17

1 de diciembre
Rima con bruja
EL LUNES POR LA MAÑANA, Link y yo cogimos la Route 9 y nos detuvimos
en el desvío de la carretera para recoger a Lena. Ella le caía bien, pero no había
forma humana de que mi amigo se acercase a la mansión Ravenwood. A sus
ojos, seguía siendo una casa encantada.
Si él supiera… El paréntesis de Acción de Gracias sólo había sido un puente,
pero a mí se me había hecho eterno después de esa cena salida de un capítulo de
La dimensión desconocida, los floreros que Lena le había lanzado a Macon y
nuestro viaje al centro de la Tierra, y todo eso sin abandonar los límites del
condado. Algo muy diferente al fin de semana de Link, que se había pasado los
días devorando partidos de fútbol, pegándose con sus primos e intentando
determinar si este año le habían puesto cebolla en el pastel de queso.
Pero de hacerle caso, se estaba cociendo otro problemón y tenía pinta de ser
bastante peligroso. La madre de Link no había soltado el teléfono durante las
últimas veinticuatro horas. Se había puesto el manos libres y había cerrado a cal
y canto la cocina, el cuartel de operaciones donde se había encerrado con las
señoras Snow y Asher, que habían hecho acto de presencia después de comer.
No había podido enterarse de mucho cuando entró allí con el pretexto de coger
una lata de Mountain Dew, pero sí lo bastante para averiguar el propósito final de
la jugada materna. « Debemos echarla de nuestro instituto como sea» . Y
también a su chucho.
Aunque no mucho, yo conocía a la señora Lincoln lo suficiente como para
preocuparme. Jamás debía subestimarse hasta dónde eran capaces de llegar las
mujeres como ella para proteger a sus hijos y a su pueblo de lo que más odiaba
en este mundo: cualquiera diferente a ellos. Mi madre me había contado historias
de sus primeros años en Gatlin. Por el modo en que me lo decía, la tuvieron por
una criminal de tal calibre que se cansaron de hablar mal de ella hasta las damas
temerosas de Dios y de misa diaria, pues hacía la compra en domingo, entraba
en cualquier iglesia que le gustara o no pisaba ninguna, era feminista (a veces, la
señora Asher confundía el término con comunista), votaba a los demócratas
(palabra que prácticamente significaba « demonio» en el diccionario de la
señora Lincoln) y lo peor de todo: era vegetariana, lo cual la excluyó de todas las
invitaciones para comer de la señora Snow. Aparte de todo eso, más allá de no
ser feligresa de la iglesia adecuada ni miembro de las Hijas de la Revolución
Americana ni de pertenecer a la Asociación Nacional del Rifle, estaba la cosa de
que mi madre era una forastera.
Pero mi padre había crecido en este lugar y se le consideraba hijo de la
localidad, por lo cual, a la muerte de mi madre, todas esas señoras que habían
sido tan severas con ella en vida se presentaron en casa a modo de venganza con
cacerolas llenas de sus comistrajos, ollas con estofado y espaguetis con
guindillas. Esa fue la primera vez que mi padre se metió en su estudio y mantuvo
cerrada la puerta durante días. Amma y y o dejamos que esos pucheros se
amontonaran en el porche hasta que ellas mismas se los llevaron y empezaron a
juzgarnos otra vez, como hacían siempre.
Ellas tenían siempre la última palabra. Tanto Link como yo lo sabíamos,
aunque Lena no estuviera al corriente.
Lena quedó apretujada entre Link y yo en el asiento delantero del Cacharro y se
puso a escribir algo en la mano. Sólo vi algunas palabras: Destrozado, como todo
lo demás. Se pasaba escribe que te escribe todo el rato, igual que otros mastican
chicle o se toquetean el pelo. Yo creo que ni se daba cuenta. A veces me
preguntaba si alguna vez me dejaría leer sus poemas o si alguno iría sobre mí.
Linkla miró de refilón.
—¿Cuándo vas a hacerme una canción?
—En cuanto termine la que estoy escribiendo para Bob Dylan.
—¡Mierda!
Link pisó el freno a la entrada del aparcamiento. No podía echarle la culpa de
nada. La visión de su madre en el parking a las ocho de la mañana resultaba de lo
más terrorífica, pero ahí estaba.
El lugar era un hervidero de gente, estaba más concurrido de lo habitual, y
había muchos padres. Muy pocos se habían pasado por allí después del incidente
de la ventana, pero no se había visto a ninguno en el aparcamiento desde que la
madre de Jocelyn Walker acudió para sacarla a rastras del instituto durante la
proyección de un documental sobre el ciclo reproductivo en el desarrollo
humano.
Algo sucedía, eso estaba claro.
La madre de nuestro amigo dio una caja a Emily. Esta tenía a las
animadoras, tanto a las de cursos superiores como a las de los primeros cursos,
poniendo algún tipo de folleto de color fosforito en todos los coches que estaban
aparcados. El viento se había llevado alguno de ellos y fui capaz de leerlos desde
la relativa seguridad del coche. Era como si hubieran puesto en marcha una
especie de campaña electoral, pero sin candidato.
Di no a la violencia en el Jackson.
¡Tolerancia cero!
Link se puso colorado.
—Lo siento, tíos, pero tenéis que bajaros. —Resbaló tanto sobre el asiento que
parecía que el vehículo iba sin conductor—. Como mi madre os vea en el coche,
me corre a gorrazos delante de todo el equipo de animadoras. Y no me mola
nada.
Yo me deslicé hacia el respaldo y me estiré para abrirle la puerta a Lena.
—Te vemos dentro.
Cogí a Lena de la mano y se la apreté.
¿Lista?
Hasta donde sea posible.
Agachamos la cabeza entre los vehículos de un lado del aparcamiento para
darles esquinazo. No vimos a Emily, pero sí oímos su voz por detrás de la
camioneta de Emory.
—Mírate esto. —Emily se aproximó a la ventanilla de Carrie Jensen—.
Estamos haciendo un club: los Ángeles Guardianes del Instituto Jackson. Vamos a
informar de los actos violentos o de cualquier comportamiento inusual que
veamos por aquí para que el instituto sea un lugar seguro. Personalmente, creo
que la seguridad es responsabilidad de todos los alumnos. Si deseas unirte, ven
después de clase al mitin de la cafetería.
Cuando la distancia sofocó la voz de Emily, Lena me apretó la mano.
¿Qué significa eso?
No tengo la menor idea, pero están como cabras. Vamos.
