18

8 de diciembre
Con el agua al cuello
ESTABA METIDO EN TANTOS líos que la amenaza de otro más y a no me
asustaba. En un momento dado, cuando uno se ha adentrado tanto en el cauce del
río, ya no queda más remedio que seguir remando hasta llegar a la otra orilla.
Esa era la lógica típica de Link, pero sólo ahora estaba empezando a verle la
genialidad al asunto. Tal vez sea cierto que uno es incapaz de comprenderlo hasta
que no se ve en un buen aprieto.
Al día siguiente, Lena y yo estábamos así: con el agua al cuello. La jornada
empezó por todo lo grande, falsificando un justificante de ausencia con un lápiz
del número 2 propiedad de Amma; continuó haciendo novillos para leer un libro
robado que no teníamos, al menos en teoría; y rematé la jornada con un montón
de trolas sobre un trabajo en el que Lena y yo debíamos seguir para subir la nota.
Yo estaba convencido de que Amma iba a pillarme dos segundos después de
decir lo de mejorar la nota, pero estaba de charla con mi tía Caroline, hablando
por teléfono sobre el « estado» de mi padre.
Me sentía terriblemente culpable por todos los embustes, y eso por no
mencionar el robo, la falsificación y el borrado de mentes, pero no disponíamos
de tiempo para ir a clase; de hecho, teníamos mucho que estudiar.
Porque teníamos el Libro de las Lunas. Era real. Podía tocarlo con las manos,
y lo hice…
—¡Ay !
Y luego lo solté: aquello quemaba como un hierro al rojo vivo. El libro cayó
sobre el suelo de la habitación de Lena. Boo Radley ladró desde algún lugar de la
casa y le escuché corretear mientras subía las escaleras para reunirse con
nosotros.
—Puerta —dijo Lena sin levantar la vista de un viejo diccionario de latín. Y
la puerta de su cuarto se cerró de sopetón justo cuando Boo estaba a punto de
colarse dentro. Protestó, ladrando con resentimiento—. No entres en mi
habitación, Boo. No estamos haciendo nada, especial. Estoy a punto de ponerme
a tocar.
Me quedé a cuadros, sin apartar la vista de la entrada cerrada. Otra lección
de Macon, dije para mis adentros. Lena ni siquiera había pestañeado, era como si
lo hubiera hecho miles de veces, igual que el truco usado la noche anterior con
Reece y Del. Empezaba a pensar que cuanto más nos acercábamos a la fecha de
su cumpleaños, la Caster que había en su interior afloraba cada vez más.
Yo pretendía hacer como que no me daba cuenta. Y cuanto más lo intentaba,
más consciente era de ello.
Me miró mientras me frotaba las manos aún doloridas en los vaqueros.
—¿Qué parte no pillas de no-puedes-tocarlo-si-no-eres-un-Caster?
—Pues esa parte precisamente.
Abrió un desgastado estuche negro y sacó la viola.
—Son casi las cinco. Tengo que empezar a tocar o mi tío se dará cuenta nada
más levantarse. No sé cómo, pero siempre lo sabe.
—¿Qué…? ¿Ahora?
Esbozó una sonrisa y se sentó en una silla en un rincón de la habitación.
Apoyó el instrumento en el hombro y lo acercó al mentón antes de coger el arco
y ponerlo sobre las cuerdas. Cerró los ojos y permaneció inmóvil durante unos
instantes, como si estuviéramos en una filarmónica y no en su cuarto. Luego, se
puso a tocar. Sus manos fueron desgranando las notas, que se extendieron por la
estancia y flotaron en el aire como otro de sus poderes desconocidos. Las finas
cortinas blancas de la ventana se agitaron y escuché la canción:
Dieciséis años, dieciséis lunas.
Luna de la Llamada, la hora se acerca,
en estas páginas la Oscuridad aclaras
por el Vínculo del Poder que el fuego sella.
Mientras y o la contemplaba, se levantó con sigilo de la silla y puso la viola
donde había estado sentada. Las cuerdas seguían emitiendo música aunque había
dejado de tocar. Dejó el arco sobre el respaldo del asiento y se deslizó por el
suelo hasta acabar sentada a mi lado.
Calla.
¿A esto lo llamas practicar?
—Mi tío no parece advertir la diferencia, y mira… —Hizo un gesto hacia la
puerta. Se veía una sombra y se escuchaba un rítmico golpeteo: era Boo con el
rabo—. A él le chifla, y a mí me gusta tenerle en la puerta. Es un buen sistema de
alarma antiadultos.
Tenía parte de razón, la verdad.
Lena se arrodilló junto al libro y lo cogió fácilmente con las manos. Cuando
lo abrió, vimos lo mismo que habíamos estado contemplando durante todo el día:
cientos de hechizos ordenados escrupulosamente en listas; los había en inglés,
latín, gaélico y otras lenguas desconocidas a mis ojos, una de ellas era una
sucesión de letras muy floridas como no había visto en mi vida. Las finas páginas
de color terroso eran frágiles, casi translúcidas, y estaban cubiertas por una
caligrafía cuidada trazada con tinta marrón oscuro. Bueno, al menos yo esperaba
que fuera tinta.
Toqueteó las líneas escritas con esa letra tan extraña y me dio el diccionario
de latín.
—No es latín. Compruébalo tú mismo.
—Me da que es gaélico. ¿Has visto alguna vez algo parecido a esto? —Señalé
las letras con volutas.
—Debe de ser algún tipo de antiguo idioma mágico.
—Pues lo llevamos claro si no tenemos diccionario.
—Lo tenemos, quiero decir, seguro que mi tío lo tiene. En la biblioteca del
piso de abajo guarda un montón de libros Caster. No es la Lunae Libri, pero es
muy probable que en sus estanterías esté lo que buscamos.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que se levante?
—No demasiado.
Estiré las mangas del suéter hasta cubrir por entero las palmas de las manos y
usé el tejido para sujetar el libro del mismo modo que Amma usaba las
manoplas de la cocina cuando cogía algo caliente. Pasé las delgadas hojas. Las
páginas hacían mucho ruido, tenían más aspecto de hojas secas y marchitas que
de papel.
—¿Tú le encuentras a esto algo de sentido?
Negó con la cabeza.
—En mi familia no te dejan saber nada importante de verdad hasta que no
has sido Llamado. —Fingió enfrascarse en la lectura de las páginas—. Por si
acabas en el lado Oscuro, supongo.
Yo sabía lo suficiente como para dejar correr el asunto.
Fuimos pasando una página tras otra sin entender nada. Había imágenes,
algunas aterradoras y otras bellísimas, donde se mostraban criaturas, símbolos,
animales y hombres, pero incluso los semblantes de estos últimos estaban hechos
de tal forma que su aspecto no recordaba al de los seres humanos. Aquello era
para mí como una enciclopedia de otro planeta.
Lena cogió el Libro de las Lunas y lo apoyó en su regazo.
—No es mucho lo que sé, y todo resulta tan…
—¿Flipante?
Me eché hacia atrás, apoyándome sobre su cama, con la mirada fija en el
techo: había números y palabras, palabras nuevas por todas partes. Pude ver la
cuenta atrás en los dígitos garabateados en las paredes de la habitación.
