12
9 de octubre
Los Notables
TODO TIENE SENTIDO cuando te lo dice una chica guapa. Ahora que había
regresado a casa, solo, y estaba en mi propia cama, ya no lo tenía tan claro. Ni
siquiera Link se creería algo como esto. Intenté pensar cómo llevaría la
conversación, en plan « la chica que me gusta y cuyo nombre real no conozco es
una bruja, bueno, perdona, una Caster, y procede de una familia también de
Caster, y dentro de unos cinco meses sabremos en realidad si es buena o mala.
Ah, y puede causar huracanes dentro de una habitación y cargarse los cristales
de las ventanas. Incluso es capaz de hacer que vea el pasado cuando toco un
guardapelo como de locos que Amma y Macon Ravenwood, que mira por dónde
no es para nada un recluso, quieren que entierre. El guardapelo, por cierto, se ha
materializado en el cuello de una mujer en un cuadro que hay en Ravenwood,
que no te lo vas a creer, no es una mansión encantada, sino una casa
perfectamente restaurada que cambia completamente cada vez que voy allí a
ver a una chica que me quema por dentro, me conmociona y me destroza sólo
con rozarme» .
La he besado. Y me ha devuelto el beso.
Era todo increíble, incluso para mí. Me di la vuelta en la cama.
Tiraba de mí.
El viento tiraba de mi cuerpo.
Me aferré al árbol que me golpeaba, con el sonido de su grito clavado en los
oídos. Los vientos giraban a mi alrededor, luchando unos contra otros, y su
velocidad y fuerza aumentaban por segundos. El aguacero caía como si se
hubieran abierto las compuertas del cielo. Tenía que salir de allí.
Pero no había escapatoria.
Suéltame, Ethan. ¡Sálvate!
No podía verla. El viento era demasiado fuerte, pero la sentía. La sujetaba de
la muñeca con tanta fuerza que estaba seguro de que terminaría rompiéndosela.
Pero no me importaba, no la iba a dejar. El viento cambió de dirección,
alzándome del suelo. Me agarré al árbol con más fuerza y agarré su muñeca con
más fuerza aún. Sin embargo, sentía cómo la violencia del vendaval nos
arrancaba al uno del otro.
Me llevaba lejos del árbol, lejos de ella. Sentí que su muñeca se deslizaba
entre mis dedos.
Ya no podía sujetarla más.
Me desperté tosiendo. Sentía aún la quemazón del viento en la piel. Como si
mi experiencia cercana a la muerte en Ravenwood no hubiera sido bastante,
ahora habían vuelto los sueños. Era demasiado para una sola noche, incluso para
mí. La puerta de mi dormitorio estaba abierta, lo cual era extraño teniendo en
cuenta que la había cerrado hacía relativamente poco. La última cosa que
necesitaba era que Amma me plantara allí algún chisme vudú mientras dormía.
Estaba seguro de haberla cerrado.
Me quedé mirando al techo. No veía claro que dormir estuviera en mi futuro
inmediato. Suspiré y me di la vuelta en la cama. Encendí el viejo quinqué
restaurado como lámpara al lado de mi cama y saqué el marcador de libros de
donde lo había colocado en Snow Crash cuando escuché algo, como unos pasos.
Venían de la cocina, ligeros, y apenas los oí. Quizá mi padre había hecho un
descanso. A lo mejor podría ser una oportunidad para hablar. Pudiera ser.
Pero cuando llegué al pie de las escaleras, supe que no era él. La puerta de su
estudio estaba cerrada y salía luz por debajo. Tenía que ser Amma. Justo cuando
pasé por la cocina, la vi corretear por el vestíbulo hacia su habitación, en la
medida en que ella podía hacerlo. Escuché cómo el mosquitero de la puerta de
atrás chirrió al cerrarse. Alguien salía o entraba y, después de todo lo que había
sucedido esa noche, que fuera una cosa u otra era importante.
Di la vuelta a la casa hasta la parte delantera. Aparcado en el bordillo había
un viejo y abollado pickup, un Studebaker de los cincuenta. Amma estaba
inclinada sobre la ventanilla hablando con el conductor, al que le dio su bolso y
luego se subió al coche. ¿Adónde se dirigía en mitad de la noche?
Tenía que seguirla. Lo malo era que resultaba complicado seguir a la mujer
que consideraba casi una madre, de noche, subida a un trasto con un extraño, sin
usar y o un coche también. No tenía elección, debía coger el Volvo. Era el coche
que conducía mi madre cuando tuvo el accidente. Cuando lo veía, era siempre lo
primero que pensaba.
Me deslicé en el asiento ante el volante. Olía a papel viejo y a limpiacristales
Windex, como siempre.
Conducir sin luces resultó más complicado de lo que había pensado, hasta que
adiviné que el pickup se estaba dirigiendo hacia Wader’s Creek. Amma iba hacia
su casa. La camioneta salió de la Route 9 hacia el campo. Cuando finalmente se
detuvo y aparcó a un lado de la carretera, apagué el motor y conduje el Volvo
hacia el arcén.
Amma abrió la puerta y la luz interior se desvaneció. Pestañeé ante la súbita
oscuridad. Reconocí al conductor, era Carlton Eaton, el cartero. ¿Por qué iba a
pedirle Amma a Carlton Eaton que la llevara en coche a su casa en mitad de la
noche? Nunca les había visto hablar a los dos antes de este momento.
Amma le dijo algo a Carlton y cerró la puerta. La camioneta regresó a la
carretera sin ella. Salí del coche y la seguí. Amma era una criatura de hábitos
arraigados y si algo la había preocupado tanto como para que anduviera
arrastrándose por el pantano a medianoche, estaba seguro de que era algo que no
sólo afectaba a uno de sus clientes.
Desapareció entre los arbustos, caminando por un sendero de grava que
alguien se había dado su buen trabajo en abrir. Anduvo por él en la oscuridad, con
los guijarros crujiendo bajo sus zapatos. Yo avancé por la hierba al lado del
camino para evitar cualquier ruido, lo cual me hubiera delatado sin duda alguna.
Me dije a mí mismo que era porque quería saber por qué Amma se había
marchado de casa a esas horas, pero la verdad era que me daba miedo que me
pillara siguiéndola.
Era fácil saber de dónde había surgido el nombre de Wader’s Creek, porque
había que vadear unas charcas de aguas negras para llegar hasta allí, al menos
y endo por donde iba Amma. Si no hubiera habido luna llena, me habría partido el
cuello intentando adivinar sus pasos a través del laberinto de robles cubiertos de
líquenes y la broza de los arbustos. Estábamos cerca del agua. Notaba la
humedad en el aire, cálida y pegajosa, como si fuera una segunda piel.
Había plataformas de madera alineadas a los bordes del pantano, formadas
por troncos de ciprés ligados con sogas, balsas usadas por los pobres. Estaban
colocadas en fila a lo largo de la orilla como si fueran taxis esperando para llevar
a la gente por el agua. Distinguí a Amma a la luz de la luna, balanceándose con
habilidad sobre una de ellas y empujando en la orilla con un palo largo que usó
como remo a fin de impulsarse hasta el otro lado.
No había ido a la casa de Amma desde hacía años, pero no me acordaba de
esto. Debimos de seguir entonces otro camino, pero era casi imposible
encontrarlo en la oscuridad. La única cosa que veía clara era lo podridos que
estaban los leños de las plataformas. Cada una de ellas parecía más inestable que
la siguiente. Así que escogí una al azar.
Aunque Amma lo había hecho parecer fácil, maniobrar uno de aquellos
chismes era bastante difícil. Cada pocos minutos se oía un chapuzón, cuando la
cola de un caimán impactaba en la superficie del agua al deslizarse en el
pantano. Me alegré de no haberme planteado vadearlo.
Empujé por última vez contra el fondo de la ciénaga con mi palo, hasta que el
borde de la plataforma chocó contra la orilla. Cuando puse el pie en tierra,
percibí a lo lejos la casa de Amma, pequeña y modesta, donde sólo se veía luz en
una ventana. Los marcos estaban pintados en el mismo tono azul cielo que los de
la propiedad de los Wate. La casa era de madera de ciprés, como si también
fuera parte del mismo pantano.
Había algo más, algo que flotaba en el aire. Algo fuerte y sobrecogedor,
como los limones y el romero e igual de insólito, por dos razones. El jazmín
estrella no florece en otoño, sino en primavera, pero no en las ciénagas. Y sí, allí
estaba. El olor era inconfundible. Era imposible, como casi todo lo que había
sucedido esa noche.
Observé la casa. Nada. Quizá simplemente había decidido volver a casa, mi
padre lo sabía y y o estaba vagabundeando a medianoche y corría el riesgo de
que me comiera un caimán para nada.
Estaba a punto de volver a atravesar el pantano y deseé en ese momento
haber echado migas de pan en el camino para orientarme cuando la puerta se
abrió de nuevo. Amma permaneció encuadrada a la luz de la entrada, metiendo
cosas que no pude ver en su bolso bueno, el de charol blanco. También llevaba el
mejor vestido que tenía, el de color lavanda que se ponía para ir a la iglesia, sus
guantes blancos y un elaborado sombrero a juego rodeado por completo de
flores.
Se puso otra vez en movimiento en dirección a la ciénaga. ¿Cómo se iba a
internar en ella vestida de esa manera? Pese a que no había disfrutado para nada
de la excursión hasta la casa de Amma, pelear para avanzar en el pantano con
los vaqueros me parecía aún peor. El fango era tan espeso que parecía querer
absorber mis pies cada vez que quería dar un paso adelante. No sabía cómo se las
iba a apañar Amma para avanzar por él con el vestido y a su edad.
Ella parecía tener clarísimo a dónde iba, pues se detuvo en un claro cubierto
de cañas altas y malas hierbas. Las ramas de los apreses se enredaban con las de
los sauces llorones formando un dosel por encima de nuestras cabezas. Aunque
estábamos por lo menos a veintiún grados, sentí que un escalofrío me recorría la
columna. Después de todo lo que había visto esa noche, me parecía que había
algo escalofriante en este lugar. Del agua se elevaba una fina niebla que se
filtraba por los límites del claro, como si fuera el vapor que se desliza por los
bordes de una olla hirviendo. Me acerqué un poco más. Estaba sacando algo de
su bolso y el charol blanco relucía a la luz de la luna.
Huesos. Parecían huesos de pollo.
Susurró algo sobre los huesos, los metió dentro de una bolsita, bastante
parecida a la que me había entregado para guardar el guardapelo. Rebuscó luego
en el bolso y sacó una toalla bordada, de esas que se encuentran en un tocador, y
la usó para limpiarse el barro de la falda. Se percibían tenues luces blancas en la
distancia, como si fueran luciérnagas parpadeando en la oscuridad, y también
música y carcajadas sensuales y perezosas. En algún lugar fuera del pantano, no
muy lejos, había gente bebiendo y bailando.