Tiré de ella en un intento de alejarla de allí, pero Lena me obligó a
agacharme otra vez y ella se escondió detrás de una rueda.
—Dame sólo un minuto.
—¿Estás bien?
—Míralas. Creen que soy un monstruo. Han formado un club.
—No soportan a los forasteros y tú eres la chica nueva. Y luego está lo de
ventana rota. Necesitan echar la culpa a alguien, es sólo una…
—… caza de brujas.
No iba a decir eso.
Pero lo estabas pensando.
Se me puso el pelo de punta cuando le cogí la mano.
No tienes por qué hacer eso.
Sí, sí tengo. Permití que gente como ellos me echaran de mi última escuela. No
voy a dejar que la historia se repita.
Mientras nos alejábamos de la última fila de coches, la señorita Asher y
Emily preparaban más cajas con folletos en la parte de atrás de sus coches. Iban
a dar panfletos a las animadoras de Edén y Savannah y a todos los chavales que
quisieran alegrarse los ojos viendo el escote y las buenas piernas de esta última.
La señora Lincoln se hallaba a pocos metros de allí, hablando con las demás
madres. Seguramente estaba prometiendo añadir sus casas al Tour del
Patrimonio Histórico del Sur si presionaban por teléfono al director Harper. Le
dio a la madre de Earl Petty un bloc con boli incluido. Me llevó casi un minuto
comprender qué era, pero no había otra explicación posible.
Aquello tenía toda la pinta de ser una recogida de firmas.
La madre de Link nos localizó en nuestra posición y nos convirtió en el blanco
de su atención. Las demás madres siguieron la dirección de su mirada. No
dijeron nada durante unos segundos. Pensé que tal vez les diera corte todo aquello
por mí y que recogerían sus papeles y se llevarían sus coches. Yo había dormido
en casa de la señora Lincoln tantas veces como en la mía. Técnicamente, la
señora Snow era mi prima tercera o algo así. Cuando tenía diez años y me hice
un corte impresionante en la mano mientras pescaba, la señora Asher me la
vendó. La señorita Ellery fue la artífice de mi primer corte de pelo digno de tal
nombre. Todas esas mujeres me conocían desde crío. No se me metía en la
cabeza que fueran capaces de hacerme aquello, a mí no. Tenían que echarse
atrás.
Quizá se cumpliría si lo repetía muchas veces.
Todo va a salir bien.
Ya era tarde cuando descubrí mi error: se recobraron enseguida de la
sorpresa de vernos a Lena y a mí.
—El director Harper… —La señora Lincoln entrecerró los ojos al vernos.
Nos miró alternativamente, y luego sacudió la cabeza. Link no iba a invitarme a
cenar a su casa durante una buena temporada, por decirlo de algún modo. Luego,
alzó la voz y retomó su discurso—: El director Harper nos ha prometido todo su
apoy o. No toleraremos en el Jackson la oleada de violencia que campa a sus
anchas por las escuelas de este condado. Vosotros, los jóvenes, hacéis lo correcto
al proteger vuestra escuela. —Nos miró—. Y en cuanto a nosotros, los padres, os
apoy aremos en todo lo que sea necesario.
Lena y yo pasamos frente a ellas cogidos de la mano. Emily se encaminó
hacia nosotros y me plantó en las manos uno de sus folletos, haciendo luz de gas a
mi acompañante.
—Acude al mitin de la cafetería. Los Ángeles Guardianes podrían serte de
gran ay uda.
Era la primera vez que me hablaba desde las últimas semanas y le pillé la
intención a la primera: « Tú eres uno de los nuestros. Es tu última oportunidad» .
Le aparté la mano.
—Jackson necesita precisamente eso, un poco más de vuestro
comportamiento angelical. ¿Por qué no vas a atormentar a algunos chicos,
arrancar alas a las mariposas o pegar a los pajarillos en sus nidos?
Empujé a Lena para que pasara delante de ella.
—¿Qué diría tu pobre madre, Ethan Wate? ¿Qué pensaría ella de esas
compañías tuyas? —Al darme la vuelta me encontré a la señora Lincoln junto a
mí. Iba vestida como esas bibliotecarias diligentes de las pelis y llevaba unas
gafas baratuchas de las que se venden en las tiendas. No era fácil saber si ese
pelo despeinado que le hacía parecer fuera de sí era castaño o gris. ¿De dónde
sale un tío tan majo como Link?—. Yo te diré cuál sería la reacción de tu madre:
se echaría a llorar. Debe de estar revolviéndose en su tumba.
Se había pasado de la raya.
La señora Lincoln no tenía la menor idea de cómo era mi madre. Ignoraba
que había sido mi madre quien había enviado al supervisor del instituto una copia
de todas las reglas vigentes en Estados Unidos contra la prohibición de libros.
Tampoco sabía que cada una de sus invitaciones a los encuentros de Damas
Auxiliares del Ejército de Salvación o de las Hijas de la Revolución Americana
le hacían pensar « tierra, trágame» . Y no porque mi madre odiase a las Damas
Auxiliares ni a las Hijas de la Revolución Americana, sino porque aborrecía todo
cuanto representaba la señora Lincoln. Ese pequeño grupo de mujeres de Gatlin,
como las señoras Lincoln y Asher, se habían hecho famosas por sus ínfulas de
superioridad y su estrechez de miras.
Mi madre solía decir: « Lo correcto y lo fácil nunca es lo mismo» . Y en ese
preciso instante supe qué tenía que hacer, aunque no fuera nada fácil, y desde
luego, las consecuencias de mis palabras no iban a serlo.
Me giré hacia la señora Lincoln y la miré a los ojos.
—« Bien hecho, Ethan» . Eso es lo que habría dicho mi pobre madre, señora.
Me volví hacia la puerta del edificio de la administración y me dirigí hacia
allí. Tiré de Lena para mantenerla junto a mí. No parecía asustada, pero seguía
temblando, aunque estábamos a varios metros de distancia. No dejé de apretarle
la mano para reconfortarla. Los mechones de su melena negra se ondulaban y
alisaban como si estuviera a punto de explotar, y tal vez era así.
Jamás en la vida pensé que iba a alegrarme pisar los pasillos del instituto, pero
eso duró hasta que vi al director en la entrada. Nos miraba fijamente con cara de
tener muchas ganas de no ser el director y poder distribuir otros panfletos de su
propia cosecha.
El pelo de Lena le caía en cascada sobre los hombros cuando pasamos junto
a él, pero Harper y a no nos prestaba atención. Estaba demasiado ocupado
contemplando la escena que dejábamos atrás.