100, 78, 50…
¿Cuánto tiempo más íbamos a poder estar juntos de este modo? El
cumpleaños de Lena cada vez estaba más cerca y sus poderes no hacían más
que aumentar. ¿Qué ocurriría si ella estaba en lo cierto y se convertía en algo
irreconocible, algo tan Oscuro que llegara a no conocerme o que yo dejara de
importarle? Miré fijamente la viola del rincón hasta que ya no quise ver nada
más y cerré los ojos. Escuché la melodía mágica y luego la voz de Lena:
Cuando la decimosexta luna la hora de la Llamada traiga, es cuando la
persona de poder tiene la libertad de voluntad y actuación para formular
la elección eterna, al terminar el día, o en el último instante de la última
hora, bajo la luna de la Llamada…
Nos miramos el uno al otro.
—¿Cómo has logrado tra…? —empecé a preguntar al tiempo que me
asomaba por encima de su hombro para echarle un vistazo al texto.
Volvió la página.
—Estas páginas puedo entenderlas. Alguien empezó a traducirlo, aquí, en el
reverso. La tinta es de un color diferente, ¿lo ves?
Lena estaba en lo cierto.
Incluso la transcripción a nuestro idioma tenía cientos de años. La caligrafía
era también muy elegante, pero no era la misma letra ni estaba escrita con la
misma tinta parduzca, o lo que fuera.
—Pasa la página.
Siguió ley endo con el libro en alto:
La Llamada no puede retirarse una vez hecha, la elección no puede
deshacerse una vez formulada. La persona de poder se sume para
siempre en la gran Oscuridad o en la gran Luz, para siempre. El Orden de
las Cosas está en peligro de perderse si no es así, si el Vínculo pende
desatado cuando se acaba el tiempo, cuando se consume la última hora de
la luna decimosexta. Eso no debe ocurrir. El Libro Vinculará todo lo que
esté Desvinculado para toda la eternidad.
—Entonces, ¿no hay forma de eludir la Llamada?
—Eso es lo que he intentado decirte desde el principio.
Clavé la vista en unas palabras cuya contemplación no me aportaba ningún
entendimiento.
—Pero ¿qué sucede exactamente durante la Llamada? ¿Esa Luna de la
Llamada hace caer un haz de luz mágica o algo así?
Lena echó un vistazo rápido a la página.
—No lo dice. Sólo sé una cosa: tiene lugar a medianoche, a la luz de la luna.
« En medio de la gran Oscuridad y bajo la gran Luz de la cual procedemos» .
Puede ocurrir en cualquier lugar. No es algo visible, sucede y y a está. No hay
ningún ray o mágico.
—Pero ¿qué ocurre exactamente?
Yo quería saberlo todo y tenía la impresión de que me ocultaba algo, pero no
apartaba los ojos de la página.
—Para la may oría de los Caster es una consciencia, tal y como pone aquí. La
persona de poder, el Caster, efectúa una elección inamovible; elige si desea ser
llamado por la Luz o por la Oscuridad. A eso se refiere con lo de « la libertad de
voluntad y actuación» . Es como los mortales cuando eligen entre el bien o el
mal, salvo que en el caso de los Caster la elección es para siempre. En ese
momento escogen la vida que desean llevar, la forma en que desean interactuar
con el universo mágico y con los demás. Sellan un pacto con el mundo natural, el
Orden de las Cosas. Parece una locura, lo sé.
—¿Y todo eso cuando cumplen dieciséis? ¿Cómo esperan que a esa edad
sepas qué vas a querer para el resto de tus días?
—Sí, y a, bueno, eso es para los afortunados, yo ni siquiera tengo elección.
Casi no tenía ánimo para formularle la siguiente pregunta.
—Y entonces, ¿qué va a sucederte?
—Cambias, eso es todo, según Reece. Sucede en un instante, lo que tarda en
latir el corazón una vez. Sientes fluir la energía y el poder por tu cuerpo, es como
si volvieras a nacer. —Parecía embargada por la pesadumbre—. Al menos, eso
cuenta Reece.
—Eso no tiene mala pinta.
—Reece lo describió como un calor abrumador, como si el sol cayera de
lleno sobre ella y nadie más, y en ese momento sabes cuál es el camino elegido
para ti. —Sonaba muy guay, fácil e indoloro, como si le hubiera pegado un
tijeretazo a la historia y se hubiera saltado algo, por ejemplo, la parte en que un
Caster se vuelve Oscuro, pero no quise sacar el tema, ni aun sabiendo que ambos
estábamos pensando en eso.
¿Así de simple?
Así de simple. No hay heridas ni nada por el estilo, si es eso lo que te preocupa.
Era una de las cosas que me traían de cabeza, sí, pero no la única.
No estoy preocupado.
Yo tampoco.
Y en esta ocasión, los dos hicimos el propósito de abandonar el tema, y no
sólo no hablar de ello, sino también no pensar más sobre lo mismo.
La luz anaranjada del crepúsculo se colaba en la habitación de Lena y se
deslizaba por la alfombra con mil reflejos dorados. Durante unos instantes todo
adquirió un brillo áureo: el rostro, los ojos y el pelo de Lena, y todo cuanto
bañaba el sol. Era una belleza remota, como las representadas en el libro, como
si estuviera a miles de kilómetros y cientos de años, y no sabía por qué, pero no
parecía humana.
—Anochece. Macon va a levantarse de un momento a otro. Debemos sacar
el libro de aquí. —Lo cerró, lo metió en mi mochila y cerró la cremallera—.
Llévatelo. Mi tío intentará quitármelo si lo encuentra. Siempre lo hace.
—No me hago a la idea de qué es lo que nos ocultan él y Amma. Si todo esto
va a suceder sí o sí y no se puede hacer nada por evitarlo, ¿por qué no nos lo
cuentan todo?
Lena no me miró, pero apoyó la cabeza sobre mi pecho cuando la estreché
entre mis brazos. No despegó los labios, pero pude sentir su corazón latiendo junto
al mío por encima de las capas de sudaderas y suéteres.
Miró distraída la viola hasta que su música se fue apagando y sonó tan débil
como tenue era el brillo del sol que entraba por la ventana.
Al día siguiente, en el instituto, Lena y yo éramos los únicos que teníamos algún
interés en clase. Nadie levantaba la mano, excepto para pedir permiso para ir al
baño, ni cogía un boli si no era para escribir una notita a alguien, saber quién no
iba a comerse un rosco o quién estaba ya pillado. En diciembre sólo existía una
cosa en el Instituto Jackson: el baile de invierno.
Estábamos en la cafetería cuando Lena sacó el tema por primera vez.
—¿Le has pedido a alguien que sea tu pareja? —le preguntó a Link.
Lena no estaba al corriente de su estrategia secreta, bueno, no tan secreta,
consistía en asistir sin acompañante para poder flirtear con Cross, la entrenadora
de atletismo femenino. Link estaba colado por Maggie Cross. Esta se había
graduado hacía cinco años e iba al instituto después de sus clases en la
universidad para entrenar desde que estábamos en quinto.
—No, me mola ir por libre. —Link esbozó una ancha sonrisa, dejando
entrever la boca llena de patatas fritas.
—Hace de carabina de la entrenadora Cross y como está libre, puede pulular
cerca de ella durante toda la fiesta —le expliqué.
—No me gustaría decepcionar a ninguna chica. Se pelearían por mí en
cuanto les hiciera efecto el alcohol que vierten a escondidas en los refrescos.
—Jamás he estado en una fiesta del instituto.
Lena bajó la mirada y cogió su bocadillo. Parecía decepcionada.
