15

1 de noviembre
Escrito en la pared
A LA MAÑANA SIGUIENTE, cuando me desperté, no tenía ni idea de dónde me
encontraba hasta que no vi los textos de Lena escritos con rotulador Sharpie
cubriendo las paredes, la vieja cama de hierro, las ventanas y los espejos.
Entonces, me acordé.
Alcé la cabeza y me froté las mejillas. Lena seguía en la cama. Sólo podía
verle la punta del pie. Tenía la espalda rígida de haber dormido en el suelo y me
pregunté quién y cómo nos había bajado del desván.
La alarma del móvil empezó a sonar. De ese modo, Amma sólo tenía que
pegarme tres gritos desde el pie de las escaleras para que me levantara. Pero
hoy no sonaba Rapsodia bohemia a todo volumen, sino otra canción. Lena se
levantó, sobresaltada y todavía grogui.
—¿Qué suce…?
—Shh. Escucha.
La canción había cambiado.
Dieciséis años, dieciséis lunas.
Dieciséis veces has soñado mis recelos,
dieciséis que han de Vincular las esferas,
dieciséis, aunque sólo uno oye los gritos.
—¡Para eso!
Ella echó mano al móvil y lo apagó, pero los versos siguieron sonando.
—Es sobre ti, creo, pero ¿qué es eso de Vincular las esferas?
—Casi me muero anoche. Estoy harta de que todo guarde relación conmigo,
estoy harta de que todas las cosas raras me sucedan a mí.
Tal vez esta estúpida canción sea sobre ti, para variar. De hecho, eres el único
que tiene dieciséis años.
Frustrada, alzó la mano, la abrió y luego la cerró hasta formar un puño con el
que asestó un golpe contra el suelo como si hubiera pretendido matar una araña.
La música se detuvo. Mejor sería no vérselas hoy con ella. Siendo sincero,
tampoco la culpaba. Tenía un enfermizo tono verde en la cara y aspecto de estar
floja, peor incluso que el de Link en aquella ocasión en que Savannah le retó a
darle un buen tiento a la botella de crema de menta que guardaba su madre en la
despensa, el último día de clase antes de las vacaciones de invierno. Habían
pasado tres años y Linkseguía sin probar ni un trocito de dulce si sabía a menta.
Lena tenía los pelos apuntando en quince direcciones distintas y los ojos
entrecerrados e hinchados de tanto llorar. De modo que ese era el aspecto de las
chicas por la mañana. Jamás había visto a ninguna a esa hora, o al menos no tan
de cerca. Procuré no pensar en Amma ni en el infierno por el que esta iba a
hacerme pasar cuando volviera a casa.
Gateé para subirme a la cama de Lena y la atraje hacia mí para que
descansara sobre mi regazo; luego, recorrí sus cabellos desmelenados con los
dedos.
—¿Estás bien?
Cerró los ojos y enterró el rostro en mi sudadera, que, como y o bien sabía, a
primera hora debía de oler tan mal como un pósum salvaje.
—Eso creo.
—Oí tus gritos desde mi casa.
—¡Quién iba a suponer que el kelting me salvaría la vida!
Me había perdido algo, como de costumbre.
—¿Qué es el kelting?
—Así es como se llama la forma que tenemos de comunicarnos unos con
otros sin importar dónde estemos. Algunos Caster son capaces de hacerlo y otros
no. Ridley y yo solíamos hablar en clase de ese modo, y…
—Pero ¿no me habías dicho que esto nunca te había ocurrido antes?
—No con un mortal. Tío Macon opina que es raro, raro de verdad.
Me gusta cómo suena eso.
Lena me propinó un codazo.
—Procede del lado celta de nuestra familia. Así era como los Caster se
pasaban mensajes durante los juicios. En Estados Unidos suelen llamarlo el
Susurro.
—Pero yo no soy un Caster.
—Lo sé, eso es lo extraño. Se suponía que no funcionaba con mortales. —Por
supuesto que no.
—¿No crees que es un poco más que raro? Nosotros podemos usar el kelting
ese, Ridley entra en Ravenwood gracias a mí y hasta tu tío dice que puedo
protegerte. ¿Cómo es eso posible? Es decir, no soy Caster. Mis padres son
diferentes, pero sus peculiaridades no son de este estilo.
Se apoy ó en mi hombro.
—Tal vez no haga falta ser Caster para tener poderes.
—Quizá sólo sea necesario enamorarse de uno —repuse mientras le colocaba
el pelo detrás de la oreja.
Se lo solté así, sin más, sin estúpidos chistes ni cambios de tema. Por una vez
no estaba avergonzado, pues era la verdad. Me había enamorado. Creo que
siempre lo había estado. Y más valía que ella se enterase si no lo sabía aún, pues
y a no había vuelta atrás, al menos para mí.
Lena alzó los ojos para mirarme y el mundo entero se desvaneció cuando lo
hizo, como si sólo estuviéramos nosotros dos, como si siempre fuera a ser así y
no necesitásemos magia para eso. Era una sensación alegre y triste al mismo
tiempo. Yo no podía estar cerca de ella sin sentir cosas, sin sentirlo todo.
¿En qué piensas?
Ella sonrió.
Creo que puedes averiguarlo por tu cuenta. Eres capaz de leer los textos de las
paredes.
Tal y como había dicho, había escrito algo en la pared: poco a poco fue
apareciendo una palabra tras otra.

no
eres
el
único
en
estar
enamorado.
La frase se escribió por sí sola con la misma ondulada caligrafía negra que
cubría el resto de la habitación. El rubor coloreó las mejillas de Lena y se tapó la
cara con las manos.
—Como las paredes empiecen a mostrar todos mis pensamientos va a ser de
lo más embarazoso.
—¿No lo has hecho a propósito?
—No.
No tienes de qué avergonzarte, L. Le aparté las manos de la cara. Porque yo
siento lo mismo.
Cerró los párpados con fuerza y yo me incliné para besarla. Fue un besito, un
beso de nada, pero el corazón se me aceleró de inmediato.
Ella abrió los ojos y sonrió.
—Quiero oír el resto, quiero saber cómo me salvaste la vida.
—Ni siquiera recuerdo cómo llegué aquí y luego no podía localizarte, y con
toda la casa llena de esa gente repulsiva con aspecto de salir de un baile de
disfraces.
