hoguera y la quema en ella?
El señor Hollingsworth se esforzó otra vez por reconducir la situación, que
amenazaba con caer a los niveles de los peores programas de telebasura, como
El show de Jerry Springer.
—Tome asiento, señor Wate, o me veré obligado a pedirle que se marche. No
quiero más salidas de tono durante esta sesión. He revisado los testimonios
escritos sobre lo sucedido en el baile y todo parece bastante claro, por lo tanto
sólo queda tomar una decisión sensata.
Las enormes puertas metálicas de la parte posterior se abrieron en medio de
un gran estruendo, dando paso a un soplo de viento y a un aguacero de impresión.
Y a algo más.
Macon Ravenwood caminó por el pabellón con desenvoltura. Vestía un lujoso
traje oscuro de ray a diplomática debajo de su abrigo negro de cachemira.
Marian Ashcroft venía de su brazo y llevaba un pequeño paraguas a cuadros del
tamaño justo para no quedar empapada bajo el aguacero. Macon estaba seco a
pesar de no llevar protección alguna. Boo avanzaba con paso pesado detrás de
ellos. Tenía erizado su negro pelaje empapado, lo cual acentuaba su aspecto, más
próximo al de un lobo que al de un perro.
Lena se revolvió en su asiento de plástico naranja y durante un segundo
pareció tan vulnerable como se sentía. Percibí en sus ojos un alivio inmenso y
también cuánto se estaba esforzando por seguir sentada en vez de arrojarse
llorosa a los brazos de su tío.
Los ojos de Macon volaron en dirección a su sobrina y Lena se irguió en la
silla. Luego, avanzó entre el público, recorriendo el pasillo hasta llegar ante los
miembros de la junta escolar.
—Lamento mucho el retraso. Esta noche hace un tiempo de perros. Siga,
siga, no deseo interrumpirle, estaba a punto de tomar una decisión sensata, si le
he oído correctamente.
El señor Hollingsworth se había quedado a cuadros, como el resto de los
presentes en el gimnasio. Ninguno de ellos había visto a Ravenwood jamás en
carne y hueso.
—Disculpe, señor, no sé quién se cree usted que es, pero estamos en mitad de
una instrucción… Ah, y no puede traer aquí a ese chucho. En el recinto del
instituto sólo se admiten animales de servicio.
—Oh, le comprendo a usted perfectamente, pero sucede que Boo Radley es
mi perro guía. —No pude reprimir una sonrisa. Supuse que técnicamente era
cierto. Boo agitó su corpachón para sacudirse la lluvia del pelaje y acabó
duchando a cuantos se sentaban cerca del pasillo.
—Bien, señor…
—Ravenwood, Macon Ravenwood.
Los ocupantes de las gradas profirieron otra exclamación contenida e ipso
facto se levantó un rumor de cuchicheos. Todo el pueblo había esperado ese
momento desde antes de que yo naciera. Se palpaba en el ambiente cómo se
había reavivado el interés a raíz de esa aparición, pues no había nada,
absolutamente nada, que Gatlin adorase más que el espectáculo.
—Damas y caballeros del condado de Gatlin. ¡Cuánto me agrada conocerlos
por fin! Confío en que todos ustedes conozcan a mi buena amiga, la hermosa
doctora Ashcroft, que ha tenido la bondad de acompañarme esta noche, pues y o
no conocía bien el camino hacia este nuestro hermoso pueblo. —Marian hizo un
ademán de saludo—. Permítame que me disculpe otra vez por llegar tarde. Por
favor, continúe, caballero. Estoy convencido de que estaba usted a punto de
explicar que las acusaciones contra mi sobrina eran infundadas e iba a animar a
todos estos muchachos a volver a casa y dormir bien para acudir a clase
mañana.
Durante un minuto dio la impresión de que Hollingsworth se mostraba
dispuesto a hacer lo que le había dicho Macon, lo cual me llevó a preguntarme si
Macon tenía el Poder de Persuasión, como Ridley, pero el presidente de la junta
escolar retomó el hilo original de sus pensamientos cuando una mujer le susurró
al oído algo que sonó como el zumbido de un panal.
—No, señor, no es eso lo que iba a hacer, en absoluto. De hecho, pesan sobre
su sobrina serias acusaciones y parece haber varios testigos de los hechos aquí
contemplados. Basándome en las declaraciones escritas y en la información
expuesta durante esta sesión, me temo que sólo tenemos una alternativa: la
expulsión.
—¿Son esas sus testigos? —inquirió Macon al tiempo que con un gesto de la
mano abarcaba a Emily, Savannah, Charlotte y Edén—. ¿Un grupito de niñas
imaginativas con un grave problema de inmadurez?
La señora Snow se levantó de un salto.
—¿Insinúa usted que mi hija está mintiendo?
—En absoluto, mi querida señora —replicó Macon con esa sonrisa suya de
actor de cine—. No lo insinúo, lo afirmo. Seguro que usted es capaz de apreciar
la diferencia.
—¡Cómo se atreve! —La madre de Link se revolvió como un lince—. No
tiene derecho a estar aquí, entorpeciendo el desarrollo de esta instrucción.
Marian esbozó una sonrisa antes de adelantarse.
—« La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas
partes» , como dijo un gran hombre. Y no veo en esta sala atisbo alguno de
justicia, señora Lincoln.
—No me salga ahora con esa verborrea de Harvard.
Marian cerró el paraguas con un golpe seco antes de replicar:
—No creo que Martin Luther King fuera a Harvard.
El señor Hollingsworth retomó la palabra y habló de forma autoritaria.
—Persiste el hecho de que, según los testigos, la alumna Duchannes pulsó la
alarma de incendios, ocasionando daños por valor de miles de dólares a la
propiedad del Instituto Jackson, y también echó del escenario a la señorita Asher
de un empujón, causándole heridas. Tenemos motivos para expulsarla
basándonos sólo en estos hechos.
—« Es difícil liberar a los tontos de las cadenas que veneran» —suspiró
Marian, y miró de forma harto significativa a la madre de Link—. La cita es de
Voltaire, y él tampoco pisó Harvard.
Ravenwood no perdió la compostura, lo cual pareció sacar de quicio aún más
a todos.
—Señor… ¿Cómo se llamaba usted?
—Hollingsworth.
—Señor Hollingsworth, sería una verdadera lástima que continuara por ese
camino. Como usted sabe, en este gran estado de Carolina del Sur es ilegal
impedir la asistencia a clase de un menor. La escolaridad es obligatoria, es decir,
forzosa. No puede expulsar a una chiquilla inocente sin cargos. Esos días han
terminado, incluso aquí, en el sur.
—Ya le he explicado, señor Ravenwood, que sí existen acusaciones y
actuamos en el ámbito de nuestras funciones al expulsar a su sobrina.
La señora Lincoln se levantó de un salto.
—No puede aparecer de la nada e interferir en el buen funcionamiento del
pueblo. ¡No ha salido de esa mansión en años! ¿Qué derecho tiene a meter baza
en los asuntos de esta localidad o de nuestros hijos?
—¿Se refiere usted a esa colección de marionetas vestidas de… unicornios?
—Macon señaló con un gesto a los Ángeles—. Tendrán que perdonarme,
muchachos, pero ando mal de la vista.
—Son ángeles, señor Ravenwood, no unicornios, aunque tampoco cabe
esperar que reconozca a los enviados de Nuestro Señor, dado que no recuerdo
haberle visto jamás en misa.
—Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado, señora Lincoln. —El
tío de Lena hizo una pausa durante un instante, como si pensase que su
interlocutora necesitaría un respiro para poner en orden sus ideas—. Tiene usted
razón en lo referente a su primera afirmación: paso mucho tiempo en mi
mansión, y no me importa, pues la propiedad es maravillosa, pero tal vez debería
pasar más tiempo en el pueblo, sí, quizá deba venir aquí con más frecuencia, y
sacudir un poco las cosas, si me permite la frase a falta de otra mejor.
La posibilidad espantó a la señora Lincoln y a las Hijas de la Revolución
Americana, que se revolvieron en sus asientos y se miraron entre sí, horrorizadas
ante semejante idea.
—De hecho, si Lena no vuelve al instituto, deberá recibir instrucción en casa.
Entonces, tal vez deba invitar a alguna de sus primas, pues no desearía descuidar
mis obligaciones en la vertiente social de su educación. Algunas son cautivadoras,
como, de hecho, creo que alguno de ustedes tuvo ocasión de comprobar en el
baile de máscaras del solsticio de invierno.
—No era un baile de disfraces.
—Acepte mis disculpas. Di por hecho que eran disfraces a juzgar por la
apariencia tan chillona de esas ropas horrorosas.
La señora Lincoln se sonrojó. Ya no era una mujer intentando prohibir los
libros, era alguien con quien convenía no enzarzarse en una pelea. Me preocupé
por Macon, y por todos nosotros.
—Seamos claros, señor Ravenwood. Ni usted forma parte de este lugar ni
hay lugar para usted en este pueblo, y está claro que tampoco para su sobrina.
No creo que esté en posición de exigir nada.
La expresión del hombre cambió levemente mientras le daba vueltas a su
anillo.
—Aprecio su franqueza, señora Lincoln, y voy a intentar ser con usted tan
sincero como usted lo ha sido conmigo. Empecinarse en este asunto sería un
grave error para todos los habitantes de este pueblo. Soy un hombre adinerado, lo
saben, y un tanto despilfarrador, pero si persisten en expulsar a mi sobrina del
Instituto Stonewall Jackson, me veré obligado a gastar algo más de dinero. ¿Quién
sabe? Tal vez abra un autoservicio Wal-Mart.
—¿Es eso una amenaza?
—En absoluto, pero da la casualidad de que la finca ocupada por el hotel
Southern Comfort es de mi propiedad. Su cierre sería un gran inconveniente para
usted, ¿verdad, señora Snow? Su esposo tendría que conducir mucho más para
reunirse con esas señoritas tan amigas suy as y estoy seguro de que lo de llegar
tarde a cenar va a convertirse en una costumbre. No podemos consentir eso, ¿a
que no? —El señor Snow se puso colorado como un tomate y se agachó para
esconderse detrás de un par de tipos grandotes del equipo de fútbol, pero Macon
no había hecho más que comenzar—. Me resulta usted extremadamente
familiar, señor Hollingsworth, usted y esa hermosa flor confederada que se
sienta a su izquierda. —Macon señaló con un ademán a una señorita de la junta
escolar sentada junto a él—. ¿No los he visto a ustedes juntos en alguna parte…?
Yo juraría que…
—No, en absoluto, soy un hombre casado, señor Ravenwood.
Macon centró su atención en el calvo sentado junto a Hollingsworth.
—Ay, señor Ebitt, si yo rescindiera el arrendamiento de Way dard Dog,
¿dónde se iba a pasar usted las tardes emborrachándose mientras su esposa cree
que está en un grupo de estudio de las Sagradas Escrituras?
—¡Wilson! ¿Cómo has podido usar a Nuestro Señor Todopoderoso como
coartada? ¡Arderás en las llamas del infierno tan seguro como que y o estoy aquí!
La señora Ebitt echó mano al bolso y se marchó precipitadamente hacia el
pasillo.
—¡No es cierto, Rosalie!
—¿Ah, no? —Macon sonrió—. No logro imaginarme la de cosas que podría
contar Boo si fuera capaz de hablar. Ya saben ustedes, va y viene por todas
partes, se mete en los patios y en los garajes de este pueblo suyo tan bonito.
Apostaría a que ha visto un par de cositas curiosas.
Reprimí una carcajada.
El perro levantó las orejas al oír su nombre y bastantes asistentes se
revolvieron inquietos en sus asientos, temerosos de que Boo abriera las fauces y
resultase tener el don del habla, lo cual no me habría sorprendido después de la
noche de Halloween, ni a mí ni a nadie en el condado, considerando la reputación
de Macon Ravenwood.
—El número de personas no del todo honestas en este pueblo es grande, como
pueden ver ustedes mismos. Por eso, han de comprender mi preocupación
cuando supe que las terribles acusaciones contra mi propia familia se sustentaban
en el testimonio de cuatro adolescentes. ¿No sería mejor para todos dejarlo
correr? ¿Acaso no sería lo más… caballeroso, señor?
Hollingsworth tenía toda la pinta de estar a punto de sufrir un ataque, la mujer
sentada junto a él parecía desear que se le tragara la tierra, el señor Ebitt, cuy o
nombre jamás se había mencionado antes de que Macon lo pronunciara, y a
había salido detrás de su mujer. Los restantes miembros del comité estaban
acongojados, temiendo que Ravenwood o su chucho empezasen a contar a todo
el pueblo sus trapos sucios.
—Considero que tal vez esté usted en lo cierto, señor Ravenwood. Quizá
debamos investigar esas acusaciones un poco más antes de seguir con una
instrucción que, probablemente, presente algunas inconsistencias.
—Una sabia elección, señor Hollingsworth, una muy sabia elección. —
Macon caminó hacia el pupitre donde se sentaba Lena y le ofreció el brazo—.
Vamos, Lena. Es tarde, y mañana tienes clase. Lena se incorporó y permaneció
más erguida de lo habitual. El golpeteo de la lluvia en el techo había aminorado
hasta convertirse en un débil tamborileo. Marian le anudó un pañuelo en torno al
cuello y los tres recorrieron el pasillo con Boo avanzando detrás de ellos.
No miraron a nadie más en el recinto.
La señora Lincoln se puso de pie, señaló a Lena con el dedo y bramó:
—¡Su madre es una asesina!
Macon se dio media vuelta y hubo un cruce de miradas. Había algo peculiar
en su expresión, y era la misma que cuando le mostré el guardapelo de
Genevieve. Boo gruñó de forma amenazante.
—Cuidado, Martha, jamás sabes cuándo pueden volver a cruzarse nuestros
caminos.
—Pero se cruzarán, Macon —replicó con una sonrisa que era todo menos
eso. Ignoraba qué había sucedido entre ambos, pero no parecía un simple
rifirrafe.
A pesar de que aún no habían salido al exterior, Marian abrió de nuevo el
paraguas y sonrió a todos con sumo tacto.
—Espero veros a todos en la biblioteca. No lo olvidéis, estamos abiertos hasta
las seis de lunes a viernes. —Indicó la dirección de esta con la cabeza—. « Sin
bibliotecas, ¿qué nos quedaría? No tendríamos pasado ni futuro» . Preguntádselo a
Ray Bradbury, o id a Charlotte y leedlo con vuestros propios ojos en la pared de
la biblioteca pública. —Macon cogió a Marian del brazo, pero ella aún no había
terminado—. Ah, y él tampoco fue a Harvard, señora Lincoln. Ni siquiera pudo
asistir a la universidad.
Y dicho esto, se fueron.
19 de diciembre
Blanca Navidad
NADIE ESPERABA QUE LENA se presentase en el instituto al día siguiente de
la sesión del comité de disciplina, o al menos esa era mi impresión, pero
apareció, tal y como y o sabía que iba a hacer. Todos ignoraban que había
desistido y a una vez de ir a clase y no estaba dispuesta a permitir que sucediera
de nuevo. El instituto era una cárcel para todos los demás, pero para ella era la
libertad. Sólo que no importaba, porque ese fue el día en que mi novia se
convirtió en un fantasma dentro del instituto: nadie la miraba, le dirigía la palabra
o se sentaba cerca de ella, en ningún pupitre, mesa o grada.
La mitad de los alumnos llevaba la camiseta de los Ángeles Guardianes del
Instituto Jackson y a el jueves, y por la forma en que la observaban muchos
profesores, daba la impresión de que a la mitad de ellos también le gustaría
llevarla.
El viernes devolví la camiseta del equipo de baloncesto. Tenía la sensación de
que ya no podíamos estar todos juntos en el mismo equipo, sólo eso, pero el
entrenador se rebotó conmigo y cuando se apagó todo el griterío, meneó la
cabeza y me soltó:
—Estás loco, Wate. Estabas haciendo una temporada estupenda y la has
echado a perder por una chica cualquiera.
Podía oír el tono de su voz. « Una chica cualquiera» . La sobrina del Viejo
Ravenwood.
Aun así, nadie nos dijo ni una sola palabra descortés, al menos no a la cara. Si
la señora Lincoln les había metido en el cuerpo el miedo al Todopoderoso, Macon
Ravenwood había dado a la gente del condado un motivo mayor para el pánico:
la verdad.
La posibilidad era cada vez más real cuando contemplaba los números en la
pared de Lena y los dígitos eran cada vez más pequeños. ¿Y si no podíamos
detener aquello? ¿Y si Lena había tenido razón todo el tiempo y la chica que yo
conocía desaparecía como si jamás hubiera estado allí?
Todo cuanto teníamos era el Libro de las Lunas. Me torturaba un pensamiento:
el libro no iba a bastar, y ni Lena ni yo lográbamos quitarnos la idea de la cabeza
por mucho que lo intentáramos.
—« Existen entre las personas de poder dos fuentes parejas origen de toda magia:
la Luz y la Oscuridad» .
—Creo que ya le hemos pillado el punto a todo el asunto ese de la Oscuridad
y la Luz. ¿No te parece que podríamos pasar ya a la parte buena, esa que se
llamaría « Cómo escapar de tu Día de la Llamada» , o « Cómo derrotar a un
malvado Cataclyst» o « Cómo revertir el paso del tiempo» ?
Yo estaba frustrado y Lena no decía ni pío.
El instituto parecía totalmente abandonado desde nuestra posición en las frías
gradas donde estábamos sentados. En realidad, se suponía que estábamos en la
feria de ciencias, observando con Alice Milkhouse la descalcificación de un
huevo sumergido en vinagre, escuchando a Jackson Freeman argumentar sobre
la inexistencia del calentamiento global y la réplica de Annie Honeycutt sobre
cómo hacer de Jackson una escuela ecológica. Tal vez los Ángeles debieran
empezar por reciclar sus folletitos.
Observé cómo asomaba desde dentro de la mochila el libro de matemáticas.
Me sentía como si en aquel lugar ya no quedara nada que mereciera la pena
aprender. Había aprendido demasiado durante los últimos meses. Lena seguía
con la mente a mil kilómetros de allí, concentrada en el libro. Había empezado a
llevarlo siempre encima para quitarme el miedo que tenía a que Amma pudiera
encontrarlo si me lo dejaba en mi cuarto.
—Aquí dice más sobre los Cataclysts.