No le había pedido que me acompañase al baile pensando que no quería ir.
Entre nosotros estaban ocurriendo muchas cosas, y todas eran más importantes
que un baile escolar.
Link me dirigió una elocuente mirada, y a me había avisado de que esto iba a
pasar.
—Todas las chicas quieren ir al baile, tío. No sé por qué, pero hasta y o tengo
eso claro.
Pero a la vista de que el plan de Link para ligarse a la entrenadora jamás le
había salido bien, ¿quién iba a pensar que podía tener razón en esto otro?
Link vació de un trago el resto de coca cola.
—¿Una chica cañón como tú? Pero si podrías ser la Reina de las Nieves.
Lena intentó sonreír, pero le salió fatal.
—¿Qué es eso de la Reina de las Nieves? ¿No podéis tener una reina del baile
de bienvenida como todo el mundo?
—No, este es el baile de invierno, y lo que hay es una Reina de los Hielos,
pero como la prima de Savannah, Suzanne Snow, ha ganado todos los años desde
que se graduó y la misma Savannah Snow lo consiguió el año pasado, todo el
mundo dice la Reina de las Nieves.
Link alargó el brazo y cogió un trozo de pizza de mi plato.
Lena quería ir al baile, era obvio. Ese era otro misterio de las chicas. Quieren
ir a sitios aunque no les apetezca, pero yo tenía el presentimiento de que este no
era el caso de Lena. Parecía como si hubiera hecho una lista de las cosas que
supuestamente hacen todas las chicas normales del instituto, y estaba emperrada
en realizarlas todas.
La idea era una locura y el bailecito, el último lugar al que me apetecía ir.
Ninguno de los dos éramos los chicos más populares en los últimos tiempos. Me
importaba un rábano que todos nos mirasen cuando pasábamos por los pasillos,
incluso aunque no fuéramos de la mano, y también las crueldades y maldades
que decían de nosotros mientras estábamos los tres sentados en una mesa vacía
en el atestado comedor o que el nutrido club de los Ángeles Guardianes del
instituto montasen patrullas de vigilancia por los pasillos con el único propósito de
fastidiarnos.
Pero la cosa era que el tema me había interesado antes de que Lena lo
mencionara. Empezaba a preguntarme si y o mismo, bueno, en fin, si no estaría
bajo el influjo de algún hechizo.
No te he embrujado.
Tampoco te he acusado de hacerlo.
Acabas de hacerlo.
No he dicho que tú hayas lanzado un hechizo. Sólo he pensado que tal vez esté
bajo uno.
Pero bueno, ¿tú te crees que soy Ridley?
Pienso que… Olvídalo.
Lena estudió mi rostro con gran intensidad, como si intentara leer en mis
facciones, algo que yo sabía que era perfectamente capaz de hacer.
¿Qué…? Lo que dijiste la mañana siguiente a Halloween en tu habitación. ¿Lo
decías en serio, L?
¿El qué?
Lo escrito en la pared.
¿Qué pared?
La de tu cuarto. No actúes como si no supieras de qué te hablo. Dijiste que
sentías lo mismo que yo.
Ella empezó a enredar con el collar de amuletos.
No sé a qué te refieres.
A lo de encariñarse.
¿Encariñarse?
Ya sabes, enamorarse.
¿Qué?
No importa.
Dilo, Ethan.
Acabo de hacerlo.
Mírame.
Te estoy mirando.
Clavé la vista en mi chocolate con leche.
—¿Lo has pillado? Lo de Savannah Snow. Y lo de la Reina de los Hielos, ¿eso
también?
Link echó helado de vainilla encima de sus patatas fritas.
La belleza de Lena acaparó mi atención, y ella se sonrojó. Alargó las manos
debajo de la mesa y yo las cogí entre las mías, pero estuve a punto de retirarlas
casi al instante. Noté una descarga igual de intensa que si hubiera metido los
dedos en un enchufe. Ella me miraba de tal modo que habría sabido qué pensaba
aunque no hubiera sido capaz de escuchar sus pensamientos.
Si tienes algo que decir, Ethan, dilo ahora.
Pues sí, eso.
Dilo.
Pero no necesitábamos decir nada. Éramos todo cuanto necesitábamos, a
pesar de encontrarnos en medio de un comedor lleno hasta los topes y enzarzados
charlando con Link. De hecho, aunque ni nos habíamos dado cuenta, Link seguía
hablándonos.
—Sólo tiene gracia porque es cierto. De existir en el mundo una Reina de los
Hielos, fijo que sería Savannah.
Lena retiró las manos de entre las mías para poder coger una zanahoria y
lanzársela a Link. No pudo dejar de sonreír y Link pensó que se reía de él.
—Vale, lo pillo. Reina de los Hielos es una estupidez. —Y hundió el tenedor en
el revoltijo de comida que había en su bandeja.
—Ni siquiera tiene sentido: aquí no hay nieve ni hielo.
Linkme dedicó una gran sonrisa por encima de sus patatas con helado.
—Está celosa. Harías bien en vigilarla, tío. Lena quiere que la elijan Reina de
los Hielos para poder bailar conmigo cuando me coronen Rey de los Hielos.
Lena se rio a pesar de que no estaba de buen humor.
—¿Tú…? Pero ¿no te reservabas para la entrenadora?
—Y lo hago, este año cae fijo.
—Link se pasa toda la noche maquinando cosas graciosas para soltarlas
cuando ella anda cerca.
—Piensa que soy un tipo divertido.
—Dejémoslo en que tu aspecto le divierte.
—Este va a ser mi año, lo presiento, esta vez voy a ser el Rey de las Nieves y
por fin la entrenadora Cross alzará la vista para verme en el estrado con
Savannah Snow.
—No veo cómo vas a ligártela a partir de ahí. —Lena empezó a pelar una
naranja.
—Ah, bueno, reparará en mi buena presencia, en mi encanto y en mi talento
musical, especialmente si tú me escribes una canción. Entonces, cederá y bailará
conmigo, y me seguirá a Nueva York cuando me gradúe para ser mi fan.
—¿Y eso qué es? ¿Un episodio de After School Special? —se burló Lena. La
piel de la naranja se desprendió en una espiral alargada.
—Colega, tu novia piensa que soy especial —soltó él mientras las patatas se le
caían de la boca.
Lena me miró. Novia. Ambos lo habíamos oído.
¿Es eso lo que soy?
¿Es eso lo que quieres ser?
¿Me estás pidiendo algo?
No era la primera vez que le daba vueltas al asunto. Lena se había
considerado mi novia desde hacía algún tiempo y podía darse por hecho después
de todo cuanto habíamos pasado juntos, así que no sabía muy bien por qué y o no
había pronunciado esa palabra jamás. Tampoco sabía la razón de que me costase
tanto decirla ahora, pero verbalizar esa palabra tenía un significado especial, era
como si las cosas fueran más reales.
Bueno, supongo que lo soy.
No pareces muy convencida.
Le agarré la mano por debajo de la mesa y busqué con la mirada esos ojos
verdes suyos.
Yo estoy seguro, Lena.
Entonces, supongo que soy tu novia.
Entretanto, Linkseguía a lo suy o.
—También tú pensarás que soy especial cuando tenga a la entrenadora
comiendo en la palma de mi mano después del baile.
Linkalzó la bandeja y la movió como si estuviera bailando.