Alzó la mirada. Algo le había llamado la atención, pero yo no había oído
nada.
—Será mejor que salgas. Sé que estás ahí.
Me quedé helado, lleno de pánico. Me había visto.
Pero no era conmigo con quien hablaba, puesto que Macon Ravenwood
emergió de entre la niebla sofocante, fumando un puro. Parecía relajado, como
si acabara de bajarse de un coche con chófer en vez de estar vadeando a través
de una asquerosa agua negra. Iba impecablemente vestido, como era habitual,
con una de sus camisas blancas recién planchadas. Y no tenía ni una sola
mancha. Amma y yo estábamos cubiertos de hierbas y fango hasta las rodillas,
mientras que Macon Ravenwood permanecía allí sin una sola mota de polvo en
su atuendo.
—Justo a tiempo. Ya sabes que no tengo toda la noche, Melquisedec, luego
tengo que volver. Y no me ha sentado nada bien tener que venir aquí desde el
pueblo. Me parece bastante descortés, por no decir, inconveniente. —Resopló—.
Perturbador, como dirías tú.
P.E.R.T.U.R.B.A.D.O.R. Once vertical, lo deletreé en mi mente.
—Yo también he tenido una tarde bastante llena de incidentes, Amarie, pero
este asunto requiere nuestra inmediata atención. —Macon dio unos cuantos pasos
adelante.
Amma retrocedió y apuntó un dedo huesudo en su dirección.
—Quédate donde estás. No me hace ninguna gracia estar aquí fuera con
gente de tu calaña. Ni pizca. Mantente en tu sitio y y o me mantendré en el mío.
Macon dio un paso hacia atrás como quien no quiere la cosa, echando
círculos de humo al aire.
—Como te estaba diciendo, ciertos acontecimientos requieren nuestra
inmediata atención. —Exhaló con un gran suspiro una vaharada de humo—. La
luna, cuando está totalmente llena, es cuando está más lejos del sol, citando a
nuestros buenos amigos, los Clérigos.
—No me vengas con esos aires de superioridad, Melquisedec. ¿Qué es eso tan
importante que tienes que sacarme de la cama a medianoche?
—Entre otras cosas, el guardapelo de Genevieve.
Amma casi se puso a aullar, tapándose la nariz con el chai. Claramente no
podía soportar ni que se mencionara la palabra « guardapelo» .
—¿Qué pasa con esa cosa? Ya te dije que la Vinculé y le dije que la
devolviera a Greenbrier y la enterrara. No puede hacer daño si ha regresado a la
tierra.
—No a lo primero y no a lo segundo. Aún la tiene. Me la enseñó en el
santuario de mi propia casa. Aparte de eso, no estoy seguro de que hay a nada
que pueda Vincular un talismán tan Oscuro.
—En tu casa… ¿cuándo ha estado en tu casa? Le dije que se mantuviera bien
lejos de Ravenwood. —Ahora sí que estaba claramente alterada. Estupendo,
Amma seguro que encontraría algo con lo que hacerme pagar eso más adelante.
—Bien, quizás podrías considerar la idea de sujetarle un poco las riendas. Es
evidente que no es muy obediente que digamos. Te advertí que esta amistad sería
peligrosa y que podría terminar en algo más. Es imposible que tengan un futuro
juntos.
Amma estaba mascullando para sus adentros de la manera que
habitualmente lo hacía cuando no la escuchaba.
—Él siempre me ha hecho caso hasta que se ha encontrado con tu sobrina, así
que no me eches la culpa. No estaríamos en este lío si, para empezar, tú no la
hubieras traído aquí. Me ocuparé de esto. Le diré que no puede volver a verla.
—No seas absurda. Son adolescentes, cuanto más intentemos separarlos, más
querrán estar juntos. Eso no será problema cuando ella sea Llamada, si es que
llegamos hasta ahí. Controla al chico hasta entonces, Amarie. Son sólo unos
cuantos meses. Las cosas son ya lo bastante peligrosas sin que él ande
complicándolas aún más.
—No me hables de complicaciones, Melquisedec Ravenwood. Mi familia
lleva ocupándose de las complicaciones de la tuy a desde hace cien años. Yo he
guardado tus secretos, al igual que tú has guardado los míos.
—Yo no soy la Vidente que falló en adivinar que ellos encontrarían el
guardapelo. ¿Cómo explicas eso? ¿Cómo ha sido que tus espíritus amigos pasaron
por alto una cosa así? —Hizo un gesto sarcástico con el puro que abarcó a los dos
y lo que les rodeaba.
Amma se giró bruscamente. Su mirada era furibunda.
—No insultes a los Notables. Aquí no, en este lugar, no. Ellos tienen sus
razones, y por algún motivo no me lo revelaron.
Apartó la vista de Macon.
—No le escuchéis. Os he traído langostinos en salsa y pastel de merengue de
limón. —Estaba claro que no le hablaba a Macon en ese momento—. Son
vuestros favoritos —añadió, sacando la comida de unos pequeños tupperware y
colocándola en un plato, que luego dejó en el suelo. Había una pequeña lápida al
lado y otras dispersas por los alrededores.
—Esta es nuestra Casa Principal, la mejor casa de mi familia, ¿has oído?
Aquí está mi tía abuela Sissy, mi tío bisabuelo Abner y mi retatarabuela Sulla. No
les faltes el respeto a los Notables en su propia Casa. Muestra el debido respeto si
quieres respuestas.
—Lo siento.
Ella esperó.
—De corazón.
Luego resopló.
—Y ten cuidado con la ceniza. No hay ceniceros en esta casa. Qué hábito
más desagradable.
Él apagó el puro sobre el musgo.
—Bueno, vay amos al asunto. No tenemos mucho tiempo. Tenemos que saber
las idas y venidas de Saraf…
—Shh —siseó ella—. No digas su nombre… esta noche, no. No deberíamos
estar aquí fuera. La media luna es para hacer magia blanca y la llena, para la
negra. Estamos aquí fuera en la noche equivocada.
—No tenemos otra opción. Ha ocurrido un episodio bastante desagradable
esta tarde, me temo. Mi sobrina, la que se Desvió el Día de su Llamada, se plantó
aquí en el Encuentro de hoy.
—¿La hija de Del? ¿A qué Oscuro se le ocurriría enfrentarse a un peligro
como ese?
—A Ridley. Por supuesto, sin que la invitáramos. Atravesó el umbral de mi
casa del brazo del chico. Necesito saber si fue una coincidencia.
—Nada bueno. Eso no es nada bueno. Para nada bueno. —Amma osciló
hacia atrás y hacia delante sobre sus talones, furiosa.
—¿Y bien?
—Las coincidencias no existen. Ya lo sabes.
—Al menos estamos de acuerdo en eso.
No conseguía entender nada de lo que estaba sucediendo. Macon Ravenwood
jamás ponía un pie fuera de su casa, pero allí estaba, en mitad de la ciénaga,
discutiendo con Amma, a la cual y o no tenía ni idea de que él conocía, sobre mí,
Lena y el guardapelo.
Amma hurgó en su bolso otra vez.
—¿Has traído el whisky? Al tío Abner le encanta su Wild Turkey.
Macon le alargó la botella.
—No, ponla ahí —indicó ella, señalando al suelo—, y después aléjate.
—Ya veo que te sigue dando miedo tocarme después de todos estos años.
—A mí no me da miedo nada. Simplemente, quédate en tu sitio. Yo no te
pregunto sobre tus cosas y no quiero saber nada de ellas.
Él dejó la botella en el suelo a poco más de un metro de donde estaba Amma.
Ella la recogió, vertió el licor en un vaso y se lo bebió de un trago. En toda mi
vida jamás la había visto beberse algo más fuerte que una taza de té dulce. Luego
derramó parte del líquido en la hierba, cubriendo la tumba.
—Tío Abner, necesitamos tu intercesión. Reclamo la comparecencia de tu
espíritu en este lugar.
Macon tosió.
—Estás poniendo a prueba mi paciencia, Melquisedec. —Amma cerró los
ojos y abrió los brazos en dirección al cielo, con la cabeza echada hacia atrás
como si estuviera hablando con la misma luna. Luego se inclinó hacia delante y
sacudió una bolsita que había sacado del bolso y el contenido se precipitó sobre la
tumba, unos huesecitos de pollo. Esperaba que no fueran los huesos del cuenco de
pollo frito que me había comido hacía un rato, pero tenía la sensación de que
seguramente sí lo serían.
—¿Qué dicen? —inquirió Macon.
Ella rozó los huesos con los dedos, extendiéndolos sobre la hierba.
—No obtengo respuestas.
Su perfecta compostura comenzó a debilitarse.
—¡No tenemos tiempo para esto! ¿Qué clase de Vidente es el que no ve nada?
Tenemos menos de cinco meses antes de que cumpla los dieciséis. Si ella se
Desvía, hará que nos caiga a todos una maldición encima, tanto mortales como
Caster. Ambos tenemos una responsabilidad que hemos aceptado por propia
voluntad, hace mucho tiempo. Tú con tus mortales y y o con mis Caster.
—No necesito que vengas a recordarme mis responsabilidades. Y mejor si no
subes la voz, ¿me has oído? A ver si va a venir por aquí alguno de mis clientes y
nos va a ver juntos. ¿Cómo se tomarían eso de un miembro selecto e íntegro de la
comunidad como soy y o? No te metas en mis asuntos, Melquisedec.
—Si no averiguamos dónde está Saraf y qué planea, vamos a tener muchos
más problemas entre manos que el hecho de que tus negocios se vayan al traste,
Amarie.
—Ella es una Oscura. Nunca se sabe qué viento sopla con esa gente. Es como
intentar prever dónde irá a parar un tornado.
—Sea como sea, necesito saber si va a intentar entrar en contacto con Lena.
—No si va a intentarlo. Más bien, cuándo.
Amma cerró los ojos otra vez, rozando el amuleto del collar que no se quitaba
jamás. Era un disco donde había tallado algo parecido a un corazón con una
especie de cruz en la parte superior. La imagen estaba ya gastada de las miles de
veces que Amma la acariciaba, del mismo modo que estaba haciendo ahora,
mientras susurraba una especie de salmodia en un lenguaje que no entendí pero
que había escuchado antes en algún sitio.
Macon paseaba impacientemente de un lado a otro. Yo cambié de posición
entre las hierbas, intentando no hacer ruido.
—No consigo ninguna lectura esta noche. Es confuso. Parece que el tío Abner
no está de humor. Seguro que es por algo que has dicho.
Esa debió de ser la gota que colmó el vaso, y a que el rostro de Macon se
transformó y su piel pálida relumbró entre las sombras. Cuando dio un paso hacia
delante, los ángulos agudos de su rostro resaltaron amenazadores a la luz de la
luna.