El Cataclyst, el más grande de entre la Oscuridad, es el poder del
mundo y el Inframundo, más cercano. El Natural, el más grande de entre
la Luz, es el poder del mundo y el Inframundo, más cercano. Donde uno
se halla, no ha de estar el otro porque en la Oscuridad no puede haber Luz.
—¿Lo ves? No vas a volverte Oscura. Eres una Natural, perteneces a la Luz.
Lena negó con un gesto de la cabeza y señaló el siguiente párrafo con el
dedo.
—Eso mismo piensa mi tío, pero escucha esto:
La verdad se manifestará en la hora de la Llamada. A la hora de la
Oscuridad, aparece la Luz más grande. A la hora de la Luz, aparece la
Oscuridad may or.
Ella tenía razón: no había forma de estar seguro.
—Y la cosa se lía aún más. Ni siquiera entiendo estas palabras.
Para la materia Oscura, arde el fuego Oscuro, y del fuego Oscuro los
poderes de todos los Lilum nacen. En el mundo de los Demonios y los
hechiceros, de la Oscuridad y la Luz.
Todos los poderes unidos hacen el poder y del fuego Oscuro nacerá la
gran Oscuridad y la gran Luz. Cualquier poder es Oscuro, y al mismo
tiempo, es Luz.
—¿Materia oscura? ¿Fuego oscuro? ¿Qué es esto, el Big Bang de los Caster?
—¿Y qué me dices de los Lilum? No había oído esa palabra en la vida, y otra
vez lo mismo, nadie me ha contado nada. Por no saber, ni siquiera sabía que mi
madre seguía viva. —Intentaba sonar sarcástica, pero yo era capaz de apreciar
su pena.
—Tal vez Lilum sea un término antiguo para referirse a los Caster o algo por
el estilo.
—Cuanto más averiguo, menos entiendo.
Y menos tiempo nos queda.
No digas eso.
Me puse en pie en cuanto sonó el timbre.
—¿No vienes?
Negó con la cabeza.
—Voy a quedarme por aquí un rato más. ¿Sola y con aquel frío? Eso era cada
vez más frecuente. Ni siquiera me miraba a los ojos desde la sesión del comité
de disciplina, era como si me considerase uno de ellos. No podía culparla, la
verdad, considerando que toda la escuela y medio pueblo habían decidido
considerarla carne de manicomio, la hija bipolar de una asesina.
—Cuanto antes acudas a clase, mejor. No conviene darle más munición al
director Harper.
Volvió la vista atrás y miró el edificio.
—Para lo que importa eso ahora…
Se ausentó del instituto el resto de la tarde o, al menos, si estaba allí, no me
escuchaba, y no se presentó al examen de química sobre la tabla periódica.
No eres Oscura, Lena. Yo lo sabría.
Tampoco acudió a clase de historia, donde representamos el debate entre
Douglas y Lincoln. El profesor Lee me obligó a actuar en el bando pro
esclavitud, seguro que como castigo ante la posibilidad de que hiciese un posible
trabajo de tendencia liberal.
No les dejes que se salgan con la suya. No tienen que importarte.
No vino tampoco a clase de lenguaje de signos, donde me sacaron a la
pizarra delante de todos para comunicar por señas la rima infantil ¿Dónde estás,
estrellita?, para recochineo del equipo de baloncesto.
No voy a ir a ninguna parte, L. No puedes dejarme fuera.
Fue entonces cuando me di cuenta de que en realidad sí podía.
Al día siguiente, a la hora de la comida, ya no aguantaba más. La esperé a la
salida de trigonometría, la llevé hasta un rincón de la entrada, tiré la mochila al
suelo, cogí su rostro entre las manos y la acerqué a mí.
¿Qué haces, Ethan?
Esto.
Cuando nuestros labios se tocaron, noté cómo mi calor penetraba lentamente
en su gelidez. Experimenté la sensación de que su cuerpo se fundía en el mío y
cómo volvía a unirnos esa pulsión que nos había mantenido juntos desde el
principio. Lena soltó los libros, pasó los brazos alrededor de mi cuello y respondió
a mi contacto. Me sentí ligeramente aturdido.
Entonces sonó el timbre y ella, jadeante, me alejó de un empujón. Me
agaché para recoger su ejemplar de The Pleasures of the Damned: Poems,
1951-1993, una antología de Charles Bukowski, y también su cuaderno;
últimamente no paraba de escribir en él a pesar de que se caía a pedazos.
No deberías haberlo hecho.
¿Por qué no? Eres mi novia y te echaba de menos.
Me quedan cincuenta y cuatro días, Ethan. Ya es hora de que dejemos de fingir
que podemos cambiar las cosas. Será más fácil si ambos lo aceptamos.
Lo decía de un modo que parecía aludir a algo más que a su cumpleaños, se
refería a otras cosas que tampoco podíamos alterar.
Se dio la vuelta con intención de alejarse, pero la cogí del brazo antes de que
pudiera darme la espalda. Si estaba diciendo lo que yo pensaba que me estaba
diciendo, quería que me lo dijera mirándome a la cara.
—¿Qué quieres decir, L? —logré preguntar a duras penas.
Desvió la mirada.
—Ethan, tú crees que esto puede acabar bien, lo sé, y tal vez yo también…
durante un tiempo, pero no vivimos en el mismo mundo, y en el mío, querer que
algo suceda con desesperación no basta para lograr que suceda. —Siguió sin
mirarme a los ojos—. Somos demasiado diferentes.
—¿Ahora somos muy diferentes, ahora, después de todo lo que hemos pasado
juntos? —inquirí, hablando cada vez más alto. Un par de personas se volvieron a
mirarme a mí, pero no a Lena.
Somos diferentes. Tú eres un mortal y yo una Caster, y esos mundos pueden
interactuar, pero jamás serán el mismo. No estamos destinados a vivir en ambos.
En realidad, lo que estaba diciendo era que ella no quería vivir en ambos. Al
final, Emily y Savannah, los del equipo de baloncesto, la señora Lincoln, el señor
Harper y los Ángeles Guardianes se habían salido con la suya.
Esto es por lo del comité de disciplina, ¿verdad? No les dejes…
No tiene nada que ver con eso. Es todo. Este no es mi sitio, Ethan, y sí el tuyo.
Así que ahora soy uno de ellos. ¿Es eso lo que estás diciendo?
Cerró los ojos y casi fui capaz de leer el follón mental que tenía en la cabeza.
No estoy diciendo que seas como ellos, pero sí eres uno de ellos. Has vivido en
este lugar toda tu vida. Cuando esto se acabe, cuando yo sea Llamada, tú vas a
seguir en estos pasillos y en estas calles, y lo más probable es que yo no esté aquí,
pero tú sí, y quién sabe durante cuánto tiempo, y, como tú mismo dijiste, la gente
de Gatlin no olvida jamás.
Dos años.
¿Qué…?
Ese es todo el tiempo que voy a estar aquí.
Dos años es mucho tiempo para ser invisible, créeme, lo sé.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Ella se limitó a quedarse allí,
quitando trocitos de papel enganchados en la espiral de su cuaderno.
—Estoy cansada de enfrentarme a eso, estoy harta de fingir que soy normal.
—No puedes rendirte ahora, no después de lo mucho que has peleado. No
puedes dejarles que se salgan con la suy a.
—Ya lo han hecho. Ganaron el día que me cargué la ventana en inglés.
Había algo en su voz que me decía que se había rendido a algo más que a lo
del instituto.
—¿Estás rompiendo conmigo? —pregunté, y contuve el aliento.
—No me lo pongas más difícil, por favor. Tampoco es lo que y o quiero.
—Pues entonces no lo hagas.
No podía respirar ni pensar. Era como si el tiempo se hubiera detenido de
nuevo, como ocurrió durante la cena de Acción de Gracias, salvo por una cosa:
esta vez no era cosa de la magia, era justo todo lo contrario.
—Sólo pienso que las cosas serán más fáciles de este modo. No ha cambiado
lo que siento por ti.
Levantó los ojos centelleantes a causa de las lágrimas, se dio media vuelta y
huyó por el pasillo con tanto sigilo que se hubiera podido escuchar el golpe de un
lápiz al chocar contra el suelo.
Feliz Navidad, Lena.
Pero no había nadie para oír la felicitación. Se había marchado y eso era algo
para lo que no iba a estar preparado ni en cincuenta y tres días, ni en cincuenta y
tres años ni en cincuenta y tres siglos.
Cincuenta y tres minutos después estaba mirando fuera, por la ventana, lo cual
era toda una declaración de intenciones si se tenía en cuenta que el comedor
estaba lleno hasta los topes. Gatlin estaba gris, las nubes habían encapotado el
cielo, pero no parecía que fuera a nevar. No había nevado en el condado desde
hacía años. A lo sumo, y con mucha suerte, caían cuatro copos menudos una vez
al año, pero no había nevado un solo día desde que cumplí los doce.
Deseaba que nevase como entonces, deseaba ser capaz de dar marcha atrás
y estar otra vez con Lena para tener la ocasión de decirle que me daba lo mismo
si me odiaba todo el pueblo, y a que eso carecía de importancia. Ya estaba
perdido cuando la encontré en mis sueños y ella me encontró ese día de lluvia.
Parecía que siempre era yo quien intentaba salvar a Lena, pero lo cierto era que
había sido ella la que me había salvado a mí, y no estaba preparado para estar sin
ella.
—Eh, tío —me saludó Link, y se deslizó sobre el banco al otro lado de la mesa
vacía—. ¿Dónde está Lena? Quería darle las gracias.
—¿Por qué?
Mi amigo sacó del bolsillo una hoja de cuaderno doblada.
—Me escribió una canción. Qué guay, ¿eh?
Ni siquiera pude mirar el papel. Ahora resultaba que Lena le hablaba a Linky
a mí no.
—Escucha, tengo que pedirte un favor. —Cogió un trozo de pizza.
—Claro —repuse—, ¿qué quieres?
—Ridley y yo nos vamos a ir a Nueva York en vacaciones, pero, por si
alguien te pregunta, todo lo que sabes es que estoy de retiro espiritual en un
campamento cristiano de Savannah.
—Allí no hay ningún campamento cristiano.
—Ya, pero mi madre no lo sabe y yo le dije que me había apuntado porque
tenían una especie de banda de rock baptista.
—¿Y se ha tragado eso?
—Lleva muy rara una temporada, lo cual me preocupa, pero me ha dado
permiso para ir.
—La opinión de tu madre da igual: no puedes ir. Hay cosas que ignoras de
Ridley, ella es… peligrosa. Podría ocurrirte… algo.
Se le iluminaron los ojos. Jamás le había visto así, pero también era cierto que
en los últimos tiempos apenas habíamos estado juntos. Había pasado hasta el
último minuto con Lena, pensando en ella, en su cumpleaños y en el libro: los
temas recurrentes de mi mundo hasta hacía una hora.
—Eso es lo que estoy esperando. Además, me muero por esa tía. Me pone las
pilas de verdad, ¿sabes?
Se llevó el último trozo de pizza de mi bandeja.
Durante un segundo me planteé contárselo todo, como en los viejos tiempos,
y hablarle de Lena y de su familia, de Ridley, Genevieve y Ethan Cárter Wate.
Mi amigo y a estaba al tanto de cómo empezaba la historia, lo que yo no tenía tan
claro era si iba a creerse el resto, o si estaba dispuesto a hacerlo, pero pedir
ciertas cosas resultaba excesivo incluso aunque se tratara de tu mejor amigo. No
podía arriesgarme a perder a Link justo ahora. Debía hacer algo. No podía
dejarle ir a Nueva Yorkni a ningún otro lugar en compañía de Ridley.
—Hazme caso, tío. Debes confiar en mí. No te líes con ella. Sólo te está
usando y al final lo vas a pasar mal.
Link aplastó una lata de coca cola con los dedos.
—Vale, lo pillo. Si la tía más guapa del pueblo se pirra por mí, está
utilizándome, ¿es eso? ¿Te crees que eres el único que puede tener una novia que
esté buena? ¿Desde cuándo eres tan creído?
—No he dicho eso.
Link se levantó.
—Me da la impresión de que los dos sabemos lo que has dicho. Olvida el
favor que te he pedido.
Era demasiado tarde. Ridley ya lo tenía en el bote. Nada de lo que yo dijera
iba a hacerle cambiar de opinión y y o no podía perder a mi novia y a mi mejor
amigo el mismo día.
—Escucha, escucha, no quería decirlo de ese modo. Yo no voy a decirle nada
a tu madre, pero ¿qué más da?, como si ella me dirigiera la palabra.
—Estupendo. Debe de ser duro que tu mejor amigo sea alguien tan guapo y
con tanto talento como y o.
Linkme cogió una galleta de la bandeja y la partió en dos. Igual podría haber
sido un Twinkie cubierto de mugre tirado en el suelo del autobús. Fin del
problema. Se necesitaba algo más que una chica, aunque fuera una Siren, para
interponerse entre nosotros.
Emily le estaba mirando.
—Harías bien en irte antes de que esa le chive a tu madre que me hablas o se
acabaron para ti los campamentos cristianos, reales o imaginarios.
—Me da igual.
Pero no era cierto. Link no quería quedarse encerrado en casa con su madre
durante las fiestas de Navidad ni que le expulsaran del equipo ni que le
repudiaran todos los alumnos del instituto, y eso era así, aunque fuera demasiado
estúpido o demasiado leal como para comprenderlo.
El lunes eché una mano a Amma para bajar del desván las cajas con los adornos
navideños. Los ojos se me llenaron de lágrimas por culpa del polvo, o eso me
dije a mí mismo. Encontré un pueblecito en miniatura iluminado por lucecillas
blancas como las que utilizaba mi madre para adornar el árbol de Navidad, bajo
el cual extendía unas tiras de algodón y todos fingíamos que eran nieve.
Las casitas habían pertenecido a su abuela y ella les tenía tanto cariño que y o
también me había encariñado con ellas, incluso aunque estuvieran hechas con
cartón endeble, pegamento y papel de estaño, y la mitad de las veces se caían
cada vez que las ponía derechas.
—Las cosas viejas son mejores que las nuevas, Ethan —me decía ella
mientras alzaba un viejo coche de hojalata—. Imagina a mi tatarabuela jugando
con este mismo coche, arreglando este mismo pueblecito debajo del árbol, como
nosotros, exactamente igual.
¿Cuánto hacía que no había contemplado ese pueblecito? Al menos desde la
última vez que vi a mi madre. Ahora parecía más pequeño que antes, el cartón se
había dado de sí y estaba gastado. El pueblo parecía abandonado y eso me
entristeció. No sabía explicar la razón, pero tenía la sensación de que la magia
había desaparecido con mi madre, y entonces, a pesar de todo, intenté contactar
con Lena.
Todo se ha perdido. Las cajas siguen ahí, pero nada funciona. Ella no está aquí
y esto ya no es ni siquiera un pueblo. Y jamás podrás conocerla.
Pero no hubo respuesta alguna por parte de Lena. Había desaparecido, eso o
me había desterrado de su mente, y no sabía muy bien cuál de las dos opciones
era peor. Yo estaba más solo que la una y sólo existía una cosa que empeorase el
aislamiento: que todos vieran tu soledad. Por eso me dirigí al único lugar del
condado donde estaba seguro que no iba a ir nadie: la biblioteca del condado de
Gatlin.
—¿Tía Marian?
Como de costumbre, no había un alma en la biblioteca, y hacía un frío de
aúpa. Supuse que Marian debía de tener pocos visitantes después de cómo habían
ido las cosas con el comité de disciplina.
—Estoy aquí atrás.
Estaba sentada en el suelo, arropada por el abrigo y en medio de varios
montones de libros, como si se le acabaran de caer encima las estanterías.
Sostenía un libro en las manos mientras declamaba en voz alta, impelida por uno
de sus habituales trances de lectura.
Le vemos venir, le conocemos,
al que con su luz y sus aguas
de flores cubre las tierras calmas.
La bondad del mundo recibimos.
Cerró el libro.
—Es una canción de Navidad que escribió Robert Herrick para cantarla ante
el rey en Whitehall Palace —me explicó con una voz tan distante como la de
Lena en los últimos tiempos, y yo lo noté.
—No me suena de nada ese nombre, lo siento. —Hacía tanto frío que podía
ver su aliento cuando hablaba.
—¿A quién te recuerda esto? « De flores cubre las tierras calmas. La bondad
del mundo…» .
—¿Te refieres a Lena? Apuesto a que la señora Lincoln pondría un montón de
objeciones.
Me senté a su lado entre los libros dispersos por el suelo del pasillo.
—La señora Lincoln… ¡Qué criatura tan triste! —La bibliotecaria sacudió la
cabeza y sacó otro libro—. Dickens pensaba que la Navidad era un tiempo para
« abrir libremente los cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo
como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie
embarcados con otro destino» .
—¿Está estropeada la calefacción? ¿Quieres que avise a Gatlin Electric?
—No la he encendido. Supongo que se me fue el santo al cielo. —Acarició el
libro y lo devolvió a su lugar en el montón—. Es una lástima que Dickens no
viniera jamás a Gatlin. Por aquí tenemos corazones cerrados para dar y tomar.
Elegí un tomo, resultó ser un poemario de Richard Wilbur, y lo abrí al azar.
Hundí el rostro entre sus páginas para apreciar mejor el olor y miré por encima
los versos.
¿Cuál es el opuesto de dos?
Tú y yo en soledad.
¡Qué raro! Así era exactamente como me sentía. Cerré el volumen de golpe
y miré a Marian.
—Gracias por ir a lo del comité, tía Marian. Espero que no te hay a traído
muchos problemas. Me siento como si fuera culpa mía.
—No lo es.
—Ya, pero tengo esa sensación.
Dejé caer el libro.
—¿Qué…? ¿Ahora eres el padre creador de la ignorancia? ¿Has enseñado a
odiar a la señora Lincoln y a tener miedo al señor Hollingsworth?
Me senté a su lado y nos quedamos los dos allí, rodeados por montañas de
libros. Alargó el brazo y me cogió la mano.
—Tú no empezaste esta batalla, Ethan, y me temo que no vas a terminarla, ni
yo tampoco, por cierto. —Su semblante adquirió un tono más grave—. Estos
libros estaban apilados así como los ves cuando vine esta mañana. No sé cómo
han llegado hasta aquí, ni por qué. Cerré con llave al irme ayer y las puertas
seguían cerradas cuando llegué a primera hora. Sólo sé una cosa: al sentarme y
echarles un vistazo he descubierto que todos y cada uno de ellos tienen un
mensaje para mí, una indicación aquí y ahora. Puede referirse a Lena, a ti e
incluso a mí.
