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«La oscuridad no puede conducirte fuera de la oscuridad:
sólo la luz puede hacer eso.
El odio no puede conducirte fuera del odio;
sólo el amor puede hacer eso».
MARTIN LUTHER KING JR.
NOTA DE LA EDICIÓN
Por indicación de las autoras, se ha mantenido en el idioma original una serie de
términos relativos al imaginario de su invención. A continuación, y a modo de
guía, se glosan los más relevantes, con una breve explicación a fin de facilitar la
comprensión por parte del lector hispanohablante.
CASTER: seres que conviven con los humanos y ejercen diferentes poderes
mágicos. Deriva de la expresión cast a spell (lanzar un hechizo).
CATACLYST: natural que se ha vuelto hacia la Oscuridad.
EMPATH: Caster con una sensibilidad tan especial que es capaz de usar los
poderes de otro Caster de forma temporal.
HARMER: dañador.
HUNTER: cazador.
ILLUSIONIST: Caster capaz de crear ilusiones.
LILUM: quienes moran en la Oscuridad.
MORTAL: humano.
NATURAL: Caster con poderes innatos y superiores a los demás de su
especie.
SHIFTER: Caster capaz de cambiar cualquier objeto en otro durante todo el
tiempo que desee.
SYBIL: Caster con el don de interpretar los rostros como quien lee un libro
con sólo mirar a los ojos.
SlREN: Caster dotado con el poder de la persuasión.
THAUMATURGE: Caster con el don de sanar.
ANTES
En mitad de la nada
SÓLO HABÍA DOS clases de vecinos en nuestra ciudad, según los había
clasificado cariñosamente mi padre: « Los estúpidos y los catetos» y « aquellos
que no son capaces de irse o son demasiado torpes para hacerlo, cuando todo el
mundo encuentra manera de marcharse» . No tenía idea de en qué categoría se
situaba él, pero nunca tuve el coraje de preguntárselo. Mi padre era escritor y
vivíamos en Gatlin, Carolina del Sur, porque era lo que los Wate habían hecho
siempre, desde que mi trastatarabuelo Ellis Wate luchó y murió al otro lado del
río Santee en la Guerra de Secesión.
Pero la gente de este lugar no la llamaba Guerra de Secesión. Cualquiera con
menos de sesenta años la denominaba la Guerra entre los Estados, mientras que
quienes superaban esa edad la llamaban la Guerra de la Agresión del Norte,
como si el norte hubiera empujado al sur a la guerra por culpa de una bala de
algodón. Todos, eso sí, menos mi familia; nosotros sí la llamábamos la Guerra de
Secesión.
Una razón más por la cual no podía esperar a marcharme de aquí.
Gatlin no era como esas ciudades pequeñas que se ven en las películas, a
menos que fuera una de hace cincuenta años. Estábamos demasiado lejos de
Charleston para tener un Starbucks o un McDonald’s. Todo lo que teníamos era un
Dary Kin, pues los Gentry eran demasiado tacaños para comprar todas las letras
necesarias cuando adquirieron el Dairy King. La biblioteca aún usaba fichas en
papel, el instituto tenía pizarras de tiza y la piscina municipal era el lago Moultrie,
con su cálida agua marrón y todo eso. Se podía ir a ver una peli al Cineplex casi
al mismo tiempo que salía en DVD, pero había que darse el paseo hasta la
escuela universitaria de Summerville. Las tiendas estaban en Main Street, las
casas de los ricos en la calle paralela al río y todos los demás vivían al sur de la
Route 9, donde el pavimento se cuarteaba en trozos de cemento, fatales para
andar, pero estupendos para tirárselos a algún pósum cabreado, el animal más
huraño del mundo. Esas son cosas que nunca muestran las pelis.
Gatlin no era nada complicado; era simplemente Gatlin. Los vecinos,
sofocados, vigilaban desde sus porches bajo el calor insoportable a la vista de
todo el mundo, pero no podía ser de otra manera, pues jamás había cambiado
nada. Al día siguiente comenzarían las clases, mi primer día de segundo curso en
el instituto Stonewall Jackson, y ya me sabía de memoria todo lo que iba a
ocurrir, dónde iba a sentarme, con quién hablaría, los chistes, las chicas y dónde
aparcaría cada uno.
No había sorpresas en el condado de Gatlin. La verdad, éramos un auténtico
epicentro en mitad de la nada.
Al menos, eso pensaba yo mientras cerraba mi baqueteada copia de
Matadero 5, desconectaba el iPod y apagaba la luz en aquella última noche de
verano.
Pensándolo bien, no podía haber estado más equivocado.
Había una maldición.
Había una chica.
Y, al final, una tumba.