—No iban disfrazados.
—Lo supuse.
—¿Y entonces me encontraste? —Apoy ó la cabeza en mi regazo y alzó la
mirada hacia mí con una sonrisa—. ¿Irrumpiste a lomos de un caballo blanco y
me salvaste de una muerte segura a manos de un Caster Oscuro?
—No te rías. Aquello asustaba de verdad y no había ningún caballo, más bien
se parecía a un perro.
—Mi último recuerdo es del tío Macon hablando sobre el Vínculo. —Lena
jugueteó con su pelo en ademán pensativo.
—¿Qué era la cosa esa del Círculo?
—El Círculo Sanguinis o Círculo de Sangre.
Hice lo posible por no parecer asustado. Apenas tenía estómago para tolerar
la imagen de Amma y los huesos de pollo, así que no sabía si iba a ser capaz de
soportar la sangre auténtica, aunque esperaba que al menos fuera su sangre y
nada más.
—No vi la sangre.
—No es sangre de verdad, tonto. La sangre se refiere al lazo de parentesco, a
la familia. Toda mi familia está aquí por vacaciones, ¿lo recuerdas?
—Cierto, perdona.
—Te lo dije: Halloween es una noche poderosa para la magia.
—¿Y qué estabais haciendo todos ahí, dentro de ese Círculo?
—Macon deseaba Vincular la mansión. Ravenwood está Vinculada siempre,
pero él lo repite cada Halloween para el Año Nuevo.
—Y algo salió mal.
—Eso imagino, porque pude oír a mi tío hablando con tía Del mientras
estábamos en el Círculo, y luego todo el mundo se puso a gritar y empezaron a
hablar de una mujer. Sara-no-sé-qué.
—Sarafine, yo también lo oí.
—Sarafine. ¿Era ese nombre? Jamás lo había escuchado antes.
—Debe de ser una Caster Oscura. Todos parecían, no sé, parecían asustados.
Jamás había oído a tu tío hablar de ese modo. ¿Sabes qué sucedió? ¿Realmente
intentaba matarte?
No estaba muy seguro de querer saber la respuesta.
—No lo sé. No recuerdo demasiado, excepto esa voz lejana, como si alguien
me hablara desde un lugar remoto, pero no logro recordar sus palabras. —Se
movió en mi regazo y con cierta torpeza se acomodó encima de mi pecho. Daba
la impresión de que casi podía sentir su corazón palpitando sobre el mío; sonaba
como el aleteo de un ave dentro de una jaula. Estábamos tan cerca como podían
estarlo dos personas, sin mirarnos el uno al otro. Esa era la forma en que yo creía
que ambos necesitábamos estar aquella mañana—. Se nos acaba el tiempo,
Ethan. ¿Qué más da? En cualquier caso, sea quien sea ella, ¿no crees que venía a
por mí porque voy a volverme Oscura dentro de cuatro meses?
—No.
—¿No? ¿Eso es todo lo que tienes que decir después de la peor noche de mi
vida, después de que he estado a punto de morir? —Lena se retiró de mi lado.
—Piensa en ello. Esa Sarafine, sea quien sea, ¿te estaría dando caza si fueras
a convertirte en uno de los malos? No, y además, si fueras a volverte Oscura, los
buenos irían a por ti. Fíjate en Ridley. Nadie de tu familia le ha puesto
precisamente una alfombra de bienvenida.
—Excepto tú, tontaina —replicó, y me dio un codazo en las costillas en plan
juguetón.
—Exactamente, porque yo no soy un Caster, sino un insignificante mortal y,
como tú misma aseguraste, si ella me dice que salte por un barranco, y o lo haría.
Lena se sacudió los cabellos.
—¿Es que acaso tu madre no te dijo, Ethan Wate, que cuando tus amigos se
tiraran por un barranco te cuidaras de hacerlo tú?
La estreché entre mis brazos, sintiéndome mucho más feliz de lo que debería,
dada la nochecita que habíamos pasado. O tal vez era Lena quien se sentía
mejor, y a mí me pasaba lo mismo. La conexión existente entre nosotros esos
días era tan fuerte que resultaba difícil determinar qué era y o y qué era ella.
Quería besarla, no sabía nada más.
Vas a ser Luminosa.
Y eso hice.
Luminosa, definitivamente.
La besé otra vez mientras la abrazaba. Besarla era tan necesario como
respirar: tenía que hacerlo, no podía evitarlo. Estreché mi cuerpo contra el suyo.
Oí su jadeo y sentí su corazón latir contra mi pecho. De pronto, empezó a
arderme hasta la última terminación del sistema nervioso y se me puso el pelo de
punta. Ella se acomodó sobre mi cuerpo. Su melena negra se desparramó entre
mis manos y cada roce de sus cabellos fue como un chispazo. Había deseado
hacer esto desde que la conocí, desde la primera vez que soñé con ella.
Era como si te alcanzase un ray o. Éramos uno solo.
Ethan.
Percibí la nota de urgencia en su voz incluso a pesar de que ella le hablara a
mi mente. Yo también me daba cuenta: era como si no pudiera estar lo bastante
cerca de ella. Su piel era suave y cálida. Noté cómo se intensificaban los
pinchazos y los labios en carne viva, pues no podíamos besarnos con más fuerza.
La cama empezó a dar sacudidas y de pronto se alzó y se bamboleó debajo de
nosotros, lo sentí, y también que me fallaban los pulmones, que la piel se me
helaba y las luces de la habitación se encendían y apagaban mientras el cuarto
mismo empezaba a dar vueltas, o tal vez se volvía negro, sólo que y o no sabía
qué estaba pasando, ni siquiera si era cosa mía o de la luz del dormitorio.
¡Ethan!
La cama se estampó contra el suelo. Oí a lo lejos el sonido del cristal al
hacerse añicos, como si hubiera estallado una ventana, y también escuché el
llanto de Lena, y luego una voz de niña que preguntó:
—¿Qué te pasa, Lena Beana? ¿Por qué estás tan triste?
Sentí una manita caliente sobre el pecho. La calidez de esa palma se extendió
por todo mi cuerpo y la estancia dejó de dar vueltas. Luego, fui capaz de respirar
y abrí los ojos.