Negué con la cabeza.
—Es pura coincidencia. Los libros tienen ese tipo de cosas.
Sacó de la pila un libro al azar y me lo dio.
—Prueba. Ábrelo.
—Julio César, de William Shakespeare.
Lo abrí y empecé a leer.
Los hombres en algún momento son dueños de su destino.
La culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas,
sino en nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Marian bajó la cabeza para poder mirarme por encima de las gafas.
—Yo sólo soy la bibliotecaria. Te doy los libros y nada más, no puedo darte
las respuestas. —De todos modos, sonreía—. El asunto con el destino es… ¿eres
tú el dueño de tu existencia o es cosa de las estrellas?
—Tía, me fastidia interrumpirte, pero yo jamás he leído esa obra… ¿Me
estás hablando de Julio César o de Lena?
—Eso dímelo tú.
Nos pasamos el resto de la hora rebuscando en el montón, mirándonos a la
hora de leernos fragmentos. Al final, supe por qué había ido allí.
—Tía Marian, necesito entrar otra vez en el archivo.
—¿Hoy? ¿No tienes nada mejor que hacer, como comprar los regalos de
Navidad, por ejemplo?
—Yo no voy de tiendas.
—Bien dicho. En cuanto a mí, « me gustan las Navidades en su conjunto.
Aúnan paz y buena voluntad, aunque sea con cierta torpeza, pero esta es mayor
cada año» .
—¿Un poco más de Dickens?
—E. M. Forster.
Suspiré.
—No soy capaz de explicarlo, pero creo que necesito estar con mi madre.
—Lo sé, yo también la echo de menos.
En realidad, no me había detenido a pensar cómo iba a hablarle a Marian de
mis sentimientos, del pueblo, y de esa sensación de que todo iba mal. Las
palabras apenas me salían y hablé a trompicones.
—Creí que podría sentirme como antes si venía aquí y estaba rodeado de
libros. Tal vez así pudiera percibir las cosas como eran antes, tal vez incluso
podría hablarle. Una vez fui a su tumba, pero eso no me hizo sentirla más cerca.
—Clavé los ojos en una mota aislada de la alfombra.
—Lo sé.
—No logro imaginármela en la fosa. No tiene sentido. ¿Cómo es posible sentir
cariño hacia alguien enterrado ahí abajo, en un agujero solitario, donde sólo hay
frío, polvo y bichos? No debería ser así, no debería terminar de ese modo
después de todo lo que ella fue.
Intenté desterrar de mi mente la imagen de mi madre ahí abajo,
convirtiéndose en polvo, huesos y fango. Odiaba la idea de que hubiera tenido
que pasar sola por todo esto, como ahora me estaba tocando hacer a mí.
—¿Cómo desearías ponerle fin a eso? —inquirió la bibliotecaria mientras me
ponía una mano en el hombro.
—No lo sé… Alguien, quizá y o, debería levantar un monumento o algo por
estilo.
—¿Como el del general? Tu madre se habría tronchado de risa. —Marian me
rodeó con un brazo—. Sé a qué te refieres. Tu madre no está allí, está aquí, en
este sitio.
Me tendió la mano, yo se la cogí y tiré de ella para ay udarle a levantarse; y
así cogidos, como si todavía fuese ese niño a quien ella cuidaba mientras mi
madre trabajaba en la parte trasera, anduvimos todo el camino hasta llegar al
archivo. Sacó un juego de llaves y abrió la puerta, pero no me siguió.
Una vez dentro de la sala, me dejé caer en la silla situada frente al escritorio
de mi madre. Su silla era de madera y tenía grabada la insignia de la Universidad
de Duke. Tenía entendido que se la habían regalado cuando se licenció con
matrícula de honor o algo parecido. No era cómoda, pero sí reconfortante y
hogareña. Olía a barniz viejo y seguro que la habría chupeteado de pequeño. En
ese momento me noté mejor de lo que había estado en varios meses. Podía
percibir el olor de los libros forrados de papel, los viejos pergaminos desgastados,
el polvo, los archivadores baratos. Distinguía en la singular atmósfera de esa
singular estancia el no menos singular universo de mi madre. Para mí, era el
mismo que cuando tenía siete años y me sentaba en su regazo, con el rostro
enterrado en su hombro.
Quería ir a casa. No tenía ningún otro destino posible sin Lena.
En el escritorio, oculta entre los libros, había una pequeña fotografía en
blanco y negro enmarcada donde aparecían mis padres en el estudio de nuestra
casa. La cogí para examinarla. Era una foto de hacía muchísimo tiempo; su
destino más probable habría sido la solapa de algún libro, en alguno de los
primeros trabajos de mi padre, cuando este todavía era historiador y ellos aún
trabajaban juntos. Vestían a la moda de la época, con unos pantalones horrorosos
y esos peinados tan graciosos, y podía verse la felicidad en sus rostros. Resultaba
duro contemplarlos y más aún apartar la vista. Centré la atención en su escritorio,
donde, entre las pilas de libros cubiertos de polvo, uno me llamó la atención. Lo
saqué de debajo de una enciclopedia sobre las armas de la Guerra de Secesión y
un catálogo de hierbas originarias de Carolina del Sur. No sabía de qué obra se
trataba, sólo que había usado como marcapáginas un tallo largo de romero, lo
cual me hizo sonreír: al menos no había usado un calcetín o una cuchara sopera
sucia.
Era el libro de cocina de la Liga Juvenil del condado de Gatlin: Pollo frito y su
réplica. Se abría sólo por la página de la receta de Betty Burton: tomates verdes
fritos, la favorita de mí madre. Miré de cerca el romero usado como
marcapáginas. La receta favorita de mi madre tenía el conocido aroma de Lena.
Tal vez los libros intentaran decirme algo.
—¿Tienes previsto freír tomates, tía Marian?
Asomó la cabeza por la entrada.
—¿Me ves a mí con pinta de tocar un tomate? Pues cocinarlo aún menos.
—Eso pensaba y o… —Me quedé mirando la ramita de romero.
—Tu madre y y o sólo discrepábamos en eso.
—¿Puedo llevarme este libro? Sólo durante unos días.
—No tienes que pedírmelo, Ethan. Son las cosas de tu madre, no hay nada en
este despacho que ella no habría querido que tú tuvieras.
Me moría de ganas de hablar con ella del romero que había encontrado en el
recetario, pero no podía, era incapaz de enseñárselo a nadie y tampoco quería
desprenderme del libro, aunque jamás había frito un tomate en mi vida y lo más
probable era que nunca lo hiciera.
—Ven si me necesitas, estoy aquí a tu disposición y a la de Lena, eso y a lo
sabes. Haría cualquier cosa por vosotros.
Me apartó un mechón de los ojos y me sonrió. No era la sonrisa de mi
madre, pero sí una de mis sonrisas favoritas.
Marian me dio un abrazo, y de pronto arrugó la nariz.
—¿No hueles aquí a romero?
Me encogí de hombros antes de escabullirme hacia la puerta y salir al
exterior, bajo un cielo gris encapotado. Puede que el Julio César de Shakespeare
tuviera razón, tal vez había llegado el momento de asumir mi destino y el de
Lena. Estuviera o no escrito nuestro sino en las estrellas, no podía cruzarme de
brazos y esperar a averiguarlo.
No daba crédito a mis ojos cuando salí a la calle y vi que nevaba. Alcé el rostro
y dejé que la nieve se posara sobre mi semblante helado. Los gruesos copos
caían revoloteando. No era una nevada, no del todo. Era un don, un milagro, unas
Navidades blancas, igual que la canción.
Me dirigí al porche. Lena, con la capucha bajada, me estaba esperando en los
escalones. En cuanto la vi, adiviné qué era la nieve: una ofrenda de paz.
Todas las piezas descartadas del puzzle de mi vida encajaron en cuanto ella
me sonrió. Todo lo torcido se enderezó, bueno, todo no, pero casi todo.
Me senté a su lado en los escalones.
—Gracias.
Lena se inclinó sobre mí.
—Sólo quería que te sintieras mejor. Estoy hecha un lío, Ethan. No quiero
hacerte daño. No sé qué haría si te pasara algo.
Repasé el contorno húmedo de su melena con el dedo.
—No me apartes de tu lado, por favor. No soportaría perder a ningún otro ser
querido.
Le bajé la cremallera del anorak, deslicé un brazo alrededor de su cintura y
lo metí por debajo de su chaqueta antes de atraerla hacia mí. La besé y no
paramos hasta que tuve la impresión de que íbamos a derretir la nieve del patio si
no nos deteníamos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó mientras recobraba el aliento. Volví a besarla
hasta agotar el aire de los pulmones y me retiré.
—Creo que se llama destino. Llevaba esperando desde el baile para hacer
esto y no voy a esperar más.
—¿Ah, no?
—No.
—Bueno, pues un poquito más sí. Sigo castigada. Mi tío piensa que estoy en la
biblioteca.
—Me da igual que estés castigada, y o no lo estoy. Me mudaré a tu casa si no
queda otro remedio y dormiré con Boo en la perrera.
—Tiene un dormitorio propio y duerme en una cama con dosel.
—Mejor me lo pones.
Esbozó una sonrisa y me agarró de la mano.
—Te he echado de menos, Ethan Wate. —Me besó otra vez.
Empezó a nevar con ganas y los copos nos cubrieron, pero se derretían al
poco tiempo de entrar en contacto con nuestra piel: era como si nos hubiéramos
vuelto radioactivos.
—Quizás estés en lo cierto, tal vez debamos pasar juntos el may or tiempo
posible antes de que… —Enmudeció de pronto, pero adiviné por dónde iban sus
pensamientos.
—Algo se nos ocurrirá, Lena, te lo prometo.
Asintió con poco entusiasmo y se acurrucó entre mis brazos. Percibí cómo la
calma se instalaba de nuevo entre nosotros.
—Hoy no quiero pensar en eso. —Y me empujó con gesto juguetón,
devolviéndome al mundo de los vivos.
—¿Ah, no? ¿Y en qué te apetece pensar entonces?
—En ángeles de nieve. Jamás he hecho uno.
—¿De veras? ¿Los de tu estirpe no hacen ángeles?
—Los ángeles no son el problema. Nos mudamos a Virginia a los pocos
meses de nacer y o, así que jamás he vivido en ningún lugar donde nieve.
Una hora más tarde nos sentábamos en la mesa de la cocina, empapados de los
pies a la cabeza. Amma había ido al Stop & Steal, así que intentamos entrar en
calor con un triste chocolate caliente invento mío.
—No termina de convencerme esta forma tuy a de hacer chocolate caliente
—se burló Lena mientras y o echaba una generosa ración de chips de chocolate
en un cuenco lleno de leche recalentada en el microondas.
¿El resultado? Un líquido entre blancuzco y amarronado lleno de grumos. A
mí me pareció estupendo.
—¿Sí…? ¿Y cómo lo harías tú? « Cocina, chocolate caliente, por favor» —
dije, imitando su voz aguda. El resultado sonó rarísimo.
Esbozó una de esas sonrisas que tanto había echado de menos, aunque sólo
habían transcurrido unos pocos días. La habría añorado aun cuando hubieran sido
únicamente unos minutos.
—Y hablando de Cocina, debo irme. Le dije a mi tío que iba a la biblioteca y
a esta hora ya ha cerrado.
La arrastré a mi regazo. Se me hacía muy cuesta arriba no tocarla
constantemente ahora que podía hacerlo otra vez. Me encontré buscando
pretextos para hacerle cosquillas o acariciarle el pelo, las manos, las rodillas. La
atracción entre nosotros era como la de un imán. Lena se apoy ó sobre mi pecho
y allí se quedó hasta que en el piso superior oímos unos pasos amortiguados.
Reaccionó como un gato asustado: se alejó de mí con un brinco.
—No te preocupes, es mi padre dándose una ducha. Ya no sale del estudio
para otra cosa.
—Está peor, ¿verdad? —Me cogió de la mano. Ambos sabíamos que en
realidad no era una pregunta.
—Mi padre no era así antes de que muriera mi madre. Se le fue la olla
después.
No necesité contarle el resto. Me había oído darle vueltas al asunto un montón
de veces; le había hablado del fallecimiento de mi madre, de cómo dejamos de
preparar tomates fritos, de la pérdida de algunas piezas del pueblecito del Belén
de Navidad, de cómo ella y a no estaba allí para pararle los pies a la señora
Lincoln… y nada volvió a ser como antes.
—Lo siento.
—Lo sé.
—¿Por eso fuiste hoy a la biblioteca? ¿En busca de tu madre?
La miré y le aparté el pelo del rostro. Luego, asentí y saqué el romero del
bolsillo y lo dejé con delicadeza encima de la mesa.
—Ven, quiero enseñarte algo.
La cogí de la mano y tiré de ella para levantarla de la silla. Nos deslizamos
por el viejo suelo de madera con los calcetines empapados y nos detuvimos en la
puerta del estudio. Alcé la vista y busqué el cuarto de mi padre con los ojos.
Agucé el oído; ni siquiera había empezado a ducharse, así que disponíamos de
mucho tiempo todavía. Probé suerte con el picaporte.
—Está echada la llave. —Lena frunció el ceño—. ¿La tienes?
—Un momento, mira lo que pasa…
Nos quedamos delante de la puerta, mirándola fijamente. Me sentí un
imbécil, y algo parecido debió de pensar Lena, pues se echó a reír. La puerta se
abrió sola justo cuando estaba a punto unirme a sus risillas, que se apagaron de
inmediato.
No es un conjuro o lo percibiría.
Se supone que debo entrar, bueno, debemos entrar.
La puerta se cerró cuando retrocedí. Lena alzó una mano y cuando iba a usar
sus poderes para abrir el picaporte, le toqué con suavidad la espalda.
—Creo que debo hacerlo y o, Lena.
En cuanto rocé de nuevo el pomo, el cerrojo se descorrió. Entré en el estudio
por vez primera en años. Seguía siendo el mismo lugar aterrador y oscuro. El
cuadro de la pared, cubierto por un paño, todavía pendía sobre el sofá
descolorido. Los folios de la última novela de mi padre se apilaban debajo de la
ventana, en el escritorio de caoba, sobre el ordenador y encima de la silla, se
hacinaban incluso en la alfombra persa en montones cuidadosamente dispuestos.
—No toques nada. Se daría cuenta.
Lena se puso de cuclillas y observó fijamente la pila más próxima. Cogió una
hoja y la puso debajo de la lámpara de bronce del escritorio.
—Ethan.
—No enciendas la luz. No quiero que baje y se ponga fuera de sí al vernos.
Me mataría si supiera que estamos aquí. Sólo se preocupa de su libro.
Me dio la hoja sin despegar los labios. La cogí. Estaba llena de garabatos. No
eran palabras escritas de mala manera, sólo pintarrajos. Eché mano a un montón
de folios cercanos, emborronados todos por líneas llenas de trazos y garabatos.
Cogí un papel del suelo, sólo había en él hileras de círculos. Rebusqué entre las
pilas de papel desperdigadas por el escritorio y el suelo. Había páginas y páginas
llenas de garabatos y dibujos, y ni una sola palabra.
Entonces lo entendí: no existía ningún libro.
Mi padre no era escritor. Ni siquiera era un vampiro.
Estaba como una regadera.
Me acuclillé y apoy é las manos en las rodillas, tenía mal cuerpo. Debería
haberlo visto llegar. Lena me acarició la espalda.
Todo va bien. Sólo está pasando un momento difícil. Volverá a ti.
No lo hará. Mi madre se ha marchado y ahora le estoy perdiendo a él.
¿Qué había hecho mi padre durante todo ese tiempo? ¿Evitarme? Si no estaba
trabajando en la gran novela americana, ¿qué sentido tenía trabajar de noche y
dormir de día? Si estaba trazando una línea de círculos tras otra, ninguno. ¿Acaso
estaba escapando de su único hijo? ¿Lo sabía Amma? ¿Estaban al corriente todos
menos y o?
No es culpa tuya. No te tortures por esto.
En esta ocasión era y o quien había perdido el control. La ira me desbordó. Le
di un manotazo al portátil situado sobre su mesa, haciendo volar un buen número
de folios, derribé la lámpara de bronce y, sin pensarlo siquiera, le di un tirón a la
tela que cubría el cuadro. El lienzo rebotó en el sofá y dio una voltereta antes de
caer al suelo, chocando contra una balda de libros situada a baja altura. Un
montón de libros se desparramó por la alfombra.
—Mira el cuadro —me instó Lena mientras lo recogía de entre los libros de la
alfombra.
Era un retrato mío.
Un soldado confederado de 1865, pero no había duda posible: era y o.
Ninguno de los dos tuvo que leer la etiqueta escrita a lápiz que había en la
parte posterior del marco para conocer su identidad. Nos parecíamos incluso en
los mechones de su enmarañada melena castaña, que le invadían el rostro.
—¡Por fin nos conocemos, Ethan Cárter Wate! —le saludé justo antes de oír a
mi padre bajar las escaleras con torpeza.
—¡Ethan Wate!
Lena lanzó una mirada a la entrada, asustada, y gritó:
—¡Puerta!
Esta se cerró de golpe y se atrancó. Alcé una ceja, asombrado. Jamás iba a
terminar de acostumbrarme a aquello.
Mi padre llamó con el puño.
—¿Estás bien, Ethan? ¿Qué ocurre ahí dentro?
Le ignoré. Tampoco sabía qué otra cosa podía hacer. En ese momento
tampoco me sentía capaz de mirarle a la cara. Entonces fue cuando me fijé en
los libros.
—Mira. —Me arrodillé junto al más cercano, abierto por la página tres. Pasé
a la página cuatro, pero volvió a la página anterior por sí solo, exactamente igual
que el cerrojo de la puerta—. ¿Eso es cosa tuya?
—¿De qué me hablas? No podemos quedarnos aquí la noche entera.
—Marian y y o nos pasamos casi todo el día en la biblioteca y suena a locura,
lo sé, pero ella cree que los libros intentan decirnos cosas.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. Asuntos sobre el destino, sobre la señora Lincoln o sobre ti.
—¿Sobre mí?