—Vete quitándote de la cabeza la idea de que mi novia va a reservarte un
baile. —Moví la bandeja igual que él.
A ella se le iluminaron los ojos. Estaba en lo cierto: Lena no sólo quería que la
invitase, estaba deseando ir. En ese momento supe que me traía al fresco qué
había escrito en esa lista de cosas-que-supuestamente-han-hecho-todas-laschicas-normales-del-instituto.
Iba a asegurarme de que hiciera todo cuanto
figurase en esa lista.
—Ah, pero ¿vais a ir?
La miré con expectación y ella me apretó la mano.
—Sí, eso creo.
Esta vez su sonrisa fue real.
—¿Qué te parece si te reservo dos bailes, Link? A mi novio no le importará.
Jamás va a decirme con quién tengo que bailar y con quién no.
Puse los ojos en blanco.
Linkalzó la mano y los dos chocamos esos cinco.
—Sí, te creo.
La comida terminó cuando sonó la campana. Fue así de simple, ahora no sólo
tenía una cita para el baile de invierno, tenía novia oficialmente, y no sólo eso,
por primera vez en toda mi vida había estado a punto de usar la palabra que
empieza por A en medio de la cafetería, delante de Link.
A eso le llamaba yo una comida caliente.
13 de diciembre
Difuminarse
—NO SÉ POR QUÉ no puede venir aquí. Esperaba ver a la sobrina de
Melquisedec emperifollada con sus mejores galas.
Yo permanecía quieto delante de Amma para que me hiciera el nudo de la
corbata. Era tan bajita que tenía que subirse tres escalones para llegar a mi
cuello. De niño, todos los domingos solía peinarme y anudarme la corbata antes
de ir a misa. Siempre parecía sentirse orgullosa de mí cuando me observaba, y
ahora me miraba con esa misma satisfacción.
—Lo siento, pero no hay tiempo para una sesión de fotos. Voy a recogerla a
su casa. Se supone que el chico recoge a la chica, ¿no?
Había un buen trecho si teníamos en cuenta que debía ir hasta Ravenwood en
el Cacharro. Shawn iba a llevar a Link. Los chicos del equipo le seguían
reservando un asiento en su nueva mesa incluso a pesar de que por lo general
solía sentarse con Lena y conmigo.
Amma tiró de la corbata y se echó a reír. No supe qué le hacía tanta gracia,
pero se me pusieron los nervios a flor de piel.
—La has apretado demasiado y me estoy asfixiando. —Intenté meter un
dedo entre la garganta y el cuello de mi chaqueta de esmoquin alquilada.
—No es la corbata, son los nervios. Tranquilo. Lo harás bien. —Me examinó
de los pies a la cabeza con gesto de aprobación, como imaginé que habría hecho
mi madre de haber estado allí—. Ahora, déjame ver esas flores.
Alargué el brazo detrás de mí en busca de una cajita con una rosa roja
envuelta en muguet. A mí me parecía horrorosa, pero era imposible conseguir
mucho más en Jardines del Edén, la única floristería de Gaflin.
—Son las flores más espantosas que han visto mis ojos. —Amma sólo les
echó un vistazo antes de lanzarlas a la papelera, situada al pie de las escaleras, y
darse media vuelta en dirección a la cocina.
—¿Por qué has hecho eso?
Abrió el frigorífico y sacó un ramillete de los que se colocan en la muñeca
con flores delicadas y menudas. Jazmín estrella y romero silvestre sujetos con
una cinta plateada. Plata y blanco, los colores del baile de invierno. El ramillete
era perfecto.
Amma había hecho eso a pesar de lo poco que le gustaba mi relación con
Lena. Lo había hecho por mí. Sólo tras la muerte de mi madre comprendí cuánto
dependía de Amma y cuánto había dependido siempre. Era lo único que me
había mantenido con la cabeza fuera del agua. Probablemente, sin ella me habría
ahogado, igual que mi padre.
—Todo tiene un significado. No pretendas amansar lo indomable.
Acerqué el ramillete a la luz de la cocina. Me percaté de lo larga que era la
cinta y la fui tanteando con los dedos hasta encontrar debajo un huesecito.
—¡Amma!
Se encogió de hombros.
—¿Qué? ¿Vas a ponerte tiquismiquis porque haya sacado de una tumba ese
huesecito de nada? Después de haber crecido en esta casa y de haber visto
cuanto has visto, ¿dónde tienes el sentido común? Una proteccioncita de nada no
hace daño a nadie, ni siquiera a ti, Ethan Wate.
Suspiré y puse el ramillete en la caja.
—Yo también te quiero, Amma.
Me abrazó con tanta fuerza que no me rompió los huesos de casualidad. Bajé
las escaleras del porche a la carrera y salí al exterior. Ya era de noche.
—Ten cuidado, ¿me oy es? No te entusiasmes demasiado.
No tenía ni idea de a qué se refería, pero de todos modos le contesté con una
sonrisa.
—Sí, señorita.
Al alejarme al volante del Cacharro vi todavía encendida la luz en el estudio
de mi padre. Me pregunté si acaso se habría enterado de que esa noche se
celebraba el baile de invierno.
Mi corazón estuvo en un tris de pararse cuando Lena abrió la puerta de la
mansión, lo cual y a es decir, si se tenía en cuenta que ella ni siquiera me había
tocado. Iba vestida como jamás lo hubiera hecho ninguna otra chica, y y o lo
sabía. Sólo había dos sitios para elegir ropa en el condado de Gatlin: Little Miss,
proveedor de ropa para las representaciones locales, y Southern Belle, la tienda
de trajes de novia, a dos pueblos de distancia.
Las chicas vestidas en Little Miss llevaban descocados modelos de sirena con
demasiadas aberturas y escotes, y muchas lentejuelas. Amma jamás habría
dejado que me vieran en compañía de ese tipo de chicas en un picnic, y menos
aún en un baile formal. A veces eran ganadoras de concursos locales de belleza o
hijas de alguna antigua miss local, como Edén, cuya madre había sido primera
finalista en el concurso Miss Carolina del Sur, y en la gran mayoría de las
ocasiones, eran hijas de madres a las que les hubiera gustado ganar esos
certámenes. En cuestión de un par de años podría verse a todas esas chicas
acudiendo con sus bebés a las fiestas de graduación del Instituto Jackson.
En Southern Belle vendían vestidos con forma de campana a lo Scarlett
O’Hara. Las Damas Auxiliares del Ejército de Salvación y de Hijas de la
Revolución Americana equipaban allí a sus niñas, como era el caso de Emily
Asher o Savannah Snow. Te las encontrabas en todas partes y era fácil sacarlas a
bailar si tenías suficientes tragaderas para soportarlas a ellas y al hecho de que,
con ese aspecto, era como bailar con una novia el día de su boda.
Comoquiera que sea, todo era brillante, colorido y lleno de adornos, y estaba
omnipresente un tono naranja conocido popularmente como « naranja Gatlin» .
Probablemente, en el resto del mundo estaría reservado para las novias horteras,
pero no en este condado.
La presión era menos manifiesta para los chicos, pero tampoco era moco de
pavo. Debíamos ir a juego con nuestra pareja, o sea, lidiar con aquel temido
color naranja. Este año, el equipo de baloncesto iba a ir con corbatas y fajines
plateados, lo cual les ahorraba la humillación de llevar corbatas de color rosa,
púrpura o naranja.