—¿Qué demonios…?
Me giré justo a tiempo para ver volar centenares de esos folletos de color
verde fosforito. Habían salido despedidos de los parabrisas de los coches, de los
montones apilados, de las cajas guardadas en los coches, incluso de las manos. El
repentino golpe de viento los hizo volar a todos, como si fueran una bandada de
pájaros que remontaran el vuelo hasta las nubes. Fugitivos, hermosos, libres. Era
un poco como Los pájaros de Hitchcock, pero al revés: subían en vez de bajar en
picado.
Escuchamos el griterío hasta que las puertas de metal se cerraron
violentamente a nuestras espaldas.
El pelo de Lena se alisó.
—Qué locura de tiempo tenéis aquí.
6 de diciembre
Objetos perdidos
CASI ME ALEGRÉ de que llegara el sábado. Había algo reconfortante en pasar
el día en compañía de mujeres cuyos únicos poderes mágicos consistían en
olvidarse de sus nombres. Nada más aparecer en casa de las Hermanas vi cómo
se « ejercitaba» en el patio frontal Lucille Ball, la gata siamesa de la tía Mercy,
llamada así porque a las Hermanas les encantaba el viejo programa radiofónico
de los cincuenta I love Lucy. Mi tía la sacaba al patio todas las mañanas, la
llevaba con una correa y enganchaba esta a la cuerda de tender, que iba de un
extremo a otro, para que se diera sus paseos.
Yo había intentado explicarle en más de una ocasión que convenía dejar que
los gatos fueran a su aire y volvieran cuando les apeteciera, pero la tía Mercy
me miraba como si le hubiera sugerido que se liara con un hombre casado.
—No pienso permitir que Lucille Ball vague sola por las calles. Alguien la
raptaría, estoy segura.
No había muchos secuestradores de gatos en el pueblo, la verdad, pero era
una discusión perdida de antemano.
Abrí la puerta, esperando toparme con el alboroto de siempre, pero la casa
estaba sumida en un silencio de lo más perceptible. Mala señal.
—¿Tía Prue?
—Estamos al sol, Ethan. —Su inconfundible y cerrado acento sureño llegaba
desde detrás de la casa.
Me agaché para entrar en la terraza, cerrada con mosquiteras, y me encontré
a las Hermanas dando vueltas, llevando unos bichos con pinta de ser ratas sin
pelo.
—¿Qué demonios son…? —se me escapó sin pensar.
—Vigila esa lengua si no que quieres te lave esa bocaza con lejía. Ese
lenguaje soez es indigno de ti —censuró la tía Grace. Ella incluía en ese
vocabulario palabras como « panti» , « desnudo» o « vejiga» .
—Lo siento, pero ¿qué sostienes en brazos?
La tía Mercy se apresuró a adelantarse y extender las manos, donde dormían
un par de roedores.
—Crías de ardilla. Ruby Wilcox las encontró en su desván el martes pasado.
—¿Ardillas?
—Son seis. ¿No son las cositas más lindas que has visto nunca?
Yo no era capaz de ver más que un accidente inminente. La idea de mis
ancianas tías cuidando animales salvajes, fueran o no cachorros, resultaba de lo
más aterradora.
—¿Qué hacéis con ellas vosotras?
—Bueno, Ruby no podía cuidarlas… —empezó la tía Mercy—… por culpa
de ese marido que tiene tan asqueroso. Ni siquiera le deja ir a Stop & Shop si no
se lo dice antes. Así que nos las dio, como ya teníamos una jaula.
Las Hermanas habían rescatado a un mapache herido después de un huracán
y lo habían cuidado hasta que se recuperó. Después de eso, el mapache se zampó
a Sonny y Cher, los periquitos de la tía Prudence. Thelma puso al animal de
patitas en la calle y no se volvió a hablar más del tema, pero conservaban la
jaula.
—Vosotras sabéis que las ardillas pueden transmitir la rabia, ¿verdad? No
podéis quedaros con ellas. ¿Y si os muerde alguna?
La tía Prue puso cara de pocos amigos.
—Estos cachorros nos pertenecen, Ethan. Son de lo más pacífico y no van a
mordernos. Somos sus mamas.
—No pueden ser más mansos, ¿a que no? —dijo la tía Grace, acariciando el
hocico a una de las crías.
No me quitaba de la cabeza ni a la de tres la idea de que una de esas
pequeñas alimañas les pegaría un mordisco en el cuello a cualquiera de esas
ancianas; y a me veía conduciendo como un loco para llevarlas a urgencias y que
les metieran veinte jeringazos en el estómago, que son los que deben ponerte si te
muerde un animal con rabia. Y estaba seguro de que a su edad no iban a
sobrevivir a tantas inyecciones.
Intenté razonar con ellas, pero era perder el tiempo.
—Nunca se sabe, son bichos salvajes.
—Queda claro que no eres muy amante de los animales, Ethan Wate. Estos
cachorritos jamás nos harían daño. —La tía Grace torció el gesto con
desaprobación—. Su madre se ha ido. Morirán si no las cuidamos.
—Puedo dejarlas a cargo de la gente de la ASPCA.
La tía Mercy estrechó a las crías contra su pecho con ademán protector.
—¿Esos asesinos? ¡Seguro que las matan!
—Ya basta de cháchara sobre la ASPCA. Ethan, pásame ese colirio de ahí
encima.
—¿Para qué?
—Debemos alimentarlas cada cuatro horas con ese cuentagotas —me
explicó la tía Grace mientras sostenía en alto a una ardillita mientras esta
succionaba con avidez el extremo del cuentagotas—. Y una vez al día tenemos
que limpiarles sus partes íntimas con un bastoncito de algodón, hasta que
aprendan a limpiarse ellas solas.
Podía pasar perfectamente sin esa imagen, la verdad.
—¿Cómo es posible que sepáis todo eso?
—Lo hemos consultado en internet. —La tía Mercy sonrió con orgullo.
No me imaginaba que mis tías supieran algo de la red. ¡Pero si ni siquiera
tenían un horno que tostara pan!
—¿Cómo os habéis conectado?
—Thelma nos llevó a la biblioteca y la señorita Marian nos ayudó. Allí
disponen de ordenadores. ¿Sabías eso?
—Y ahí puedes ver cualquier cosa, incluso fotografías sucias. De vez en
cuando, sin venir a cuento, aparecían en la pantalla unas imágenes lo más
obsceno que puedas imaginarte.