—¡Abre esa puerta, Ethan!
Mi padre se puso a aporrear la puerta. Él me había mantenido fuera del
estudio mucho tiempo, ahora me tocaba a mí.
—Encontré en el archivo una fotografía de mi madre en este estudio y
también uno de sus libros de cocina con una ramita de romero como
marcapáginas en su receta favorita. Romero fresco. ¿Lo pillas? Eso tiene algo
que ver contigo y con mi madre, y ahora estamos aquí, es como si algo me
quisiera en esta habitación, o bueno, no sé, alguien…
—O tal vez pensaste en ello sólo porque viste la foto.
—Quizá, pero echa un ojo a esto.
Cogí la Historia constitucional y pasé otra vez de la página tres a la cuatro, y
otra vez la hoja cobró vida para regresar por su cuenta a la tres.
—¡Qué raro!
Lena se volvió hacia el siguiente libro, Carolina del Sur: de la cuna a la tumba,
que estaba abierto por la página doce. La pasó a la anterior y regresó a la doce
por iniciativa propia.
Me aparté el pelo de los ojos.
—Pero esta página no dice nada, es un mapa. Los libros de Marian estaban
abiertos en ciertas páginas porque intentaban decir algo, parecían mensajes; en
cambio, los de mi madre no parecen transmitir nada.
—Podría ser un código o algo así.
—Mamá era un desastre en mates. Era escritora —repuse, como si eso
bastara para explicarlo, pero no era así, y mi madre lo sabía mejor que nadie.
Lena cogió el siguiente libro.
—Página uno. Es la del título, ese no puede ser el contenido.
—¿Por qué iba a dejarme un código? —me pregunté, expresando en voz alta
mis pensamientos.
Lena seguía teniendo respuesta para eso.
—Porque siempre te sabes el final de las pelis, porque creciste en compañía
de Amma, ley endo novelas de misterio y haciendo crucigramas. Quizá tu madre
pensó que te percatarías de algo que los demás pasarían por alto.
Mi padre siguió golpeando la puerta con desgana. Me fijé en el siguiente libro.
Página nueve. Otro se abrió por la trece. Todas las cifras eran inferiores a
veintinueve a pesar de que todos los libros eran unos tochos con muchísimas más
páginas.
—El alfabeto tiene veintinueve letras, ¿no?
—Sí.
—¡Ya está, eso es! Cuando iba a misa de pequeño y no había forma de que
me estuviera quieto y sentado con las Hermanas, mi madre empezó a usar el
papel con los horarios de misas para entretenerme con pasatiempos: el ahorcado,
juegos de letras y este, el código alfabético.
—Espera, déjame coger un boli. —Cogió uno del escritorio—. Si la letra A es
uno y la letra B es dos, a ver qué sale…
—Cuidado, a veces me gustaba hacerlo al revés: la letra Z sería uno en tal
caso.
Lena y y o permanecimos sentados en medio de los libros, mirando unos y
otros mientras mi padre se dedicaba a aporrear la puerta. Le ignoré, tal y como
él había hecho conmigo. No iba a responderle ni darle explicación alguna. Que
probase un poco de su propia medicina para variar.
—14, 1, 15, 1, 23, 6.
—¿Qué haces ahí dentro, Ethan? ¿Qué es todo ese ruido?
—1, 23, 10… 15, 10, 22, 15, 1.
Miré a Lena. No necesitaba el papel que me tendía: iba un paso por delante.
—Tengo la impresión de… El mensaje es para ti.
Eso estaba tan claro como si mi madre estuviera en el estudio y fuera ella
quien pronunciase esas palabras.
Llámate a ti misma.
Era un mensaje para Lena.
En cierto modo, mi madre continuaba allí, en algún lugar del universo. Mi
madre seguía siendo mi madre aunque sólo viviera detrás de las puertas
cerradas, en sus libros y en el olor a tomates fritos y papel viejo.
Ella vivía.
Mi padre seguía allí delante, en albornoz, cuando por fin abrí la puerta. Su mirada
pasó de largo por mí y se fijó en el estudio, donde las páginas de su novela
imaginaria y acían dispersas sobre el suelo y el cuadro de Ethan Cárter Wate
descansaba sobre el sofá.
—Ethan, yo…
—¿Qué…? ¿Ibas a decirme que te has encerrado durante meses en el estudio
para hacer esto? —Alcé una mano con un montón de páginas arrugadas.
Bajó la mirada. Tal vez hubiera enloquecido, pero conservaba la cordura
suficiente para saber que y o había averiguado la verdad. Lena se sentó en el sofá
con aspecto de estar muy incómoda.
—Sólo deseo saber una cosa: ¿por qué? ¿Estabas ahí encerrado siempre por
un libro o para evitarme?
Mi padre alzó la cabeza muy despacio y me miró. Tenía los ojos enrojecidos.
Parecía viejo, como si la vida le decepcionase por momentos.
—Mi único deseo era estar cerca de ella. Me siento como si tu madre aún
siguiera conmigo mientras estoy aquí dentro, entre sus libros y con sus cosas.
Aún puedo oler su perfume, aún huelo sus tomates fritos… —La voz se le apagó
como si hubiera vuelto a sumirse en sus pensamientos y se hubiera terminado ese
extraño momento de lucidez.
Pasó a mi lado y se agachó para recoger una hoja llena de círculos con mano
temblorosa.
—Estaba intentando escribir. —Miró en dirección a la silla de mi madre—.
Pero se me ha olvidado cómo hacerlo.
No tenía nada que ver conmigo, jamás lo tuvo, sino con mi madre. Me había
sentido exactamente igual hacía escasas horas, cuando salí de la biblioteca,
después de estar sentado entre sus cosas, intentando sentir su compañía. Pero todo
era diferente para mí ahora que sabía que no había desaparecido. No obstante,
mi padre no lo sabía. Su esposa no le abría las puertas ni le dejaba mensajes. Él
ni siquiera tenía eso.
La semana siguiente, la víspera de Navidad, el desgastado pueblo de cartón
abombado y a no me pareció tan pequeño. La torre del campanario sobresalía
erguida por encima de la iglesia mientras la granja aguantaba en pie como si
acabara de ponerse. El brillante pegamento blanco centelleaba y la vieja capa de
nieve hecha con algodón, firme pese al transcurso del tiempo, mantenía
compacto todo el conjunto.
Yo estaba tumbado en el suelo, bajo las ramas más bajas de un grueso pino
blanco, como hacía siempre. Las puntiagudas hojas verdeazuladas me rozaban el
cuello mientras me esmeraba en colocar una hilera de lucecitas blancas en unos
agujeros situados en la parte posterior del pueblo. No había encontrado a sus
habitantes y se habían perdido también los coches de hojalata y los animales. El
pueblo estaba vacío, pero por primera vez no me parecía desierto ni me sentía
solo.
Algo me llamó la atención mientras permanecía tumbado, escuchando a
Amma garabatear con un bolígrafo y los viejos y chirriantes discos navideños de
mi padre. Era un pequeño objeto oscuro que se había enganchado en un pliegue
de tela y permanecía entre las capas de algodón. Era una estrella del tamaño de
un penique, pintada de oro y plata y rodeada por un halo arrugado que parecía
hecho con un clip. Era un adorno del árbol de Navidad del pueblecito, lo
habíamos buscado durante años. Mi madre lo había hecho cuando era pequeña y
todavía iba al cole en Savannah.
Me lo metí en el bolsillo con intención de dárselo a Lena en cuanto nos
viéramos para que se lo pusiera en su collar de amuletos. Así no volvería a
perderse. Así no volvería a perderme.
Esto le habría gustado a mi madre. Y también, si hubiera conocido a Lena,
también le habría gustado. A lo mejor sí la conocía.
Llámate a ti misma.
Habíamos tenido la respuesta delante de nuestras narices todo el tiempo,
perdida entre los libros del estudio de mi padre, guardada en las páginas del
recetario de mi madre.
Parcialmente enganchada entre la nieve polvorienta
When the Saints Go Marching In
LENA ESTABA SENTADA en el porche cuando detuve el vehículo. Me había
puesto pesado con lo de conducir y o porque Link quería venir con nosotros y no
podía arriesgarse a que le vieran en el coche fúnebre. No quería que Lena fuera
sola, es más, ni siquiera deseaba que fuera, pero era mejor no mencionarle el
tema. Parecía preparada para la batalla. Llevaba un suéter de cuello alto y unos
vaqueros negros, a juego con un chaquetón con ribete de piel y capucha. Estaba
a punto de enfrentarse al pelotón de fusilamiento, y lo sabía.
Habían transcurrido sólo tres días desde el baile y las Hijas de la Revolución
Americana no habían perdido el tiempo. Esa tarde tenía lugar la sesión del
comité de disciplina del Instituto Jackson; no se diferenciaba mucho de una caza
de brujas, y no hacía falta ser un Caster para saberlo. Emily andaba coja con su
pierna escayolada, y el desastroso baile de invierno se había convertido en la
comidilla del pueblo y la señora Lincoln había obtenido al fin el apoyo necesario:
se habían presentado testigos.
Si eras capaz de retorcer lo bastante las cosas y darle el sesgo adecuado a lo
que cualquiera había visto, oído o recordado, lograbas que la gente entornara los
ojos, ladeara la cabeza y llegara a una consecuencia lógica: Lena Duchannes era
responsable, pues todo iba como la seda hasta que ella había venido al pueblo.
Link bajó de un salto y le abrió la puerta a Lena. Al pobre le carcomía la culpa y
tenía aspecto de estar a punto de vomitar.
—Eh, Lena, ¿cómo lo llevas?
—Estoy bien.
Mentirosa.
No quiero que se sienta mal. No tiene la culpa.
Mi amigo carraspeó.
—Lamento un montón todo esto. He estado de bronca con mi madre todo el
fin de semana. Siempre se le ha ido un poco la olla, pero esta vez es diferente.
—No es culpa tuya, pero te agradezco que lo hayas intentado.
—Habría sido distinto si todas esas arpías de las Hijas de la Revolución
Americana no le hubieran estado calentando la cabeza. La señora Snow y la
señora Asher han debido de llamar a casa mil veces durante estos últimos días.
Pasamos por delante de Stop & Steal, pero ni siquiera Fatty estaba allí. Las
calles estaban desiertas. Daba la impresión de que íbamos por un pueblo
fantasma. La sesión del comité de disciplina estaba fijada a las cinco en punto.
Íbamos bien de hora. El escenario elegido era el gimnasio, pues no había otro
lugar donde resultara posible acomodar a todas las personas que iban a
presentarse. Esa era otra de las cosas típicas de Gatlin: todo el mundo se metía en
todo. Iba a personarse en esa reunión hasta el apuntador, a juzgar por las puertas
cerradas y la ausencia de gente en las calles.
—No entiendo cómo tu madre ha logrado montar este tinglado tan deprisa.
Esto es rápido incluso para ella.
—Según he escuchado, Doc Asher está metido en el ajo. Sale de caza con el
director Harper y algunos pesos pesados de la junta escolar.
Doc Asher era el padre de Emily y el único médico de verdad del pueblo.
—Estupendo.
—Chicos, vosotros sabéis que van a expulsarme, ¿vale? Han tomado la
decisión y la sesión de hoy sólo es puro teatro.
Linkparecía perplejo.
—No pueden darte la patada sin haber oído tu versión. Pero si no has hecho
nada.
—Todo eso no cuenta. Estas cosas se deciden a puerta cerrada. Nada de lo
que yo diga importa.
Estaba en lo cierto y los dos lo sabíamos, por eso permanecí en silencio, le
cogí de la mano, me la llevé a los labios y la besé, deseando por enésima vez que
la junta escolar cargara contra mí y no contra Lena.
Pero esa no era la cuestión, ya que jamás harían eso. Daba igual lo que yo
hiciera o dijera, era uno de ellos y Lena jamás lo sería. Eso era precisamente lo
que más me enfadaba… y avergonzaba. Los odiaba cada vez más porque me
declaraban uno de los suyos, aunque saliera con la nieta del Viejo Ravenwood,
me enfrentara con la señora Lincoln y no me invitaran a las fiestas de Savannah
Snow. Yo era uno de ellos. Les pertenecía. Era imposible cambiar aquello y si se
podía dar la vuelta a la ecuación, si de algún modo ellos también me pertenecían,
entonces, Lena estaba contra ellos, y también contra mí.
Esa verdad me estaba matando. Tal vez Lena iba a ser Llamada al cumplir
los dieciséis, pero yo lo había sido al nacer. No ejercía sobre mi destino mayor
dominio que ella. Tal vez ninguno de nosotros lo controlábamos.
Estacioné el coche en el parking, ocupado casi por completo. Un gran número de
personas hacían cola frente a la entrada principal para poder entrar. No había
visto tanta gente junta en un sitio desde el estreno de Dioses y generales, el
may or tostón que se haya rodado jamás sobre la Guerra de Secesión, y donde la
mitad de mis parientes figuraban como extras, principalmente porque tenían un
uniforme en propiedad.
Link se agachó en el asiento trasero.
—Me bajo aquí. Os veré dentro. —Abrió la puerta y se metió a escondidas
entre las filas de vehículos—. Buena suerte.
A Lena le temblaban las manos, a pesar de tenerlas apoy adas sobre el regazo.
Me reconcomía verla hecha un manojo de nervios.
—No tienes por qué entrar ahí. Doy media vuelta y te llevo a casa ahora
mismo.
—No, voy a entrar.
—¿Por qué quieres pasar por esto? Tú misma has dicho que era puro teatro.
—No voy a dejarles creer que me asusta enfrentarme a ellos. Me fui de mi
última escuela, pero esta vez no voy a huir.
Inspiró profundamente.
—Esto no es salir corriendo.
—Lo es para mí.
—¿Va a venir tu tío al final?
—No puede.
—¿Y por qué demonios no puede? —Ella iba a pasar sola aquel trago, aunque
y o estuviera a su lado.
—Es demasiado temprano. Ni siquiera se lo he dicho.
—¿Demasiado temprano? ¿De qué va esto? ¿Está encerrado en una cripta o
algo así?
—Más o menos, algo por el estilo.
No merecía la pena hablar de ello. Ya iba a tener que comerse un marrón
bastante gordo en cosa de unos minutos.
Empezó a chispear mientras nos encaminábamos al edificio. La miré.
Hago lo que puedo, créeme. Si no me contengo, se convertirá en un tornado.
La gente la miraba fijamente y la señalaba con la mano, lo cual había dejado
de sorprenderme a pesar de que sólo fuera una cuestión de mera educación.
Miré a mi alrededor con la esperanza de ver sentado junto a la puerta a Boo
Radley, pero esta tarde no se le veía por ninguna parte.
Entramos en el gimnasio por una de las puertas laterales, la reservada al equipo
visitante. Se le había ocurrido a Link, y había resultado ser una idea de primera,
y a que una vez dentro me di cuenta de que la gente de la puerta no estaba
esperando fuera para entrar, se habían apiñado allí sólo para escuchar la sesión.
Dentro, y a sólo quedaba sitio para estar de pie.
Aquello parecía una versión cutre de un gran jurado en una de esas series de
abogados que echan por la tele. Una gran mesa plegable presidía la parte
delantera de la estancia. Sentados en torno a ella había algunos profesores: el
señor Lee, por supuesto, con su corbata roja y sus prejuicios provincianos; el
director Harper y un par de tipos, miembros de la junta escolar probablemente.
Parecían incómodos, como si estuvieran deseosos de estar en el sofá viendo el
canal de compras QVC Networko algún programa religioso.
En las tribunas descubiertas se agolpaba lo más selecto del condado. La
señora Lincoln y su banda de linchadoras, todas miembros de las Hijas de la
Revolución Americana, ocupaban las tres primeras filas. Miembros de las
Hermanas de la Confederación, el coro de la iglesia metodista y la Sociedad
Histórica se sentaban a su lado en los escasos huecos libres. Detrás de ellas
estaban los Ángeles Guardianes del Instituto Jackson, formado por las chicas que
querían ser como Emily y Savannah y los chicos a los que les gustaría bajarles
las bragas a estas. Llevaban serigrafías recién estampadas en las camisetas: la
pintura de un ángel enfundado en una camiseta de las Wildcats del Instituto
Jackson, con un sospechoso parecido a Emily Asher, que extendía dos enormes
alas blancas y lucía, cómo no, la camiseta de las animadoras. En la parte
posterior sólo llevaban las dos mismas alas diseñadas para que parecieran brotar
de la espalda y el grito de guerra de los Ángeles: « Os estamos vigilando» .
Emily estaba sentada al lado de la señora Asher; apoyaba la pierna
escay olada sobre una de las sillas de la cafetería. La señora Lincoln entrecerró
los ojos cuando nos miró y la señora Asher rodeó a Emily con ademán protector,
como si uno de los dos fuéramos a coger una porra, echar a correr y apalearla
como a una indefensa cría de foca. Vi a Emily sacar el móvil del bolsillo, con los
dedos preparados para ponerse a teclear a toda pastilla. Probablemente, esa tarde
nuestro gimnasio era el epicentro de todos los cotilleos de, al menos, cuatro
condados.
Amma estaba sentada varias filas detrás, jugueteaba con el amuleto colgado
del cuello. Con un poco de suerte, eso haría que a la señora Lincoln le
aparecieran esos cuernos que había estado ocultando con éxito durante tantos
años. Mi padre no estaba, por descontado, pero las Hermanas se habían
acomodado junto a Thelma, en los asientos situados al otro lado del pasillo. La
cosa debía de pintar mucho peor de lo que yo me pensaba, pues no habían salido
de casa a esas horas desde 1980, cuando la tía Grace comió su Hoppin’John, el
típico plato sureño de arroz con judías, panceta, cebolla, apio y salsa picante de
ají, demasiado picante y pensó que sufría un ataque al corazón. La tía Mercy me
vio y me saludó con el pañuelo.
Acompañé a Lena hasta el asiento situado en la zona frontal del pabellón,
obviamente reservado para ella. Estaba situado enfrente del pelotón de
fusilamiento, justo delante.
Va a salir bien.
¿Lo prometes?
Escuché el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado.
Te prometo que esto no me importa, que esta gente es idiota y que nada de
cuanto digan va a cambiar mis sentimientos hacia ti.
Tomaré esa respuesta por un no.