Lena jamás en la vida se hubiera puesto una prenda de color naranja Gatlin,
sin duda, pero cuando la vi me entró un tembleque en las piernas, lo cual
empezaba a convertirse en algo habitual, porque estaba tan guapa que sólo
mirarla hacía daño.
Vaya.
¿Te gusta?
Se giró sobre sí misma para que pudiera verla. La melena ensortijada le caía
por los hombros, pero se había sujetado la parte de delante hacia atrás con unos
pasadores centelleantes de ese modo casi mágico que tienen las chicas de lograr
que el pelo parezca estar sujeto en alto y al mismo tiempo caiga hacia abajo.
Quise recorrer su melena con los dedos, pero no me atreví a tocarle ni un solo
pelo. El vestido, de hebras plateadas, se le ceñía al cuerpo, resaltando todas sus
curvas, sin parecerse a ninguno de los modelitos de Little Miss. Era un atuendo
delicado como una telaraña, parecía tejido en plata por arañas.
¿Qué es? ¿Tejido de plata hilado por arañas?
¿Quién sabe? A lo mejor. Me lo ha regalado el tío Macon.
Se echó a reír y me arrastró al interior de la casa. Incluso la mansión
Ravenwood parecía reflejar el tema invernal del baile. Esa noche, el vestíbulo de
la entrada tenía un aire al viejo Hollywood: el suelo estaba ajedrezado por
baldosines blancos y negros y por encima de nuestras cabezas flotaban copos de
nieve. Había una antigua mesa negra lacada delante de unas centelleantes
cortinas irisadas y más lejos acerté a ver algo que rielaba como el sol sobre el
mar, aunque no logré acertar qué era. Encima de los muebles había velas de
luces parpadeantes que creaban halos de luz dondequiera que se mirase.
—¿De verdad? ¿Arañas?
La luz de las velas arrancaba destellos a los labios de Lena. Procuré no
detenerme en su contemplación y me contuve para no besar la pequeña media
luna de su pómulo. El más sutil de los brillos refulgía sobre sus hombros, su rostro,
su pelo. Esa noche parecía de plata incluso su lunar.
—Sólo bromeaba. Probablemente lo compró en alguna tiendecilla en París,
en Roma o en Nueva York. Mi tío se pirra por las cosas bonitas. —Acarició la
media luna plateada que descansaba sobre su escote. Debía de ser otro regalo de
Macon.
—Exacto, pero, aparte de eso, lo encontré en Budapest, no en París —dijo
una voz procedente del oscuro pasillo. Esa forma de arrastrar las palabras me
resultaba familiar. La afirmación vino acompañada por el brillo de una vela.
Macon apareció ataviado con chaqueta de esmoquin, unos pulcros pantalones
negros y una camisa de vestir blanca. Los gemelos centelleaban a la luz de la
vela—. Ethan, te agradecería en grado sumo que esta velada extremaras las
precauciones con mi sobrina. Como sabes, prefiero que de noche permanezca en
casa. —Me entregó para que se lo diera a Lena un ramillete de jazmines estrella
—. Toda precaución es poca.
—¡Tío Macon! —saltó Lena, asombrada.
Miré el ramillete de cerca. Un alfiler sujetaba las flores y de este pendía un
anillo plateado en el que advertí una inscripción escrita en un lenguaje
ininteligible, pero que reconocí por ser similar al del Libro de las Lunas. No tuve
que examinarlo de cerca para apreciar que se trataba del anillo que él no se
quitaba jamás, hasta esa noche. Cogí el ramillete que me había hecho Amma.
Era casi idéntico.
Entre los cientos de Caster ligados al anillo y los innumerables Notables de
Amma, no habría espíritu en el pueblo con valor para meterse con nosotros, o en
eso confiaba yo.
—Entre usted y Amma conseguirán que Lena sobreviva al baile de invierno
del Instituto Jackson, señor —comenté con una sonrisa.
Él no me la devolvió.
—No es el baile lo que me preocupa, pero se lo agradezco igualmente a
Amarie.
Lena torció el gesto y nos miró alternativamente. Seguramente no
parecíamos las dos personas más felices del pueblo.
—Tu turno. —Cogió una flor de la mesa del vestíbulo y me la puso en el ojal;
era una sencilla rosa blanca con un tallo de jazmín—. Me gustaría que todo el
mundo dejara de preocuparse por un rato. Esto se está volviendo de lo más
embarazoso. Sé cuidar de mí misma.
Macon no parecía demasiado convencido.
—En cualquier caso, no me gustaría que nadie resultase herido.
No sabía si se estaba refiriendo a las brujas del instituto o a Sarafine, la
poderosa Caster Oscura. De todos modos, en los últimos meses había visto
demasiadas cosas como para pasar por alto un aviso tan serio.
—Ha de estar de vuelta a medianoche.
—¿Esa hora es más poderosa para la magia?
—No. No tiene permiso para llegar más tarde a casa.
Reprimí una sonrisa.
Lena parecía nerviosa mientras íbamos de camino al pabellón de gimnasia.
Permanecía sentada muy envarada en el asiento de delante, jugueteando con el
dial de la radio, el vestido y el cinturón de seguridad.
—Relájate.
—¿Es una locura lo que vamos a hacer esta noche? —preguntó, mirándome
con expectación.
—¿A qué te refieres?
—Todos me odian. —Mantuvo la vista fija en las manos.
—Querrás decir que todos nos odian.
—De acuerdo, todo el mundo nos odia.
—No estamos obligados a ir.
—No, quiero ir. Ese es el asunto… —Hizo girar el ramillete alrededor de la
muñeca varias veces—. Ridley y yo habíamos planeado ir juntas el año pasado,
pero entonces…
No fui capaz de oír el resto, ni siquiera en mi mente.
—Las cosas ya se habían estropeado para entonces. Ridley cumplió dieciséis.
Ella se… fue, y y o tuve que dejar la escuela.
—Bueno, no es más que un baile y este no es el último año. Tampoco ha
pasado nada malo.
Frunció el ceño.
Por el momento.
El consejo estudiantil había trabajado de lo lindo durante el fin de semana y hasta
y o me quedé impresionado cuando entramos en el gimnasio y vi cómo lo habían
dejado. Cualquier atisbo del instituto había desaparecido dominado por el tema de
la fiesta: el sueño de una noche de invierno.
Habían colocado en sedales de pesca colgados del techo cientos de copos de
nieve minúsculos. Muchos eran blancos y estaban hechos con papel, y otros
centelleaban, pues los habían confeccionado con papel de estaño, purpurina,
lentejuelas y todo tipo de material brillante. En las esquinas del pabellón habían
amontonado esponjosa nieve en polvo y refulgentes luces blancas colgaban de la
escalera.
—Ethan, Lena, hola. ¡Tenéis un aspecto estupendo! —nos saludó la
entrenadora Cross mientras nos daba unas copas con ponche de melocotón. Lucía
un vestido negro que, a mi juicio, enseñaba demasiado muslamen para el bien de
Link.
Al mirar a mi novia recordé los dorados copos de la mansión Ravenwood
suspendidos en el aire sin necesidad de sedal de pesca ni papel de estaño, pero,
aun así, los ojos de Lena brillaban y me apretó la mano con más fuerza, como
una niña en su primera fiesta de cumpleaños. Jamás había creído a Link cuando
afirmaba que las fiestas del instituto ejercían un efecto inexplicable sobre las
chicas, pero parecía evidente que era cierto, incluso aunque fueran unas Caster.