Era Ryan.
Me incorporé con el cerebro todavía a punto de estallar. Lena se hallaba a mi
lado, con la cabeza pegada a mi pecho, justo como había estado hacía una hora,
sólo que esta vez las ventanas de su cuarto estaban rotas, la cama se había venido
abajo y tenía delante de mí a una niña rubia de diez años que mantenía la mano
en mi pecho. Lena, aún sorbiéndose la nariz, intentó apartar de mi lado un trozo
roto de espejo y los restos de su cama.
—Creo que y a hemos averiguado qué es Ryan. —Lena sonrió, pero aún tenía
los ojos llorosos. Atrajo a la niña hacia sí, y la abrazó—. Una Thaumaturge.
Jamás habíamos tenido una en la familia.
—Supongo que debe de ser uno de esos nombres vuestros para referiros a una
sanadora —aventuré mientras me frotaba la cabeza.
Lena asintió y le plantó un beso a la niña en la mejilla.
—Algo por el estilo.
27 de noviembre
La típica fiesta americana de toda la vida
TRAS HALLOWEEN, pareció reinar la calma característica de después la
tormenta y a pesar de saber que el reloj no detenía su avance, nos sumimos en la
rutina: yo caminaba hasta la esquina para esconderme de Amma, Lena me
recogía con el coche fúnebre y Boo Radley se unía a nosotros delante de Stop &
Steal, desde donde nos seguía hasta el insti. Con la excepción de Winnie Reid, el
único miembro del equipo de debate del Jackson, lo cual no facilitaba discusión
alguna, y Robert Lester Tate, ganador del concurso estatal de deletreo dos años
consecutivos, sólo Link se sentaba con nosotros en la cafetería. Fuera de clase,
cuando no nos íbamos a comer a las gradas ni nos espiaba el director Harper, nos
escondíamos en la biblioteca para releer los papeles del guardapelo, con la
esperanza puesta en que Marian cometiera alguna indiscreción y nos contara
algo.
Por lo demás, no había ni rastro de ninguna coqueta prima Siren ni de sus
piruletas ni de esos poderes suy os letales; tampoco se produjo ninguna misteriosa
tormenta de categoría 3, no asomó en el cielo ningún ominoso nubarrón negro y
ni siquiera tuvimos ninguna de esas extrañas comidas con Macon. Nada se salía
de lo normal, salvo por una cosa, la más importante de todas: estaba loco por una
chica que, aunque pareciera mentira, sentía lo mismo por mí.
¿Cuándo había pasado? Casi resultaba más fácil creer que fuera una Caster
que el hecho de su misma existencia.
Tenía a Lena, una chica preciosa y poderosa; cada día era perfecto y, al
mismo tiempo, aterrador.
Hasta que de pronto sucedió lo impensable: Amma invitó a Lena a la cena del
Día de Acción de Gracias.
—No puedo entender por qué quieres venir a cenar en Acción de Gracias. Es
un tostón.
Amma tramaba algo, eso era obvio, y yo estaba bastante nervioso.
Me relajé cuando Lena esbozó una sonrisa, cuy a hermosura inigualable me
dejaba siempre alelado.
—Amí no me parece tan aburrido.
—Dices eso porque nunca has estado en mi casa en Acción de Gracias.
—Jamás he estado en casa de nadie ese día. Los Caster no celebramos el Día
de Acción de Gracias. Es una fiesta sólo para los mortales.
—¿Estás de broma? ¿No cenáis pavo relleno ni pastel de calabaza?
—No.
—Hoy no habrás comido mucho, ¿verdad?
—La verdad es que no.
—Entonces lo pasarás bien.
Yo había ido preparando a Lena con tiempo para que no se sorprendiera
cuando las Hermanas envolvieran unos cuantos bollos en las servilletas y se los
guardaran en el bolso; ni cuando mi tía Caroline y Marian se pasaran media
velada discutiendo sobre la localización de la primera biblioteca pública
estadounidense (Charleston) o la fórmula correcta del verde Charleston (dos
partes de negro y anqui y una de amarillo rebelde). La tía Caroline trabajaba
como conservadora en un museo de Savannah y sabía de antigüedades y
periodos arquitectónicos tanto como mi madre sobre estrategias bélicas y
munición de la Guerra de Secesión. Lena debía estar preparada para eso:
Amma, los chiflados de mi familia y Marian, y a eso había que sumarle por
añadidura a Harlon James.
Sin embargo, había omitido el único detalle que ella necesitaba saber. Tal y
como habían ido las cosas en los últimos tiempos, era muy probable que mi
padre se sentara a la mesa en pijama, pero eso era algo que sencillamente me
sentía incapaz de contar.
Amma se tomaba muy en serio Acción de Gracias, y eso significaba dos
cosas: mi padre saldría del estudio de todas todas, aunque lo haría cuando ya
fuera de noche, por lo que técnicamente tampoco habría mucha diferencia con
sus costumbres habituales, pero se sentaría a cenar con nosotros, a comer comida
de verdad, nada de cereales Shredded Wheat. Eso era lo mínimo que Amma iba
a permitir, así que, en honor a la peregrinación de mi padre al mundo donde los
demás habitábamos todos los días, había hecho comida para un regimiento: pavo,
puré de patata con salsa de carne, judías blancas, crema de maíz, patatas dulces
con malvavisco, jamón dulce, bizcochos, pastel de calabaza y tarta de merengue
al limón. Esta última la hacía más por el tío Abner que por el resto de nosotros.
Me demoré un segundo en el porche al recordar cómo me había sentido la
noche que fui a Ravenwood por vez primera. Ahora le tocaba a ella. Me dio un
poco de pena. Lena hizo un ademán para apartarse los cabellos negros de la cara;
le acaricié el mentón, donde se le habían enredado unos cuantos mechones
rebeldes.
¿Estás preparada?
Lucía un vestido con una falda corta de encaje negro. Se la estiró para que le
quedara suelta. Estaba inquieta.
No lo estoy.
Pues deberías.
Sonreí mientras le abría la puerta.
—Preparada o no…
La casa tenía el aroma de mi niñez: olor a trabajo y puré de patata.
—¿Eres tú, Ethan Wate? —preguntó Amma a grito pelado desde la cocina.