El aguacero golpeó con may or dureza el tejado, lo cual era un muy mal
presagio. Le cogí de la mano y puse en ella el pequeño botón plateado de la
chaqueta que llevaba puesta la lluviosa noche en que nos conocimos. Lo había
encontrado en la tapicería agrietada del Cacharro. Parecía un cachivache viejo,
pero lo llevaba en el bolsillo de los vaqueros desde entonces.
Toma, es algo así como un amuleto de la buena suerte. Al menos, a mí me la
trajo.
Entonces me di cuenta del gran esfuerzo que estaba haciendo para no venirse
abajo. Se quitó la cadena en silencio y lo añadió a su propia colección de
cachivaches.
Gracias.
Me habría sonreído de haber sido capaz.
Después me dirigí hacia la fila en la que estaban sentadas las Hermanas y
Amma. La tía Grace se ay udó del bastón para ponerse de pie.
—Aquí, Ethan. Te hemos guardado un asiento, cielo.
—¿Por qué no te sientas, Grace Statham? —siseó una anciana de pelo teñido
de azul situada junto a las Hermanas.
La tía Prue se giró como movida por un resorte.
—Ocúpate de tus propios asuntos, Sadie Honeycutt, o vas a lamentarlo.
La tía Grace se volvió hacia Sadie Honeycutt y le dedicó una sonrisa antes de
decir:
—Ven a sentarte aquí a mi lado, Ethan.
Me senté encajonado entre la tía Mercy y la tía Grace.
—¿Cómo lo llevas, dulzura mía? —Thelma me sonrió y me dio un pellizco en
el brazo.
Los truenos retumbaron en el exterior y las luces parpadearon, levantando un
coro de gritos entrecortados entre las ancianas.
En el centro de la mesa plegable estaba sentado un hombre algo tenso a
juzgar por su aspecto. Carraspeó antes de tomar la palabra.
—Es una leve caída de la potencia, sólo eso. ¿Por qué no tienen todos ustedes
la amabilidad de ocupar sus asientos para que podamos empezar? Me llamo
Bertrand Hollingsworth y soy el presidente de la junta escolar. Esta sesión se ha
convocado en respuesta a una petición de expulsión, la de la alumna Lena
Duchannes, ¿es eso correcto?
El director Harper se giró sobre su asiento en la mesa central para dirigirse
hacia el señor Hollingsworth, el instructor del expediente, o para ser más precisos
con el lenguaje, el verdugo títere de la señora Lincoln.
—Sí, señor. Varios progenitores preocupados me presentaron dicha petición y
está firmada por unos doscientos padres, entre quienes figuran los ciudadanos
más respetados de Gatlin y un nutrido grupo de estudiantes.
Por descontado que sí.
—¿Cuáles son los cargos para solicitar la expulsión?
El señor Harper pasó varias páginas de su libro de notas amarillo, de tamaño
similar al de los letrados, como si estuviera ley endo un expediente de
antecedentes penales.
—Asalto y destrucción de la propiedad escolar. Además, la señorita
Duchannes estaba en periodo de prueba.
¿Asalto? ¿A quién he asaltado?
Sólo es una acusación. No pueden demostrar nada.
Me puse en pie antes de que hubiera terminado de hablar.
—¡Nada de eso es cierto! —grité.
En el extremo opuesto de la mesa se sentaba otro hombre de rostro nervioso,
que alzó la voz para hacerse oír por encima del aguacero y de los susurros de
veinte o treinta ancianas provocados por mis malos modales.
—Tome asiento, jovencito, que aquí no hay permiso para hablar todos a la
vez.
El señor Hollingsworth hizo caso omiso al barullo y prosiguió con la sesión.
—¿Existe algún testigo que corrobore dichas acusaciones?
Un montón de asistentes se pusieron a cuchichear en ese momento,
preguntándose unos a otros para ver si alguien conocía el significado del verbo
corroborar.
El director Harper se aclaró la garganta con desazón.
—Sí, y acabo de ser informado de que esta alumna ha tenido problemas
parecidos en la escuela en la que había estado matriculada antes de venir a
nuestro instituto.
¿A qué se refieren? ¿Cómo se han enterado de nada de mi antigua escuela?
No lo sé. ¿Qué sucedió allí?
Nada.
Una mujer de la junta escolar tenía unos papeles delante de ella y los hojeó
antes de comentar:
—Nos gustaría escuchar en primer lugar a la presidenta de la asociación de
padres del instituto, la señora Lincoln.
La madre de Link se puso en pie con teatralidad y recorrió el pasillo central
en dirección al gran jurado de Gatlin. Tenía pinta de haberse tragado unas
cuantas pelis de juicios.
—Buenas tardes, damas y caballeros.
—Usted fue una de las denunciantes iniciales, señora Lincoln, ¿puede
decirnos qué sabe acerca de esta situación?
—Por supuesto, la señorita Ravenwood, perdón, la señorita Duchannes, quería
decir, se mudó a nuestra localidad hace unos meses y desde entonces hemos
tenido una serie de problemas en el Instituto Jackson. En primer lugar, rompió
una ventana en clase de inglés…
—Estuvo a punto de hacer pedazos a mi niña —gritó la señora Snow.
—Muchos alumnos se salvaron por poco de sufrir graves lesiones y muchos
de ellos se cortaron con los cristales.
—¡Eso fue un accidente y sólo resultó herida Lena! —gritó Link desde su
posición, al fondo de la sala.
—Wesley Jefferson Lincoln, vete a casa ahora mismo si no quieres enterarte
de lo que es bueno —siseó la señora Lincoln. Luego, recobró la compostura y se
volvió hacia los miembros del comité de disciplina—. Los encantos de la señorita
Duchannes parecen tener gran efecto en el sexo débil —repuso con una sonrisa
—. Como iba diciendo, rompió una ventana en clase de inglés, lo cual asustó tanto
a un número significativo de alumnas que sintieron la necesidad cívica de crear
los Ángeles Guardianes del Instituto Jackson, un grupo cuy o único propósito es
proteger a los estudiantes del centro realizando una especie de vigilancia
ciudadana.
Los Ángeles Guardianes asintieron al unísono en las gradas, como si fueran
marionetas y alguien manejara los hilos para que todas se movieran a la vez,
algo que, al menos en cierto modo, era cierto.
El señor Hollingsworth garabateó algo en el bloc de notas y a continuación
preguntó:
—¿Es ese el único incidente en el que se ha visto envuelta la señorita
Duchannes?
La testigo simuló una gran sorpresa.
—¡Cielos, no! Pulsó la alarma antiincendios, arruinando el baile y causando
daños en el equipo de audio por valor de cuatro mil dólares. Por si eso no fuera
suficiente, empujó fuera del escenario a la señorita Asher, que se rompió una
pierna. Sé de buena tinta que tardará meses en recuperarse.
Lena se mantuvo erguida, negándose a mirar a nadie.
—Gracias, señora Lincoln.
La madre de Link se dio la vuelta y sonrió a Lena. No era una sonrisa de
verdad, ni siquiera sarcástica, sino una de esas de significado claro: voy -aarruinarte-la-vida-y-disfruto-haciéndolo.
La presidenta de la asociación de padres se dirigió a su asiento, pero, de
pronto, se detuvo para mirar directamente a Lena.
—Casi lo olvido —añadió—. Obra en mi poder el expediente de la señorita
Duchannes en su anterior instituto, en Virginia, aunque tal vez sería más exacto
llamarlo sanatorio.
Jamás he estado en un psiquiátrico. Era una escuela privada.
—Esta no es la primera vez que la señorita Duchannes protagoniza episodios
violentos, tal y como ha mencionado el director Harper.
El tono de la voz de Lena en mi mente indicaba que se hallaba al borde de la
histeria. Intenté tranquilizarla.
No te preocupes.
Pero quien se estaba intranquilizando era yo. La señora Lincoln no iba de
farol: si lo soltaba delante de todos, significaba que tenía algún tipo de prueba.
—La señorita Duchannes es una joven perturbada. Sufre una enfermedad
mental, déjeme ver… —La señora Lincoln se detuvo, sacó un papel de la
carpeta y lo repasó con el dedo como si buscara algo. Me mantuve a la espera
para saber qué enfermedad mental padecía Lena capaz de justificar, según ella,
el hecho de que era diferente—. Ah, sí, aquí está. Parece que la señorita
Duchannes padece un trastorno bipolar, lo cual, como puede explicarles a todos
el doctor Asher, es una afección mental muy seria. Quienes la padecen son
propensos a estallidos de violencia y tienen un comportamiento impredecible.
Esta dolencia es hereditaria, su madre también la padecía.
Esto no puede estar pasando.
La tromba de agua martilleaba con fuerza el tejado y el viento había subido
en intensidad, castigando con saña la puerta de la entrada.
—De hecho, su madre asesinó a su padre hace catorce años.
Los asistentes profirieron gritos de asombro.
Juego, set y partido.
Los asistentes empezaron a hablar, todos a la vez.
—Damas y caballeros, por favor —clamó el director Harper en un intento de
calmar los ánimos, pero aquello era como acercar una cerilla encendida a un
arbusto seco: resultaba imposible sofocar el fuego una vez prendido.
Se necesitaron diez minutos para que las aguas volvieran a su cauce en el
gimnasio, pero Lena no se calmó. Su corazón latía tan desbocado como el mío, lo
presentía, y se le había formado un nudo en la garganta de tanto contener las
lágrimas, aunque lo estaba pasando mal con eso a juzgar por el diluvio desatado
en el exterior. Me sorprendía que todavía no hubiera salido corriendo de allí, pero
o era muy valiente o se había quedado paralizada por la sorpresa.
La madre de Link mentía. No me creía que Lena hubiera estado en un
sanatorio, no más de lo que aceptaba que el propósito de los Ángeles era proteger
a los estudiantes del instituto. Ahora bien, ignoraba si se había inventado lo otro,
eso de que la madre de Lena había matado a su padre.
También sabía que quería matar a la señora Lincoln. Toda mi vida la había
conocido como la madre de Link, pero ya no era capaz de verla de ese modo. No
parecía la mujer que arrancaba de la pared la caja decodificadora de la tele por
satélite y nos leía durante horas sermones sobre las virtudes de la castidad.
Aquello no guardaba relación alguna con esas causas tan fastidiosas como
inocentes. Era algo vengativo, personal. No lograba imaginarme por qué odiaba
tanto a Lena.
El señor Hollingsworth intentó recobrar el control.
—De acuerdo, guarden silencio todos. Le agradezco su declaración de esta
tarde, señora Lincoln. Me gustaría examinar esos papeles, si usted no tiene
inconveniente.
—¡Todo esto es ridículo! —grité, poniéndome de pie—. ¿Por qué no enciende
una hoguera y la quema en ella?
El señor Hollingsworth se esforzó otra vez por reconducir la situación, que
amenazaba con caer a los niveles de los peores programas de telebasura, como
El show de Jerry Springer.
—Tome asiento, señor Wate, o me veré obligado a pedirle que se marche. No
quiero más salidas de tono durante esta sesión. He revisado los testimonios
escritos sobre lo sucedido en el baile y todo parece bastante claro, por lo tanto
sólo queda tomar una decisión sensata.
Las enormes puertas metálicas de la parte posterior se abrieron en medio de
un gran estruendo, dando paso a un soplo de viento y a un aguacero de impresión.
Y a algo más.
Macon Ravenwood caminó por el pabellón con desenvoltura. Vestía un lujoso
traje oscuro de ray a diplomática debajo de su abrigo negro de cachemira.
Marian Ashcroft venía de su brazo y llevaba un pequeño paraguas a cuadros del
tamaño justo para no quedar empapada bajo el aguacero. Macon estaba seco a
pesar de no llevar protección alguna. Boo avanzaba con paso pesado detrás de
ellos. Tenía erizado su negro pelaje empapado, lo cual acentuaba su aspecto, más
próximo al de un lobo que al de un perro.
Lena se revolvió en su asiento de plástico naranja y durante un segundo
pareció tan vulnerable como se sentía. Percibí en sus ojos un alivio inmenso y
también cuánto se estaba esforzando por seguir sentada en vez de arrojarse
llorosa a los brazos de su tío.
Los ojos de Macon volaron en dirección a su sobrina y Lena se irguió en la
silla. Luego, avanzó entre el público, recorriendo el pasillo hasta llegar ante los
miembros de la junta escolar.
—Lamento mucho el retraso. Esta noche hace un tiempo de perros. Siga,
siga, no deseo interrumpirle, estaba a punto de tomar una decisión sensata, si le
he oído correctamente.
El señor Hollingsworth se había quedado a cuadros, como el resto de los
presentes en el gimnasio. Ninguno de ellos había visto a Ravenwood jamás en
carne y hueso.
—Disculpe, señor, no sé quién se cree usted que es, pero estamos en mitad de
una instrucción… Ah, y no puede traer aquí a ese chucho. En el recinto del
instituto sólo se admiten animales de servicio.
—Oh, le comprendo a usted perfectamente, pero sucede que Boo Radley es
mi perro guía. —No pude reprimir una sonrisa. Supuse que técnicamente era
cierto. Boo agitó su corpachón para sacudirse la lluvia del pelaje y acabó
duchando a cuantos se sentaban cerca del pasillo.
—Bien, señor…
—Ravenwood, Macon Ravenwood.
Los ocupantes de las gradas profirieron otra exclamación contenida e ipso
facto se levantó un rumor de cuchicheos. Todo el pueblo había esperado ese
momento desde antes de que yo naciera. Se palpaba en el ambiente cómo se
había reavivado el interés a raíz de esa aparición, pues no había nada,
absolutamente nada, que Gatlin adorase más que el espectáculo.
—Damas y caballeros del condado de Gatlin. ¡Cuánto me agrada conocerlos
por fin! Confío en que todos ustedes conozcan a mi buena amiga, la hermosa
doctora Ashcroft, que ha tenido la bondad de acompañarme esta noche, pues y o
no conocía bien el camino hacia este nuestro hermoso pueblo. —Marian hizo un
ademán de saludo—. Permítame que me disculpe otra vez por llegar tarde. Por
favor, continúe, caballero. Estoy convencido de que estaba usted a punto de
explicar que las acusaciones contra mi sobrina eran infundadas e iba a animar a
todos estos muchachos a volver a casa y dormir bien para acudir a clase
mañana.
Durante un minuto dio la impresión de que Hollingsworth se mostraba
dispuesto a hacer lo que le había dicho Macon, lo cual me llevó a preguntarme si
Macon tenía el Poder de Persuasión, como Ridley, pero el presidente de la junta
escolar retomó el hilo original de sus pensamientos cuando una mujer le susurró
al oído algo que sonó como el zumbido de un panal.
—No, señor, no es eso lo que iba a hacer, en absoluto. De hecho, pesan sobre
su sobrina serias acusaciones y parece haber varios testigos de los hechos aquí
contemplados. Basándome en las declaraciones escritas y en la información
expuesta durante esta sesión, me temo que sólo tenemos una alternativa: la
expulsión.
—¿Son esas sus testigos? —inquirió Macon al tiempo que con un gesto de la
mano abarcaba a Emily, Savannah, Charlotte y Edén—. ¿Un grupito de niñas
imaginativas con un grave problema de inmadurez?
La señora Snow se levantó de un salto.
—¿Insinúa usted que mi hija está mintiendo?
—En absoluto, mi querida señora —replicó Macon con esa sonrisa suya de
actor de cine—. No lo insinúo, lo afirmo. Seguro que usted es capaz de apreciar
la diferencia.
—¡Cómo se atreve! —La madre de Link se revolvió como un lince—. No
tiene derecho a estar aquí, entorpeciendo el desarrollo de esta instrucción.
Marian esbozó una sonrisa antes de adelantarse.
—« La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas
partes» , como dijo un gran hombre. Y no veo en esta sala atisbo alguno de
justicia, señora Lincoln.
—No me salga ahora con esa verborrea de Harvard.
Marian cerró el paraguas con un golpe seco antes de replicar:
—No creo que Martin Luther King fuera a Harvard.
El señor Hollingsworth retomó la palabra y habló de forma autoritaria.
—Persiste el hecho de que, según los testigos, la alumna Duchannes pulsó la
alarma de incendios, ocasionando daños por valor de miles de dólares a la
propiedad del Instituto Jackson, y también echó del escenario a la señorita Asher
de un empujón, causándole heridas. Tenemos motivos para expulsarla
basándonos sólo en estos hechos.
—« Es difícil liberar a los tontos de las cadenas que veneran» —suspiró
Marian, y miró de forma harto significativa a la madre de Link—. La cita es de
Voltaire, y él tampoco pisó Harvard.
Ravenwood no perdió la compostura, lo cual pareció sacar de quicio aún más
a todos.
—Señor… ¿Cómo se llamaba usted?
—Hollingsworth.
—Señor Hollingsworth, sería una verdadera lástima que continuara por ese
camino. Como usted sabe, en este gran estado de Carolina del Sur es ilegal
impedir la asistencia a clase de un menor. La escolaridad es obligatoria, es decir,
forzosa. No puede expulsar a una chiquilla inocente sin cargos. Esos días han
terminado, incluso aquí, en el sur.
—Ya le he explicado, señor Ravenwood, que sí existen acusaciones y
actuamos en el ámbito de nuestras funciones al expulsar a su sobrina.
La señora Lincoln se levantó de un salto.
—No puede aparecer de la nada e interferir en el buen funcionamiento del
pueblo. ¡No ha salido de esa mansión en años! ¿Qué derecho tiene a meter baza
en los asuntos de esta localidad o de nuestros hijos?
—¿Se refiere usted a esa colección de marionetas vestidas de… unicornios?
—Macon señaló con un gesto a los Ángeles—. Tendrán que perdonarme,
muchachos, pero ando mal de la vista.
—Son ángeles, señor Ravenwood, no unicornios, aunque tampoco cabe
esperar que reconozca a los enviados de Nuestro Señor, dado que no recuerdo
haberle visto jamás en misa.
—Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado, señora Lincoln. —El
tío de Lena hizo una pausa durante un instante, como si pensase que su
interlocutora necesitaría un respiro para poner en orden sus ideas—. Tiene usted
razón en lo referente a su primera afirmación: paso mucho tiempo en mi
mansión, y no me importa, pues la propiedad es maravillosa, pero tal vez debería
pasar más tiempo en el pueblo, sí, quizá deba venir aquí con más frecuencia, y
sacudir un poco las cosas, si me permite la frase a falta de otra mejor.