No lo vi venir de ninguna de las maneras.
sólo la luz puede hacer eso.
El odio no puede conducirte fuera del odio;
sólo el amor puede hacer eso».
MARTIN LUTHER KING JR.
NOTA DE LA EDICIÓN
Por indicación de las autoras, se ha mantenido en el idioma original una serie de
términos relativos al imaginario de su invención. A continuación, y a modo de
guía, se glosan los más relevantes, con una breve explicación a fin de facilitar la
comprensión por parte del lector hispanohablante.
CASTER: seres que conviven con los humanos y ejercen diferentes poderes
mágicos. Deriva de la expresión cast a spell (lanzar un hechizo).
CATACLYST: natural que se ha vuelto hacia la Oscuridad.
EMPATH: Caster con una sensibilidad tan especial que es capaz de usar los
poderes de otro Caster de forma temporal.
HARMER: dañador.
HUNTER: cazador.
ILLUSIONIST: Caster capaz de crear ilusiones.
LILUM: quienes moran en la Oscuridad.
MORTAL: humano.
NATURAL: Caster con poderes innatos y superiores a los demás de su
especie.
SHIFTER: Caster capaz de cambiar cualquier objeto en otro durante todo el
tiempo que desee.
SYBIL: Caster con el don de interpretar los rostros como quien lee un libro
con sólo mirar a los ojos.
SlREN: Caster dotado con el poder de la persuasión.
THAUMATURGE: Caster con el don de sanar.
ANTES
En mitad de la nada
SÓLO HABÍA DOS clases de vecinos en nuestra ciudad, según los había
clasificado cariñosamente mi padre: « Los estúpidos y los catetos» y « aquellos
que no son capaces de irse o son demasiado torpes para hacerlo, cuando todo el
mundo encuentra manera de marcharse» . No tenía idea de en qué categoría se
situaba él, pero nunca tuve el coraje de preguntárselo. Mi padre era escritor y
vivíamos en Gatlin, Carolina del Sur, porque era lo que los Wate habían hecho
siempre, desde que mi trastatarabuelo Ellis Wate luchó y murió al otro lado del
río Santee en la Guerra de Secesión.
Pero la gente de este lugar no la llamaba Guerra de Secesión. Cualquiera con
menos de sesenta años la denominaba la Guerra entre los Estados, mientras que
quienes superaban esa edad la llamaban la Guerra de la Agresión del Norte,
como si el norte hubiera empujado al sur a la guerra por culpa de una bala de
algodón. Todos, eso sí, menos mi familia; nosotros sí la llamábamos la Guerra de
Secesión.
Una razón más por la cual no podía esperar a marcharme de aquí.
Gatlin no era como esas ciudades pequeñas que se ven en las películas, a
menos que fuera una de hace cincuenta años. Estábamos demasiado lejos de
Charleston para tener un Starbucks o un McDonald’s. Todo lo que teníamos era un
Dary Kin, pues los Gentry eran demasiado tacaños para comprar todas las letras
necesarias cuando adquirieron el Dairy King. La biblioteca aún usaba fichas en
papel, el instituto tenía pizarras de tiza y la piscina municipal era el lago Moultrie,
con su cálida agua marrón y todo eso. Se podía ir a ver una peli al Cineplex casi
al mismo tiempo que salía en DVD, pero había que darse el paseo hasta la
escuela universitaria de Summerville. Las tiendas estaban en Main Street, las
casas de los ricos en la calle paralela al río y todos los demás vivían al sur de la
Route 9, donde el pavimento se cuarteaba en trozos de cemento, fatales para
andar, pero estupendos para tirárselos a algún pósum cabreado, el animal más
huraño del mundo. Esas son cosas que nunca muestran las pelis.
Gatlin no era nada complicado; era simplemente Gatlin. Los vecinos,
sofocados, vigilaban desde sus porches bajo el calor insoportable a la vista de
todo el mundo, pero no podía ser de otra manera, pues jamás había cambiado
nada. Al día siguiente comenzarían las clases, mi primer día de segundo curso en
el instituto Stonewall Jackson, y ya me sabía de memoria todo lo que iba a
ocurrir, dónde iba a sentarme, con quién hablaría, los chistes, las chicas y dónde
aparcaría cada uno.
No había sorpresas en el condado de Gatlin. La verdad, éramos un auténtico
epicentro en mitad de la nada.
Al menos, eso pensaba yo mientras cerraba mi baqueteada copia de
Matadero 5, desconectaba el iPod y apagaba la luz en aquella última noche de
verano.
Pensándolo bien, no podía haber estado más equivocado.
Había una maldición.
Había una chica.
Y, al final, una tumba.
No lo vi venir de ninguna de las maneras.
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