La tía Grace debía de referirse a desnudos con el término « sucias» , lo cual
me llevó a pensar que las tres se mantendrían bien lejitos de internet por siempre
jamás.
—Sólo os digo que me parece una mala idea. No os podréis quedar las
ardillas para siempre. Se volverán agresivas cuando crezcan.
—Bueno, tampoco tenemos pensado cuidarlas eternamente. —La tía Prue
meneó la cabeza, haciendo ver que la idéale resultaba ridícula—. Las soltaremos
en el patio de atrás en cuanto sepan valerse por sí mismas.
—Pero entonces no sabrán cómo alimentarse. Por eso es una mala idea
quedarse con animales salvajes. Morirán de hambre cuando las soltéis.
Ese era un argumento de peso a los ojos de las Hermanas, uno capaz de
evitarme el numerito en urgencias.
—Ahí te equivocas de medio a medio. Todo eso lo cuenta la página de
internet —refutó la tía Grace. ¿Quién demonios habría hecho esa web sobre
crianza de ardillas jóvenes y limpieza de sus partes con bastoncitos?—. Hay que
enseñarles a coger nueces. Se entierran en el suelo para que las encuentren y así
practican.
Entonces supe dónde iba a terminar todo aquello: en el patio trasero, donde
me pasaría buena parte del día enterrando nueces y otros frutos secos para las
crías de ardilla. Me pregunté cuántos agujeritos me tocaría hacer hasta que las
Hermanas se quedaran satisfechas.
A la media hora de cavar empecé a encontrar cosas: un dedal, una cuchara
de plata y un anillo de amatista con pinta de no valer nada. Eso me dio la excusa
para dejar de meter cacahuetes en el suelo y me metí dentro de casa. La tía
Prue se había puesto las gafas de leer y rebuscaba por encima de una pila de
periódicos amarillentos.
—¿Qué buscas?
—Algunas casillas para la madre de tu amigo Link. Las Hijas de la
Revolución Americana necesitan ciertas notas sobre la historia de Gatlin para el
Tour del Patrimonio Histórico del Sur. —Revolvió los papeles de uno de los
montones—. Pero es difícil encontrar un trocito de historia de Gatlin en la que no
estén los Ravenwood.
Ese era el último apellido que querían oír las Hijas de la Revolución
Americana.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, he de reconocer que Gatlin no estaría aquí de no ser por ellos. Es
difícil dejarles fuera a la hora de escribir la historia del pueblo.
—¿De verdad fueron los primeros en llegar aquí?
Se lo había oído decir a Marian, pero me costaba un montón creérmelo.
La tía Mercy cogió uno de los periódicos de la pila y se lo puso tan cerca de
la cara que debía de verlo doble, pero la tía Prue se lo quitó con brusquedad.
—Trae eso para acá. Lo ordeno todo según mi propio sistema.
—Bueno, si no quieres ninguna ay uda… —La tía Mercy se volvió hacia mí
—. Los Ravenwood fueron los primeros en poblar estas tierras. Tomaron posesión
de una gran finca concedida por el rey de Escocia allá por el año 1800.
—Fue en 1781. Tengo aquí mismo el periódico con la fecha. —La tía Prue
agitó en el aire una cuartilla amarillenta—. Eran granjeros y daba la casualidad
de que el condado de Gatlin tenía el suelo más fértil de toda Carolina del Sur. En
estas tierras crecía de todo, algodón, tabaco, arroz, índigo, lo cual no dejaba de
ser extraño, pues ese tipo de cosechas no solían crecer en los alrededores.
Cuando la gente de aquí descubrió que crecía cualquier cosa que se plantase, los
Ravenwood ya tenían su propio pueblo.
—Les gustara o no —añadió la tía Grace, levantando la vista del punto de
cruz.
Menuda ironía: Gatlin ni siquiera existiría sin los Ravenwood. Quienes rehuían
y rechazaban a Macon Ravenwood y a su familia deberían agradecerles incluso
el hecho de tener un pueblo. ¿Cómo le sentaría eso a la señora Lincoln? Ella lo
sabría y a, seguro, y eso debía de figurar entre los motivos por los que todos
odiaban tanto a Macon.
Me quedé con la vista fija en la mano, cubierta por esa tierra
inexplicablemente fértil. Todavía llevaba encima los cachivaches que me había
encontrado en el patio. Los limpié con un poco con agua.
—Tía Prue, ¿esto es de alguna de vosotras? —Lavé el anillo y se lo enseñé.
—Vaya, ese es el anillo que mi segundo esposo, Wallace Pritchard, me regaló
por nuestro primer y único aniversario de boda. —La voz se le apagó hasta
convertirse en un suspiro—. Era muy tacaño, pero mucho. ¿Dónde lo has
encontrado?
—Enterrado en el patio. También han aparecido un dedal y una cuchara.
—Mercy, ¡mira lo que ha encontrado Ethan! ¡Tu cuchara de Tennessee! Ya
te dije que no te la había robado —informó a grito pelado.
—Déjame ver eso. —La tía Mercy se puso las gafas para examinar el
cubierto con atención—. Bueno, colección terminada. Al final, he completado los
once estados.
—Hay más de once estados, tía Mercy.
—Yo sólo colecciono los de la Confederación. —La tía Grace y la tía Prue
asintieron para manifestar su acuerdo.
—A propósito de objetos enterrados, ¿os podéis creer que Eunice Honeycutt
se hizo sepultar con su libro de recetas? No quería que ninguna feligresa le
pusiera las manos encima a sus recetas de pasteles. —La tía Mercy sacudió la
cabeza con desaprobación.
—Era una criatura muy rencorosa, igual que su hermana —recordó tía
Grace mientras utilizaba la cuchara de Tennessee para hacer palanca y abrir una
caja de chocolatinas Whitman’s.
—Y de todos modos, esas recetas tampoco eran para echar las campanas al
vuelo —observó la tía Mercy.
La tía Grace abrió la tapa de la caja para poder leer los nombres de los
dulces.
—¿Cuáles eran los de crema de mantequilla?
—Cuando y o me muera, quiero que me entierren con mi estola de piel y mi
Biblia —declaró la tía Prue.
—Eso no te va a dar más puntos con el Señor, Prudence Jane.
—No pretendo arañar ningún punto extra. Sólo quiero tener algo que leer
durante la espera, pero si caen unos puntillos adicionales, Grace Ann, entonces,
tendría más que tú.