—Ya está bien de jueguecitos. Una Caster Oscura entró en mi casa hoy y eso
es imposible. Llegó con tu chico, Ethan, y eso sólo puede significar una sola cosa.
Él tiene algún tipo de poder y tú me lo has estado ocultando.
—Eso no tiene sentido. Ese chico tiene tanto poder como yo cola.
—Estás equivocada, Amarie. Pregunta a los Notables y consulta los huesos.
No hay otra explicación posible. Un Caster Oscuro jamás podría burlar esa clase
de protección, no sin alguna poderosa forma de ayuda.
—Has perdido la cabeza. Él no tiene ninguna clase de poder. Yo he criado a
ese niño, ¿no te parece que lo sabría?
—Pues esta vez estás equivocada. Estás demasiado cerca de él y eso
obstaculiza tu visión. Y ahora hay demasiadas cosas en juego para cometer
ningún error. Ambos tenemos nuestros talentos. Te estoy advirtiendo de que hay
más en el chaval de lo que ambos hemos creído.
—Preguntaré a los Notables. Si hay algo que saber, se asegurarán de que y o
me entere. No olvides, Melquisedec, que tenemos que lidiar tanto con los vivos
como con los muertos y eso no es tarea fácil. —Volvió a rebuscar en su bolso y
sacó una cuerda de aspecto cochambroso con unas bolitas de cristal.
—Huesos de Tumba. Cógelos. Los Notables quieren que los tengas. Protegen
a los espíritus de los espíritus y a los muertos de los muertos. A nosotros, los
mortales, no nos sirven de nada. Dáselos a tu sobrina, Macon. No le harán daño,
pero puede que alejen a un Caster Oscuro.
Macon cogió la cuerda sujetándola entre dos dedos con cautela y después la
dejó caer en su pañuelo, como si estuviera envolviendo un gusano
particularmente asqueroso.
—Muy agradecido.
Amma tosió.
—Por favor. Díselo, se lo agradezco mucho. —Alzó la vista hacia la luna
como si estuviera comprobando la hora. Entonces se dio la vuelta y desapareció.
Se disolvió en la niebla del pantano como si se hubiera disipado en una corriente
de aire.
10 de octubre
El jersey rojo
APENAS ME HABÍA METIDO en la cama cuando salió el sol, y notaba el
cansancio hasta en el tuétano de los huesos, como diría Amma. Ahora estaba
esperando a Link en la esquina. Aunque era un día soleado, me sentía como si se
proyectara una sombra sólo sobre mí. Y estaba muerto de hambre. No había sido
capaz de enfrentarme a Amma en la cocina por la mañana. Con sólo una mirada
a mi rostro habría averiguado todo lo que había visto la noche anterior y lo que
había sentido, y no podía arriesgarme a eso.
No sabía qué pensar. Amma, en la que confiaba más que en nadie, al igual
que en mis padres, o quizá más aún, me estaba ocultando muchas cosas. Que
conocía a Macon, y que ambos querían separarnos a Lena y a mí. Todo aquello
tenía que ver con el guardapelo y el cumpleaños de Lena. Y era una situación
peligrosa.
No podía encajar todas las piezas, al menos, yo solo. Tenía que hablar con
Lena y en eso era en lo único en que podía pensar. Así que no me sorprendí
cuando el coche fúnebre dio la vuelta a la esquina en vez del Cacharro.
—Creo que me has oído. —Me deslicé en el asiento, dejando caer la mochila
en el suelo, delante de mí.
—Oír, ¿qué? —Sonrió, con una cierta timidez, y puso su bolso en el asiento—.
¿Que he oído que te gustan los donuts? Se escuchaba rugir tu estómago desde el
mismísimo Ravenwood.
Nos miramos el uno al otro algo cohibidos. Lena bajó la mirada,
avergonzada, y quitó un trozo de hilo del suave jersey rojo que llevaba puesto,
cuya pinta era de algo que podrían haber encontrado las Hermanas en alguna
parte de su desván. Conociendo a Lena, seguro que no era del centro comercial
de Summerville.
¿Rojo? ¿Desde cuándo usaba algo rojo?
Ella no parecía sentir como si se le hubiera nublado el día, si no todo lo
contrario, como si se le acabara de despejar. No me había escuchando ningún
pensamiento, ni sabía nada de Amma ni de Macon. Sólo quería verme. Supuse
que alguna cosa de las que dije la noche anterior había surtido efecto. A lo mejor
quería que nos diéramos una oportunidad. Sonreí y abrí el paquete.
—Espero que tengas hambre. He tenido que pelearme con el policía gordo
para traértelos. —Apartó el coche del bordillo.
—¿Así que te ha apetecido venir a recogerme para ir al instituto? —Esto era
algo nuevo.
—No. —Bajó la ventana y la brisa matutina hizo ondear su pelo. Hoy, sólo
era el viento.
—¿Tienes algo mejor en mente?
Se le iluminó la cara.
—Pero, vamos, ¿cómo puede haber algo mejor que pasar un día como este
en el instituto Stonewall Jackson? —Estaba contenta. Cuando hizo girar el volante,
observé su mano. No había marcas de tinta, ni números, ni cumpleaños. Hoy no
le preocupaba nada.
120. Yo sí lo sabía, como si estuviera escrito con tinta invisible en mi propia
mano. Ciento veinte días hasta que ocurriera aquello que tanto temían Macon y
Amma.
Miré por la ventanilla cuando nos dirigimos hacia la Route 9 y deseé que ella
pudiera quedarse sólo un poco más. Cerré los ojos y volví a repasar el cuaderno
de baloncesto en mi mente. Bloqueo directo, doble poste alto, doblar al hombre y
presión a toda pista.
Cuando llegamos a Summerville ya tenía idea de hacia dónde nos dirigíamos.
Sólo había un lugar al que los chicos como nosotros íbamos, aparte de las tres
últimas filas del Cineplex.
El coche atravesó el suelo cubierto de polvo hasta llegar a la parte de atrás del
depósito del agua, en los límites ya del campo.
—¿Vas a aparcar aquí? ¿Seguro? ¿En el depósito del agua? ¿Ahora? —Link no
se iba a creer esto en la vida.
Apagó el motor. Teníamos las ventanillas bajadas y todo estaba en paz,
tranquilo; la brisa entraba por la suy a y salía por la mía.
¿No es aquí donde viene la gente?
Bueno, no. La gente como nosotros, no. Y no en mitad de un día de clase.
Por una vez, ¿no podemos ser como ellos? ¿Siempre tenemos que ser como
somos?
Me gusta como somos.
Lena se soltó el cinturón de seguridad, luego me lo quitó a mí y se sentó en mi
regazo. La sentí cálida y alegre.
¿Así que esto es lo que hace la gente cuando aparca aquí?
Soltó una risita y alzó el brazo para apartarme el pelo de los ojos.
—¿Qué es esto?
Le cogí el brazo derecho. De la muñeca le colgaba el brazalete que Amma le
había dado a Macon la noche anterior en el pantano. Se me encogió el estómago
y supe que el humor de Lena iba a cambiar. Tenía que contárselo.
—Me lo dio mi tío.
—Quítatelo. —Le di la vuelta al cordel para buscar el nudo.
—¿Qué? —Su sonrisa se desvaneció—. ¿De qué estás hablando?
—Quítatelo.
—¿Por qué? —Apartó el brazo.
—Anoche ocurrió algo.
—¿Qué pasó?
—Después de que regresara a casa seguí a Amma hasta Wader’s Creek,
donde vive ella. Se escabulló de nuestra casa a medianoche para encontrarse con
alguien en el pantano.
—¿Con quién?
—Con tu tío.
—¿Y qué estaban haciendo allí? —Su rostro se volvió del color blanco de la
tiza. Estaba seguro de que la sesión de aparcamiento había terminado.
—Estaban hablando de ti, de nosotros. Y del guardapelo.
Ahora sí que prestaba atención.
—¿Qué hay del guardapelo?
—Es una especie de talismán Oscuro, sea eso lo que sea, y tu tío le dijo a
Amma que y o no lo había enterrado. Se pusieron furiosos.
—¿Cómo saben ellos que es un talismán?
Empezaba a enfadarme de veras. No parecía estar concentrándose en el
meollo del asunto.
—¿Y cómo es que ellos se conocen? ¿Tú tenías alguna idea de que tu tío
conociera a Amma?
—No. No sé a cuánta gente conoce él.
—Lena, estaban hablando de ti y de mí. Querían mantener el guardapelo
lejos de nosotros y separarnos. Tengo la sensación de que piensan que yo soy una
especie de amenaza. Como si me estuviera metiendo en medio de algo. Tu tío
piensa…
—¿Qué?
—Cree que tengo algún tipo de poder.
Se echó a reír en alto, lo cual me molestó aún mucho más.
—¿Y por qué iba a pensar eso?
—Porque fui con Ridley a Ravenwood. Dice que tengo el poder de hacerlo.
Frunció el ceño.
—Lleva razón. —Pero esa no era la respuesta que yo estaba esperando.
—Estás de broma, ¿no? Si yo tuviera poderes, ¿no crees que lo sabría?
—No tengo ni idea.
Quizás ella no lo sabría, pero yo sí. Mi padre era escritor y mi madre se había
pasado la vida ley endo los diarios de los generales muertos de la Guerra de
Secesión. Yo estaba lo más lejos posible de ser un Caster, a no ser que sacar de
quicio a Amma pudiera calificarse como poder. Seguramente tenía que haber
algún agujero en la protección de la casa que había permitido que Ridley entrara.
A uno de los cables del sistema de seguridad caster se le habían fundido los
plomos.
Lena debía de estar pensando lo mismo que y o.
—Relájate. Estoy segura de que debe haber una explicación. Así que Macon
y Amma se conocen… Pues y a lo sabemos.
—Pues no parece que te moleste mucho.
—¿Qué quieres decir?
—Nos han estado mintiendo, a los dos. Se encuentran en secreto para planear
separarnos y para que nos deshagamos del guardapelo.
—Nunca les hemos preguntado si se conocían. —¿Por qué actuaba de esta
manera? ¿No debía estar molesta, enfadada o algo así?
—¿Y por qué íbamos a hacerlo? ¿Es que no te parece extraño que tu tío esté
con Amma en medio del pantano a medianoche, hablando con los espíritus y
ley endo huesos de pollo?
—Es raro, pero seguramente están tratando de protegernos.
—¿De qué? ¿De la verdad? También estuvieron hablando de algo más.
Intentaban encontrar a alguien, Sara o un nombre así. Y sobre que una maldición
caería sobre nosotros si tú te Desviabas.
—¿De qué estás hablando?
—No tengo ni idea. ¿Por qué no se lo preguntas a tu tío? A ver si él te dice la
verdad de una vez por todas.