La posibilidad espantó a la señora Lincoln y a las Hijas de la Revolución
Americana, que se revolvieron en sus asientos y se miraron entre sí, horrorizadas
ante semejante idea.
—De hecho, si Lena no vuelve al instituto, deberá recibir instrucción en casa.
Entonces, tal vez deba invitar a alguna de sus primas, pues no desearía descuidar
mis obligaciones en la vertiente social de su educación. Algunas son cautivadoras,
como, de hecho, creo que alguno de ustedes tuvo ocasión de comprobar en el
baile de máscaras del solsticio de invierno.
—No era un baile de disfraces.
—Acepte mis disculpas. Di por hecho que eran disfraces a juzgar por la
apariencia tan chillona de esas ropas horrorosas.
La señora Lincoln se sonrojó. Ya no era una mujer intentando prohibir los
libros, era alguien con quien convenía no enzarzarse en una pelea. Me preocupé
por Macon, y por todos nosotros.
—Seamos claros, señor Ravenwood. Ni usted forma parte de este lugar ni
hay lugar para usted en este pueblo, y está claro que tampoco para su sobrina.
No creo que esté en posición de exigir nada.
La expresión del hombre cambió levemente mientras le daba vueltas a su
anillo.
—Aprecio su franqueza, señora Lincoln, y voy a intentar ser con usted tan
sincero como usted lo ha sido conmigo. Empecinarse en este asunto sería un
grave error para todos los habitantes de este pueblo. Soy un hombre adinerado, lo
saben, y un tanto despilfarrador, pero si persisten en expulsar a mi sobrina del
Instituto Stonewall Jackson, me veré obligado a gastar algo más de dinero. ¿Quién
sabe? Tal vez abra un autoservicio Wal-Mart.
—¿Es eso una amenaza?
—En absoluto, pero da la casualidad de que la finca ocupada por el hotel
Southern Comfort es de mi propiedad. Su cierre sería un gran inconveniente para
usted, ¿verdad, señora Snow? Su esposo tendría que conducir mucho más para
reunirse con esas señoritas tan amigas suy as y estoy seguro de que lo de llegar
tarde a cenar va a convertirse en una costumbre. No podemos consentir eso, ¿a
que no? —El señor Snow se puso colorado como un tomate y se agachó para
esconderse detrás de un par de tipos grandotes del equipo de fútbol, pero Macon
no había hecho más que comenzar—. Me resulta usted extremadamente
familiar, señor Hollingsworth, usted y esa hermosa flor confederada que se
sienta a su izquierda. —Macon señaló con un ademán a una señorita de la junta
escolar sentada junto a él—. ¿No los he visto a ustedes juntos en alguna parte…?
Yo juraría que…
—No, en absoluto, soy un hombre casado, señor Ravenwood.
Macon centró su atención en el calvo sentado junto a Hollingsworth.
—Ay, señor Ebitt, si yo rescindiera el arrendamiento de Way dard Dog,
¿dónde se iba a pasar usted las tardes emborrachándose mientras su esposa cree
que está en un grupo de estudio de las Sagradas Escrituras?
—¡Wilson! ¿Cómo has podido usar a Nuestro Señor Todopoderoso como
coartada? ¡Arderás en las llamas del infierno tan seguro como que y o estoy aquí!
La señora Ebitt echó mano al bolso y se marchó precipitadamente hacia el
pasillo.
—¡No es cierto, Rosalie!
—¿Ah, no? —Macon sonrió—. No logro imaginarme la de cosas que podría
contar Boo si fuera capaz de hablar. Ya saben ustedes, va y viene por todas
partes, se mete en los patios y en los garajes de este pueblo suyo tan bonito.
Apostaría a que ha visto un par de cositas curiosas.
Reprimí una carcajada.
El perro levantó las orejas al oír su nombre y bastantes asistentes se
revolvieron inquietos en sus asientos, temerosos de que Boo abriera las fauces y
resultase tener el don del habla, lo cual no me habría sorprendido después de la
noche de Halloween, ni a mí ni a nadie en el condado, considerando la reputación
de Macon Ravenwood.
—El número de personas no del todo honestas en este pueblo es grande, como
pueden ver ustedes mismos. Por eso, han de comprender mi preocupación
cuando supe que las terribles acusaciones contra mi propia familia se sustentaban
en el testimonio de cuatro adolescentes. ¿No sería mejor para todos dejarlo
correr? ¿Acaso no sería lo más… caballeroso, señor?
Hollingsworth tenía toda la pinta de estar a punto de sufrir un ataque, la mujer
sentada junto a él parecía desear que se le tragara la tierra, el señor Ebitt, cuy o
nombre jamás se había mencionado antes de que Macon lo pronunciara, y a
había salido detrás de su mujer. Los restantes miembros del comité estaban
acongojados, temiendo que Ravenwood o su chucho empezasen a contar a todo
el pueblo sus trapos sucios.
—Considero que tal vez esté usted en lo cierto, señor Ravenwood. Quizá
debamos investigar esas acusaciones un poco más antes de seguir con una
instrucción que, probablemente, presente algunas inconsistencias.
—Una sabia elección, señor Hollingsworth, una muy sabia elección. —
Macon caminó hacia el pupitre donde se sentaba Lena y le ofreció el brazo—.
Vamos, Lena. Es tarde, y mañana tienes clase. Lena se incorporó y permaneció
más erguida de lo habitual. El golpeteo de la lluvia en el techo había aminorado
hasta convertirse en un débil tamborileo. Marian le anudó un pañuelo en torno al
cuello y los tres recorrieron el pasillo con Boo avanzando detrás de ellos.
No miraron a nadie más en el recinto.
La señora Lincoln se puso de pie, señaló a Lena con el dedo y bramó:
—¡Su madre es una asesina!
Macon se dio media vuelta y hubo un cruce de miradas. Había algo peculiar
en su expresión, y era la misma que cuando le mostré el guardapelo de
Genevieve. Boo gruñó de forma amenazante.
—Cuidado, Martha, jamás sabes cuándo pueden volver a cruzarse nuestros
caminos.
—Pero se cruzarán, Macon —replicó con una sonrisa que era todo menos
eso. Ignoraba qué había sucedido entre ambos, pero no parecía un simple
rifirrafe.
A pesar de que aún no habían salido al exterior, Marian abrió de nuevo el
paraguas y sonrió a todos con sumo tacto.
—Espero veros a todos en la biblioteca. No lo olvidéis, estamos abiertos hasta
las seis de lunes a viernes. —Indicó la dirección de esta con la cabeza—. « Sin
bibliotecas, ¿qué nos quedaría? No tendríamos pasado ni futuro» . Preguntádselo a
Ray Bradbury, o id a Charlotte y leedlo con vuestros propios ojos en la pared de
la biblioteca pública. —Macon cogió a Marian del brazo, pero ella aún no había
terminado—. Ah, y él tampoco fue a Harvard, señora Lincoln. Ni siquiera pudo
asistir a la universidad.
Y dicho esto, se fueron.
19 de diciembre
Blanca Navidad
NADIE ESPERABA QUE LENA se presentase en el instituto al día siguiente de
la sesión del comité de disciplina, o al menos esa era mi impresión, pero
apareció, tal y como y o sabía que iba a hacer. Todos ignoraban que había
desistido y a una vez de ir a clase y no estaba dispuesta a permitir que sucediera
de nuevo. El instituto era una cárcel para todos los demás, pero para ella era la
libertad. Sólo que no importaba, porque ese fue el día en que mi novia se
convirtió en un fantasma dentro del instituto: nadie la miraba, le dirigía la palabra
o se sentaba cerca de ella, en ningún pupitre, mesa o grada.
La mitad de los alumnos llevaba la camiseta de los Ángeles Guardianes del
Instituto Jackson y a el jueves, y por la forma en que la observaban muchos
profesores, daba la impresión de que a la mitad de ellos también le gustaría
llevarla.
El viernes devolví la camiseta del equipo de baloncesto. Tenía la sensación de
que ya no podíamos estar todos juntos en el mismo equipo, sólo eso, pero el
entrenador se rebotó conmigo y cuando se apagó todo el griterío, meneó la
cabeza y me soltó:
—Estás loco, Wate. Estabas haciendo una temporada estupenda y la has
echado a perder por una chica cualquiera.
Podía oír el tono de su voz. « Una chica cualquiera» . La sobrina del Viejo
Ravenwood.
Aun así, nadie nos dijo ni una sola palabra descortés, al menos no a la cara. Si
la señora Lincoln les había metido en el cuerpo el miedo al Todopoderoso, Macon
Ravenwood había dado a la gente del condado un motivo mayor para el pánico:
la verdad.
La posibilidad era cada vez más real cuando contemplaba los números en la
pared de Lena y los dígitos eran cada vez más pequeños. ¿Y si no podíamos
detener aquello? ¿Y si Lena había tenido razón todo el tiempo y la chica que yo
conocía desaparecía como si jamás hubiera estado allí?
Todo cuanto teníamos era el Libro de las Lunas. Me torturaba un pensamiento:
el libro no iba a bastar, y ni Lena ni yo lográbamos quitarnos la idea de la cabeza
por mucho que lo intentáramos.
—« Existen entre las personas de poder dos fuentes parejas origen de toda magia:
la Luz y la Oscuridad» .
—Creo que ya le hemos pillado el punto a todo el asunto ese de la Oscuridad
y la Luz. ¿No te parece que podríamos pasar ya a la parte buena, esa que se
llamaría « Cómo escapar de tu Día de la Llamada» , o « Cómo derrotar a un
malvado Cataclyst» o « Cómo revertir el paso del tiempo» ?
Yo estaba frustrado y Lena no decía ni pío.
El instituto parecía totalmente abandonado desde nuestra posición en las frías
gradas donde estábamos sentados. En realidad, se suponía que estábamos en la
feria de ciencias, observando con Alice Milkhouse la descalcificación de un
huevo sumergido en vinagre, escuchando a Jackson Freeman argumentar sobre
la inexistencia del calentamiento global y la réplica de Annie Honeycutt sobre
cómo hacer de Jackson una escuela ecológica. Tal vez los Ángeles debieran
empezar por reciclar sus folletitos.
Observé cómo asomaba desde dentro de la mochila el libro de matemáticas.
Me sentía como si en aquel lugar ya no quedara nada que mereciera la pena
aprender. Había aprendido demasiado durante los últimos meses. Lena seguía
con la mente a mil kilómetros de allí, concentrada en el libro. Había empezado a
llevarlo siempre encima para quitarme el miedo que tenía a que Amma pudiera
encontrarlo si me lo dejaba en mi cuarto.
—Aquí dice más sobre los Cataclysts.
El Cataclyst, el más grande de entre la Oscuridad, es el poder del
mundo y el Inframundo, más cercano. El Natural, el más grande de entre
la Luz, es el poder del mundo y el Inframundo, más cercano. Donde uno
se halla, no ha de estar el otro porque en la Oscuridad no puede haber Luz.
—¿Lo ves? No vas a volverte Oscura. Eres una Natural, perteneces a la Luz.
Lena negó con un gesto de la cabeza y señaló el siguiente párrafo con el
dedo.
—Eso mismo piensa mi tío, pero escucha esto:
La verdad se manifestará en la hora de la Llamada. A la hora de la
Oscuridad, aparece la Luz más grande. A la hora de la Luz, aparece la
Oscuridad may or.
Ella tenía razón: no había forma de estar seguro.
—Y la cosa se lía aún más. Ni siquiera entiendo estas palabras.
Para la materia Oscura, arde el fuego Oscuro, y del fuego Oscuro los
poderes de todos los Lilum nacen. En el mundo de los Demonios y los
hechiceros, de la Oscuridad y la Luz.
Todos los poderes unidos hacen el poder y del fuego Oscuro nacerá la
gran Oscuridad y la gran Luz. Cualquier poder es Oscuro, y al mismo
tiempo, es Luz.
—¿Materia oscura? ¿Fuego oscuro? ¿Qué es esto, el Big Bang de los Caster?
—¿Y qué me dices de los Lilum? No había oído esa palabra en la vida, y otra
vez lo mismo, nadie me ha contado nada. Por no saber, ni siquiera sabía que mi
madre seguía viva. —Intentaba sonar sarcástica, pero yo era capaz de apreciar
su pena.
—Tal vez Lilum sea un término antiguo para referirse a los Caster o algo por
el estilo.
—Cuanto más averiguo, menos entiendo.
Y menos tiempo nos queda.
No digas eso.
Me puse en pie en cuanto sonó el timbre.
—¿No vienes?
Negó con la cabeza.
—Voy a quedarme por aquí un rato más. ¿Sola y con aquel frío? Eso era cada
vez más frecuente. Ni siquiera me miraba a los ojos desde la sesión del comité
de disciplina, era como si me considerase uno de ellos. No podía culparla, la
verdad, considerando que toda la escuela y medio pueblo habían decidido
considerarla carne de manicomio, la hija bipolar de una asesina.
—Cuanto antes acudas a clase, mejor. No conviene darle más munición al
director Harper.
Volvió la vista atrás y miró el edificio.
—Para lo que importa eso ahora…
Se ausentó del instituto el resto de la tarde o, al menos, si estaba allí, no me
escuchaba, y no se presentó al examen de química sobre la tabla periódica.
No eres Oscura, Lena. Yo lo sabría.
Tampoco acudió a clase de historia, donde representamos el debate entre
Douglas y Lincoln. El profesor Lee me obligó a actuar en el bando pro
esclavitud, seguro que como castigo ante la posibilidad de que hiciese un posible
trabajo de tendencia liberal.
No les dejes que se salgan con la suya. No tienen que importarte.
No vino tampoco a clase de lenguaje de signos, donde me sacaron a la
pizarra delante de todos para comunicar por señas la rima infantil ¿Dónde estás,
estrellita?, para recochineo del equipo de baloncesto.
No voy a ir a ninguna parte, L. No puedes dejarme fuera.
Fue entonces cuando me di cuenta de que en realidad sí podía.
Al día siguiente, a la hora de la comida, ya no aguantaba más. La esperé a la
salida de trigonometría, la llevé hasta un rincón de la entrada, tiré la mochila al
suelo, cogí su rostro entre las manos y la acerqué a mí.
¿Qué haces, Ethan?
Esto.
Cuando nuestros labios se tocaron, noté cómo mi calor penetraba lentamente
en su gelidez. Experimenté la sensación de que su cuerpo se fundía en el mío y
cómo volvía a unirnos esa pulsión que nos había mantenido juntos desde el
principio. Lena soltó los libros, pasó los brazos alrededor de mi cuello y respondió
a mi contacto. Me sentí ligeramente aturdido.
Entonces sonó el timbre y ella, jadeante, me alejó de un empujón. Me
agaché para recoger su ejemplar de The Pleasures of the Damned: Poems,
1951-1993, una antología de Charles Bukowski, y también su cuaderno;
últimamente no paraba de escribir en él a pesar de que se caía a pedazos.
No deberías haberlo hecho.
¿Por qué no? Eres mi novia y te echaba de menos.
Me quedan cincuenta y cuatro días, Ethan. Ya es hora de que dejemos de fingir
que podemos cambiar las cosas. Será más fácil si ambos lo aceptamos.
Lo decía de un modo que parecía aludir a algo más que a su cumpleaños, se
refería a otras cosas que tampoco podíamos alterar.
Se dio la vuelta con intención de alejarse, pero la cogí del brazo antes de que
pudiera darme la espalda. Si estaba diciendo lo que yo pensaba que me estaba
diciendo, quería que me lo dijera mirándome a la cara.
—¿Qué quieres decir, L? —logré preguntar a duras penas.
Desvió la mirada.
—Ethan, tú crees que esto puede acabar bien, lo sé, y tal vez yo también…
durante un tiempo, pero no vivimos en el mismo mundo, y en el mío, querer que
algo suceda con desesperación no basta para lograr que suceda. —Siguió sin
mirarme a los ojos—. Somos demasiado diferentes.
—¿Ahora somos muy diferentes, ahora, después de todo lo que hemos pasado
juntos? —inquirí, hablando cada vez más alto. Un par de personas se volvieron a
mirarme a mí, pero no a Lena.
Somos diferentes. Tú eres un mortal y yo una Caster, y esos mundos pueden
interactuar, pero jamás serán el mismo. No estamos destinados a vivir en ambos.
En realidad, lo que estaba diciendo era que ella no quería vivir en ambos. Al
final, Emily y Savannah, los del equipo de baloncesto, la señora Lincoln, el señor
Harper y los Ángeles Guardianes se habían salido con la suya.
Esto es por lo del comité de disciplina, ¿verdad? No les dejes…
No tiene nada que ver con eso. Es todo. Este no es mi sitio, Ethan, y sí el tuyo.
Así que ahora soy uno de ellos. ¿Es eso lo que estás diciendo?
Cerró los ojos y casi fui capaz de leer el follón mental que tenía en la cabeza.
No estoy diciendo que seas como ellos, pero sí eres uno de ellos. Has vivido en
este lugar toda tu vida. Cuando esto se acabe, cuando yo sea Llamada, tú vas a
seguir en estos pasillos y en estas calles, y lo más probable es que yo no esté aquí,
pero tú sí, y quién sabe durante cuánto tiempo, y, como tú mismo dijiste, la gente
de Gatlin no olvida jamás.
Dos años.
¿Qué…?
Ese es todo el tiempo que voy a estar aquí.
Dos años es mucho tiempo para ser invisible, créeme, lo sé.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Ella se limitó a quedarse allí,
quitando trocitos de papel enganchados en la espiral de su cuaderno.
—Estoy cansada de enfrentarme a eso, estoy harta de fingir que soy normal.
—No puedes rendirte ahora, no después de lo mucho que has peleado. No
puedes dejarles que se salgan con la suy a.
—Ya lo han hecho. Ganaron el día que me cargué la ventana en inglés.
Había algo en su voz que me decía que se había rendido a algo más que a lo
del instituto.
—¿Estás rompiendo conmigo? —pregunté, y contuve el aliento.
—No me lo pongas más difícil, por favor. Tampoco es lo que y o quiero.
—Pues entonces no lo hagas.
No podía respirar ni pensar. Era como si el tiempo se hubiera detenido de
nuevo, como ocurrió durante la cena de Acción de Gracias, salvo por una cosa:
esta vez no era cosa de la magia, era justo todo lo contrario.
—Sólo pienso que las cosas serán más fáciles de este modo. No ha cambiado
lo que siento por ti.