Enterrada con un libro de recetas…
¿Y si el Libro de las Lunas estuviera enterrado en algún sitio? ¿Y si algunas
personas lo ocultaron para que no fuera encontrado jamás? Y tal vez había sido
Genevieve, la persona que conocía el poder del libro mejor que nadie.
Lena, creo que sé dónde está el libro.
Hubo silencio durante unos segundos, pero enseguida ella encontró un camino
hasta mi mente.
¿Qué dices?
Genevieve tiene el Libro de las Lunas, o eso creo.
Está muerta.
Lo sé.
Entonces, ¿qué pretendes decir, Ethan?
Tengo la impresión de que ya sabes a qué me refiero.
Harlon James se subió de un salto a la mesa y puso un gesto de pena. Aún
llevaba la pata vendada. La tía Mercy empezó a darle trocitos de chocolate que
iba sacando de la caja.
—¡No le des chocolate al perro, Mercy ! Vas a matarle. Lo vi en El show de
Oprah. Dijeron que había que tener cuidado con el chocolate, ¿o fue con la salsa
de cebolla?
—Ethan, ¿te importaría traerme los toffees? —pidió la tía Mercy—. ¿Ethan?
Pero yo y a no la escuchaba. Me estaba rompiendo la cabeza pensando en el
mejor modo de exhumar una tumba.
7 de diciembre
Exhumación
SE LE OCURRIÓ A LENA. Era el cumpleaños de la tía Del y en el último
minuto decidió organizar una cena familiar en la mansión. También fue suya la
gracia de invitar a Amma, sabiendo a ciencia cierta que se necesitaba poco
menos que la intervención del Todopoderoso en persona para que franqueara el
umbral de Ravenwood. Amma reaccionaba a la presencia de Macon sólo una
pizquita mejor que ante el guardapelo. Prefería tenerle lo más lejos posible.
Esa misma tarde, Boo Radley asomó el hocico por casa con un pergamino
entre los dientes. Estaba manuscrito con una elegante caligrafía. Amma no lo
tocó, por mucho que fuera una invitación, y estuvo a punto de no dejarme ir. Lo
bueno del asunto fue que no me vio meterme en el coche fúnebre con la pala que
mi madre usaba en el jardín. Eso la habría puesto sobre aviso.
Estaba contento de salir de casa, el motivo me daba igual, aunque este fuera a
saquear una tumba. Mi padre se había confinado en el estudio desde el día de
Acción de Gracias, y Amma no me quitaba la vista de encima desde que ella y
Macon nos pillaron en la Lunae Libri.
Nos habían prohibido volver a la biblioteca, al menos durante los próximos 68
días. Macon y Amma no tenían el menor interés en que encontráramos la más
mínima información que ellos no tuvieran intención de contarnos primero.
—Podrás obrar a tu antojo después del 11 DE FEBRERO —me había
asegurado entre carraspeos—. Hasta ese momento puedes hacer lo mismo que
cualquier chico de tu edad: escuchar música y ver la tele, pero mantén la nariz
lejos de esos tomos.
Esa prohibición de leer un libro hubiera hecho reír a mi madre. Las cosas
habían empeorado de forma considerable.
Aquí es peor, Ethan. Ahora, Boo duerme incluso a los pies de mi cama.
Eso no me suena tan mal.
Me espera en la puerta del baño.
Eso es cosa de Macon.
Parece un arresto domiciliario.
Lo era, y ambos lo sabíamos.
Necesitábamos encontrar el Libro de las Lunas y seguro que estaba en la
tumba de Genevieve. Lo más probable era que estuviera enterrada en
Greenbrier. Había unas lápidas de letras desgastadas en un claro del jardín. Se
veían desde la roca donde solíamos sentarnos. Era nuestro hogar de piedra,
nuestro sitio, así era como yo lo veía, aunque jamás lo había dicho en voz alta.
Genevieve debía de estar enterrada allí, a no ser que se hubiera mudado después
de la guerra, pero nadie se había marchado de Gatlin.
Siempre había pensado que yo sería el primero.
Vale, y ahora que había salido de casa, ¿cómo iba a encontrar un libro
perdido de magia que tal vez fuera capaz de salvarle la vida a Lena, o tal vez no,
que podría estar en la tumba de una Caster ancestral y maldita, o quizá no, que a
lo mejor estaba enterrada junto a la mansión, pero no necesariamente? ¿Cómo
iba a hacerlo sin que su tío me viera, me lo impidiera o me matara antes?
El resto dependía de Lena.
—¿Qué trabajo de historia os obliga a visitar una tumba de noche? —preguntó la
tía Del poco antes de engancharse el pie en una zarza—. Ay, Dios.
—Ve con cuidado, mamá.
Reece rodeó a su madre con un brazo para ayudarla a pasar por aquella zona
de maleza. La tía Del se las veía y se las deseaba para no tropezarse con nada
cuando caminaba a la luz del día, pero pedirle lo mismo en plena oscuridad y a
era demasiado.
—Debemos frotar la lápida de un antepasado para ver su nombre. Estamos
estudiando genealogía. —Bueno, eso era una verdad a medias.
—¿Y por qué ha de ser Genevieve? —inquirió Reece con recelo, y buscó el
rostro de Lena con la mirada, pero esta la evitó.
Lena me había avisado: no debía dejar que me mirase la cara, pues, al
parecer, a una Sybil le bastaba echar una ojeada para saber si alguien mentía, y
soltarle una trola a una de ellas era casi tan peligroso como engañar a Amma.
—Es la del cuadro del vestíbulo. Se me ocurrió que sería una idea estupenda
utilizarla a ella. No somos como la gente de por aquí, con un gran panteón
familiar donde escoger.
El crujido de las hojas secas bajo nuestros pies acallaba la hipnótica música
Caster de la fiesta, sofocada en la distancia. Habíamos recorrido un buen trecho
y estábamos a punto de adentrarnos en Greenbrier. Era de noche, pero la luna
llena brillaba tanto que resultaba innecesario el uso de linternas. Recordé lo que
Amma le había dicho a Macon en el patio: « La media luna es para la magia
blanca y la luna llena para la negra» . Nosotros no íbamos a hacer magia alguna,
o al menos eso esperaba y o, pero no por eso sentía menos miedo.
—No estoy muy segura de que Macon apruebe esto de andar paseando por la
noche. ¿Le dijiste adónde íbamos? —inquirió la tía Del mientras se estiraba el
cuello del jersey de encaje. Estaba inquieta.
—Le dije que íbamos a dar un paseo y él sólo me ordenó que no me apartara
de tu lado.