Esta vez había ido demasiado lejos.
—Mi tío está arriesgando su vida para protegerme. Siempre ha estado
conmigo cuando lo he necesitado. Me trajo aquí en cuanto supe que me podía
convertir en un monstruo dentro de unos cuantos meses.
—Pero ¿de qué te está protegiendo? ¿Tú lo sabes?
—¡De mí misma! —gritó. Así que era esto. Abrió la puerta y saltó de mi
regazo. La sombra del gigantesco depósito de agua nos aislaba de Summerville,
pero el día y a no me pareció tan soleado. Donde antes había un cielo azul sin una
nube, ahora empezaba a teñirse de gris.
La tormenta se aproximaba. Ella no quería hablar del tema, pero a mí no me
importaba.
—Esto no tiene ningún sentido. ¿Por qué se encuentra con Amma a
medianoche para decirle que todavía tenemos el guardapelo? ¿Por qué no quiere
que lo tengamos? Y lo más importante de todo, ¿por qué no quieren que estemos
juntos?
Allí estábamos los dos, gritándonos en medio del campo. La brisa se estaba
transformando en un viento fuerte. El pelo de Lena comenzó a revolotear a su
alrededor.
—No lo sé —me increpé—. Los padres quieren separar a los jóvenes, eso es
lo que siempre hacen. Si quieres saber el porqué, a lo mejor deberías
preguntárselo a Amma. Ella me odia. Ni siquiera puedo ir a buscarte a casa
porque te da miedo que nos vea juntos.
El nudo que se me había formado en la boca del estómago se tensó. Estaba
enfadado con Amma, más enfadado de lo que había estado en toda mi vida, pero
la seguía queriendo. Era ella quien me había dejado las cartas del Ratoncito
Pérez bajo la almohada, la que me había curado las heridas de las rodillas y la
que me había lanzado miles de pases cuando quise entrar en la liga infantil. Y
desde que murió mi madre y mi padre desapareció, Amma había sido la única
que se había preocupado por mí, la única que me había cuidado o vigilado si me
saltaba las clases o perdía un partido. Quería pensar que tenía una explicación
para todo esto.
—Tú es que no la entiendes. Sólo quiere…
—¿Qué? ¿Protegerte? ¿Igual que mi tío quiere protegerme a mí? ¿Es que no se
te ha ocurrido que ellos quizá sólo quieran protegernos a los dos de la misma
cosa…? ¿De mí?
—¿Por qué siempre llevas las cosas al mismo punto?
Se apartó, como si pasara de mí y así lo consiguiera.
—¿Y qué otra cosa puede ser? De eso es de lo que va todo esto. Tiene miedo
de que te haga daño a ti o a alguna otra persona.
—Estás equivocada. Esto tiene que ver con el guardapelo. Hay algo que ellos
no quieren que sepamos. —Me metí la mano en el bolsillo, buscando el contorno
de aquel peculiar objeto envuelto en el pañuelo. Después de la última noche, no
había forma de que lo apartara de mi vista. Estaba seguro de que Amma iba a
ponerse a buscarlo y si lo encontraba, y o no volvería a verlo jamás—. Tenemos
que averiguar qué fue lo que pasó después.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
—Ni siquiera sabemos si funcionará o no.
Comencé a desenvolverlo.
—Sólo hay una manera de averiguarlo.
La cogí de la mano, aunque intentó apartarla de un tirón. Toqué el suave
metal…
La luz de la mañana se tornó cada vez más brillante hasta que no pude ver
otra cosa. Sentí el tirón familiar que me había llevado ciento cincuenta años atrás.
Y después un frenazo. Abrí los ojos. Pero en vez del campo fangoso y las llamas
en la distancia, todo lo que se veía eran las sombras del depósito y del coche. El
guardapelo no nos había llevado a ninguna parte.
—¿Lo has notado? Comenzó y luego se paró de repente.
Ella asintió y me empujó.
—Creo que estoy mareada o como llames tú al mal cuerpo que tengo ahora
mismo.
—¿Lo has bloqueado tú?
—¿De qué estás hablando? Yo no he hecho nada.
—¿Me lo juras? ¿No estás usando tus poderes de Caster o algo parecido?
—No, estoy demasiado ocupada intentando desviar de mí tu Poder de
Estupidez, aunque creo que no soy lo bastante fuerte.
No tenía mucho sentido, eso de entrar en la visión y luego salir expulsados de
ella. ¿Había cambiado algo? Lena lo cogió, y dobló el pañuelo sobre el
guardapelo. El mugroso brazalete de cuero que Amma le había dado a Macon
captó mi atención.
—Quítate eso. —Deslicé el dedo bajo la cuerdecita y levanté el brazo hasta
ponerlo a la altura de mis ojos.
—Ethan, esto es para protegerme. Me dijiste que Amma hace estas cosas
continuamente.
—No creo que sea eso.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que quizás esta cosa sea la culpable de que el guardapelo no funcione.
—Ya sabes que no siempre funciona.
—Pero empezó a hacerlo y algo lo detuvo.
Sacudió la cabeza y sus rizos revueltos le rozaron los hombros.
—¿En serio te crees eso?
—Vamos a comprobar si estoy equivocado. Quítatelo.
Me miró como si me hubiera vuelto loco, pero yo tenía claro que era por eso.
Ya veríamos.
—Si me equivoco, te lo pones de nuevo.
Dudó un segundo y luego alargó el brazo para que pudiera desatárselo. Solté
el nudo y me guardé el amuleto en el bolsillo. Cogí el guardapelo y le agarré la
mano.
Cerré la otra alrededor y comenzamos a girar hacia la nada…
Había empezado a llover casi de inmediato. Una lluvia fuerte, un diluvio, como si
el cielo hubiera abierto las compuertas. Ivy siempre decía que la lluvia eran las
lágrimas de Dios y hoy Genevieve no pudo estar más de acuerdo con ella. Sólo
estaba a pocos metros, pero no veía forma de llegar a tiempo. Se arrodilló al lado
de Ethan y acunó su cabeza entre las manos. Tenía la respiración agitada, pero
aún estaba vivo.
—No, no, a este chico no. Ya te has llevado demasiado. Demasiado. Al chico,
no. —La voz de Ivy alcanzó un ritmo febril y luego comenzó a rezar.
—Ivy, ayúdame. Necesito agua, whisky y algo para extraerle la bala.
Genevieve presionó la tela acolchada de su falda en el agujero que había
donde antes estaba el pecho de Ethan.
—Te quiero. Me habría casado contigo pensara tu familia lo que pensara —
susurró.
—No digas eso, Ethan Cárter Wate. No digas eso como si te fueras a morir. Te
vas a poner bien. Ya lo verás —insistió ella, intentando convencerlo a él tanto
como a sí misma.
Genevieve cerró los ojos y se concentró en las flores abriéndose, en el llanto
de los recién nacidos y en el sol alzándose en el firmamento.
Nacimiento; no muerte.
Se concentró en esas imágenes, deseando que las cosas fueran así. Daban
vueltas dentro de su cabeza.
Nacimiento; no muerte.
Ethan se asfixiaba. Ella abrió los ojos y se encontró con los suyos. Durante un
instante, el tiempo se detuvo. Después, él cerró los ojos y dejó caer la cabeza
hacia un lado.
Genevieve cerró los ojos de nuevo, visualizando las imágenes. Tenía que ser
un error, no podía morirse. Ella había convocado todo su poder. Lo había hecho
millones de veces antes, moviendo objetos en la cocina de su madre para gastarle
bromas a Ivy y para curar pajaritos que se habían caído de sus nidos.
¿Por qué no había funcionado ahora cuando más falta le hacía?
—Ethan, despiértate, por favor, despiértate.
Abrí los ojos. Estábamos de pie en medio del campo, exactamente en el mismo
lugar donde habíamos estado antes. Miré a Lena. Tenía los ojos brillantes y
estaba a punto de llorar.
—Oh, Dios mío.
Me incliné y toqué las malas hierbas donde nos hallábamos. Había una
mancha rojiza en las plantas y en la tierra que había a nuestro alrededor.
—Es sangre.
—¿Su sangre?
—Eso creo.
—Tenías razón. El brazalete estaba bloqueando la visión, pero ¿por qué me
dijo el tío Macon que era para protegerme?
—Quizá sí lo sea. Aunque a lo mejor sirve para más cosas.
—No intentes hacer que me sienta mejor.
—Es obvio que hay algo que tiene que ver con el guardapelo, y casi te
apostaría que también con Genevieve, que no quieren que sepamos. Tenemos
que averiguar todo lo que podamos sobre los dos y hacerlo antes de tu
cumpleaños.
—¿Por qué mi cumpleaños?
—Se lo oí anoche a Amma y a tu tío. Sea lo que sea lo que no quieran que
sepamos tiene que ver con tu cumpleaños.
Lena aspiró una gran bocanada de aire, como si estuviera intentando
mantener la compostura.
—Ellos saben que me voy a convertir en Oscura. De eso es de lo que va todo
esto.
—¿Y qué tiene que ver con el guardapelo?
—No lo sé, pero no me importa. Nada de eso importa. Dentro de cuatro
meses no seré y o misma, ya has visto cómo es Ridley. En eso es en lo que me
voy a transformar, o en algo peor. Si mi tío tiene razón y soy Natural, a mi lado
Ridley va a parecer una voluntaria de la Cruz Roja.
La atraje hacia mí, envolviéndola entre mis brazos como si pudiera
protegerla de algo cuando ambos sabíamos que y o no podía hacerlo.
—No puedes pensar eso. Tiene que haber alguna forma de pararlo, si es que
es verdad.
—No lo pillas. No hay forma de detenerlo. Simplemente, pasa. —Estaba
elevando la voz y el viento comenzó a repuntar de nuevo.
—Vale, quizá lleves razón. A lo mejor ocurre. Pero vamos a tratar de
encontrar algo para que no suceda.
Sus ojos se estaban nublando igual que el cielo.
—¿No podemos disfrutar simplemente del tiempo que nos queda? —Por
primera vez, me di cuenta de lo que significaban realmente esas palabras.
El tiempo que nos queda.
No podía perderla. Y no lo haría. Me volvía loco sólo con pensar que tal vez
no podría tocarla de nuevo. Más loco que si perdiera a todos mis amigos o si
fuera el chico menos popular del colegio. O de que Amma estuviera
permanentemente enfadada conmigo. Perderla era lo peor que podía imaginar.
Era como si la sintiera caer, pero, esta vez, realmente chocara contra el suelo.
Pensé en el momento en que Ethan Cárter Wate cayó al suelo y en la sangre
sobre la hierba. El viento comenzó a aullar. Ya era hora de irnos.
—No hables así, encontraremos una solución.
Pero mientras lo estaba diciendo, no sabía si realmente lo creía.