—Es precioso.
En realidad, no lo era. Aquello era lo que era: otro baile más del instituto, pero
supuse que para Lena sí era precioso. Quizás la magia no sea una cosa mágica
cuando has crecido con ella.
Entonces oí una voz conocida. Imposible, no podía ser.
—Que empiece la fiesta.
Ethan, mira…
Me di la vuelta y casi se me atragantó el ponche cuando vi a Link con algo
similar a un traje jaspeado debajo del cual llevaba una de esas camisetas negras
con la imagen de un esmoquin estampada por delante. Llevaba unas deportivas
tipo bota de color negro. Parecía un bailarín callejero de Charleston.
—Eh, Perdedor, eh, prima.
Oí de nuevo esa voz inconfundible por encima del runrún del gentío, el
pinchadiscos, el golpeteo machacón del bajista y las parejas en la pista de baile.
Miel, azúcar, melaza y piruletas de cereza todo en uno. Por primera vez en mi
vida pensaba que algo era demasiado dulce.
La mano de mi acompañante se tensó entre mis dedos. Era increíble: del
brazo de Link iba Ridley, ataviada con el vestido de lentejuelas más pequeño que
nadie hubiera llevado en un baile de etiqueta del Instituto Jackson. Yo ni siquiera
sabía dónde mirar, porque era todo curvas, piernas y una gran melena rubia.
Sentí cómo subía la temperatura de la sala cuando todos la miraban y no debía de
ser el único, a juzgar por el alto número de chicos que habían dejado de bailar
con sus parejas, vestidas como las figuritas de un pastel de boda; ahora estaban
que trinaban. En un mundo donde todos los vestidos del baile procedían de dos
tiendas, Ridley hacía pasar por puritanos los descocados vestidos de Little Miss y
hacía que la entrenadora Cross pareciera una monja. En otras palabras: Link
estaba condenado.
Descompuesta, la mirada de Lena iba de su prima a mí.
—¿Qué haces aquí, Ridley ?
—Vay a, al final, después de todo, hemos venido al baile. ¿No estás eufórica?
¿No es fantástico?
Observé cómo el pelo de Lena empezaba a agitarse bajo el soplo de un viento
inexistente. Bastó un parpadeo suyo para que se fundieran la mitad de las luces
blancas. Tenía que meter baza lo antes posible. Arrastré a Link hasta la fuente de
ponche.
—¿Qué haces con ella?
—¿Puedes creértelo, tío? Es la tía más ardiente de todo el condado, y no te
ofendas. Provoca quemaduras de tercer grado. Me la encontré merodeando por
Stop & Steal cuando iba a por algo de picar mientras venía hacia aquí. Tenía y a
puesto ese vestido y todo.
—¿Y no lo encuentras un poco raro?
—¿Te crees que me importa?
—¿Y si resulta ser una psicópata pirada?
—¿Te refieres a que va a atarme o algo así? —quiso saber, sonriendo
mientras se imaginaba la escena.
—No estoy de coña.
—Siempre lo estás… ¿Qué pasa…? Ah, ya caigo: estás celoso, pues, según
creo recordar, te metiste en su coche a las primeras de cambio. No me digas que
lo intentaste con ella o algo así…
—En absoluto, es la prima de Lena.
—Me importa un bledo. Todo lo que sé es que he venido al baile con la tía
más cañón de tres condados. Es como… ¿cuántas posibilidades hay de que caiga
en el pueblo un meteorito? Esto no va a volver pasar. Pórtate guay, ¿vale? No me
lo chafes.
Ya estaba hechizado, aunque es cierto que con Link tampoco era necesario
esforzarse mucho. Ahora daba igual lo que y o le dijera. Aun así, con poca
convicción, hice otro intento.
—No es trigo limpio, tío. Va a licuarte el seso, te lo sorberá y lo escupirá
cuando se vay a.
Me agarró por los hombros:
—Pasa de mí —dijo.
Link pasó el brazo en torno a la cintura de Ridley y se dirigió a la pista de
baile sin mirar siquiera a la entrenadora Cross cuando pasaron junto a ella.
Me llevé a Lena en la dirección opuesta, hacia el rincón donde el fotógrafo
estaba retratando a las parejas delante de un falso ventisquero con un muñeco de
nieve aún más falso mientras los miembros del consejo estudiantil se turnaban
para tirar nieve de pega sobre la escena. Me di de bruces con Emily.
Ella miró a mi novia.
—Lena, estás… flamante.
—Emily… pareces hinchada —repuso Lena nada más verla.
Y era cierto. El vestido de Southern Belle que llevaba Emily Anti-Ethan
parecía un buñuelo de color melocotón plateado, relleno de crema, espachurrado
y arrugado como un tafetán. El pelo le caía en gruesos tirabuzones que parecían
trozos de cinta amarilla retorcida. Daba la impresión de que le habían estirado la
cara más de la cuenta mientras le hacían el peinado en la peluquería Snip’n’Curl
y que se habían hartado de pincharle la cabeza con las horquillas.
¿Qué había visto yo alguna vez en ella?
—No sabía que las de tu estilo bailaran.
—Lo hacemos. —Lena la miró fijamente.
—¿Alrededor de la hoguera? —inquirió Emily con una sonrisa maliciosa.
—¿Por qué? —El pelo de Lena volvió a ensortijarse—. ¿Buscas un buen fuego
para quemar ese vestido?
La otra mitad de las parpadeantes luces blancas saltaron y pude ver cómo el
consejo estudiantil en pleno echaba a correr para revisar los plomos y las
conexiones eléctricas.
No la dejes ganar. Ella es la única bruja aquí.
No es la única, Ethan.
Savannah apareció detrás de Emily con Earl pegado a su espalda. Ambas
tenían las mismas pintas, salvo que el vestido de una era de color rosa plateado y
el de la otra melocotón plateado. Su falda se asemejaba a un peluche. No costaba
nada imaginarse sus bodas si cerrabas los ojos. ¡Qué horror!
Earl clavó la vista en el suelo para no mirarme a los ojos.
—Vamos, Em, están anunciando la corte regia. —Savannah lanzó una mirada
significativa a Emily.
—No me dejes con la duda —añadió Savannah con ironía haciendo un gesto
hacia la cola de gente que aguardaba para hacerse una fotografía—.
¿Aparecerás en la imagen, Lena?
Luego se marchó haciendo aspavientos y agitando el enorme buñuelo que
llevaba por vestido.
—¡Siguiente!
El pelo de Lena seguía encrespado.
Son idiotas. No importa. No me importa ninguna de las dos.
—¡Siguiente! —oí repetir al retratista.
Cogí a Lena de la mano y la arrastré hacia el falso ventisquero. Había
nubarrones de tormenta en sus ojos cuando me miró, pero enseguida se disiparon
y volvió a ser ella. Noté cómo amainaba el temporal.
—Echad la nieve —ordenó alguien al fondo.
Tienes razón. No importa.
Me incliné para besarla.
Tú eres lo único que importa.
Nos besamos y el flash de la cámara se disparó. Durante un segundo, un
segundo perfecto, pareció que no había nadie más en el mundo. No nos
importaba nada.
El destello de luz nos cegó cuando empezó a caernos de todas partes una
blanquecina masa pringosa, y acabó cay endo del todo sobre nosotros.
¿Qué demonios…?