—Sí, señora.
—¿Viene contigo la chica? Tráela aquí para que podamos echarle un vistazo.
Hacía mucho calor en la cocina. Amma se hallaba frente a los fogones con el
delantal puesto mientras la tía Prue iba de un lado a otro, batiendo diferentes
mezclas en varios tazones. La tía Mercy y la tía Grace jugaban al Scrabble en la
mesa de la cocina. Nadie pareció percatarse de que en realidad ninguna de las
dos intentaba construir ninguna palabra en el tablero.
—Bueno, no te quedes ahí parado. Hazla pasar dentro.
Sentí todo el cuerpo en tensión. No había forma de adivinar cuál sería la
reacción de Amma ni la de las Hermanas. Para empezar, no tenía la menor idea
de por qué Amma había insistido en invitar a la sobrina de Macon Ravenwood.
Lena se adelantó.
—Cuánto me alegra conocerla por fin.
Amma la examinó de la cabeza a los pies mientras se secaba las manos en el
delantal.
—Así que tú eres la que tiene tan ocupado a mi chaval. El cartero tenía razón:
eres bonita como el sol.
Me pregunté si Carlton Eaton había mencionado eso mientras iban a Wader’s
Creek.
Lena se puso colorada.
—Gracias.
—Has revuelto un poco las cosas en el colegio, según he oído. —La tía Grace
sonrió—. Eso está bien. No sé qué os enseñan a los chicos allí hoy día.
Tía Mercy colocó sus fichas una tras otra hasta formar una palabra.
E-S-P-I-R-O.
Tía Grace se inclinó sobre el tablero y bizqueó.
—¡Otra vez con trampas, Mercy Lynne! ¿Qué palabro es ese? ¡Úsalo en una
frase!
—Espiro a tomarme uno de esos pastelitos blancos.
—No se dice así. —La tía Grace movió una ficha para corregirla. Al menos
una de las dos sabía qué se traía entre manos—. Se dice expirar, con equis. —
Bueno, tal vez no.
No exagerabas nada.
Te lo dije.
—¿No es Ethan ese que acaba de entrar? —La tía Caroline entró con los
brazos abiertos en el momento justo—. Ven aquí y dale un abrazo a tu tía.
Siempre me pillaba desprevenido su enorme parecido con mi madre. La
misma melena castaña, invariablemente recogida hacia atrás, los mismos ojos
marrones; pero mi madre siempre se había decantado por ir descalza y ponerse
vaqueros mientras que la tía Caroline vestía más al estilo sureño y elegía vestidos
con tirantes y algún suéter fino. Tenía la sospecha de que mi tía se lo pasaba
bomba cuando veía los gestos de la gente al hacerles saber que ella no era una
solterona entrada en años, sino la conservadora del Museo de Historia en
Savannah.
—¿Y cómo va todo por aquí, por el norte? —Caroline siempre se refería a
Gatlin con esa expresión: « Aquí, por el norte» , pues el condado estaba al norte
de Savannah.
—Todo muy bien. ¿Me has traído pralinés?
—¿No te los traigo siempre?
Cogí a mi invitada de la mano y di un tirón para acercarla adonde me
encontraba.
—Lena, te presento a mi tía Caroline y a mis tías abuelas Prudence, Mercy y
Grace.
—Encantada de conocerlas a todas.
Lena alargó la mano libre para saludarlas, pero, en vez de estrechársela, la tía
Caroline la atrajo hacia sí con un abrazo.
En la entrada, alguien cerró de un portazo.
—¡Feliz Acción de Gracias! —Marian entró con una cacerola y una fuente,
puestos uno sobre otro—. ¿Qué me he perdido?
—Ardillas. —Tía Prue se le acercó arrastrando los pies y cogió del brazo a la
recién llegada—. ¿Qué sabes de ellas?
—Vale. Fuera de mi cocina todos vosotros, todos. Necesito algo de espacio
para obrar mi magia. Eh, Mercy Staham, que te veo, te estás zampando mis
bastones de caramelo con canela.
La interpelada dejó de masticar a dos carrillos durante unos segundos. Lena
me miró de refilón mientras intentaba aguantar la sonrisa.
Podría llamar a Cocina.
Confía en mí: Amma no necesita ayuda alguna cuando se trata de cocinar.
Tiene magia de su propia cosecha para eso.
Todo el mundo se metió en el atestado comedor. Caroline y Prue se
enzarzaron sobre el mejor método para que el palo santo crezca en un porche
soleado mientras las tías Grace y Mercy seguían la polémica sobre el deletreo
correcto del verbo « espirar» al tiempo que Marian intentaba mediar entre las
dos. Todo eso bastaba para volver loco a cualquiera, pero cuando vi a Lena
apretujada entre las Hermanas sin poderse mover, parecía feliz, incluso contenta.
Esto es guay.
¿Estás de broma?
¿Esa era su idea de una fiesta en familia? ¿Una montaña de cacerolas, un
tablero de Scrabble y unas ancianas a la greña? No estaba seguro del todo, pero
sabía que eso era lo menos parecido del mundo al Encuentro.
Al menos no intentan matarse entre ellas.
Dales un cuarto de hora, L.
Pillé a Amma mirando a través de la puerta de la cocina, pero no me
examinaba a mí, sino a Lena.
Estaba tramando algo, ya no me cupo duda alguna.
La cena de Acción de Gracias discurría como todos los años, excepto que
nada era igual. Mi padre iba en pijama, la silla de mi madre estaba vacía y yo
estrechaba la mano de una Caster por debajo de la mesa. La sensación me
abrumó durante unos segundos, me sentía feliz y triste al mismo tiempo, como si
en cierto modo ambas cosas guardasen alguna relación, pero apenas tuve una
fracción de segundo para pensar en ello. En cuanto dijimos amén, las Hermanas
se pusieron a tragar bollos, Amma empezó a llenar los platos con puré de patata
con salsa y tía Caroline comenzó con su charloteo.
Yo sabía qué ocurría. Tal vez nadie reparase en la silla vacía si había
suficiente ajetreo, conversación continua y bastantes tartas, pero no había
suficientes tartas en el mundo para lograr eso, ni siquiera en la cocina de Amma.
Por otra parte, tía Caroline estaba decidida a hacerme hablar todo el rato.