Los Notables
TODO TIENE SENTIDO cuando te lo dice una chica guapa. Ahora que había
regresado a casa, solo, y estaba en mi propia cama, ya no lo tenía tan claro. Ni
siquiera Link se creería algo como esto. Intenté pensar cómo llevaría la
conversación, en plan « la chica que me gusta y cuyo nombre real no conozco es
una bruja, bueno, perdona, una Caster, y procede de una familia también de
Caster, y dentro de unos cinco meses sabremos en realidad si es buena o mala.
Ah, y puede causar huracanes dentro de una habitación y cargarse los cristales
de las ventanas. Incluso es capaz de hacer que vea el pasado cuando toco un
guardapelo como de locos que Amma y Macon Ravenwood, que mira por dónde
no es para nada un recluso, quieren que entierre. El guardapelo, por cierto, se ha
materializado en el cuello de una mujer en un cuadro que hay en Ravenwood,
que no te lo vas a creer, no es una mansión encantada, sino una casa
perfectamente restaurada que cambia completamente cada vez que voy allí a
ver a una chica que me quema por dentro, me conmociona y me destroza sólo
con rozarme» .
La he besado. Y me ha devuelto el beso.
Era todo increíble, incluso para mí. Me di la vuelta en la cama.
Tiraba de mí.
El viento tiraba de mi cuerpo.
Me aferré al árbol que me golpeaba, con el sonido de su grito clavado en los
oídos. Los vientos giraban a mi alrededor, luchando unos contra otros, y su
velocidad y fuerza aumentaban por segundos. El aguacero caía como si se
hubieran abierto las compuertas del cielo. Tenía que salir de allí.
Pero no había escapatoria.
Suéltame, Ethan. ¡Sálvate!
No podía verla. El viento era demasiado fuerte, pero la sentía. La sujetaba de
la muñeca con tanta fuerza que estaba seguro de que terminaría rompiéndosela.
Pero no me importaba, no la iba a dejar. El viento cambió de dirección,
alzándome del suelo. Me agarré al árbol con más fuerza y agarré su muñeca con
más fuerza aún. Sin embargo, sentía cómo la violencia del vendaval nos
arrancaba al uno del otro.
Me llevaba lejos del árbol, lejos de ella. Sentí que su muñeca se deslizaba
entre mis dedos.
Ya no podía sujetarla más.
Me desperté tosiendo. Sentía aún la quemazón del viento en la piel. Como si
mi experiencia cercana a la muerte en Ravenwood no hubiera sido bastante,
ahora habían vuelto los sueños. Era demasiado para una sola noche, incluso para
mí. La puerta de mi dormitorio estaba abierta, lo cual era extraño teniendo en
cuenta que la había cerrado hacía relativamente poco. La última cosa que
necesitaba era que Amma me plantara allí algún chisme vudú mientras dormía.
Estaba seguro de haberla cerrado.
Me quedé mirando al techo. No veía claro que dormir estuviera en mi futuro
inmediato. Suspiré y me di la vuelta en la cama. Encendí el viejo quinqué
restaurado como lámpara al lado de mi cama y saqué el marcador de libros de
donde lo había colocado en Snow Crash cuando escuché algo, como unos pasos.
Venían de la cocina, ligeros, y apenas los oí. Quizá mi padre había hecho un
descanso. A lo mejor podría ser una oportunidad para hablar. Pudiera ser.
Pero cuando llegué al pie de las escaleras, supe que no era él. La puerta de su
estudio estaba cerrada y salía luz por debajo. Tenía que ser Amma. Justo cuando
pasé por la cocina, la vi corretear por el vestíbulo hacia su habitación, en la
medida en que ella podía hacerlo. Escuché cómo el mosquitero de la puerta de
atrás chirrió al cerrarse. Alguien salía o entraba y, después de todo lo que había
sucedido esa noche, que fuera una cosa u otra era importante.
Di la vuelta a la casa hasta la parte delantera. Aparcado en el bordillo había
un viejo y abollado pickup, un Studebaker de los cincuenta. Amma estaba
inclinada sobre la ventanilla hablando con el conductor, al que le dio su bolso y
luego se subió al coche. ¿Adónde se dirigía en mitad de la noche?
Tenía que seguirla. Lo malo era que resultaba complicado seguir a la mujer
que consideraba casi una madre, de noche, subida a un trasto con un extraño, sin
usar y o un coche también. No tenía elección, debía coger el Volvo. Era el coche
que conducía mi madre cuando tuvo el accidente. Cuando lo veía, era siempre lo
primero que pensaba.
Me deslicé en el asiento ante el volante. Olía a papel viejo y a limpiacristales
Windex, como siempre.
Conducir sin luces resultó más complicado de lo que había pensado, hasta que
adiviné que el pickup se estaba dirigiendo hacia Wader’s Creek. Amma iba hacia
su casa. La camioneta salió de la Route 9 hacia el campo. Cuando finalmente se
detuvo y aparcó a un lado de la carretera, apagué el motor y conduje el Volvo
hacia el arcén.
Amma abrió la puerta y la luz interior se desvaneció. Pestañeé ante la súbita
oscuridad. Reconocí al conductor, era Carlton Eaton, el cartero. ¿Por qué iba a
pedirle Amma a Carlton Eaton que la llevara en coche a su casa en mitad de la
noche? Nunca les había visto hablar a los dos antes de este momento.
Amma le dijo algo a Carlton y cerró la puerta. La camioneta regresó a la
carretera sin ella. Salí del coche y la seguí. Amma era una criatura de hábitos
arraigados y si algo la había preocupado tanto como para que anduviera
arrastrándose por el pantano a medianoche, estaba seguro de que era algo que no
sólo afectaba a uno de sus clientes.
Desapareció entre los arbustos, caminando por un sendero de grava que
alguien se había dado su buen trabajo en abrir. Anduvo por él en la oscuridad, con
los guijarros crujiendo bajo sus zapatos. Yo avancé por la hierba al lado del
camino para evitar cualquier ruido, lo cual me hubiera delatado sin duda alguna.
Me dije a mí mismo que era porque quería saber por qué Amma se había
marchado de casa a esas horas, pero la verdad era que me daba miedo que me
pillara siguiéndola.
Era fácil saber de dónde había surgido el nombre de Wader’s Creek, porque
había que vadear unas charcas de aguas negras para llegar hasta allí, al menos
y endo por donde iba Amma. Si no hubiera habido luna llena, me habría partido el
cuello intentando adivinar sus pasos a través del laberinto de robles cubiertos de
líquenes y la broza de los arbustos. Estábamos cerca del agua. Notaba la
humedad en el aire, cálida y pegajosa, como si fuera una segunda piel.
Había plataformas de madera alineadas a los bordes del pantano, formadas
por troncos de ciprés ligados con sogas, balsas usadas por los pobres. Estaban
colocadas en fila a lo largo de la orilla como si fueran taxis esperando para llevar
a la gente por el agua. Distinguí a Amma a la luz de la luna, balanceándose con
habilidad sobre una de ellas y empujando en la orilla con un palo largo que usó
como remo a fin de impulsarse hasta el otro lado.
No había ido a la casa de Amma desde hacía años, pero no me acordaba de
esto. Debimos de seguir entonces otro camino, pero era casi imposible
encontrarlo en la oscuridad. La única cosa que veía clara era lo podridos que
estaban los leños de las plataformas. Cada una de ellas parecía más inestable que
la siguiente. Así que escogí una al azar.
Aunque Amma lo había hecho parecer fácil, maniobrar uno de aquellos
chismes era bastante difícil. Cada pocos minutos se oía un chapuzón, cuando la
cola de un caimán impactaba en la superficie del agua al deslizarse en el
pantano. Me alegré de no haberme planteado vadearlo.
Empujé por última vez contra el fondo de la ciénaga con mi palo, hasta que el
borde de la plataforma chocó contra la orilla. Cuando puse el pie en tierra,
percibí a lo lejos la casa de Amma, pequeña y modesta, donde sólo se veía luz en
una ventana. Los marcos estaban pintados en el mismo tono azul cielo que los de
la propiedad de los Wate. La casa era de madera de ciprés, como si también
fuera parte del mismo pantano.
Había algo más, algo que flotaba en el aire. Algo fuerte y sobrecogedor,
como los limones y el romero e igual de insólito, por dos razones. El jazmín
estrella no florece en otoño, sino en primavera, pero no en las ciénagas. Y sí, allí
estaba. El olor era inconfundible. Era imposible, como casi todo lo que había
sucedido esa noche.
Observé la casa. Nada. Quizá simplemente había decidido volver a casa, mi
padre lo sabía y y o estaba vagabundeando a medianoche y corría el riesgo de
que me comiera un caimán para nada.
Estaba a punto de volver a atravesar el pantano y deseé en ese momento
haber echado migas de pan en el camino para orientarme cuando la puerta se
abrió de nuevo. Amma permaneció encuadrada a la luz de la entrada, metiendo
cosas que no pude ver en su bolso bueno, el de charol blanco. También llevaba el
mejor vestido que tenía, el de color lavanda que se ponía para ir a la iglesia, sus
guantes blancos y un elaborado sombrero a juego rodeado por completo de
flores.
Se puso otra vez en movimiento en dirección a la ciénaga. ¿Cómo se iba a
internar en ella vestida de esa manera? Pese a que no había disfrutado para nada
de la excursión hasta la casa de Amma, pelear para avanzar en el pantano con
los vaqueros me parecía aún peor. El fango era tan espeso que parecía querer
absorber mis pies cada vez que quería dar un paso adelante. No sabía cómo se las
iba a apañar Amma para avanzar por él con el vestido y a su edad.
Ella parecía tener clarísimo a dónde iba, pues se detuvo en un claro cubierto
de cañas altas y malas hierbas. Las ramas de los apreses se enredaban con las de
los sauces llorones formando un dosel por encima de nuestras cabezas. Aunque
estábamos por lo menos a veintiún grados, sentí que un escalofrío me recorría la
columna. Después de todo lo que había visto esa noche, me parecía que había
algo escalofriante en este lugar. Del agua se elevaba una fina niebla que se
filtraba por los límites del claro, como si fuera el vapor que se desliza por los
bordes de una olla hirviendo. Me acerqué un poco más. Estaba sacando algo de
su bolso y el charol blanco relucía a la luz de la luna.
Huesos. Parecían huesos de pollo.
Susurró algo sobre los huesos, los metió dentro de una bolsita, bastante
parecida a la que me había entregado para guardar el guardapelo. Rebuscó luego
en el bolso y sacó una toalla bordada, de esas que se encuentran en un tocador, y
la usó para limpiarse el barro de la falda. Se percibían tenues luces blancas en la
distancia, como si fueran luciérnagas parpadeando en la oscuridad, y también
música y carcajadas sensuales y perezosas. En algún lugar fuera del pantano, no
muy lejos, había gente bebiendo y bailando.