—No estoy para estos trotes, he de admitirlo: estoy sin resuello. —Le faltaba
el aire y tenía el pelo por la cara, se le había deshecho ligeramente el moño.
Entonces, distinguí un olor familiar.
—Hemos llegado.
—Gracias a Dios.
Nos encaminamos hacia el desmoronado muro de piedra del jardín, donde
encontré a Lena llorando el día que se rompió la ventana. Me agaché para cruzar
el arco cubierto de hiedra. Tenía un aspecto diferente por la noche: no era un
lugar para contemplar las nubes y sí para inhumar a una Caster maldita.
Es este sitio, Ethan. Está enterrada aquí. Lo percibo.
Yo también.
¿Dónde crees que está la tumba?
Mientras pasábamos por delante de la piedra donde había encontrado el
guardapelo atisbé otra roca en el claro a pocos metros de allí. Era una lápida y
sobre ella estaba una figura de contornos borrosos.
Percibí el jadeo de Lena, no muy alto, pero sí lo suficiente como para oírla.
¿Puedes verla, Ethan?
Sí.
Era Genevieve, materializada sólo en parte, una mezcla de luz y neblina,
cuy a silueta vaporosa iba y venía en el aire cada vez que se movía la figura
espectral. No había lugar a dudas: se trataba de Genevieve, la dama del cuadro.
Tenía los mismos ojos dorados y la ondulada melena pelirroja. El viento le
alborotaba los cabellos y tenía más aspecto de ser una mujer sentada en el banco
de una parada de autobús que una aparición acomodada sobre la lápida de un
camposanto. En su estado actual era hermosa, pero también terrorífica. Se me
pusieron los pelos de punta.
Después de todo, venir aquí quizá había sido un error.
La tía Del se quedó en su sitio, clavada como una estaca, en cuanto la
descubrió, pero era evidente que pensaba que sólo ella podía verla.
Probablemente, había llegado a la conclusión de que esa visión era el efecto de
contemplar la misma figura repetida muchas veces; las imágenes resultantes de
veinte décadas distintas se habían entremezclado hasta resultar borrosas.
—Creo que deberíamos volver a casa. No me encuentro muy bien.
Era obvio que a la tía Del no le apetecía ni pizca meterse en líos con un
espectro de ciento cincuenta años en un cementerio.
Lena tropezó con una raíz de enredadera y se tambaleó. Alargué la mano
para sujetarla, pero no reaccioné lo bastante deprisa.
—¿Te encuentras bien?
Se agarró para no caerse y me miró. Fue sólo un segundo, pero esa fracción
de tiempo era cuanto necesitaba Reece. Clavó sus ojos en los de Lena y descifró
la expresión de su rostro y de sus pensamientos.
—¡Están mintiendo, mamá! No han venido hasta aquí para ningún trabajo de
historia, buscan algo. —Reece se llevó la mano a la sien e hizo como si estuviera
ajustando un tornillo—. ¡Buscan un libro!
La tía Del parecía confusa, más de lo habitual.
—¿Qué clase de libro buscáis en un cementerio?
Lena apartó la mirada del escrutinio de Reece y rompió la conexión entre
ellas.
—Uno que perteneció a Genevieve.
Me había traído la mochila; la abrí y saqué la pala. Luego, me dirigí hacia la
tumba lentamente, intentando ignorar que el fantasma de la mujer no me quitaba
los ojos de encima. ¿Y si me partía un rayo o algo por el estilo? No me habría
sorprendido, la verdad, pero no iba a echarme atrás después de haber llegado tan
lejos, así que empujé la pala contra el suelo, la hundí y empecé a amontonar
tierra.
—Ay, madre mía. ¿Qué haces, Ethan? —Al parecer, la exhumación había
devuelto a la tía de Lena al presente.
—Estoy buscando el libro.
—¿Ahí dentro? —La tía Del estaba a punto de desmayarse—. ¿Qué clase de
libro puede haber ahí?
—Uno de hechicería muy, muy, muy antiguo. No sabemos siquiera si está
ahí. Es sólo un presentimiento —contestó Lena mientras miraba a Genevieve,
situada a poco más de treinta centímetros de ella, todavía encaramada sobre la
lápida.
Intenté no mirar al fantasma. Su silueta aparecía y desaparecía de una forma
turbadora, y encima nos miraba fijamente con esos aterradores ojos de pupilas
gatunas, tan vacíos y sin chispa que parecían de cristal.
El suelo no era duro, en especial si se tenía en cuenta que estábamos en el mes
DE DICIEMBRE. Al cabo de unos minutos, ya había excavado a treinta
centímetros de profundidad. La tía Del tenía semblante de preocupación y
paseaba de un lado a otro. De vez en cuando miraba a su alrededor para
asegurarse de que ninguno de nosotros la estábamos mirando y luego observaba
de reojo a Genevieve. Por lo menos no me inspiraba pánico sólo a mí.
—Haríamos bien en regresar. Esto es repugnante —se quejó Reece mientras
intentaba establecer contacto visual conmigo.
—No te pongas en plan girl scout —le atajó Lena, arrodillándose al borde de
la fosa.
¿Reece la ve?
No creo. El espectro no tiene ojos con los que ella pueda establecer contacto.
¿Y si lo lee todo en el rostro de la tía Del…?
No puede. Nadie puede. Ella ve demasiadas cosas a la vez. Sólo un Fulimpsest
es capaz de procesar tanta información, y no lograría encontrarle sentido.
—Mamá, ¿de verdad vas a dejarles exhumar la tumba?
—Por amor de Dios, esto es ridículo. Parad y a con esta tontería y
regresemos a la fiesta.
—No sin saber si el libro está ahí abajo. —Lena se volvió hacia la tía Del—.
Tú podrías enseñárnoslo.
¿De qué hablas?
Ella puede revelarnos qué hay ahí abajo. Es capaz de proyectar cuanto ve.
—No sé, no sé. A Macon no le gustaría —repuso ella, incómoda, mientras se
mordía el labio.
—¿Acaso crees que él preferirá que desenterremos el cuerpo? —arguy ó
Lena.
—Vale, vale. Sal de ese agujero, Ethan.
Subí, me aparté de la fosa y me sacudí el polvo de los pantalones. Luego,
contemplé la aparición, cuyo rostro ofrecía un aspecto peculiar, era como si le
interesase contemplar lo que estaba a punto de suceder, o tal vez sólo iba a
pulverizarnos de un momento a otro.