—¿Necesitas que te preste algo para la recreación, Ethan? Tengo en el desván
una guerrera entallada de corte recto y tiene toda la pinta de ser auténtica.
—No me lo recuerdes.
Casi había olvidado que si pretendía aprobar la asignatura de historia este año
debía vestirme de soldado confederado para la recreación de la batalla de Honey
Hill. Todos los años tenía lugar una recreación de la Guerra de Secesión hacia
febrero. Era la única razón para que los turistas se dejaran caer por Gatlin.
Lena alargó la mano para coger un bollo.
—No me parece que la recreación sea tan buen negocio, la verdad. Parece
demasiado trabajo para representar una batalla librada hace más de cien años,
cuando podemos leerla en los libros de Historia.
Oh, oh.
Tía Prue respiró de forma entrecortada. Ese era el tipo de blasfemias que la
sacaban de quicio.
—Habría que quemar esa escuela vuestra hasta los cimientos. Allí y a no
enseñan historia. La lucha del sur por su independencia no puede aprenderse en
los libros de texto, hay que verla. Todos los jóvenes deberíais verlo: el mismo país
que luchó como un solo hombre en la Guerra de la Independencia se volvió
contra sí mismo en una guerra civil.
Di algo, Ethan. Cambia de tema.
Demasiado tarde. Se va a poner a recitar el himno nacional en cualquier
momento.
Marian abrió en dos un panecillo y lo llenó de jamón.
—La señorita Statham tiene razón. La Guerra de Secesión volvió al país
contra sí mismo, a menudo enfrentó a hermano contra hermano. Fue un trágico
episodio en la historia de Estados Unidos. Murieron en torno a medio millón de
hombres, aunque perecieron más de enfermedad que en la batalla.
—Un trágico episodio, sí, señor —convino tía Prue.
—Pero ahora no te enojes, Prudence Jane. —Tía Grace le dio unas
palmaditas en el brazo a tía Prue; esta le apartó la mano con un ademán.
—No me digas cuándo debo indignarme. Sólo intento asegurarme de que los
jóvenes saben distinguir el culo de las témporas. Aquí no enseña nadie, salvo y o.
Esa escuela debería pagarme.
Debería haberte advertido de que no les dieras pie.
A buenas horas me lo cuentas.
Lena se revolvió incómoda en el asiento.
—Lo siento. No pretendía decir nada irrespetuoso, es sólo que… no había
conocido a nadie tan entendido en la Guerra de Secesión.
Muy sutil, sobre todo si por entendido quieres decir obsesionado.
—No vay as a sentirte mal ahora, corazón. De vez en cuando Prudence Jane
se levanta con el pie torcido.
Tía Grace le dio un codazo a tía Prue.
Por eso le echamos whisky en el té.
—Todo es por culpa del guirlache de cacahuete que ha traído Carlton. —Tía
Prue observó a Lena, disculpándose con la mirada—. Lo paso fatal cuando tiene
tanto azúcar.
Las pasa moradas cuando no tiene guirlache a mano.
Mi padre tosió mientras removía el puré de patata. Lena vio la oportunidad de
cambiar de tema.
—Ethan me ha dicho que es usted escritor, señor Wate. ¿Qué clase de libros
escribe?
Mi padre levantó los ojos para mirarla, pero no dijo nada. Lo más probable
era que ni siquiera se hubiera percatado de que nuestra invitada se estaba
dirigiendo a él.
—Mitchell trabaja en una nueva obra, en una importante, tal vez la mejor de
las que ha escrito hasta ahora, y eso que ha escrito un montón de libros. ¿Cuántos
llevas hasta ahora, Mitchell? —inquirió Amma como si se estuviera dirigiendo a
un niño. Ella sabía al dedillo cuántas obras había publicado mi padre.
—Trece —masculló él.
Pensé que los modales intimidatorios de mi padre desalentarían a Lena, pero
no fue así. Le estudié: tenía el pelo despeinado y círculos negros bajo los ojos.
¿Desde cuándo tenía tan mal aspecto?
—¿Y de qué trata su novela? —insistió Lena.
Mi padre pareció animado por primera vez en toda la velada.
—Es una historia de amor, aunque en realidad este libro ha sido un viaje. La
gran novela americana. Podría decirse que trabajo en El ruido y la furia de mi
carrera, pero no puedo hablar del argumento, de veras, aún no, no en este
momento, no cuando estoy tan cerca de…
Había empezado a desvariar. Luego, enmudeció de repente, como si llevara
un interruptor en la espalda y alguien lo hubiera apagado. Se quedó mirando
fijamente la silla vacía de mi madre mientras se iba debilitando.
Amma parecía ansiosa. La tía Caroline intentó distraer la atención general de
lo que se estaba convirtiendo en la noche más embarazosa de mi vida.
—Lena, ¿desde dónde dijiste que te habías mudado…?
No oí la respuesta ni ninguna otra cosa, pues en vez de eso percibí que todo se
movía a cámara lenta y de forma borrosa, como los espejismos cuando las olas
de calor cruzan el aire.
¿Qué estaba pasando…?
Todo parecía haberse paralizado en la habitación, pero no era así. Yo estaba
petrificado. Mi padre se había quedado parado. Tenía los ojos entrecerrados y los
labios fruncidos para formar la sílaba que no había tenido ocasión de pronunciar.
Seguía con la vista fija en el puré de patata, todavía sin probar. Las Hermanas, la
tía Caroline y Marian permanecían inmóviles como estatuas. El péndulo del viejo
reloj del abuelo se había detenido. Hasta el aire permanecía estático.
¿Estás bien, Ethan?
Intenté responderle, pero no pude. Estuve a punto de morir congelado cuando
Ridley me apretó entre sus dedos letales, pero en esta ocasión ni tenía frío ni
estaba muerto, sólo inmóvil.
—¿Ha sido cosa mía? —preguntó Lena en voz alta.
Únicamente Amma estaba en condiciones de responderle.
—¿Hacer un Vínculo temporal? ¿Tú? Es tan probable como que salga un
caimán de las tripas de ese pavo —se mofó ella—. No, no es cosa tuya, chiquilla.
Esto te supera. Los Notables han decidido que ya es hora de que tú y y o
tengamos unas palabritas de mujer a mujer. Ahora nadie puede escucharnos.