Alzó la mirada. Algo le había llamado la atención, pero yo no había oído
nada.
—Será mejor que salgas. Sé que estás ahí.
Me quedé helado, lleno de pánico. Me había visto.
Pero no era conmigo con quien hablaba, puesto que Macon Ravenwood
emergió de entre la niebla sofocante, fumando un puro. Parecía relajado, como
si acabara de bajarse de un coche con chófer en vez de estar vadeando a través
de una asquerosa agua negra. Iba impecablemente vestido, como era habitual,
con una de sus camisas blancas recién planchadas. Y no tenía ni una sola
mancha. Amma y yo estábamos cubiertos de hierbas y fango hasta las rodillas,
mientras que Macon Ravenwood permanecía allí sin una sola mota de polvo en
su atuendo.
—Justo a tiempo. Ya sabes que no tengo toda la noche, Melquisedec, luego
tengo que volver. Y no me ha sentado nada bien tener que venir aquí desde el
pueblo. Me parece bastante descortés, por no decir, inconveniente. —Resopló—.
Perturbador, como dirías tú.
P.E.R.T.U.R.B.A.D.O.R. Once vertical, lo deletreé en mi mente.
—Yo también he tenido una tarde bastante llena de incidentes, Amarie, pero
este asunto requiere nuestra inmediata atención. —Macon dio unos cuantos pasos
adelante.
Amma retrocedió y apuntó un dedo huesudo en su dirección.
—Quédate donde estás. No me hace ninguna gracia estar aquí fuera con
gente de tu calaña. Ni pizca. Mantente en tu sitio y y o me mantendré en el mío.
Macon dio un paso hacia atrás como quien no quiere la cosa, echando
círculos de humo al aire.
—Como te estaba diciendo, ciertos acontecimientos requieren nuestra
inmediata atención. —Exhaló con un gran suspiro una vaharada de humo—. La
luna, cuando está totalmente llena, es cuando está más lejos del sol, citando a
nuestros buenos amigos, los Clérigos.
—No me vengas con esos aires de superioridad, Melquisedec. ¿Qué es eso tan
importante que tienes que sacarme de la cama a medianoche?
—Entre otras cosas, el guardapelo de Genevieve.
Amma casi se puso a aullar, tapándose la nariz con el chai. Claramente no
podía soportar ni que se mencionara la palabra « guardapelo» .
—¿Qué pasa con esa cosa? Ya te dije que la Vinculé y le dije que la
devolviera a Greenbrier y la enterrara. No puede hacer daño si ha regresado a la
tierra.
—No a lo primero y no a lo segundo. Aún la tiene. Me la enseñó en el
santuario de mi propia casa. Aparte de eso, no estoy seguro de que hay a nada
que pueda Vincular un talismán tan Oscuro.
—En tu casa… ¿cuándo ha estado en tu casa? Le dije que se mantuviera bien
lejos de Ravenwood. —Ahora sí que estaba claramente alterada. Estupendo,
Amma seguro que encontraría algo con lo que hacerme pagar eso más adelante.
—Bien, quizás podrías considerar la idea de sujetarle un poco las riendas. Es
evidente que no es muy obediente que digamos. Te advertí que esta amistad sería
peligrosa y que podría terminar en algo más. Es imposible que tengan un futuro
juntos.
Amma estaba mascullando para sus adentros de la manera que
habitualmente lo hacía cuando no la escuchaba.
—Él siempre me ha hecho caso hasta que se ha encontrado con tu sobrina, así
que no me eches la culpa. No estaríamos en este lío si, para empezar, tú no la
hubieras traído aquí. Me ocuparé de esto. Le diré que no puede volver a verla.
—No seas absurda. Son adolescentes, cuanto más intentemos separarlos, más
querrán estar juntos. Eso no será problema cuando ella sea Llamada, si es que
llegamos hasta ahí. Controla al chico hasta entonces, Amarie. Son sólo unos
cuantos meses. Las cosas son ya lo bastante peligrosas sin que él ande
complicándolas aún más.
—No me hables de complicaciones, Melquisedec Ravenwood. Mi familia
lleva ocupándose de las complicaciones de la tuy a desde hace cien años. Yo he
guardado tus secretos, al igual que tú has guardado los míos.
—Yo no soy la Vidente que falló en adivinar que ellos encontrarían el
guardapelo. ¿Cómo explicas eso? ¿Cómo ha sido que tus espíritus amigos pasaron
por alto una cosa así? —Hizo un gesto sarcástico con el puro que abarcó a los dos
y lo que les rodeaba.
Amma se giró bruscamente. Su mirada era furibunda.
—No insultes a los Notables. Aquí no, en este lugar, no. Ellos tienen sus
razones, y por algún motivo no me lo revelaron.
Apartó la vista de Macon.
—No le escuchéis. Os he traído langostinos en salsa y pastel de merengue de
limón. —Estaba claro que no le hablaba a Macon en ese momento—. Son
vuestros favoritos —añadió, sacando la comida de unos pequeños tupperware y
colocándola en un plato, que luego dejó en el suelo. Había una pequeña lápida al
lado y otras dispersas por los alrededores.
—Esta es nuestra Casa Principal, la mejor casa de mi familia, ¿has oído?
Aquí está mi tía abuela Sissy, mi tío bisabuelo Abner y mi retatarabuela Sulla. No
les faltes el respeto a los Notables en su propia Casa. Muestra el debido respeto si
quieres respuestas.
—Lo siento.
Ella esperó.
—De corazón.
Luego resopló.
—Y ten cuidado con la ceniza. No hay ceniceros en esta casa. Qué hábito
más desagradable.
Él apagó el puro sobre el musgo.
—Bueno, vay amos al asunto. No tenemos mucho tiempo. Tenemos que saber
las idas y venidas de Saraf…
—Shh —siseó ella—. No digas su nombre… esta noche, no. No deberíamos
estar aquí fuera. La media luna es para hacer magia blanca y la llena, para la
negra. Estamos aquí fuera en la noche equivocada.
—No tenemos otra opción. Ha ocurrido un episodio bastante desagradable
esta tarde, me temo. Mi sobrina, la que se Desvió el Día de su Llamada, se plantó
aquí en el Encuentro de hoy.
—¿La hija de Del? ¿A qué Oscuro se le ocurriría enfrentarse a un peligro
como ese?
—A Ridley. Por supuesto, sin que la invitáramos. Atravesó el umbral de mi
casa del brazo del chico. Necesito saber si fue una coincidencia.
—Nada bueno. Eso no es nada bueno. Para nada bueno. —Amma osciló
hacia atrás y hacia delante sobre sus talones, furiosa.
—¿Y bien?
—Las coincidencias no existen. Ya lo sabes.
—Al menos estamos de acuerdo en eso.
No conseguía entender nada de lo que estaba sucediendo. Macon Ravenwood
jamás ponía un pie fuera de su casa, pero allí estaba, en mitad de la ciénaga,
discutiendo con Amma, a la cual y o no tenía ni idea de que él conocía, sobre mí,
Lena y el guardapelo.
Amma hurgó en su bolso otra vez.
—¿Has traído el whisky? Al tío Abner le encanta su Wild Turkey.
Macon le alargó la botella.
—No, ponla ahí —indicó ella, señalando al suelo—, y después aléjate.
—Ya veo que te sigue dando miedo tocarme después de todos estos años.
—A mí no me da miedo nada. Simplemente, quédate en tu sitio. Yo no te
pregunto sobre tus cosas y no quiero saber nada de ellas.
Él dejó la botella en el suelo a poco más de un metro de donde estaba Amma.
Ella la recogió, vertió el licor en un vaso y se lo bebió de un trago. En toda mi
vida jamás la había visto beberse algo más fuerte que una taza de té dulce. Luego
derramó parte del líquido en la hierba, cubriendo la tumba.
—Tío Abner, necesitamos tu intercesión. Reclamo la comparecencia de tu
espíritu en este lugar.
Macon tosió.
—Estás poniendo a prueba mi paciencia, Melquisedec. —Amma cerró los
ojos y abrió los brazos en dirección al cielo, con la cabeza echada hacia atrás
como si estuviera hablando con la misma luna. Luego se inclinó hacia delante y
sacudió una bolsita que había sacado del bolso y el contenido se precipitó sobre la
tumba, unos huesecitos de pollo. Esperaba que no fueran los huesos del cuenco de
pollo frito que me había comido hacía un rato, pero tenía la sensación de que
seguramente sí lo serían.
—¿Qué dicen? —inquirió Macon.
Ella rozó los huesos con los dedos, extendiéndolos sobre la hierba.
—No obtengo respuestas.
Su perfecta compostura comenzó a debilitarse.
—¡No tenemos tiempo para esto! ¿Qué clase de Vidente es el que no ve nada?
Tenemos menos de cinco meses antes de que cumpla los dieciséis. Si ella se
Desvía, hará que nos caiga a todos una maldición encima, tanto mortales como
Caster. Ambos tenemos una responsabilidad que hemos aceptado por propia
voluntad, hace mucho tiempo. Tú con tus mortales y y o con mis Caster.
—No necesito que vengas a recordarme mis responsabilidades. Y mejor si no
subes la voz, ¿me has oído? A ver si va a venir por aquí alguno de mis clientes y
nos va a ver juntos. ¿Cómo se tomarían eso de un miembro selecto e íntegro de la
comunidad como soy y o? No te metas en mis asuntos, Melquisedec.
—Si no averiguamos dónde está Saraf y qué planea, vamos a tener muchos
más problemas entre manos que el hecho de que tus negocios se vayan al traste,
Amarie.
—Ella es una Oscura. Nunca se sabe qué viento sopla con esa gente. Es como
intentar prever dónde irá a parar un tornado.
—Sea como sea, necesito saber si va a intentar entrar en contacto con Lena.
—No si va a intentarlo. Más bien, cuándo.
Amma cerró los ojos otra vez, rozando el amuleto del collar que no se quitaba
jamás. Era un disco donde había tallado algo parecido a un corazón con una
especie de cruz en la parte superior. La imagen estaba ya gastada de las miles de
veces que Amma la acariciaba, del mismo modo que estaba haciendo ahora,
mientras susurraba una especie de salmodia en un lenguaje que no entendí pero
que había escuchado antes en algún sitio.
Macon paseaba impacientemente de un lado a otro. Yo cambié de posición
entre las hierbas, intentando no hacer ruido.
—No consigo ninguna lectura esta noche. Es confuso. Parece que el tío Abner
no está de humor. Seguro que es por algo que has dicho.
Esa debió de ser la gota que colmó el vaso, y a que el rostro de Macon se
transformó y su piel pálida relumbró entre las sombras. Cuando dio un paso hacia
delante, los ángulos agudos de su rostro resaltaron amenazadores a la luz de la
luna.