Lena profirió un grito ahogado. Intenté quitarme aquel pringue de la cara,
pero estaba por todas partes y fue peor cuando vi a Lena. Le cubría el pelo, el
rostro y su hermoso vestido. Le habían estropeado su primer baile.
Desde un cubo situado encima de nuestras cabezas, el que se suponía que
estaba destinado a verter copos de pega para que aparecieran en la foto como si
se movieran empujados por el viento, chorreaba una sustancia de consistencia
jabonosa, muy semejante a la mezcla de harina para hacer tortitas. Cuando alcé
la vista, sólo me encontré con otro rostro cubierto por aquella viscosidad. El cubo
cay ó al suelo dando tumbos.
—¿Quién le ha echado agua a la nieve?
El fotógrafo estaba fuera de sí. Nadie dijo ni pío y y o estaba dispuesto a
apostar cualquier cosa a que los Ángeles Guardianes del Instituto no habían visto
nada, ¿a que no?
—Ella se está derritiendo —gritó alguien.
Permanecimos en medio de un charco de sopa blancuzca o pegamento o lo
que fuera, dominados por el deseo de poder empequeñecer hasta desaparecer, o
al menos esa imagen debíamos de dar a las numerosas personas congregadas a
nuestro alrededor, que se tronchaban de risa a nuestra costa. Savannah y Emily
permanecían apartadas en un lateral, disfrutando de cada minuto de lo que tal vez
fuera el momento más humillante de la vida de Lena.
—Os deberíais haber quedado en casa —gritó un chico por encima de la
algarabía.
Habría identificado esa voz de necio en cualquier parte. La había oído un
montón de veces en la pista, el único lugar donde solía abrir el pico. Earl estaba
susurrándole algo al oído a Savannah, sobre cuy os hombros había pasado el
brazo.
Eso me hizo saltar. Crucé la sala tan deprisa que Earl ni siquiera me vio ir a
por él. Le propiné un derechazo en la mandíbula con el puño pringado y se cayó,
arrastrando a Savannah, que se hundió en su falda de aro.
—¿Qué ray os…? ¿Te falta algún tornillo, Wate?
Earl hizo ademán de levantarse, pero le planté el pie encima e hice fuerza
para que no se moviera.
—Más te vale no ponerte de pie.
Earl se medio incorporó y se estiró el cuello de la camisa, como si eso le
hiciera tener mejor aspecto a pesar de estar en el suelo del gimnasio.
—Espero que sepas lo que haces —masculló, pero no se levantó.
Podía decir lo que quisiera, los dos sabíamos quién iba a acabar otra vez en el
suelo si intentaba levantarse de verdad.
—Lo sé.
Luego, regresé y tiré de Lena para sacarla de esa especie de nieve fangosa
medio derretida en que se habían convertido los copos de pega.
—Vámonos, Earl. Oigamos a la corte… —le instó Savannah, sorprendida.
Earl se levantó y se quitó el polvo.
Me froté los ojos y me sacudí el pelo húmedo para quitarme aquella
porquería. Lena seguía ahí, temblorosa, goteando esa nieve falsa con aspecto de
ser yeso. A pesar del gentío congregado a su alrededor, seguía habiendo un
espacio vacío delante de ella. Nadie se atrevió a acercarse mucho, excepto yo.
Intenté limpiarle el engrudo con la manga, pero retrocedió.
Siempre es así.
—Lena.
Debería tener bien aprendida la lección.
Ridley apareció junto a ella, con Link justo detrás. Estaba furiosa, y mucho,
por lo que fui capaz de apreciar.
—No lo pillo, primita, no veo por qué quieres estar con esta clase de chusma
—espetó. Pronunció las palabras con el mismo desprecio que Emily—. Nadie
nos ha tratado nunca así, seamos de la Luz o de la Oscuridad. ¿Dónde está tu
amor propio, Lena Beana?
—No merece la pena. Esta noche no. Sólo quiero irme a casa. —Lena estaba
demasiado avergonzada como para enfadarse con Ridley. Era luchar o huir, y en
ese instante, Lena elegía lo segundo—. Llévame a casa, Ethan. Link se quitó la
chaqueta plateada y se la echó al hombro.
—Menudo alboroto.
Pero Ridley no podía o no quería calmarse.
—Todos estos son unos pringados, prima, todos salvo Perdedor y mi nuevo
novio, Encogido.
—Link, y a te lo he dicho, me llamo Link.
—Cállate, Ridley. Lena ya ha tenido bastante —intervine. Su magia de Siren
no iba a surtir efecto alguno en mí.
—Ahora que lo pienso, también yo he tenido bastante —replicó ella. Ridley
miró a mis espaldas y esbozó una sonrisa malévola.
Seguí la dirección de su mirada. La Reina de los Hielos y su corte subían al
escenario y sonreían desde su posición privilegiada. Savannah era la reina una
vez más. Nada había cambiado. Sonreía en señal de bienvenida a Emily, que
volvía a ser la Princesa de los Hielos, como el año pasado.
Ridley levantó un poquito sus gafas de sol en plan estrella de cine. Sus ojos
empezaron a refulgir y casi era posible percibir las oleadas de calor procedentes
de ella. Luego, apareció una piruleta en su mano y en el aire flotó un olor
demasiado dulzón.
No lo hagas, Ridley.
Esto no va contigo, prima. Es más que eso. Las cosas están a punto de cambiar
en este pueblucho del culo del mundo.
Sacudí la cabeza, sorprendido, escuchaba en mi mente la voz de Ridley con la
misma claridad que la de Lena.
Déjalo estar, Ridley. Sólo vas a empeorar las cosas.
Abre los ojos, no pueden ir peor… O tal vez sí. Le dio una palmada a Lena en
el hombro. Observa y aprende.
Chupó un par de veces la piruleta de cereza mientras observaba a la corte
regia. Yo confiaba en que todo estuviera lo bastante oscuro para que nadie
pudiera apreciar el iris ovalado de sus ojos gatunos.
¡No! Se limitarán a echarme la culpa a mí, Ridley. No hagas nada.
Este estercolero necesita aprender una lección y yo voy a enseñársela.
Ridley se acercó al estrado con grandes zancadas y haciendo repiquetear los
tacones contra el suelo.
—Eh, nena, ¿adónde vas? —Linkcorrió detrás de ella.
Envuelta en un brillante vestido de tafetán azul lavanda dos tallas menor que
la suy a, Charlotte subía los escalones en dirección a su centelleante corona
plateada de plástico y su habitual cuarto puesto en la corte regia, detrás de Edén
(la Doncella de los hielos, supuse). El vestido, un enorme engendro que a juzgar
por el diseño parecía sacado de uno de esos talleres donde los trabajadores
cobraban el mínimo salario, se le enganchó en el último escalón y la débil
costura se rasgó del todo cuando siguió andando. Charlotte tardó un par de
segundos en darse cuenta, pero para entonces, medio instituto estaba mirando sus
pantis de lycra rosa, más grandes que el estado de Tejas entero. La desdichada
soltó un alarido de helar la sangre cuyo significado era claro: « Ahora todos
saben lo gorda que estoy » .
Ridley esbozó una ancha sonrisa.
¡Ups! ¡Detente, Ridley!
Acabo de empezar.