—Sentaos. Esto podría causaros un cierto mareo. Si os sentís mal, poned la
cabeza entre las piernas. —Las instrucciones de la tía Del sonaban como las de
una azafata, pero en este caso se referían a un vuelo sobrenatural—. La primera
vez siempre es la más dura.
Luego, extendió los brazos para que pudiéramos cogerle las manos.
—Todavía no me creo que estés participando en esto, mamá.
La tía Del se quitó la horquilla del moño y dejó que la melena le cayera
sobre los hombros.
—No te me pongas en plan girl scout, Reece.
Reece puso los ojos en blanco y me cogió la mano. Yo alcé la mirada para
ver a Genevieve. Esta me observó directamente a mí y sólo a mí, y se llevó un
dedo a los labios como si pidiera silencio.
El aire comenzó a diluirse a nuestro alrededor. Entonces, empezamos a dar
vueltas como en una de esas atracciones donde te sujetan a la pared y todo
empieza a moverse tan deprisa que piensas que vas a terminar vomitando.
Después hubo unos fogonazos de luz, como si a cada momento alguien
abriera y cerrara puertas por cuyos huecos entraran las imágenes.
Dos jóvenes risueñas de enaguas blancas y lazos amarillos en el pelo corren
por la pradera cogidas de la mano.
Se abrió otra puerta…
Una muchacha de tez acaramelada pone a secar ropa blanca en un
tendedero. Tararea en bajo mientras el viento mueve las sábanas. La mujer se
vuelve hacia una gran casa blanca de estilo federal y llama a voz en grito:
—¡Genevieve, Evangeline!
… y otra más.
Una muchacha cruza el claro en medio de la oscuridad. Mira hacia atrás para
asegurarse de que nadie la sigue. Su melena pelirroja flota tras ella como una
crin. Es Genevieve. Corre a los brazos de un chico alto y larguirucho, un joven
tan parecido a mí que bien podría haber sido y o mismo. Él se inclina y la besa.
—Te quiero, Genevieve, y un día voy a casarme contigo. No me importa lo que
diga tu familia. No puede ser imposible.
—Calla. —Ella le roza los labios con suavidad—. No tenemos mucho tiempo.
Esa puerta se cerró y se abrió otra.
Lluvia, humo y el chisporroteo del fuego, que exhala bocanadas devoradoras.
Genevieve permanece de pie en medio de la oscuridad con el rostro surcado por
las lágrimas y manchurrones de hollín. En la mano sujeta un libro con tapas de
cuero negro. Le falta el título en la cubierta, en la que sólo hay estampada una
luna en cuarto creciente. Ella mira a la mujer, la misma que había visto tender la
colada. Es Ivy.
—¿Por qué no tiene nombre?
Los ojos de la anciana están llenos de temor.
—Sólo porque un libro carezca de título no significa que no tenga nombre. Ese
de ahí es el Libro de las Lunas.
La puerta se cerró de golpe.
Ivy permanece junto a una sepultura en cuyo profundo interior descansa una
caja de pino. « Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré» .
Sostiene en la mano ese libro con tapas de cuero negro y una media luna grabada
en la portada.
—Llévese esto con usted para que no haga daño a nadie más, señorita
Genevieve.
Suelta el tomo sobre la fosa y este cae sobre el ataúd.
Una nueva puerta.
Nosotros cuatro estamos sentados alrededor de un hoy o a medio abrir, y
debajo, en el suelo, donde nuestra vista no podría llegar sin la ayuda de Del, se
halla el ataúd de pino, encima del cual descansa el ejemplar. Y aún más hondo,
en la oscuridad, dentro del cajón, se halla el cuerpo tendido de Genevieve. Tiene
los ojos cerrados y su piel pálida de porcelana se conserva con una perfección
inimaginable en ningún otro cadáver. Parece respirar todavía. La melena
alborotada le cae en cascada sobre los hombros.
La visión retrocede dando vueltas hasta salir del subsuelo, sube hasta situarse
a nuestro nivel, donde primero se fija en el agujero a medio abrir, y luego
asciende hasta la lápida y la figura apagada de Genevieve, que no nos quita la
vista de encima.
Reece soltó un alarido. La última puerta se cerró de golpe.
Intenté abrir los ojos, pero estaba mareado. Del había estado en lo cierto.
Tenía el cuerpo revuelto. Hice lo posible por orientarme, pero no lograba fijar la
vista en nada. Me di cuenta de que Reece me soltaba la mano y me daba la
espalda para alejarse de Genevieve y la mirada aterradora de sus ojos dorados.
¿Estás bien?
Eso creo.
Lena mantenía la cabeza entre las rodillas.
—¿Os encontráis todos bien? —inquirió la tía Del con calma y aplomo. Ya no
me parecía tan torpe ni tan confusa. Si y o tuviera que estar todo el tiempo viendo
algo por el estilo, o enloquecería del todo o me moriría.
—No puedo creer que sea eso lo que ves siempre —le dije a Del cuando al
fin pude volver a fijar la vista.
—El don de los Palimpsésticos es un gran honor, y una carga aún may or.
—El libro está ahí abajo —afirmé.
—Así es, pero parece ser propiedad de esa mujer —puntualizó Del, haciendo
un gesto hacia el espectro de Genevieve—. Su aparición no os ha sorprendido a
ninguno de los dos.
—La hemos visto antes —admitió Lena.
—Bueno, en tal caso, es ella quien ha elegido manifestarse ante vosotros. Ver
a los muertos no es un don propio de un Caster, ni siquiera cuando se es un
Natural, y sin duda no figura dentro de los talentos de los mortales. Sólo es posible
ver a un difunto si este lo desea.
Yo estaba aterrorizado. No como cuando pisé los escalones de Ravenwood o
cuando Ridley me dio tal susto que casi no lo cuento. Esto era algo más intenso.
Guardaba mucha más similitud con el miedo que me embargaba cuando me
despertaba de mis sueños y me agobiaba la posibilidad de perder a Lena. Era un
terror paralizante. La clase de terror que se experimenta al comprender que el
espectro poderoso de una Caster Oscura y maldita te contempla en mitad de la
noche mientras te dedicas a cavar con el propósito de robar un libro puesto
encima de su ataúd. ¿En qué estaría y o pensando para venir hasta aquí y
ponerme a saquear una tumba en una noche de luna llena?
Intentas enmendar un error, contestó una voz en mi mente, y no era la de
Lena.
Me giré hacia Lena. Tenía el semblante demudado. Tanto Reece como la tía
Del miraban fijamente a la izquierda de Genevieve, a quien también podían oír.