—Ya está bien de jueguecitos. Una Caster Oscura entró en mi casa hoy y eso
es imposible. Llegó con tu chico, Ethan, y eso sólo puede significar una sola cosa.
Él tiene algún tipo de poder y tú me lo has estado ocultando.
—Eso no tiene sentido. Ese chico tiene tanto poder como yo cola.
—Estás equivocada, Amarie. Pregunta a los Notables y consulta los huesos.
No hay otra explicación posible. Un Caster Oscuro jamás podría burlar esa clase
de protección, no sin alguna poderosa forma de ayuda.
—Has perdido la cabeza. Él no tiene ninguna clase de poder. Yo he criado a
ese niño, ¿no te parece que lo sabría?
—Pues esta vez estás equivocada. Estás demasiado cerca de él y eso
obstaculiza tu visión. Y ahora hay demasiadas cosas en juego para cometer
ningún error. Ambos tenemos nuestros talentos. Te estoy advirtiendo de que hay
más en el chaval de lo que ambos hemos creído.
—Preguntaré a los Notables. Si hay algo que saber, se asegurarán de que y o
me entere. No olvides, Melquisedec, que tenemos que lidiar tanto con los vivos
como con los muertos y eso no es tarea fácil. —Volvió a rebuscar en su bolso y
sacó una cuerda de aspecto cochambroso con unas bolitas de cristal.
—Huesos de Tumba. Cógelos. Los Notables quieren que los tengas. Protegen
a los espíritus de los espíritus y a los muertos de los muertos. A nosotros, los
mortales, no nos sirven de nada. Dáselos a tu sobrina, Macon. No le harán daño,
pero puede que alejen a un Caster Oscuro.
Macon cogió la cuerda sujetándola entre dos dedos con cautela y después la
dejó caer en su pañuelo, como si estuviera envolviendo un gusano
particularmente asqueroso.
—Muy agradecido.
Amma tosió.
—Por favor. Díselo, se lo agradezco mucho. —Alzó la vista hacia la luna
como si estuviera comprobando la hora. Entonces se dio la vuelta y desapareció.
Se disolvió en la niebla del pantano como si se hubiera disipado en una corriente
de aire.
10 de octubre
El jersey rojo
APENAS ME HABÍA METIDO en la cama cuando salió el sol, y notaba el
cansancio hasta en el tuétano de los huesos, como diría Amma. Ahora estaba
esperando a Link en la esquina. Aunque era un día soleado, me sentía como si se
proyectara una sombra sólo sobre mí. Y estaba muerto de hambre. No había sido
capaz de enfrentarme a Amma en la cocina por la mañana. Con sólo una mirada
a mi rostro habría averiguado todo lo que había visto la noche anterior y lo que
había sentido, y no podía arriesgarme a eso.
No sabía qué pensar. Amma, en la que confiaba más que en nadie, al igual
que en mis padres, o quizá más aún, me estaba ocultando muchas cosas. Que
conocía a Macon, y que ambos querían separarnos a Lena y a mí. Todo aquello
tenía que ver con el guardapelo y el cumpleaños de Lena. Y era una situación
peligrosa.
No podía encajar todas las piezas, al menos, yo solo. Tenía que hablar con
Lena y en eso era en lo único en que podía pensar. Así que no me sorprendí
cuando el coche fúnebre dio la vuelta a la esquina en vez del Cacharro.
—Creo que me has oído. —Me deslicé en el asiento, dejando caer la mochila
en el suelo, delante de mí.
—Oír, ¿qué? —Sonrió, con una cierta timidez, y puso su bolso en el asiento—.
¿Que he oído que te gustan los donuts? Se escuchaba rugir tu estómago desde el
mismísimo Ravenwood.
Nos miramos el uno al otro algo cohibidos. Lena bajó la mirada,
avergonzada, y quitó un trozo de hilo del suave jersey rojo que llevaba puesto,
cuya pinta era de algo que podrían haber encontrado las Hermanas en alguna
parte de su desván. Conociendo a Lena, seguro que no era del centro comercial
de Summerville.
¿Rojo? ¿Desde cuándo usaba algo rojo?
Ella no parecía sentir como si se le hubiera nublado el día, si no todo lo
contrario, como si se le acabara de despejar. No me había escuchando ningún
pensamiento, ni sabía nada de Amma ni de Macon. Sólo quería verme. Supuse
que alguna cosa de las que dije la noche anterior había surtido efecto. A lo mejor
quería que nos diéramos una oportunidad. Sonreí y abrí el paquete.
—Espero que tengas hambre. He tenido que pelearme con el policía gordo
para traértelos. —Apartó el coche del bordillo.
—¿Así que te ha apetecido venir a recogerme para ir al instituto? —Esto era
algo nuevo.
—No. —Bajó la ventana y la brisa matutina hizo ondear su pelo. Hoy, sólo
era el viento.
—¿Tienes algo mejor en mente?
Se le iluminó la cara.
—Pero, vamos, ¿cómo puede haber algo mejor que pasar un día como este
en el instituto Stonewall Jackson? —Estaba contenta. Cuando hizo girar el volante,
observé su mano. No había marcas de tinta, ni números, ni cumpleaños. Hoy no
le preocupaba nada.
120. Yo sí lo sabía, como si estuviera escrito con tinta invisible en mi propia
mano. Ciento veinte días hasta que ocurriera aquello que tanto temían Macon y
Amma.
Miré por la ventanilla cuando nos dirigimos hacia la Route 9 y deseé que ella
pudiera quedarse sólo un poco más. Cerré los ojos y volví a repasar el cuaderno
de baloncesto en mi mente. Bloqueo directo, doble poste alto, doblar al hombre y
presión a toda pista.
Cuando llegamos a Summerville ya tenía idea de hacia dónde nos dirigíamos.
Sólo había un lugar al que los chicos como nosotros íbamos, aparte de las tres
últimas filas del Cineplex.
El coche atravesó el suelo cubierto de polvo hasta llegar a la parte de atrás del
depósito del agua, en los límites ya del campo.
—¿Vas a aparcar aquí? ¿Seguro? ¿En el depósito del agua? ¿Ahora? —Link no
se iba a creer esto en la vida.
Apagó el motor. Teníamos las ventanillas bajadas y todo estaba en paz,
tranquilo; la brisa entraba por la suy a y salía por la mía.
¿No es aquí donde viene la gente?
Bueno, no. La gente como nosotros, no. Y no en mitad de un día de clase.
Por una vez, ¿no podemos ser como ellos? ¿Siempre tenemos que ser como
somos?
Me gusta como somos.
Lena se soltó el cinturón de seguridad, luego me lo quitó a mí y se sentó en mi
regazo. La sentí cálida y alegre.
¿Así que esto es lo que hace la gente cuando aparca aquí?
Soltó una risita y alzó el brazo para apartarme el pelo de los ojos.
—¿Qué es esto?
Le cogí el brazo derecho. De la muñeca le colgaba el brazalete que Amma le
había dado a Macon la noche anterior en el pantano. Se me encogió el estómago
y supe que el humor de Lena iba a cambiar. Tenía que contárselo.
—Me lo dio mi tío.
—Quítatelo. —Le di la vuelta al cordel para buscar el nudo.
—¿Qué? —Su sonrisa se desvaneció—. ¿De qué estás hablando?
—Quítatelo.
—¿Por qué? —Apartó el brazo.
—Anoche ocurrió algo.
—¿Qué pasó?
—Después de que regresara a casa seguí a Amma hasta Wader’s Creek,
donde vive ella. Se escabulló de nuestra casa a medianoche para encontrarse con
alguien en el pantano.
—¿Con quién?
—Con tu tío.
—¿Y qué estaban haciendo allí? —Su rostro se volvió del color blanco de la
tiza. Estaba seguro de que la sesión de aparcamiento había terminado.
—Estaban hablando de ti, de nosotros. Y del guardapelo.
Ahora sí que prestaba atención.
—¿Qué hay del guardapelo?
—Es una especie de talismán Oscuro, sea eso lo que sea, y tu tío le dijo a
Amma que y o no lo había enterrado. Se pusieron furiosos.
—¿Cómo saben ellos que es un talismán?
Empezaba a enfadarme de veras. No parecía estar concentrándose en el
meollo del asunto.
—¿Y cómo es que ellos se conocen? ¿Tú tenías alguna idea de que tu tío
conociera a Amma?
—No. No sé a cuánta gente conoce él.
—Lena, estaban hablando de ti y de mí. Querían mantener el guardapelo
lejos de nosotros y separarnos. Tengo la sensación de que piensan que yo soy una
especie de amenaza. Como si me estuviera metiendo en medio de algo. Tu tío
piensa…
—¿Qué?
—Cree que tengo algún tipo de poder.
Se echó a reír en alto, lo cual me molestó aún mucho más.
—¿Y por qué iba a pensar eso?
—Porque fui con Ridley a Ravenwood. Dice que tengo el poder de hacerlo.
Frunció el ceño.
—Lleva razón. —Pero esa no era la respuesta que yo estaba esperando.
—Estás de broma, ¿no? Si yo tuviera poderes, ¿no crees que lo sabría?
—No tengo ni idea.
Quizás ella no lo sabría, pero yo sí. Mi padre era escritor y mi madre se había
pasado la vida ley endo los diarios de los generales muertos de la Guerra de
Secesión. Yo estaba lo más lejos posible de ser un Caster, a no ser que sacar de
quicio a Amma pudiera calificarse como poder. Seguramente tenía que haber
algún agujero en la protección de la casa que había permitido que Ridley entrara.
A uno de los cables del sistema de seguridad caster se le habían fundido los
plomos.
Lena debía de estar pensando lo mismo que y o.
—Relájate. Estoy segura de que debe haber una explicación. Así que Macon
y Amma se conocen… Pues y a lo sabemos.
—Pues no parece que te moleste mucho.
—¿Qué quieres decir?
—Nos han estado mintiendo, a los dos. Se encuentran en secreto para planear
separarnos y para que nos deshagamos del guardapelo.
—Nunca les hemos preguntado si se conocían. —¿Por qué actuaba de esta
manera? ¿No debía estar molesta, enfadada o algo así?
—¿Y por qué íbamos a hacerlo? ¿Es que no te parece extraño que tu tío esté
con Amma en medio del pantano a medianoche, hablando con los espíritus y
ley endo huesos de pollo?
—Es raro, pero seguramente están tratando de protegernos.
—¿De qué? ¿De la verdad? También estuvieron hablando de algo más.
Intentaban encontrar a alguien, Sara o un nombre así. Y sobre que una maldición
caería sobre nosotros si tú te Desviabas.
—¿De qué estás hablando?
—No tengo ni idea. ¿Por qué no se lo preguntas a tu tío? A ver si él te dice la
verdad de una vez por todas.