Charlotte todavía seguía gritando cuando acudieron al quite Emily, Edén y
Savannah, que intentaron ocultarla con sus vestidos de novia adolescente. El
sonido del disco chirrió por los altavoces y la grabación cambió de forma brusca,
pasando a sonar un tema de los Stones.
—Sympathy for the Devil.
Como tema para Ridley, la canción le venía como anillo al dedo. Se estaba
presentando en sociedad a lo grande.
Los bailarines de la pista dieron por hecho que se trataba de otra pifia más de
Dickey Wix en su meteórica carrera para, a sus treinta y cinco años, convertirse
en el pinchadiscos más famoso de bailes de instituto, pero faltaba lo peor. Nadie
se acordaba y a del cortocircuito cuando, al cabo de unos segundos, estallaron una
tras otra, como fichas de dominó, todas las bombillas situadas sobre el escenario
y las luces de la pista, adonde Ridley había arrastrado a Link. Este empezó a
contonearse alrededor de ella mientras los estudiantes se ponían a gritar y se
abrían paso a empujones en medio de una lluvia de chispas. Yo estaba seguro de
que pensaban que era algún fallo masivo de la instalación eléctrica
perfectamente imputable a Red Sweet, el único electricista de Gatlin. Ridley
echaba hacia atrás la cabeza entre carcajadas mientras se contoneaba en torno a
Link con su cuerpo vestido tan escasamente que parecía que llevaba poco más
que un cinturón.
Ethan, tenemos que hacer algo.
¿El qué?
Era demasiado tarde para cualquier reacción. Lena se dio la vuelta y echó a
correr, y y o salí disparado detrás de ella. Antes de que ninguno de los dos
llegáramos a las puertas del gimnasio se activaron los aspersores del techo y
empezó a caer agua, el equipo de audio hizo el típico ruido de cortocircuito y se
puso a echar chispas como si estuviera a punto de electrocutarse. Los copos
falsos despachurrados en el suelo cómo crepés empapuciadas habían formado un
revoltijo burbujeante. Todo el mundo se había puesto a vociferar y las chicas,
con sus vestidos de fiesta empapados, el peinado lleno de agua y el rímel corrido,
se precipitaban hacia la salida. Era imposible saber quién se había vestido en
Little Miss y quién en Southern Belle. Todas parecían ratas ahogadas con pelajes
de colores pastel.
Oí un fuerte estrépito cuando llegué a la puerta. Me di la vuelta para mirar
hacia el escenario justo cuando se vino abajo el gigantesco telón de fondo
nevado. Emily perdió el equilibrio en el escurridizo escenario y se dio un
trompazo. Hizo un intento de ponerse en pie sin dejar de saludar con la mano a la
gente, pero resbaló y cay ó sobre el pavimento del pabellón, donde se derrumbó
en un revuelo de tafetán amelocotonado. La entrenadora Cross acudió en su
auxilio a la carrera.
No me dio ni pizca de pena, aunque sí lo sentí por las personas que iban a
pagar el pato de toda aquella pesadilla: el consejo estudiantil por montar un
escenario tan inestable, Dickey Wix por poner de relieve la desgracia de una
animadora adolescente en ropa interior y Red Sweet por su falta de
profesionalidad al instalar en el gimnasio del Instituto Stonewall Jackson un
cableado de iluminación potencialmente mortal.
Luego te veo, prima. Esto es mucho más divertido que un baile del colegio.
Empujé a Lena para que cruzara la puerta.
—Vamos.
Estaba tan helada que apenas era capaz de soportar el contacto con su piel.
Boo Radley se nos había unido cuando llegamos al coche.
Macon no iba a tener que preocuparse nada de nada por la hora de regreso de
Lena.
No eran ni las nueve y media pasadas.
No acertaba a saber si Macon estaba enfadado o preocupado, pues y o apartaba
la vista cada vez que me observaba. Ni siquiera Boo se atrevía a mirarle,
descansaba a los pies de Lena y aporreaba el suelo con el rabo.
La casa y a no recordaba para nada el escenario del baile y apostaba
cualquier cosa a que Macon no permitiría jamás que un copo de nieve atravesara
las puertas de Ravenwood. Todo había vuelto a su ser, todo, los suelos, los
muebles, los techos, las cortinas, salvo el fuego que ardía vivamente en el hogar e
iluminaba por completo la estancia. Tal vez la mansión reflejara los cambios de
humor y él estaba taciturno.
—¡Cocina!
Una taza de chocolate apareció en la mano de Macon. Se la dio a su sobrina.
Lena se sentó frente al fuego envuelta en una áspera manta de lana y sostuvo la
taza con ambas manos mientras el pelo húmedo se le metía detrás de las orejas
como si buscase la calidez de ese refugio.
Se plantó delante de Lena.
—Deberías haberte ido en cuanto la viste.
—Estaba muy ocupada siendo el hazmerreír de todo el instituto después de
que me hubieran empapuciado con esa mezcla pringosa.
—Bueno, y a no vas a volver a estar ocupada. No vas a salir de casa hasta el
día de tu cumpleaños. Es por tu propio bien.
—Lo de mi propio bien no termina de estar tan claro. —Temblaba de los pies
a la cabeza, pero si antes pensaba que era a causa del frío, ahora y a no.
Macon clavó sus fríos ojos negros en mí. Lo sabía a ciencia cierta: estaba
furioso.
—Deberías habértela llevado de allí.
—No sabía qué hacer, señor. No tenía ni idea de que Ridley iba a destruir el
gimnasio y Lena jamás había asistido a un baile.
Me pareció una estupidez en cuanto terminé de decirlo.
Él se dio la vuelta y se limitó a mirarme mientras se servía el whisky en un
vaso.
—Conviene señalar que ni siquiera ha bailado.
—¿Cómo lo sabes? —Lena alejó la taza de sus labios.
Ravenwood echó a andar por la habitación.
—No tiene importancia.
—Eso dices tú, pero para mí sí la tiene.
Macon se encogió de hombros.
—A través de Boo. A falta de un término más preciso, digamos que él se
convierte en mis ojos.
—¿Qué…?
—Veo lo que él ve y él ve lo que y o veo. Es un perro Caster, ya lo sabes.
—¡Tío Macon, me has estado espiando!
—No a ti en particular. ¿Cómo te crees que me las he arreglado siendo el
recluso del pueblo? No habría llegado muy lejos sin el mejor amigo del hombre.
Boo lo ve todo, y, por tanto, yo también.
Miré al perro a los ojos y me di cuenta: eran los de un hombre. Debería
haberlo sabido, tal vez lo había sabido siempre. Tenía los ojos de Macon.
Y había algo más: llevaba una cosa en las fauces, algo similar a una pelota.
Me acuclillé para cogerla. La bola de papel resultó ser una empapada y arrugada
instantánea de Polaroid. Había venido desde el gimnasio con ella en la boca.
Era la fotografía del baile. Lena y yo aparecíamos en medio de la nieve
falsa. Emily se equivocaba por completo. Las de la estirpe de Lena sí aparecían
en el negativo, sólo que su contorno titilaba translúcido de cintura para abajo,
como si fuera una aparición espectral y hubiera empezado a desvanecerse,
como si se estuviera fundiendo antes de que le alcanzase la nieve.
Le di una palmada a Boo en la cabeza y me metí la foto en el bolsillo. No
había necesidad alguna de que Lena la viera en ese preciso momento, dos meses
antes de su cumpleaños. Y y o no necesitaba esa instantánea para saber que se
nos acababa el tiempo

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