Alcé la vista hacia los ojos refulgentes de la aparición, cuyos contornos seguían
borrosos. Daba la impresión de saber el propósito de nuestra excursión.
Cógelo.
Miré a Genevieve, inseguro. Ella cerró los párpados y asintió de forma
apenas perceptible.
—Quiere que nos llevemos, el libro —declaró Lena. Supuse que no se me
estaba y endo la olla del todo.
—¿Cómo sabemos que podemos confiar en ella? —pregunté. Después de
todo, era una Caster Oscura y tenía los ojos dorados como Ridley.
Lena me devolvió la mirada con un destello de entusiasmo en las pupilas.
—No lo sabemos.
Únicamente cabía hacer una cosa.
Cavar.
El libro tenía la misma apariencia que en la visión: tapas de cuero agrietadas y la
media luna grabada en relieve. Olía como huele la desesperación y era pesado
no sólo en sentido físico, sino también psíquico. Era un libro Oscuro. Lo supe en
cuanto me las arreglé para ponerle la mano encima, y me abrasé las y emas de
los dedos. Tenía la sensación de que aquel objeto me arrebataba una pizca de
aliento cada vez que inspiraba.
Alargué el brazo todo lo posible para sacarlo fuera del agujero y lo sostuve en
alto por encima de la cabeza. Lena se hizo cargo de él y yo me apresuré a salir
de allí, deseaba estar fuera cuanto antes. En ningún momento había olvidado que
me encontraba encima del féretro de Genevieve.
—Madre mía, jamás pensé que vería el Libro de las Lunas —exclamó tía Del
con voz entrecortada—. Obrad con cuidado. Es viejo como el tiempo, tal vez
incluso más. Macon jamás creerá lo que hemos…
—No va a saberlo —la atajó Lena mientras sacudía con suavidad el polvo de
las tapas.
—Ya está bien. ¿Os habéis vuelto locas? Si por un minuto se os ha pasado por
la cabeza que no vamos a decírselo al tío Macon… —empezó Reece, cruzándose
de brazos con pose de niñera enfurruñada.
Lena alzó aún más el libro, hasta sostenerlo frente al rostro de la Sybil.
—Decirle… ¿Decirle el qué?
Lena la miraba tal y como Reece había fisgado en los ojos de Ridley durante
el Encuentro, con una intención deliberada. La expresión de la Sybil cambió.
Parecía confusa, casi desorientada. Observaba fijamente el libro, pero daba la
impresión de que no lo veía.
—¿Qué hay que decir, Reece?
Reece cerró los ojos con fuerza, como si intentase escaparse de una pesadilla,
y abrió la boca para decir algo, pero luego, de pronto, juntó los labios. Vislumbré
un amago de sonrisa en los labios de Lena cuando se volvió lentamente hacia su
otra pariente.
—¿Tía Del?
La tía Del parecía tan ofuscada como su hija. Ese aturdimiento era su estado
natural, cierto, pero había algo diferente en esta ocasión, y tampoco ella contestó
a Lena.
Lena se giró levemente y dejó caer el libro sobre mi mochila. Cuando lo hizo,
vi el destello verde de sus ojos y cómo el viento de la magia le ondulaba la
melena bañada por la luna. Era como si en medio de la oscuridad mis ojos
fueran capaces de advertir cómo la magia se arremolinaba a su alrededor. No
sabía qué estaba pasando, pero las tres parecían haber emprendido una
ininteligible conversación sin palabras que yo no era capaz de escuchar ni de
entender.
Y entonces terminó todo, y la luz de la luna volvió a ser luz de luna y la noche
se apagó hasta ser sólo noche. Dirigí la vista más allá de la Sybil, hacia la tumba
de Genevieve, pero esta había desaparecido, si es que alguna vez había estado
allí.
Reece se revolvió en su sitio y una expresión mojigata volvió a dominar su
semblante.
—Si pensáis por un momento que no voy a decirle al tío Macon que nos
habéis arrastrado hasta un cementerio sin más motivo que un estúpido trabajo del
instituto que ni siquiera habéis concluido, lo lleváis claro.
¿De qué ray os hablaba? Pero Reece parecía que hablaba en serio. No
recordaba nada de lo que había sucedido, igual que yo no entendía nada de lo que
había pasado.
¿Qué le has hecho?
Tío Macon y yo hemos estado practicando.
Lena metió el libro en mi mochila y la cerró.
—Lo sé, lo siento. Es verdad, este lugar es horrible por la noche. Vámonos de
aquí.
Reece se volvió hacia la mansión y arrastró a su madre con ella.
—Eres como una niña.
Lena me guiñó un ojo.
¿Qué has practicado? ¿Control mental?
Nada, cuatro cosillas. Desplazar guijarros por telequinesis. Generar ilusiones
con la mente. Hacer Vínculos temporales, aunque esto es más difícil.
¿Y esto ha sido fácil?
Desplacé el libro de sus mentes. Supongo que podría decirse que lo borré.
Ninguna de las dos va a acordarse porque en su mente esto jamás ha sucedido.
Necesitábamos el libro, lo sabía, y conocía también las razones de su
comportamiento, pero intuía que Lena había traspasado la frontera. Yo ignoraba
dónde estábamos ahora y también si ella podría echarse atrás, donde yo estaba,
y volver ser la de antes.
La Sybil y su madre estaban ya de vuelta en el jardín. No hacía falta ser
adivino para saber que Reece estaba como loca por alejarse de allí. Lena hizo
ademán de seguirlas, pero algo me detuvo.
Lena, espera.
Me dirigí hacia el agujero y me llevé la mano al bolsillo. Abrí el pañuelo con
las iniciales, cogí el guardapolvo por la cadena y lo alcé. Nada. No hubo visión
alguna. Algo dentro de mí me indicó que no iba a haber ni una sola más. El
guardapelo nos había conducido hasta enseñarnos lo que necesitábamos ver.
Lo sostuve encima de la tumba y estaba a punto de soltarlo, pues me parecía
lo más correcto, casi un gesto de justicia, cuando escuché de nuevo la voz de
Genevieve, pero esta vez me habló con más dulzura.
No. Eso no me pertenece.
Miré hacia la lápida. Genevieve estaba de nuevo allí. Lo que quedaba se fue
desvaneciendo en la vaciedad de la noche con cada ráfaga de viento. Ya no
resultaba tan aterradora.
Parecía rota, con el aspecto propio de quien ha perdido al único amor de su
vida.
Entonces entendí todo

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