Esta vez había ido demasiado lejos.
—Mi tío está arriesgando su vida para protegerme. Siempre ha estado
conmigo cuando lo he necesitado. Me trajo aquí en cuanto supe que me podía
convertir en un monstruo dentro de unos cuantos meses.
—Pero ¿de qué te está protegiendo? ¿Tú lo sabes?
—¡De mí misma! —gritó. Así que era esto. Abrió la puerta y saltó de mi
regazo. La sombra del gigantesco depósito de agua nos aislaba de Summerville,
pero el día y a no me pareció tan soleado. Donde antes había un cielo azul sin una
nube, ahora empezaba a teñirse de gris.
La tormenta se aproximaba. Ella no quería hablar del tema, pero a mí no me
importaba.
—Esto no tiene ningún sentido. ¿Por qué se encuentra con Amma a
medianoche para decirle que todavía tenemos el guardapelo? ¿Por qué no quiere
que lo tengamos? Y lo más importante de todo, ¿por qué no quieren que estemos
juntos?
Allí estábamos los dos, gritándonos en medio del campo. La brisa se estaba
transformando en un viento fuerte. El pelo de Lena comenzó a revolotear a su
alrededor.
—No lo sé —me increpé—. Los padres quieren separar a los jóvenes, eso es
lo que siempre hacen. Si quieres saber el porqué, a lo mejor deberías
preguntárselo a Amma. Ella me odia. Ni siquiera puedo ir a buscarte a casa
porque te da miedo que nos vea juntos.
El nudo que se me había formado en la boca del estómago se tensó. Estaba
enfadado con Amma, más enfadado de lo que había estado en toda mi vida, pero
la seguía queriendo. Era ella quien me había dejado las cartas del Ratoncito
Pérez bajo la almohada, la que me había curado las heridas de las rodillas y la
que me había lanzado miles de pases cuando quise entrar en la liga infantil. Y
desde que murió mi madre y mi padre desapareció, Amma había sido la única
que se había preocupado por mí, la única que me había cuidado o vigilado si me
saltaba las clases o perdía un partido. Quería pensar que tenía una explicación
para todo esto.
—Tú es que no la entiendes. Sólo quiere…
—¿Qué? ¿Protegerte? ¿Igual que mi tío quiere protegerme a mí? ¿Es que no se
te ha ocurrido que ellos quizá sólo quieran protegernos a los dos de la misma
cosa…? ¿De mí?
—¿Por qué siempre llevas las cosas al mismo punto?
Se apartó, como si pasara de mí y así lo consiguiera.
—¿Y qué otra cosa puede ser? De eso es de lo que va todo esto. Tiene miedo
de que te haga daño a ti o a alguna otra persona.
—Estás equivocada. Esto tiene que ver con el guardapelo. Hay algo que ellos
no quieren que sepamos. —Me metí la mano en el bolsillo, buscando el contorno
de aquel peculiar objeto envuelto en el pañuelo. Después de la última noche, no
había forma de que lo apartara de mi vista. Estaba seguro de que Amma iba a
ponerse a buscarlo y si lo encontraba, y o no volvería a verlo jamás—. Tenemos
que averiguar qué fue lo que pasó después.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
—Ni siquiera sabemos si funcionará o no.
Comencé a desenvolverlo.
—Sólo hay una manera de averiguarlo.
La cogí de la mano, aunque intentó apartarla de un tirón. Toqué el suave
metal…
La luz de la mañana se tornó cada vez más brillante hasta que no pude ver
otra cosa. Sentí el tirón familiar que me había llevado ciento cincuenta años atrás.
Y después un frenazo. Abrí los ojos. Pero en vez del campo fangoso y las llamas
en la distancia, todo lo que se veía eran las sombras del depósito y del coche. El
guardapelo no nos había llevado a ninguna parte.
—¿Lo has notado? Comenzó y luego se paró de repente.
Ella asintió y me empujó.
—Creo que estoy mareada o como llames tú al mal cuerpo que tengo ahora
mismo.
—¿Lo has bloqueado tú?
—¿De qué estás hablando? Yo no he hecho nada.
—¿Me lo juras? ¿No estás usando tus poderes de Caster o algo parecido?
—No, estoy demasiado ocupada intentando desviar de mí tu Poder de
Estupidez, aunque creo que no soy lo bastante fuerte.
No tenía mucho sentido, eso de entrar en la visión y luego salir expulsados de
ella. ¿Había cambiado algo? Lena lo cogió, y dobló el pañuelo sobre el
guardapelo. El mugroso brazalete de cuero que Amma le había dado a Macon
captó mi atención.
—Quítate eso. —Deslicé el dedo bajo la cuerdecita y levanté el brazo hasta
ponerlo a la altura de mis ojos.
—Ethan, esto es para protegerme. Me dijiste que Amma hace estas cosas
continuamente.
—No creo que sea eso.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que quizás esta cosa sea la culpable de que el guardapelo no funcione.
—Ya sabes que no siempre funciona.
—Pero empezó a hacerlo y algo lo detuvo.
Sacudió la cabeza y sus rizos revueltos le rozaron los hombros.
—¿En serio te crees eso?
—Vamos a comprobar si estoy equivocado. Quítatelo.
Me miró como si me hubiera vuelto loco, pero yo tenía claro que era por eso.
Ya veríamos.
—Si me equivoco, te lo pones de nuevo.
Dudó un segundo y luego alargó el brazo para que pudiera desatárselo. Solté
el nudo y me guardé el amuleto en el bolsillo. Cogí el guardapelo y le agarré la
mano.
Cerré la otra alrededor y comenzamos a girar hacia la nada…
Había empezado a llover casi de inmediato. Una lluvia fuerte, un diluvio, como si
el cielo hubiera abierto las compuertas. Ivy siempre decía que la lluvia eran las
lágrimas de Dios y hoy Genevieve no pudo estar más de acuerdo con ella. Sólo
estaba a pocos metros, pero no veía forma de llegar a tiempo. Se arrodilló al lado
de Ethan y acunó su cabeza entre las manos. Tenía la respiración agitada, pero
aún estaba vivo.
—No, no, a este chico no. Ya te has llevado demasiado. Demasiado. Al chico,
no. —La voz de Ivy alcanzó un ritmo febril y luego comenzó a rezar.
—Ivy, ayúdame. Necesito agua, whisky y algo para extraerle la bala.
Genevieve presionó la tela acolchada de su falda en el agujero que había
donde antes estaba el pecho de Ethan.
—Te quiero. Me habría casado contigo pensara tu familia lo que pensara —
susurró.
—No digas eso, Ethan Cárter Wate. No digas eso como si te fueras a morir. Te
vas a poner bien. Ya lo verás —insistió ella, intentando convencerlo a él tanto
como a sí misma.
Genevieve cerró los ojos y se concentró en las flores abriéndose, en el llanto
de los recién nacidos y en el sol alzándose en el firmamento.
Nacimiento; no muerte.
Se concentró en esas imágenes, deseando que las cosas fueran así. Daban
vueltas dentro de su cabeza.
Nacimiento; no muerte.
Ethan se asfixiaba. Ella abrió los ojos y se encontró con los suyos. Durante un
instante, el tiempo se detuvo. Después, él cerró los ojos y dejó caer la cabeza
hacia un lado.
Genevieve cerró los ojos de nuevo, visualizando las imágenes. Tenía que ser
un error, no podía morirse. Ella había convocado todo su poder. Lo había hecho
millones de veces antes, moviendo objetos en la cocina de su madre para gastarle
bromas a Ivy y para curar pajaritos que se habían caído de sus nidos.
¿Por qué no había funcionado ahora cuando más falta le hacía?
—Ethan, despiértate, por favor, despiértate.
Abrí los ojos. Estábamos de pie en medio del campo, exactamente en el mismo
lugar donde habíamos estado antes. Miré a Lena. Tenía los ojos brillantes y
estaba a punto de llorar.
—Oh, Dios mío.
Me incliné y toqué las malas hierbas donde nos hallábamos. Había una
mancha rojiza en las plantas y en la tierra que había a nuestro alrededor.
—Es sangre.
—¿Su sangre?
—Eso creo.
—Tenías razón. El brazalete estaba bloqueando la visión, pero ¿por qué me
dijo el tío Macon que era para protegerme?
—Quizá sí lo sea. Aunque a lo mejor sirve para más cosas.
—No intentes hacer que me sienta mejor.
—Es obvio que hay algo que tiene que ver con el guardapelo, y casi te
apostaría que también con Genevieve, que no quieren que sepamos. Tenemos
que averiguar todo lo que podamos sobre los dos y hacerlo antes de tu
cumpleaños.
—¿Por qué mi cumpleaños?
—Se lo oí anoche a Amma y a tu tío. Sea lo que sea lo que no quieran que
sepamos tiene que ver con tu cumpleaños.
Lena aspiró una gran bocanada de aire, como si estuviera intentando
mantener la compostura.
—Ellos saben que me voy a convertir en Oscura. De eso es de lo que va todo
esto.
—¿Y qué tiene que ver con el guardapelo?
—No lo sé, pero no me importa. Nada de eso importa. Dentro de cuatro
meses no seré y o misma, ya has visto cómo es Ridley. En eso es en lo que me
voy a transformar, o en algo peor. Si mi tío tiene razón y soy Natural, a mi lado
Ridley va a parecer una voluntaria de la Cruz Roja.
La atraje hacia mí, envolviéndola entre mis brazos como si pudiera
protegerla de algo cuando ambos sabíamos que y o no podía hacerlo.
—No puedes pensar eso. Tiene que haber alguna forma de pararlo, si es que
es verdad.
—No lo pillas. No hay forma de detenerlo. Simplemente, pasa. —Estaba
elevando la voz y el viento comenzó a repuntar de nuevo.
—Vale, quizá lleves razón. A lo mejor ocurre. Pero vamos a tratar de
encontrar algo para que no suceda.
Sus ojos se estaban nublando igual que el cielo.
—¿No podemos disfrutar simplemente del tiempo que nos queda? —Por
primera vez, me di cuenta de lo que significaban realmente esas palabras.
El tiempo que nos queda.
No podía perderla. Y no lo haría. Me volvía loco sólo con pensar que tal vez
no podría tocarla de nuevo. Más loco que si perdiera a todos mis amigos o si
fuera el chico menos popular del colegio. O de que Amma estuviera
permanentemente enfadada conmigo. Perderla era lo peor que podía imaginar.
Era como si la sintiera caer, pero, esta vez, realmente chocara contra el suelo.
Pensé en el momento en que Ethan Cárter Wate cayó al suelo y en la sangre
sobre la hierba. El viento comenzó a aullar. Ya era hora de irnos.
—No hables así, encontraremos una solución.
Pero mientras lo estaba diciendo, no sabía si realmente lo creía.
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