Levantó los ojos centelleantes a causa de las lágrimas, se dio media vuelta y
huyó por el pasillo con tanto sigilo que se hubiera podido escuchar el golpe de un
lápiz al chocar contra el suelo.
Feliz Navidad, Lena.
Pero no había nadie para oír la felicitación. Se había marchado y eso era algo
para lo que no iba a estar preparado ni en cincuenta y tres días, ni en cincuenta y
tres años ni en cincuenta y tres siglos.
Cincuenta y tres minutos después estaba mirando fuera, por la ventana, lo cual
era toda una declaración de intenciones si se tenía en cuenta que el comedor
estaba lleno hasta los topes. Gatlin estaba gris, las nubes habían encapotado el
cielo, pero no parecía que fuera a nevar. No había nevado en el condado desde
hacía años. A lo sumo, y con mucha suerte, caían cuatro copos menudos una vez
al año, pero no había nevado un solo día desde que cumplí los doce.
Deseaba que nevase como entonces, deseaba ser capaz de dar marcha atrás
y estar otra vez con Lena para tener la ocasión de decirle que me daba lo mismo
si me odiaba todo el pueblo, y a que eso carecía de importancia. Ya estaba
perdido cuando la encontré en mis sueños y ella me encontró ese día de lluvia.
Parecía que siempre era yo quien intentaba salvar a Lena, pero lo cierto era que
había sido ella la que me había salvado a mí, y no estaba preparado para estar sin
ella.
—Eh, tío —me saludó Link, y se deslizó sobre el banco al otro lado de la mesa
vacía—. ¿Dónde está Lena? Quería darle las gracias.
—¿Por qué?
Mi amigo sacó del bolsillo una hoja de cuaderno doblada.
—Me escribió una canción. Qué guay, ¿eh?
Ni siquiera pude mirar el papel. Ahora resultaba que Lena le hablaba a Linky
a mí no.
—Escucha, tengo que pedirte un favor. —Cogió un trozo de pizza.
—Claro —repuse—, ¿qué quieres?
—Ridley y yo nos vamos a ir a Nueva York en vacaciones, pero, por si
alguien te pregunta, todo lo que sabes es que estoy de retiro espiritual en un
campamento cristiano de Savannah.
—Allí no hay ningún campamento cristiano.
—Ya, pero mi madre no lo sabe y yo le dije que me había apuntado porque
tenían una especie de banda de rock baptista.
—¿Y se ha tragado eso?
—Lleva muy rara una temporada, lo cual me preocupa, pero me ha dado
permiso para ir.
—La opinión de tu madre da igual: no puedes ir. Hay cosas que ignoras de
Ridley, ella es… peligrosa. Podría ocurrirte… algo.
Se le iluminaron los ojos. Jamás le había visto así, pero también era cierto que
en los últimos tiempos apenas habíamos estado juntos. Había pasado hasta el
último minuto con Lena, pensando en ella, en su cumpleaños y en el libro: los
temas recurrentes de mi mundo hasta hacía una hora.
—Eso es lo que estoy esperando. Además, me muero por esa tía. Me pone las
pilas de verdad, ¿sabes?
Se llevó el último trozo de pizza de mi bandeja.
Durante un segundo me planteé contárselo todo, como en los viejos tiempos,
y hablarle de Lena y de su familia, de Ridley, Genevieve y Ethan Cárter Wate.
Mi amigo y a estaba al tanto de cómo empezaba la historia, lo que yo no tenía tan
claro era si iba a creerse el resto, o si estaba dispuesto a hacerlo, pero pedir
ciertas cosas resultaba excesivo incluso aunque se tratara de tu mejor amigo. No
podía arriesgarme a perder a Link justo ahora. Debía hacer algo. No podía
dejarle ir a Nueva Yorkni a ningún otro lugar en compañía de Ridley.
—Hazme caso, tío. Debes confiar en mí. No te líes con ella. Sólo te está
usando y al final lo vas a pasar mal.
Link aplastó una lata de coca cola con los dedos.
—Vale, lo pillo. Si la tía más guapa del pueblo se pirra por mí, está
utilizándome, ¿es eso? ¿Te crees que eres el único que puede tener una novia que
esté buena? ¿Desde cuándo eres tan creído?
—No he dicho eso.
Link se levantó.
—Me da la impresión de que los dos sabemos lo que has dicho. Olvida el
favor que te he pedido.
Era demasiado tarde. Ridley ya lo tenía en el bote. Nada de lo que yo dijera
iba a hacerle cambiar de opinión y y o no podía perder a mi novia y a mi mejor
amigo el mismo día.
—Escucha, escucha, no quería decirlo de ese modo. Yo no voy a decirle nada
a tu madre, pero ¿qué más da?, como si ella me dirigiera la palabra.
—Estupendo. Debe de ser duro que tu mejor amigo sea alguien tan guapo y
con tanto talento como y o.
Linkme cogió una galleta de la bandeja y la partió en dos. Igual podría haber
sido un Twinkie cubierto de mugre tirado en el suelo del autobús. Fin del
problema. Se necesitaba algo más que una chica, aunque fuera una Siren, para
interponerse entre nosotros.
Emily le estaba mirando.
—Harías bien en irte antes de que esa le chive a tu madre que me hablas o se
acabaron para ti los campamentos cristianos, reales o imaginarios.
—Me da igual.
Pero no era cierto. Link no quería quedarse encerrado en casa con su madre
durante las fiestas de Navidad ni que le expulsaran del equipo ni que le
repudiaran todos los alumnos del instituto, y eso era así, aunque fuera demasiado
estúpido o demasiado leal como para comprenderlo.
El lunes eché una mano a Amma para bajar del desván las cajas con los adornos
navideños. Los ojos se me llenaron de lágrimas por culpa del polvo, o eso me
dije a mí mismo. Encontré un pueblecito en miniatura iluminado por lucecillas
blancas como las que utilizaba mi madre para adornar el árbol de Navidad, bajo
el cual extendía unas tiras de algodón y todos fingíamos que eran nieve.
Las casitas habían pertenecido a su abuela y ella les tenía tanto cariño que y o
también me había encariñado con ellas, incluso aunque estuvieran hechas con
cartón endeble, pegamento y papel de estaño, y la mitad de las veces se caían
cada vez que las ponía derechas.
—Las cosas viejas son mejores que las nuevas, Ethan —me decía ella
mientras alzaba un viejo coche de hojalata—. Imagina a mi tatarabuela jugando
con este mismo coche, arreglando este mismo pueblecito debajo del árbol, como
nosotros, exactamente igual.
¿Cuánto hacía que no había contemplado ese pueblecito? Al menos desde la
última vez que vi a mi madre. Ahora parecía más pequeño que antes, el cartón se
había dado de sí y estaba gastado. El pueblo parecía abandonado y eso me
entristeció. No sabía explicar la razón, pero tenía la sensación de que la magia
había desaparecido con mi madre, y entonces, a pesar de todo, intenté contactar
con Lena.
Todo se ha perdido. Las cajas siguen ahí, pero nada funciona. Ella no está aquí
y esto ya no es ni siquiera un pueblo. Y jamás podrás conocerla.
Pero no hubo respuesta alguna por parte de Lena. Había desaparecido, eso o
me había desterrado de su mente, y no sabía muy bien cuál de las dos opciones
era peor. Yo estaba más solo que la una y sólo existía una cosa que empeorase el
aislamiento: que todos vieran tu soledad. Por eso me dirigí al único lugar del
condado donde estaba seguro que no iba a ir nadie: la biblioteca del condado de
Gatlin.
—¿Tía Marian?
Como de costumbre, no había un alma en la biblioteca, y hacía un frío de
aúpa. Supuse que Marian debía de tener pocos visitantes después de cómo habían
ido las cosas con el comité de disciplina.
—Estoy aquí atrás.
Estaba sentada en el suelo, arropada por el abrigo y en medio de varios
montones de libros, como si se le acabaran de caer encima las estanterías.
Sostenía un libro en las manos mientras declamaba en voz alta, impelida por uno
de sus habituales trances de lectura.
Le vemos venir, le conocemos,
al que con su luz y sus aguas
de flores cubre las tierras calmas.
La bondad del mundo recibimos.
Cerró el libro.
—Es una canción de Navidad que escribió Robert Herrick para cantarla ante
el rey en Whitehall Palace —me explicó con una voz tan distante como la de
Lena en los últimos tiempos, y yo lo noté.
—No me suena de nada ese nombre, lo siento. —Hacía tanto frío que podía
ver su aliento cuando hablaba.
—¿A quién te recuerda esto? « De flores cubre las tierras calmas. La bondad
del mundo…» .
—¿Te refieres a Lena? Apuesto a que la señora Lincoln pondría un montón de
objeciones.
Me senté a su lado entre los libros dispersos por el suelo del pasillo.
—La señora Lincoln… ¡Qué criatura tan triste! —La bibliotecaria sacudió la
cabeza y sacó otro libro—. Dickens pensaba que la Navidad era un tiempo para
« abrir libremente los cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo
como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie
embarcados con otro destino» .
—¿Está estropeada la calefacción? ¿Quieres que avise a Gatlin Electric?
—No la he encendido. Supongo que se me fue el santo al cielo. —Acarició el
libro y lo devolvió a su lugar en el montón—. Es una lástima que Dickens no
viniera jamás a Gatlin. Por aquí tenemos corazones cerrados para dar y tomar.
Elegí un tomo, resultó ser un poemario de Richard Wilbur, y lo abrí al azar.
Hundí el rostro entre sus páginas para apreciar mejor el olor y miré por encima
los versos.
¿Cuál es el opuesto de dos?
Tú y yo en soledad.
¡Qué raro! Así era exactamente como me sentía. Cerré el volumen de golpe
y miré a Marian.
—Gracias por ir a lo del comité, tía Marian. Espero que no te hay a traído
muchos problemas. Me siento como si fuera culpa mía.
—No lo es.
—Ya, pero tengo esa sensación.
Dejé caer el libro.
—¿Qué…? ¿Ahora eres el padre creador de la ignorancia? ¿Has enseñado a
odiar a la señora Lincoln y a tener miedo al señor Hollingsworth?
Me senté a su lado y nos quedamos los dos allí, rodeados por montañas de
libros. Alargó el brazo y me cogió la mano.
—Tú no empezaste esta batalla, Ethan, y me temo que no vas a terminarla, ni
yo tampoco, por cierto. —Su semblante adquirió un tono más grave—. Estos
libros estaban apilados así como los ves cuando vine esta mañana. No sé cómo
han llegado hasta aquí, ni por qué. Cerré con llave al irme ayer y las puertas
seguían cerradas cuando llegué a primera hora. Sólo sé una cosa: al sentarme y
echarles un vistazo he descubierto que todos y cada uno de ellos tienen un
mensaje para mí, una indicación aquí y ahora. Puede referirse a Lena, a ti e
incluso a mí.
Negué con la cabeza.
—Es pura coincidencia. Los libros tienen ese tipo de cosas.
Sacó de la pila un libro al azar y me lo dio.
—Prueba. Ábrelo.
—Julio César, de William Shakespeare.
Lo abrí y empecé a leer.
Los hombres en algún momento son dueños de su destino.
La culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas,
sino en nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Marian bajó la cabeza para poder mirarme por encima de las gafas.
—Yo sólo soy la bibliotecaria. Te doy los libros y nada más, no puedo darte
las respuestas. —De todos modos, sonreía—. El asunto con el destino es… ¿eres
tú el dueño de tu existencia o es cosa de las estrellas?
—Tía, me fastidia interrumpirte, pero yo jamás he leído esa obra… ¿Me
estás hablando de Julio César o de Lena?
—Eso dímelo tú.
Nos pasamos el resto de la hora rebuscando en el montón, mirándonos a la
hora de leernos fragmentos. Al final, supe por qué había ido allí.
—Tía Marian, necesito entrar otra vez en el archivo.
—¿Hoy? ¿No tienes nada mejor que hacer, como comprar los regalos de
Navidad, por ejemplo?
—Yo no voy de tiendas.
—Bien dicho. En cuanto a mí, « me gustan las Navidades en su conjunto.
Aúnan paz y buena voluntad, aunque sea con cierta torpeza, pero esta es mayor
cada año» .
—¿Un poco más de Dickens?
—E. M. Forster.
Suspiré.
—No soy capaz de explicarlo, pero creo que necesito estar con mi madre.
—Lo sé, yo también la echo de menos.
En realidad, no me había detenido a pensar cómo iba a hablarle a Marian de
mis sentimientos, del pueblo, y de esa sensación de que todo iba mal. Las
palabras apenas me salían y hablé a trompicones.
—Creí que podría sentirme como antes si venía aquí y estaba rodeado de
libros. Tal vez así pudiera percibir las cosas como eran antes, tal vez incluso
podría hablarle. Una vez fui a su tumba, pero eso no me hizo sentirla más cerca.
—Clavé los ojos en una mota aislada de la alfombra.
—Lo sé.
—No logro imaginármela en la fosa. No tiene sentido. ¿Cómo es posible sentir
cariño hacia alguien enterrado ahí abajo, en un agujero solitario, donde sólo hay
frío, polvo y bichos? No debería ser así, no debería terminar de ese modo
después de todo lo que ella fue.
Intenté desterrar de mi mente la imagen de mi madre ahí abajo,
convirtiéndose en polvo, huesos y fango. Odiaba la idea de que hubiera tenido
que pasar sola por todo esto, como ahora me estaba tocando hacer a mí.
—¿Cómo desearías ponerle fin a eso? —inquirió la bibliotecaria mientras me
ponía una mano en el hombro.
—No lo sé… Alguien, quizá y o, debería levantar un monumento o algo por
estilo.
—¿Como el del general? Tu madre se habría tronchado de risa. —Marian me
rodeó con un brazo—. Sé a qué te refieres. Tu madre no está allí, está aquí, en
este sitio.
Me tendió la mano, yo se la cogí y tiré de ella para ay udarle a levantarse; y
así cogidos, como si todavía fuese ese niño a quien ella cuidaba mientras mi
madre trabajaba en la parte trasera, anduvimos todo el camino hasta llegar al
archivo. Sacó un juego de llaves y abrió la puerta, pero no me siguió.
Una vez dentro de la sala, me dejé caer en la silla situada frente al escritorio
de mi madre. Su silla era de madera y tenía grabada la insignia de la Universidad
de Duke. Tenía entendido que se la habían regalado cuando se licenció con
matrícula de honor o algo parecido. No era cómoda, pero sí reconfortante y
hogareña. Olía a barniz viejo y seguro que la habría chupeteado de pequeño. En
ese momento me noté mejor de lo que había estado en varios meses. Podía
percibir el olor de los libros forrados de papel, los viejos pergaminos desgastados,
el polvo, los archivadores baratos. Distinguía en la singular atmósfera de esa
singular estancia el no menos singular universo de mi madre. Para mí, era el
mismo que cuando tenía siete años y me sentaba en su regazo, con el rostro
enterrado en su hombro.
Quería ir a casa. No tenía ningún otro destino posible sin Lena.
En el escritorio, oculta entre los libros, había una pequeña fotografía en
blanco y negro enmarcada donde aparecían mis padres en el estudio de nuestra
casa. La cogí para examinarla. Era una foto de hacía muchísimo tiempo; su
destino más probable habría sido la solapa de algún libro, en alguno de los
primeros trabajos de mi padre, cuando este todavía era historiador y ellos aún
trabajaban juntos. Vestían a la moda de la época, con unos pantalones horrorosos
y esos peinados tan graciosos, y podía verse la felicidad en sus rostros. Resultaba
duro contemplarlos y más aún apartar la vista. Centré la atención en su escritorio,
donde, entre las pilas de libros cubiertos de polvo, uno me llamó la atención. Lo
saqué de debajo de una enciclopedia sobre las armas de la Guerra de Secesión y
un catálogo de hierbas originarias de Carolina del Sur. No sabía de qué obra se
trataba, sólo que había usado como marcapáginas un tallo largo de romero, lo
cual me hizo sonreír: al menos no había usado un calcetín o una cuchara sopera
sucia.
Era el libro de cocina de la Liga Juvenil del condado de Gatlin: Pollo frito y su
réplica. Se abría sólo por la página de la receta de Betty Burton: tomates verdes
fritos, la favorita de mí madre. Miré de cerca el romero usado como
marcapáginas. La receta favorita de mi madre tenía el conocido aroma de Lena.
Tal vez los libros intentaran decirme algo.
—¿Tienes previsto freír tomates, tía Marian?
Asomó la cabeza por la entrada.
—¿Me ves a mí con pinta de tocar un tomate? Pues cocinarlo aún menos.
—Eso pensaba y o… —Me quedé mirando la ramita de romero.
—Tu madre y y o sólo discrepábamos en eso.
—¿Puedo llevarme este libro? Sólo durante unos días.
—No tienes que pedírmelo, Ethan. Son las cosas de tu madre, no hay nada en
este despacho que ella no habría querido que tú tuvieras.
Me moría de ganas de hablar con ella del romero que había encontrado en el
recetario, pero no podía, era incapaz de enseñárselo a nadie y tampoco quería
desprenderme del libro, aunque jamás había frito un tomate en mi vida y lo más
probable era que nunca lo hiciera.
—Ven si me necesitas, estoy aquí a tu disposición y a la de Lena, eso y a lo
sabes. Haría cualquier cosa por vosotros.
Me apartó un mechón de los ojos y me sonrió. No era la sonrisa de mi
madre, pero sí una de mis sonrisas favoritas.
Marian me dio un abrazo, y de pronto arrugó la nariz.
—¿No hueles aquí a romero?
Me encogí de hombros antes de escabullirme hacia la puerta y salir al
exterior, bajo un cielo gris encapotado. Puede que el Julio César de Shakespeare
tuviera razón, tal vez había llegado el momento de asumir mi destino y el de
Lena. Estuviera o no escrito nuestro sino en las estrellas, no podía cruzarme de
brazos y esperar a averiguarlo.
No daba crédito a mis ojos cuando salí a la calle y vi que nevaba. Alcé el rostro
y dejé que la nieve se posara sobre mi semblante helado. Los gruesos copos
caían revoloteando. No era una nevada, no del todo. Era un don, un milagro, unas
Navidades blancas, igual que la canción.
Me dirigí al porche. Lena, con la capucha bajada, me estaba esperando en los
escalones. En cuanto la vi, adiviné qué era la nieve: una ofrenda de paz.