Con una excepción: yo puedo oírte.
Pero no conseguía articular palabra. Podía escucharlas a ambas, pero era
incapaz de proferir sonido alguno.
Amma miró al techo.
—Gracias por la ay uda, tía Delilah. —Se dirigió hacia la comida y cortó un
trozo de pastel de calabaza. Luego lo puso en un lujoso plato de porcelana y lo
dejó en el centro de la mesa—. Ahora voy a dejar este trozo para ti y los
Notables. Procura no olvidar que lo he hecho yo.
—¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que ha hecho?
—No he hecho nada. Sólo he ganado un poco de tiempo para nosotras, me
parece…
—¿Es usted una Caster?
—No, sólo Vidente. Veo lo que debe verse, lo que nadie puede o quiere ver.
—¿Ha detenido usted el tiempo? —Los Caster podían detener el tiempo, Lena
me lo había dicho, pero sólo los de mayor poder.
—No he hecho semejante cosa. Sólo pedí un poco de ayuda a los Notables y
tía Delilah se mostró dispuesta.
Lena parecía confusa, o tal vez asustada.
—¿Quiénes son los Notables?
—Mi familia en el Más Allá. Me echan una manita de vez en cuando, y no
están solos. Otros les acompañan. —Amma se inclinó sobre la mesa y miró a
Lena a los ojos—. ¿Por qué no luces el brazalete?
—¿El qué…?
—¿No te lo dio Melquisedec? Le dije que ibas a necesitarlo.
—Lo hizo, pero me lo quité.
—Vay a, ¿y a santo de qué hiciste semejante cosa?
—Descubrimos que bloqueaba las visiones.
—Era un bloqueador, cierto… Mientras lo llevaras encima.
—¿Y qué bloqueaba?
Amma alargó una mano y cogió la de Lena para darle la vuelta y dejar la
palma boca arriba.
—No quería ser y o quien te lo dijera, chiquilla, pero ni Melquisedec ni tu
familia van a decirte nada y alguien ha de contártelo. Debes estar preparada.
—Preparada… ¿para qué?
Amma miró al techo y masculló algo para sus adentros.
—Ella viene a por ti, chiquilla, y es una fuerza que hay que tener en cuenta…
Oscura como la noche.
—¿Quién…? ¿Quién viene a por mí?
—Desearía que te lo contaran ellos. No quería ser y o quien te lo explicara,
pero los Notables aseguran que alguien debe decírtelo antes de que sea
demasiado tarde.
—¿Decirme qué? ¿Quién viene, Amma?
Amma tiró del amuleto que le colgaba del cuello hasta sacárselo de la blusa y
lo sujetó con fuerza.
—Sarafine la Oscura —contestó en voz baja, como si temiera que alguien
pudiera escucharla.
—¿Y quién es?
Amma vaciló, apretó la bolsa con más fuerza.
—Tu madre.
—No lo entiendo. Mis padres fallecieron siendo yo una niña y mi madre se
llamaba Sara. He visto su nombre escrito en el árbol genealógico.
—Tu padre murió, eso es cierto, pero que tu madre sigue viva es tan cierto
como que y o estoy aquí, y y a sabes cómo son los árboles familiares aquí, en el
sur: bastante menos exactos de lo que se dice.
A Lena se le fue el color de la cara. Hice un gran esfuerzo por alargar el
brazo y cogerle la mano, pero sólo conseguí mover una pizquita el dedo. Estaba
desvalido. No podía hacer otra cosa que mirar mientras ella avanzaba sola dando
tumbos en la oscuridad, igual que en las pesadillas.
—¿Y ella es Oscura?
—La más Oscura de las Caster vivas hoy en día.
—¿Y por qué no me lo han contado ni mi tío ni mi abuela? Me dijeron que
había muerto. ¿Por qué iban a mentirme?
—Hay verdades y verdades, y luego está la verdad, y a menudo no suelen
ser lo mismo. Ellos intentan protegerte, lo admito. Aún se creen capaces de
hacerlo, pero los Notables no lo tienen tan claro. No deseaba ser y o quien te
avisara, pero Melquisedec es tozudo como una mula.
—¿Por qué intenta ayudarme? Pensé… Creía que no le caía bien.
—Esto no es cosa de si me gustas o no. Ella viene a por ti y tú necesitas estar
centradita, sin distracciones. —Amma enarcó una ceja—. Y no quiero que le
suceda nada a mi muchacho. Esto te viene grande, os supera a los dos.
—¿Qué nos viene grande?
—Todo este embrollo. Ethan y tú no estáis destinados a estar juntos.
Amma volvía a hablar de forma enigmática y Lena parecía confusa.
—¿Qué significa eso?
Amma giró la cabeza con brusquedad, como si alguien le hubiera tocado el
hombro.
—¿Qué dices, tía Delilah? —Amma se volvió hacia Lena y anunció—: No
nos queda mucho tiempo.
El péndulo del reloj comenzó a moverse de modo casi imperceptible. La
estancia volvía a la vida. Mi padre bizqueó, pero lo hizo tan despacio que los
párpados tardaron varios segundos en rozar la piel debajo de los ojos.
—Ponte de nuevo el brazalete. Necesitas toda la ayuda posible.
De pronto, el tiempo recobró su lugar…
Parpadeé varias veces antes de recorrer la habitación con la mirada. Mi padre
seguía con la vista en el puré y tía Mercy aún no había terminado de envolver el
bollo con la servilleta. Alcé la mano hasta ponerla delante de los ojos y moví los
dedos.
—¿Qué diablos ha sido esto?
—¡Ethan Wate! —exclamó tía Grace con voz entrecortada.
Amma estaba abriendo un panecillo para llenarlo de jamón. Me pilló
desprevenido cuando alzó la vista y me miró. No había pretendido que y o
escuchara su conversación de mujeres, eso era obvio. Me dirigió esa mirada de
significado inequívoco: « Mantén el pico cerrado, Ethan Wate» .
—No uses ese vocabulario en mi mesa. ¿Qué va a ser? Panecillos, jamón y
pavo relleno. No eres lo bastante may or como para que no te lave esa bocaza
con una pastilla de jabón. Me he tirado cocinando todo el día, y espero que te los
comas.
Miré de soslay o a Lena. Se le había borrado la sonrisa y permanecía con la
vista clavada en el plato.
Lena Beana. Vuelve a mí. No voy a dejar que te pase nada. Estarás bien.
Pero ella tenía el pensamiento muy, muy lejos de allí.
Lena no despegó los labios durante todo el tray ecto de regreso y cuando
llegamos a Ravenwood, abrió la puerta del coche de un tirón, cerró de un portazo
y se encaminó hacia la mansión sin decir ni pío.
Estuve en un tris de no seguirla. La cabeza me daba vueltas. Era incapaz de
imaginar cómo se sentía. Ya era bastante malo perder a una madre, pero no
lograba imaginarme qué se sentía al descubrir que seguía viva la madre que
deseabas que estuviera muerta.
Yo había perdido a la mía, pero no estaba perdido, pues, antes de irse, ella me
había anclado a Amma, a mi padre, a Link y a Gatlin. La percibía en las calles,
en mi casa, en la biblioteca, hasta en la despensa. Lena jamás había tenido eso.
Como diría Amma, ella había soltado amarras e iba tan a la deriva como las
balsas usadas por los pobres en el pantano.
Deseaba convertirme en su ancla, pero, a mi modo de ver, nadie podía serlo
en este preciso momento.
Lena pasó a toda prisa al lado de Boo. Este permanecía sentado en el porche y no
resollaba a pesar de haber venido corriendo detrás del coche durante todo el
trayecto de vuelta. También había estado en el patio delantero de mi casa. Al
parecer, le gustaban las patatas dulces y el malvavisco que y o había tirado fuera
por la puerta aprovechando que Amma iba a la cocina en busca de más salsa.
Escuché los alaridos de Lena dentro de la casa. Suspiré, salí del coche y me
senté en los escalones del porche, cerca del perro. La cabeza me martilleaba
como si tuviera un bajón de azúcar.
—¡Despierta, despierta, tío Macon! No estás dormido, lo sé, y a se ha puesto
el sol.
Percibía los gritos de Lena dentro de mi cabeza.
« No estás dormido, lo sé, ya se ha puesto el sol» .
Yo seguía a la espera de que ella me diera una sorpresa y me contase de una
vez la verdad sobre el Viejo Ravenwood, tal y como había hecho consigo misma.
Fuera lo que fuera, no parecía un Caster corriente y moliente, y eso si en
realidad resultaba ser algo por el estilo. No hacía falta ser un empollón para ver
por dónde iban los tiros a tenor de que se tiraba todo el día durmiendo y aparecía
y desaparecía a su antojo.
Seguía sin estar seguro de querer entrar en esa ocasión.
Boo me contempló fijamente. Alargué la mano para acariciarle, pero apartó
la cabeza como si dijera « sigamos a buenas, no me toques, chico, por favor» .
Boo y yo nos incorporamos con intención de entrar, cuando dentro de la casa
empezaron a romperse cosas. Lena había acertado de lleno a una de las puertas
del piso de arriba.
La casa había recuperado la fisonomía preferida de Macon, el exquisito
desarreglo de antes de la guerra, o al menos esa era mi sospecha. En mi fuero
interno estaba de lo más aliviado por no hallarme en un castillo. Me habría
gustado poder detener el tiempo y volver tres horas atrás, y sería muy feliz si la
mansión se hubiera transformado en una de esas casas móviles y todos nosotros
estuviéramos sentados en torno a una bandeja con las sobras del banquete, como
el resto de la gente en Gatlin.
—¿Mi madre…? ¿Mi propia madre?
La puerta se abrió con fuerza y Macon apareció en el umbral hecho un
desastre. Vestía un pijama de lino arrugado, pero, odio decirlo, lo cierto era que
tenía más pinta de ser un camisón. Tenía el pelo alborotado y los ojos más rojos
de lo habitual, y también estaba más pálido. Con esas pintas parecía que le había
pasado por encima una apisonadora.
A su manera, Ravenwood no se diferenciaba tanto de mi padre. Era un
desastre de primera, tal vez más que él, salvo en lo tocante a la vestimenta. A mi
padre no le pillarías con camisón ni muerto.
—¿Mi madre es Sarafine, la cosa que intentó matarme en Halloween? ¿Cómo
has podido ocultarme eso?
Él sacudió la cabeza y se pasó la mano por el pelo, sin salir de su asombro.
—Amarie.
Habría dado cualquier cosa por ver a Amma y a Macon en un cuadrilátero.
De todos modos, habría apostado por ella.
Macon se metió en su dormitorio y cerró de un portazo, pero no antes de que
yo pudiera echar un vistazo: parecía sacado de El fantasma de la ópera, con una
cama con dosel y esos candelabros de hierro más altos que y o. Un paño
aterciopelado de color negro y gris recubría las columnas de la cama y unas
colgaduras de la misma tela pendían de forma ominosa sobre los postigos,
tapando las ventanas. Hasta las paredes estaban tapizadas por ese mismo tejido
gastado, al que le eché un siglo por lo menos. El dormitorio era oscuro, oscuro
como la tinta. El efecto era aterrador. La oscuridad de verdad, la real, era algo
más que la ausencia de luz.
Cuando Macon franqueó de nuevo el umbral, salió hecho un pincel: ni un pelo
fuera de su sitio, ni una arruga en los pantalones de sport ni en la camisa, blanca
recién planchada, ni una marca en sus finos zapatos de gamuza. No guardaba
parecido alguno con la imagen ofrecida hacía unos segundos, y todo cuanto había
hecho era cruzar la puerta de su habitación.
Miré a Lena. No parecía extrañada, era como si no se hubiera dado cuenta.
Me quedé helado al recordar durante unos segundos lo diferentes que debían de
haber sido nuestras vidas.
—¿Está viva mi madre?
—Es algo más complicado que eso, me temo.
—¿Te refieres a la parte en que mi propia madre quería matarme? ¿Cuándo
pensabas contármelo, tío Macon? ¿Cuando y a hubiera sido Llamada?
—No empieces otra vez con lo mismo. —El interpelado suspiró—. No vas a
volverte Oscura.
—No concibo cómo puedes pensar eso y no lo contrario siendo y o hija de, y
cito palabras de otra persona, « la más oscura de las Caster vivas» .