Todas las piezas descartadas del puzzle de mi vida encajaron en cuanto ella
me sonrió. Todo lo torcido se enderezó, bueno, todo no, pero casi todo.
Me senté a su lado en los escalones.
—Gracias.
Lena se inclinó sobre mí.
—Sólo quería que te sintieras mejor. Estoy hecha un lío, Ethan. No quiero
hacerte daño. No sé qué haría si te pasara algo.
Repasé el contorno húmedo de su melena con el dedo.
—No me apartes de tu lado, por favor. No soportaría perder a ningún otro ser
querido.
Le bajé la cremallera del anorak, deslicé un brazo alrededor de su cintura y
lo metí por debajo de su chaqueta antes de atraerla hacia mí. La besé y no
paramos hasta que tuve la impresión de que íbamos a derretir la nieve del patio si
no nos deteníamos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó mientras recobraba el aliento. Volví a besarla
hasta agotar el aire de los pulmones y me retiré.
—Creo que se llama destino. Llevaba esperando desde el baile para hacer
esto y no voy a esperar más.
—¿Ah, no?
—No.
—Bueno, pues un poquito más sí. Sigo castigada. Mi tío piensa que estoy en la
biblioteca.
—Me da igual que estés castigada, y o no lo estoy. Me mudaré a tu casa si no
queda otro remedio y dormiré con Boo en la perrera.
—Tiene un dormitorio propio y duerme en una cama con dosel.
—Mejor me lo pones.
Esbozó una sonrisa y me agarró de la mano.
—Te he echado de menos, Ethan Wate. —Me besó otra vez.
Empezó a nevar con ganas y los copos nos cubrieron, pero se derretían al
poco tiempo de entrar en contacto con nuestra piel: era como si nos hubiéramos
vuelto radioactivos.
—Quizás estés en lo cierto, tal vez debamos pasar juntos el may or tiempo
posible antes de que… —Enmudeció de pronto, pero adiviné por dónde iban sus
pensamientos.
—Algo se nos ocurrirá, Lena, te lo prometo.
Asintió con poco entusiasmo y se acurrucó entre mis brazos. Percibí cómo la
calma se instalaba de nuevo entre nosotros.
—Hoy no quiero pensar en eso. —Y me empujó con gesto juguetón,
devolviéndome al mundo de los vivos.
—¿Ah, no? ¿Y en qué te apetece pensar entonces?
—En ángeles de nieve. Jamás he hecho uno.
—¿De veras? ¿Los de tu estirpe no hacen ángeles?
—Los ángeles no son el problema. Nos mudamos a Virginia a los pocos
meses de nacer y o, así que jamás he vivido en ningún lugar donde nieve.
Una hora más tarde nos sentábamos en la mesa de la cocina, empapados de los
pies a la cabeza. Amma había ido al Stop & Steal, así que intentamos entrar en
calor con un triste chocolate caliente invento mío.
—No termina de convencerme esta forma tuy a de hacer chocolate caliente
—se burló Lena mientras y o echaba una generosa ración de chips de chocolate
en un cuenco lleno de leche recalentada en el microondas.
¿El resultado? Un líquido entre blancuzco y amarronado lleno de grumos. A
mí me pareció estupendo.
—¿Sí…? ¿Y cómo lo harías tú? « Cocina, chocolate caliente, por favor» —
dije, imitando su voz aguda. El resultado sonó rarísimo.
Esbozó una de esas sonrisas que tanto había echado de menos, aunque sólo
habían transcurrido unos pocos días. La habría añorado aun cuando hubieran sido
únicamente unos minutos.
—Y hablando de Cocina, debo irme. Le dije a mi tío que iba a la biblioteca y
a esta hora ya ha cerrado.
La arrastré a mi regazo. Se me hacía muy cuesta arriba no tocarla
constantemente ahora que podía hacerlo otra vez. Me encontré buscando
pretextos para hacerle cosquillas o acariciarle el pelo, las manos, las rodillas. La
atracción entre nosotros era como la de un imán. Lena se apoy ó sobre mi pecho
y allí se quedó hasta que en el piso superior oímos unos pasos amortiguados.
Reaccionó como un gato asustado: se alejó de mí con un brinco.
—No te preocupes, es mi padre dándose una ducha. Ya no sale del estudio
para otra cosa.
—Está peor, ¿verdad? —Me cogió de la mano. Ambos sabíamos que en
realidad no era una pregunta.
—Mi padre no era así antes de que muriera mi madre. Se le fue la olla
después.
No necesité contarle el resto. Me había oído darle vueltas al asunto un montón
de veces; le había hablado del fallecimiento de mi madre, de cómo dejamos de
preparar tomates fritos, de la pérdida de algunas piezas del pueblecito del Belén
de Navidad, de cómo ella y a no estaba allí para pararle los pies a la señora
Lincoln… y nada volvió a ser como antes.
—Lo siento.
—Lo sé.
—¿Por eso fuiste hoy a la biblioteca? ¿En busca de tu madre?
La miré y le aparté el pelo del rostro. Luego, asentí y saqué el romero del
bolsillo y lo dejé con delicadeza encima de la mesa.
—Ven, quiero enseñarte algo.
La cogí de la mano y tiré de ella para levantarla de la silla. Nos deslizamos
por el viejo suelo de madera con los calcetines empapados y nos detuvimos en la
puerta del estudio. Alcé la vista y busqué el cuarto de mi padre con los ojos.
Agucé el oído; ni siquiera había empezado a ducharse, así que disponíamos de
mucho tiempo todavía. Probé suerte con el picaporte.
—Está echada la llave. —Lena frunció el ceño—. ¿La tienes?
—Un momento, mira lo que pasa…
Nos quedamos delante de la puerta, mirándola fijamente. Me sentí un
imbécil, y algo parecido debió de pensar Lena, pues se echó a reír. La puerta se
abrió sola justo cuando estaba a punto unirme a sus risillas, que se apagaron de
inmediato.
No es un conjuro o lo percibiría.
Se supone que debo entrar, bueno, debemos entrar.
La puerta se cerró cuando retrocedí. Lena alzó una mano y cuando iba a usar
sus poderes para abrir el picaporte, le toqué con suavidad la espalda.
—Creo que debo hacerlo y o, Lena.
En cuanto rocé de nuevo el pomo, el cerrojo se descorrió. Entré en el estudio
por vez primera en años. Seguía siendo el mismo lugar aterrador y oscuro. El
cuadro de la pared, cubierto por un paño, todavía pendía sobre el sofá
descolorido. Los folios de la última novela de mi padre se apilaban debajo de la
ventana, en el escritorio de caoba, sobre el ordenador y encima de la silla, se
hacinaban incluso en la alfombra persa en montones cuidadosamente dispuestos.
—No toques nada. Se daría cuenta.
Lena se puso de cuclillas y observó fijamente la pila más próxima. Cogió una
hoja y la puso debajo de la lámpara de bronce del escritorio.
—Ethan.
—No enciendas la luz. No quiero que baje y se ponga fuera de sí al vernos.
Me mataría si supiera que estamos aquí. Sólo se preocupa de su libro.
Me dio la hoja sin despegar los labios. La cogí. Estaba llena de garabatos. No
eran palabras escritas de mala manera, sólo pintarrajos. Eché mano a un montón
de folios cercanos, emborronados todos por líneas llenas de trazos y garabatos.
Cogí un papel del suelo, sólo había en él hileras de círculos. Rebusqué entre las
pilas de papel desperdigadas por el escritorio y el suelo. Había páginas y páginas
llenas de garabatos y dibujos, y ni una sola palabra.
Entonces lo entendí: no existía ningún libro.
Mi padre no era escritor. Ni siquiera era un vampiro.
Estaba como una regadera.
Me acuclillé y apoy é las manos en las rodillas, tenía mal cuerpo. Debería
haberlo visto llegar. Lena me acarició la espalda.
Todo va bien. Sólo está pasando un momento difícil. Volverá a ti.
No lo hará. Mi madre se ha marchado y ahora le estoy perdiendo a él.
¿Qué había hecho mi padre durante todo ese tiempo? ¿Evitarme? Si no estaba
trabajando en la gran novela americana, ¿qué sentido tenía trabajar de noche y
dormir de día? Si estaba trazando una línea de círculos tras otra, ninguno. ¿Acaso
estaba escapando de su único hijo? ¿Lo sabía Amma? ¿Estaban al corriente todos
menos y o?
No es culpa tuya. No te tortures por esto.
En esta ocasión era y o quien había perdido el control. La ira me desbordó. Le
di un manotazo al portátil situado sobre su mesa, haciendo volar un buen número
de folios, derribé la lámpara de bronce y, sin pensarlo siquiera, le di un tirón a la
tela que cubría el cuadro. El lienzo rebotó en el sofá y dio una voltereta antes de
caer al suelo, chocando contra una balda de libros situada a baja altura. Un
montón de libros se desparramó por la alfombra.
—Mira el cuadro —me instó Lena mientras lo recogía de entre los libros de la
alfombra.
Era un retrato mío.
Un soldado confederado de 1865, pero no había duda posible: era y o.
Ninguno de los dos tuvo que leer la etiqueta escrita a lápiz que había en la
parte posterior del marco para conocer su identidad. Nos parecíamos incluso en
los mechones de su enmarañada melena castaña, que le invadían el rostro.
—¡Por fin nos conocemos, Ethan Cárter Wate! —le saludé justo antes de oír a
mi padre bajar las escaleras con torpeza.
—¡Ethan Wate!
Lena lanzó una mirada a la entrada, asustada, y gritó:
—¡Puerta!
Esta se cerró de golpe y se atrancó. Alcé una ceja, asombrado. Jamás iba a
terminar de acostumbrarme a aquello.
Mi padre llamó con el puño.
—¿Estás bien, Ethan? ¿Qué ocurre ahí dentro?
Le ignoré. Tampoco sabía qué otra cosa podía hacer. En ese momento
tampoco me sentía capaz de mirarle a la cara. Entonces fue cuando me fijé en
los libros.
—Mira. —Me arrodillé junto al más cercano, abierto por la página tres. Pasé
a la página cuatro, pero volvió a la página anterior por sí solo, exactamente igual
que el cerrojo de la puerta—. ¿Eso es cosa tuya?
—¿De qué me hablas? No podemos quedarnos aquí la noche entera.
—Marian y y o nos pasamos casi todo el día en la biblioteca y suena a locura,
lo sé, pero ella cree que los libros intentan decirnos cosas.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. Asuntos sobre el destino, sobre la señora Lincoln o sobre ti.
—¿Sobre mí?
—¡Abre esa puerta, Ethan!
Mi padre se puso a aporrear la puerta. Él me había mantenido fuera del
estudio mucho tiempo, ahora me tocaba a mí.
—Encontré en el archivo una fotografía de mi madre en este estudio y
también uno de sus libros de cocina con una ramita de romero como
marcapáginas en su receta favorita. Romero fresco. ¿Lo pillas? Eso tiene algo
que ver contigo y con mi madre, y ahora estamos aquí, es como si algo me
quisiera en esta habitación, o bueno, no sé, alguien…
—O tal vez pensaste en ello sólo porque viste la foto.
—Quizá, pero echa un ojo a esto.
Cogí la Historia constitucional y pasé otra vez de la página tres a la cuatro, y
otra vez la hoja cobró vida para regresar por su cuenta a la tres.
—¡Qué raro!
Lena se volvió hacia el siguiente libro, Carolina del Sur: de la cuna a la tumba,
que estaba abierto por la página doce. La pasó a la anterior y regresó a la doce
por iniciativa propia.
Me aparté el pelo de los ojos.
—Pero esta página no dice nada, es un mapa. Los libros de Marian estaban
abiertos en ciertas páginas porque intentaban decir algo, parecían mensajes; en
cambio, los de mi madre no parecen transmitir nada.
—Podría ser un código o algo así.
—Mamá era un desastre en mates. Era escritora —repuse, como si eso
bastara para explicarlo, pero no era así, y mi madre lo sabía mejor que nadie.
Lena cogió el siguiente libro.
—Página uno. Es la del título, ese no puede ser el contenido.
—¿Por qué iba a dejarme un código? —me pregunté, expresando en voz alta
mis pensamientos.
Lena seguía teniendo respuesta para eso.
—Porque siempre te sabes el final de las pelis, porque creciste en compañía
de Amma, ley endo novelas de misterio y haciendo crucigramas. Quizá tu madre
pensó que te percatarías de algo que los demás pasarían por alto.
Mi padre siguió golpeando la puerta con desgana. Me fijé en el siguiente libro.
Página nueve. Otro se abrió por la trece. Todas las cifras eran inferiores a
veintinueve a pesar de que todos los libros eran unos tochos con muchísimas más
páginas.
—El alfabeto tiene veintinueve letras, ¿no?
—Sí.
—¡Ya está, eso es! Cuando iba a misa de pequeño y no había forma de que
me estuviera quieto y sentado con las Hermanas, mi madre empezó a usar el
papel con los horarios de misas para entretenerme con pasatiempos: el ahorcado,
juegos de letras y este, el código alfabético.
—Espera, déjame coger un boli. —Cogió uno del escritorio—. Si la letra A es
uno y la letra B es dos, a ver qué sale…
—Cuidado, a veces me gustaba hacerlo al revés: la letra Z sería uno en tal
caso.
Lena y y o permanecimos sentados en medio de los libros, mirando unos y
otros mientras mi padre se dedicaba a aporrear la puerta. Le ignoré, tal y como
él había hecho conmigo. No iba a responderle ni darle explicación alguna. Que
probase un poco de su propia medicina para variar.
—14, 1, 15, 1, 23, 6.
—¿Qué haces ahí dentro, Ethan? ¿Qué es todo ese ruido?
—1, 23, 10… 15, 10, 22, 15, 1.
Miré a Lena. No necesitaba el papel que me tendía: iba un paso por delante.
—Tengo la impresión de… El mensaje es para ti.
Eso estaba tan claro como si mi madre estuviera en el estudio y fuera ella
quien pronunciase esas palabras.
Llámate a ti misma.
Era un mensaje para Lena.
En cierto modo, mi madre continuaba allí, en algún lugar del universo. Mi
madre seguía siendo mi madre aunque sólo viviera detrás de las puertas
cerradas, en sus libros y en el olor a tomates fritos y papel viejo.
Ella vivía.
Mi padre seguía allí delante, en albornoz, cuando por fin abrí la puerta. Su mirada
pasó de largo por mí y se fijó en el estudio, donde las páginas de su novela
imaginaria y acían dispersas sobre el suelo y el cuadro de Ethan Cárter Wate
descansaba sobre el sofá.
—Ethan, yo…
—¿Qué…? ¿Ibas a decirme que te has encerrado durante meses en el estudio
para hacer esto? —Alcé una mano con un montón de páginas arrugadas.
Bajó la mirada. Tal vez hubiera enloquecido, pero conservaba la cordura
suficiente para saber que y o había averiguado la verdad. Lena se sentó en el sofá
con aspecto de estar muy incómoda.
—Sólo deseo saber una cosa: ¿por qué? ¿Estabas ahí encerrado siempre por
un libro o para evitarme?
Mi padre alzó la cabeza muy despacio y me miró. Tenía los ojos enrojecidos.
Parecía viejo, como si la vida le decepcionase por momentos.
—Mi único deseo era estar cerca de ella. Me siento como si tu madre aún
siguiera conmigo mientras estoy aquí dentro, entre sus libros y con sus cosas.
Aún puedo oler su perfume, aún huelo sus tomates fritos… —La voz se le apagó
como si hubiera vuelto a sumirse en sus pensamientos y se hubiera terminado ese
extraño momento de lucidez.
Pasó a mi lado y se agachó para recoger una hoja llena de círculos con mano
temblorosa.
—Estaba intentando escribir. —Miró en dirección a la silla de mi madre—.
Pero se me ha olvidado cómo hacerlo.
No tenía nada que ver conmigo, jamás lo tuvo, sino con mi madre. Me había
sentido exactamente igual hacía escasas horas, cuando salí de la biblioteca,
después de estar sentado entre sus cosas, intentando sentir su compañía. Pero todo
era diferente para mí ahora que sabía que no había desaparecido. No obstante,
mi padre no lo sabía. Su esposa no le abría las puertas ni le dejaba mensajes. Él
ni siquiera tenía eso.
La semana siguiente, la víspera de Navidad, el desgastado pueblo de cartón
abombado y a no me pareció tan pequeño. La torre del campanario sobresalía
erguida por encima de la iglesia mientras la granja aguantaba en pie como si
acabara de ponerse. El brillante pegamento blanco centelleaba y la vieja capa de
nieve hecha con algodón, firme pese al transcurso del tiempo, mantenía
compacto todo el conjunto.
Yo estaba tumbado en el suelo, bajo las ramas más bajas de un grueso pino
blanco, como hacía siempre. Las puntiagudas hojas verdeazuladas me rozaban el
cuello mientras me esmeraba en colocar una hilera de lucecitas blancas en unos
agujeros situados en la parte posterior del pueblo. No había encontrado a sus
habitantes y se habían perdido también los coches de hojalata y los animales. El
pueblo estaba vacío, pero por primera vez no me parecía desierto ni me sentía
solo.
Algo me llamó la atención mientras permanecía tumbado, escuchando a
Amma garabatear con un bolígrafo y los viejos y chirriantes discos navideños de
mi padre. Era un pequeño objeto oscuro que se había enganchado en un pliegue
de tela y permanecía entre las capas de algodón. Era una estrella del tamaño de
un penique, pintada de oro y plata y rodeada por un halo arrugado que parecía
hecho con un clip. Era un adorno del árbol de Navidad del pueblecito, lo
habíamos buscado durante años. Mi madre lo había hecho cuando era pequeña y
todavía iba al cole en Savannah.
Me lo metí en el bolsillo con intención de dárselo a Lena en cuanto nos
viéramos para que se lo pusiera en su collar de amuletos. Así no volvería a
perderse. Así no volvería a perderme.
Esto le habría gustado a mi madre. Y también, si hubiera conocido a Lena,
también le habría gustado. A lo mejor sí la conocía.
Llámate a ti misma.
Habíamos tenido la respuesta delante de nuestras narices todo el tiempo,
perdida entre los libros del estudio de mi padre, guardada en las páginas del
recetario de mi madre.
Parcialmente enganchada entre la nieve polvorienta
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