—Comprendo que estés disgustada. Cuesta digerir todo esto y debería
habértelo dicho y o mismo, pero debes creerme: intentaba protegerte.
Lena se salió de sus casillas.
—¡Protegerme! Me dejaste creer que lo de Halloween había sido un simple
ataque fortuito cuando fue cosa de mi madre. Ella vive e intenta acabar conmigo,
¿y no se te ha ocurrido que y o debería saberlo?
—No sabemos si intenta acabar contigo.
Los marcos de los cuadros comenzaron a golpear contra las paredes. Las
bombillas se fundieron una tras otra a lo largo de todo el vestíbulo. La lluvia
repiqueteaba contra los postigos.
—¿No hemos tenido y a suficiente mal tiempo las últimas semanas?
—¿Qué más me escondes? ¿De qué voy a enterarme después? ¿De que mi
padre está vivo?
—Me temo que no —lo dijo como si fuera una tragedia, algo demasiado triste
para hablar de ello, con el mismo tono utilizado por la gente cuando hablaba de la
muerte de mi madre.
—Tienes que ay udarme —pidió ella con voz rota.
—Haré cuanto esté en mi mano para protegerte, Lena, como he hecho
siempre.
—Eso es mentira —replicó su sobrina—. No me has hablado de mis poderes
ni me has enseñado a protegerme.
—Ignoro el alcance real de tus poderes. Eres una Natural. Cuando necesites
hacer algo, lo harás. A tu manera y a tu debido tiempo.
—Mi madre intenta matarme. No tengo tiempo.
—No sabemos si eso es verdad, como y a he dicho antes.
—En tal caso, ¿cómo explicas lo de Halloween?
—Existen otras posibilidades. Del y y o trabajamos en ellas para ver qué
sacamos en claro. —Macon se dio la vuelta y se alejó de ella, como si fuera a
regresar a su cuarto—. Ahora necesitas calmarte. Podemos hablar de esto más
tarde.
Lena se dirigió hacia un jarrón que estaba en el aparador del rincón y luego
clavó los ojos en la pared donde se abría la puerta del dormitorio; el jarrón salió
disparado como si estuviera sujeto por un cordel y alguien hubiera dado un tirón
a fin de arrojarlo hacia allí. Voló por la estancia y se estrelló contra la pared, lo
bastante lejos como para estar segura de no alcanzar a su tío y lo suficientemente
cerca para dejarle claro que no era un accidente.
No era uno de esos momentos en los que ella perdía el control y las cosas
simplemente pasaban, esta vez lo había hecho a propósito. No había perdido el
dominio de sí misma.
Macon se dio la vuelta tan deprisa que ni le vi moverse y se plantó delante de
su sobrina en un santiamén. Estaba tan sorprendido como y o y había llegado a la
misma conclusión: no había sido algo casual. El semblante de Lena me decía que
ella estaba igual de sorprendida. Él parecía enfadado, bueno, tan enfadado como
Macon Ravenwood podía parecer.
—Es tal y como te he dicho: cuando necesites hacer algo, lo harás. —Luego,
se volvió hacia mí—. En las próximas semanas esto va a volverse mucho más
peligroso, o eso me temo. Las cosas han cambiado. No la dejes sola. Puedo
cuidar de ella cuando está aquí, pero mi madre está en lo cierto: parece que
también tú puedes protegerla, tal vez incluso mejor que yo.
—¿Hola? ¡Os puedo oír! —Lena se había recobrado tras su demostración de
poder y el posterior semblante de su tío, cuya reacción iba a atormentarla más
tarde, yo lo sabía, pero en ese preciso instante estaba demasiado furiosa para
poder apreciarlo—. No hables de mí como si no estuviera en la habitación.
Una bombilla explotó detrás de él, pero Ravenwood ni se inmutó.
—¿Has escuchado lo que decías? Yo soy quien necesita saber, pues me está
persiguiendo a mí. Yo soy el objetivo que ella desea y ni siquiera conozco la
razón.
Se miraron el uno al otro, un Ravenwood y una Duchannes, dos ramas de un
mismo linaje, el retorcido árbol genealógico de los Caster. Me pregunté si aquel
no sería un momento adecuado para marcharme.
Macon me miraba. Su rostro decía que sí.
Lena también me miraba, pero su semblante decía que no.
Percibí un calor abrasador cuando ella me sujetó de la mano. Echaba
chispas, jamás la había visto tan enfadada. Era increíble que no hubieran saltado
hechas añicos todas las ventanas de la mansión.
—Tú sabes por qué me persigue, ¿a que sí?
—Es…
—Déjame adivinarlo, ¿es complicado?
Los dos volvieron a estudiarse con la mirada. A Lena se le había ensortijado
el pelo y su tío no dejaba de darle vueltas al anillo plateado.
Boo mantenía la tripa pegada al suelo e iba arrastrándose hacia atrás. Chucho
listo. A mí también me habría encantado salir a rastras de la habitación. Nos
quedamos allí de pie, a oscuras, cuando estalló la última bombilla.
—Debes decirme cuanto sepas acerca de mis poderes. —Esos eran los
términos de Lena.
Su tío suspiró y las sombras empezaron a disiparse.
—No es que no quiera decírtelo, Lena. Después de tu pequeña exhibición,
está claro que ni siquiera y o sé de qué eres capaz. Nadie lo sabe, y sospecho que
tú tampoco. —Ella no parecía del todo convencida, pero le escuchaba con
atención—. Eso es lo que significa ser un Natural, forma parte del don.
Su sobrina empezó a relajarse. La batalla había concluido y ella había
ganado, por el momento.
—Entonces, ¿qué voy a hacer?
Macon tenía un aspecto tan patético como cuando yo estaba en quinto y mi
padre entró en mi cuarto para contarme eso de que la cigüeña traía a los niños de
París.
—El desarrollo de tus poderes quizá sea un periodo difícil. Tal vez haya algún
libro sobre la materia. Si quieres, podemos ir a ver a Marian.
Hombre, claro. Alternativas y cambios. Guía actualizada para chicas Caster y
Mi madre quiere matarme: libro de autoayuda para adolescentes.
Iban a ser unas semanitas bien largas.

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